Sábado, 27 de Mayo de 2017
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Homilía en la Vigilia Pascual

 

 

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Catedral de Palencia, 15 de abril de 2017

 

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¡FELIZ PASCUA, HERMANOS! ¡FELICIDADES!

 

Una buena noticia traspasa esta noche llenándola de luz nueva, alegría nueva, y vida nueva: «HA RESUCITADO DE ENTRE LOS MUERTOS E IRÁ DELANTE DE VOSOTROS A GALILEA; ALLÍ LE VERÉIS».

 

Dejemos que esta Buena Noticia, la mejor, siempre antigua y siempre nueva, entre en nuestro espíritu por todos los poros del cuerpo y del alma. Dejemos que envuelva nuestra celebración, comunidad y personas, nuestras vidas y nuestro mundo.

 

Dejemos que el fuego nuevo, encienda en nosotros un deseo inmenso del cielo. Esta noche une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino.

 

Dejemos que la luz de Cristo resucitado, simbolizado en el cirio llameante, por su claridad y su fulgor y brillo. El brilla sereno, como el lucero matinal, para el linaje humano. Aclamemos al Padre y al Hijo en el Espíritu Santo porque Cristo deshace nuestras tinieblas, el pecado, el mal y la muerte, y nos llena de su luz recién amanecida. ¡Qué asombroso beneficio de su amor por nosotros. ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste, Padre, al Hijo! ¡Feliz la culpa que nos mereció tal redentor!

 

Dejemos que las flores, el incienso, que con nuestras personas, hacen presentes a toda la creación, inunden todas las cosas y personas y situaciones del buen olor de Cristo.

 

Dejemos que la Palabra, tan rica y abundante servida hoy en la mesa del Señor, resuene en nuestros oídos y en el corazón; esta palabra que anuncia las maravillas que Dios ha obrado desde el principio especialmente del hombre y la mujer, en favor de la humanidad: la creación, la alianza con Abrahán, la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, la voz de los profetas que recuerdan la alianza perpetua de Dios con su pueblo, hasta darnos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Por su Hijo, Palabra eterna, encarnada y amorosa del Padre nos hace hijos en el bautismo, incorporándonos a él hasta ser unos con él en la vida y después de la muerte en la resurrección.

 

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Homilía en el Viernes Santo

 

 

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Catedral de Palencia, 14 de abril de 2017

 

Celebramos hoy con devoción, admiración, asombro y acción de gracias la pasión y muerte del Señor Jesús en el primer día del Triduo Santo.

 

¿Por qué celebrar la muerte? ¿Acaso somos raros, masoquistas, de una secta que da culto a la muerte? ¿Ha perdido la cabeza la Iglesia y nosotros con ella?

 

No. No celebramos la muerte de un hombre. ¡Qué más normal que muera un mortal! Cuando muere un hombre o una mujer nos lamentamos y lloramos afligidos, pero esperamos que un día el que ha muerto viva en compañía de Dios y de los que aquí estuvieron unidos a su vida e historia.

 

Pero ha ocurrido algo increíble: el que ha muerto no es un simple hombre, es el Hijo de Dios: ¡Ha muerto Dios por los hombres! Por amor al hombre Dios muere para que, con su muerte, matar a la muerte y dar vida verdadera al hombre y la creación entera.

 

Y hemos visto cómo muere. Se nos ha narrado su pasión donde muestra el Redentor desde la cruz manifiesta su gloria. ¡Qué dignidad, qué señorío, qué amor! ¡Qué más podía hacer por nosotros si siendo creaturas, hombres mortales y pecadores, nos ha hecho sus hermanos, hijos del Padre en él y con el Espíritu Santo, entrar en la comunión trinitaria!

 

¿Qué hacer? ¿Cómo corresponder?

 

“¡Mirarán al que traspasaron! ¡Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo! Confesemos que por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

 

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Homilía en el Jueves Santo

 

 

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Catedral de Palencia, 13 de abril de 2017

 

 

«Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

 

Esta es la introducción solemne con que San Juan abre el relato de la Última Cena y la Pasión, Muerte, Sepultura y Resurrección de Jesucristo. Jesús es presentado como libre, dueño de los acontecimientos. El Padre todo lo ha puesto en sus manos porque le ama eternamente y el Hijo encarnado, que había salido del Padre para traer la gracia y la verdad, ama igualmente al Padre, siempre dócil y obediente a su voluntad.

 

En este contexto Pascual, Jesús realiza dos gestos que le definen y que resumen y condesan su paso por este mundo, sus palabras y obras, sus signos y su muerte.

 

La clave de su vida fue el amor; habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo, hasta el fin. Ama al padre y ama a los hombres, con un mismo amor, sin separación alguna.

 

Ese amor de manifiesta en dos gestos: el lavatorio de los pies y en el pan y el vino entregados.

 

1. El lavatorio de los pies. Era oficio de esclavos no judíos; no de los judíos esclavos, porque pertenecían a la misma alianza; pero él, el Señor, se despoja de su manto, se ciñe una toalla, y se hace el último, esclavo de todos, servidor de todos. Pedro se resiste, porque comprende, aunque no del todo, lo que significa este abajamiento del Maestro, este acto de humildad suprema, pero después cede. ¿Qué significa este gesto?

