La Cuaresma: avivar la Fe, la Esperanza y la Caridad

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Estamos en los inicios de la Cuaresma. Un tiempo de cuarenta días para prepararnos personal y comunitariamente para la Pascua. Un tiempo para decir adiós -carnaval- a muchas cosas que no nos conducen a la alegría y la felicidad verdaderas.

Como todos los años el papa Francisco nos ha dirigido un mensaje enjundioso titulado: “Mirad que estamos subiendo a Jerusalén...” (Mt.20,18) Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

La cuaresma es un camino que nos debe llevar a la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor y vivirla desde nuestra condición de bautizados, de personas que han acompasado su vida a la vida del Señor y se dejan llevar por su Espíritu para vivir su vida nueva. Pero, ¿cómo caminar?, ¿cómo dar pasos? La tradición bíblica y eclesial nos invitan a practicar el ayuno, la oración y la limosna como expresión de nuestro vivir cristiano. Glosando al papa os propongo concretar el ayuno con la fe, la oración con la esperanza y la limosna con la caridad.

Considera el Papa que el ayuno nos invita a vivir y profundizar en nuestra vida de fe. La fe consiste en cimentar nuestra vida, apoyar nuestra existencia en la roca firme que es Cristo, el que el Camino, la Verdad y la Vida. Para eso tenemos que dejar que la Palabra de Dios nos alcance y toque el corazón. El ayuno como experiencia de privación nos lleva a aceptar la vida y todo como un don de Dios, una pobreza aceptada; quien ayuna se hace pobre con los pobres, se libera de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones -verdaderas o falsas- y productos de consumo para abrir nuestro corazón a Dios que nos llena de gracia y de verdad. Cuidar la fe es abrirnos a Dios «que brilla de tal manera en la creación y en la vida de Cristo que para no verle sería necesario que los hombres fuéramos ciegos» (Ch. Peguy) y “acumular” riqueza del amor recibido y compartido con los otros, tan pobres o más que nosotros mismos. No podemos olvidar que todos somos pobres, necesitados, por eso pedimos el pan en el Padre Nuestro.

La oración nos abre a la esperanza. La esperanza nos habla del futuro que la misericordia de Dios ha abierto de par en par para todos. Esperar en Él quiere decir creer en que nuestra historia, personal y colectiva, no termina en nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en el Corazón abierto de Jesús. «Es preciso que mi gracia sea efectivamente de una fuerza increíble y que brote de una fuente inagotable desde que comenzó a brotar por primera vez como un rio de sangre del costado abierto de mi Hijo» (Ch. Peguy). La esperanza nos llama a reconciliarnos con Dios y con los hermanos en el sacramento de la Penitencia y ser constructores de paz y reconciliación en nuestro entorno, a decir palabras de aliento que reconfortan, consuelan, estimulan, en lugar de palabras que entristecen, humillan, irritan y desprecian. Nos llama al recogimiento y el silencio de la oración que despierta en nosotros la esperanza del Reino: «Venga a nosotros tu Reino, Padre nuestro» y a colaborar con Él cumpliendo su voluntad.

La limosna nos llama a vivir la caridad tras las huellas de Jesús, mostrando atención y compasión por cada persona. La caridad nos lleva a sufrir con el que sufre cuando está angustiado, o solo, o enfermo, o sin hogar, o despreciado o necesitado. Nos hace salir de nosotros mismos y suscita el vínculo de la misericordia que lleva a la cooperación y la comunión. Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia por el Covid-19 para que experimenten que Dios nos ama como a hijos y no nos abandona. «¡Y mi Hijo tuvo para con ellos una caridad tan enorme! ¡Mi Hijo, su hermano, les tuvo tanto amor!» (Ch. Peguy).

«Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Esta llamada a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a considerar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que vive de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre» (Papa Francisco. Mensaje de Cuaresma, final).

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