La devoción a la Virgen María - I

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

La consideración y devoción a la Virgen Santa María es connatural a todo cristiano. Un cristiano no puede dejar de ser mariano. Así lo fue Jesús, como nos lo manifiestan los evangelios y los documentos de las primeras comunidades cristianas.

La historia de la iglesia así también lo testifica. El Concilio Vaticano II, por decisión del papa San Juan XXIII, se inició en una fiesta de la Virgen María, y fue clausurado por el papa San Pablo VI, y en la Constitución Lumen Gentium -luz de las gentes- le dedica el capítulo VIII cuyo título es “La Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia”.

El cariño, la honra y el amor a la Virgen María se refleja en la predicación y en el culto con la intención de atraer a los creyentes hacia su Hijo, hacia su sacrificio y hacia el amor al Padre. Pero no intenta honrar sólo a María. «Hacen también que el Hijo, Creador de todo, en quien quiso el Padre eterno que residiera toda la plenitud, sea debidamente conocido, amado, glorificado y que se cumplan sus mandamientos. Ella siempre vivió y vive orientada a Cristo, como hizo en las bodas de Caná cuando orientó la situación a Cristo “No tienen vino” y después a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. (Jn 2, 3 y 5)». Los papas y los obispos no han dejado de invitar a honrar y mantener la devoción a María, manteniendo tradiciones, fiestas, santuarios y expresiones de devoción popular. Dentro de esa devoción a María invitan a expresarla dentro de la Liturgia, concretamente en el Adviento y Navidad, tiempos marianos por excelencia, pero también en las festividades que jalonan el paso de los meses.

Testigo de lo que digo es la comunidad cristiana de Palencia: ¡Cuántas advocaciones entrañables, cuántos santuarios y ermitas, cuántas imágenes llenas de amor y arte! Repasemos nuestra geografía y lo comprobaremos.

Entre los tiempos en el que el Pueblo de Dios ha honrado a Santa María está el mes de mayo, mes de las flores. El pueblo canta” Venid y vamos todos, con flores a María, con flores a María que Madre nuestra es”. Es el tiempo de la Pascua y del Espíritu y nadie más unida a Jesús resucitado que ella y llena y dócil al Espíritu Santo que ella. El Rey Alfonso décimo, el Sabio, cantaba así a santa María en una cantiga: “Rosa entre las rosas/, flor de flores/, señora ente señoras/. Rosa de belleza, /flor de alegría,/ dama piadosa/ y señora que quita pesares/”. ¿Cómo no honrarla y amarla cuando “el mismo Dios la amó por sí mismo, la amó por nosotros; se la dio a sí mismo y la dio a nosotros” como madre? Ella es madre de Dios y madre nuestra, madre de la iglesia, Madre de Misericordia y de esperanza. No quita nada a Cristo, que es el único camino al Padre (Jn 14, 1-11) y el supremo modelo al que el discípulo debe conformar su propia conducta, hasta lograr tener sus mismos sentimientos, vivir de su vida y poseer su Espíritu: esto es lo que la Iglesia ha enseñado siempre, pero a la vez reconocer que la devoción hacia ella tiene una gran eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana (Pablo VI, en Marialis Cultus, 57).

Como es Madre el pueblo se dirige a ella con confianza filial para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado. ¡Qué bien lo ha entendido el pueblo santo y fiel de Dios, aunque a veces, con excesos comprensibles! ¡Cómo no proclamar con toda el alma la grandeza del Señor y alegrarnos en Él porque ha mirado la humidad de María y proclamarla a ella bendita! Por medio de ella nos ha venido Jesús, el fruto bendito de su vientre, la misericordia de Dios a los hombres de todas las generaciones, también a nosotros los hombres y mujeres del siglo XXI y en todas las circunstancias.

Pero no sólo debemos acudir a ella e invocarla en las circunstancias adversas. Debemos imitarla. San Agustín decía hablando de los mártires: «La celebración de la festividad debe consistir en imitar sus virtudes» (Sermón 311,1). Por eso debemos levantar los ojos a maría, que brilla como modelo de toda virtud ante la comunidad de los fieles (LG, 64 y 65). Virtudes sólidas, evangélicas. Que debemos hacer nuestras.

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