 

Dejarnos lavar los pies, llenos del polvo y del barro del camino, por Cristo: Es reconocer que necesitamos que nos limpien porque estamos manchados, que nos purifiquen y perdonen; solamente así seremos auténticos discípulos, compañeros de Jesús, amigos suyos y tendremos parte en su suerte.

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Fallece el sacerdote D. Gaudencio Andrés Noriega

Ha fallecido el sacerdote diocesano D. Gaudencio Andrés Noriega. Nacido en Villafruel, el 12 de febrero de 1928, fue ordenado sacerdote el 21 de marzo de 1953.

 

La vigilia de oración por el eterno descanso de su alma se celebrará, mañana viernes 14 de abril a las 13.00, en Saldaña y a continuación el entierro en Villafruel.

 

Descanse en Paz

 

Homilía de nuestro Obispo en la Misa Crismal

 

 

¡FELIZ PASCUA, HERMANOS Y HERMANAS!

 

Con gran alegría e ilusión he deseado este día para celebrar con vosotros, particularmente con los sacerdotes, esta Pascua. Es como volver a la fuente de todo, es como sentarnos a la mesa de Dios que nos hace hijos y hermanos, en la que todos experimentamos su amor y hace crecer los lazos de filialidad y fraternidad.

 

¿Qué celebramos en Pascua?

 

«La santa Madre Iglesia considera que es su deber celebrar la obra de salvación de su divino Esposo con un sagrado recuerdo, en días determinados a lo largo del año. Cada semana, en el día que llamó “del Señor”, conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua.

 

Además, en el ciclo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y el Nacimiento hasta la Ascensión, el día de Pentecostés y la expectativa de la feliz esperanza y venida del Señor.

 

Al conmemorar sí los misterios de la redención, abre la riqueza de las virtudes y méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación» (SC, 102).

 

La cita ha sido larga, pero he querido recordarla para enmarcar esta Misa Crismal. Estamos a las puertas del Triduo Pascual, «tres días en honor de Cristo, muerto, sepultado y resucitado» (San Agustín). Pero, ¿qué hacer para que los fieles alcancemos la riqueza de las virtudes y méritos de la pasión, muerte y resurrección del Señor y nos llenemos de su vida nueva, la del Resucitado? Sin duda alguna , desde la fe , la esperanza y la caridad, nuestra vida está inundada del amor gratuito del Señor que es compasivo y misericordioso; la fuente de todo bien no se ha secado y sigue manando pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació y renace la Iglesia (cfr.SC,5).

 

El fruto, el gran don de Cristo, muerto y resucitado a su Iglesia y al mundo entero es su Espíritu Santo, Señor y dador de vida.

 

Hoy, a las puertas de la celebración anual de la Pascua, nos abrimos y acogemos a Jesucristo, siempre presente en su iglesia hasta el fin de los siglos, por la fuerza del Espíritu santo.

 

Este Espíritu se nos comunica si lo recibimos y estamos abiertos a su presencia, palabra, impulso y acción constante en nuestra vida personal, comunitaria y pastoral. El Espíritu está simbolizado de manera sensible y visible en la unción corporal con el óleo, el óleo de los catecúmenos, es decir, los que están en el proceso de la iniciación cristiana y van a recibir el Bautismo, el óleo de los enfermos para ungir a los catecúmenos y los enfermos, y en el santo Crisma con el que somos ungidos personalmente en el Bautismo, la Confirmación, en la Ordenación presbiteral y episcopal.

 

El simbolismo de la unción es significativo del Espíritu Santo, como lo es también el agua, el fuego, la nube, la luz, el sello, la mano, el dedo, la paloma. Para poder captar la fuerza que tiene tenemos que referirnos a la unción primera, la de Jesús, realizada por el Espíritu Santo. Es el Mesías, el Ungido. En el Antiguo Testamento hubo ungidos del Señor, especialmente David.; también los sacerdotes, los reyes y los profetas. Pero Jesús es el Ungido de Dios de una manera única: la humanidad que el Hijo asume está totalmente ungida por el Espíritu Santo. Jesús es constituido Cristo por el Espíritu. La Virgen María concibe a Cristo por obra y gracia del Espíritu Santo; Cristo está lleno del Espíritu Santo y por eso emana de él un poder para curar y realizar acciones salvíficas. En él se cumple la lectura del profeta Isaías proclamada por él en la sinagoga de Nazaret. Constituido plenamente Cristo en su humanidad victoriosa de la muerte, Jesús distribuye el Espíritu Santo hasta que los santos constituyan, en unión con la humanidad del Hijo de Dios, el hombre perfecto y pleno, el Cristo Total según la expresión de San Agustín. (Sermón 341, 1, 1), (Cfr. Catecismo Iglesia Católica, 695). A nosotros nos hace partícipes de su ser y misión, y, por eso, somos sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios.

 

El Espíritu, está significado en el óleo; de alguna manera hay que significar lo trascendente. El aceite, el óleo, es signo de abundancia, de alegría, de purificación, da agilidad, signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas; el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.

 

En el bautismo se unge a los catecúmenos para significar purificación y fortaleza; a los enfermos se les unge para significar curación y consuelo. El crisma es signo de consagración para participar más plenamente de la misión de Cristo, sacerdote profeta y rey, a fin de que toda la vida desprenda el buen olor de Cristo.

 

¿Qué actitudes debemos cultivar nosotros ante tan gran don pascual, el Espíritu de Jesús, significado en los óleos y en el Crisma?

 

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