Sábado, 29 de Abril de 2017
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Los puntos sobre la “i”

Antonio Gómez Cantero
Administrador Diocesano

 

Lo que habla la gente es que estamos viviendo un momento difícil, en Europa me refiero, (otros pueblos aún no han salido de él). Y en las conversaciones de unos y otros se palpa un cierto desasosiego que, poco a poco, va resquebrajando la tan preciada seguridad en la que pensamos que vivimos.

 

Las preguntas que nos hacemos son fruto del bombardeo de información que recibimos. Los blocs echan humo y los comentarios de los particulares abren fuego a discreción unos contra otros. ¿Es que tenemos alguna responsabilidad en esta guerra para sentirnos obligados a recibir a tantos prófugos? ¿No debían ayudarles los países árabes hermanos o la comunidad islámica? ¿Todos los que vengan deben tener el estatuto de refugiados, con lo que esto supone de carga a los presupuestos del estado? ¿Por qué no se ven ancianos que toman el camino del exilio, como en otras guerras, y sólo jóvenes y niños? ¿No son unos fundamentalistas al rechazar los paquetes de comida porque llevan impresa la “cruz roja”? ¿Por qué sólo quieren ir a Alemania? ¿Es posible que entre ellos vengan camufladas células terroristas? ¿No debían quedarse en campos de refugiados en los países vecinos para volver a sus casas en cuanto acabe la guerra? ¿Por qué a los subsaharianos les ponemos altas vallas para que no entren y a los sirios les recibimos con carteles de bienvenida?

 

Insultos, cabreos, prejuicios, populismos, fundamentalismos, angelismos, oportunismos, islamofobias y una fuerte dosis de visceralidad, inundan bastantes páginas digitales. Y es que todos nos sentimos con derecho a opinar, y muchas veces, sacando lo más tóxico de nosotros mismos. Todos somos tertulianos de la nada y del todo, deseosos de devorar la última noticia y despedazarla en jirones.

 

Pero los momentos difíciles exigen discernimiento para no andar sin sentido y no crear más confusión. Y sabemos de sobra que este momento es difícil. El Papa, como buen jesuita, sabe de discernimiento ignaciano y nos pide que demos un salto del discernimiento humano (pensando sólo en mi seguridad, en mis ideas políticas, en mi situación económica, en mi religiosidad…), a uno más “evangélico”, más samaritano. Esto significa pensar en el Amor sin condiciones, como el engranaje que mueve mi existencia, es decir, todo momento y toda circunstancia de mi vida. Esta es la esencia del corazón de Dios y debía ser la esencia y la dinámica de fondo de todo cristiano. Pero también existen virus que modifican y pervierten los discernimientos y los apartan de la lógica del Amor. Hay afectos, prejuicios, miedos, bloqueos, sospechas, máscaras… que sutilmente han anidado en nuestro corazón incapacitándonos, de una manera inadvertida, a crecer más, a entregarnos más y a servir más.

 

Siria ha roto aguas huyendo de la muerte. La brecha es inmensa. Un millón de sirios esperan acogidos en los campos de refugiados del Líbano, un país que cabe en Extremadura, y dicen que esperamos a más de tres millones de personas que huyen de la guerra. Corren hacia Europa, hacia nosotros, en búsqueda de la vida y de la paz. Se evaden de sus propias casas con una mochila como única posesión, cargados de niños o llevándolos en volandas. Se juegan la vida en el Mediterráneo, pagando sumas pingües a los que se aprovechan de su tragedia. Esperan hacinados en hangares o estaciones sin trenes. Cruzan campos, se arrastran bajo vallas de espinos de acero y recorren las vías muertas de un futuro incierto.

 

También en estas circunstancias, las imágenes del sufrimiento nos hacen más conscientes, y el discernimiento o la búsqueda de lucidez, son signos de madurez, de querer poner los puntos sobre la “i”, de estar atentos tanto a los factores exteriores como a las dinámicas interiores que nos saquen del letargo.

 

Así nos lo hizo ver el Papa tan sólo hace unos días, como un aldabonazo en nuestras conciencias: «Ante la tragedia de decenas de miles de prófugos que huyen de la muerte por la guerra y el hambre y están en camino hacia una esperanza de vida, el Evangelio nos llama a ser ‘prójimos’ de los más pequeños y abandonados. A darles una esperanza concreta. No sólo a decir “¡ánimo, paciencia!”... La esperanza es combativa, con la tenacidad de quien va hacia una meta segura».

 

No me extraña que el Papa en algunos círculos comience a ser ya molesto, porque su propuesta hoy, con referencia a los exiliados sirios que llaman a nuestra puerta, importuna demasiado y rompe la falsa paz dejándonos desnudos sin la máscara de lo políticamente correcto. Y el viento sopla, aunque no es fácil descifrar hacia dónde.