Misa Crismal

Retransmisión de la Misa Crismal desde la Catedral de Palencia. Ceremonia presidida por Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA, obispo de Palencia.

 

 

HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL

 

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

Saludos: Vicarios, Cabildo, Sacerdotes presentes y ausentes, religiosos y religiosas, laicos, medios de comunicación social, personal de la Catedral.

CANTARÉ ETERNAMENTE TUS MISERICORDIAS, SEÑOR

Así hemos respondido a la Palabra de Dios proclamada en primer lugar; es la respuesta que Dios mismo pone en nuestros labios y en nuestro corazón tomada del salmo 88. Este salmo canta la misericordia y fidelidad del Señor con su siervo David, a quien ha ungido como rey de Judá y de Israel para que sea fuerte y valeroso, y con quien ha establecido una relación filial, de cercanía y confianza.

Eso, hermanos y hermanas, es lo que venimos a hacer hoy toda la Iglesia de Palencia. Estamos aquí para cantar la misericordia y la fidelidad del Señor para con todos nosotros y todos los hombres y mujeres del mundo.

Todos los creyentes hemos sido bautizados en el agua y la sangre que manaron del costado abierto de Cristo crucificado; pero también hemos recibido el Espíritu del crucificado y Resucitado. El Viernes próximo, en la lectura de la Pasión, recordaremos que Jesús, en la cruz, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu (Jn 19, 30).

¿Qué Espíritu? Según los intérpretes , para san Juan es la primera comunicación del Espíritu Santo por parte de Jesús, que, entregando su vida, regresa al Padre, pero nos da su Espíritu, porque habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo, hasta el límite, hasta el final. “La pasión de Jesús es una obra de amor, la máxima obra de su amor.

El Espíritu Santo es el que impregnó a Jesús desde el primer instante de su vida hasta el final. Primero en la Encarnación, donde en el seno de María surge un hombre nuevo, cuya existencia está totalmente orientada al Padre. En el Bautismo se manifestó fuertemente el Espíritu sobre Jesús y se reveló su personalidad profunda: es el Siervo de Yahvé, el Mesías, el Hijo amado en quien el Padre se complace. En Nazaret, en la sinagoga, como hemos escuchado, expresa su conciencia de estar ungido e impulsado por el Espíritu para cumplir la misión que el Padre le ha encomendado: anunciar la buena noticia a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor (Luc 4, 16-21).

La acción del Espíritu, su aliento y fuerza llenará toda su oración de acción de gracias, (Lc 10, 21; Jn 14, 17), su vida y obras y culminará en la muerte y resurrección. Y la muerte porque movido por el Espíritu se ofreció a Dios Padre, (Hebr 9, 14), siendo sacerdote, víctima y altar, como indica san Agustín. También en la resurrección aparece el Espíritu, porque fue resucitado por el Espíritu de Dios (Rom 8, 11), transformando su condición terrestre en una forma de existencia humana sin ataduras de ningún tipo, propias del Hijo de Dios.

Pero Jesús nos lo ha dado; nos ha enviado, nos ha entregado y regalado (Jn 20, 22), su Espíritu; “sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 21) y lo está por medio del Espíritu para que nos enseñe, nos guíe, nos recuerde, nos anuncie el amor del Padre y el amor de Jesús.

Toda la Iglesia está animada por el Espíritu Santo; es obra del Espíritu Santo. Es el alma de la Iglesia (San Agustín) para conferirle un principio de vida trascendente y unirla en la comunión y en el servicio; Él la construye, la dirige, la rejuvenece, la consuela, la renueva, la dinamiza, la lleva a Cristo, su esposo, la adorna con dones y carismas y la envía al mundo. Es Señor y dador de vida, es como la lluvia y el sol.

Él es el principio de comunión y de unidad en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión de vida, en el partir el pan y en las oraciones (Hech 2, 42).

Él se da a todos los cristianos; su actuación viene expresada en los oleos y en el crisma.

En el Bautismo viene a nosotros, mora en nosotros, en todos, como en un templo para que, venciendo al mal, lleguemos a la plenitud en Cristo y nos hace sacerdotes, profetas y reyes. Sacerdotes que ofrezcamos el culto en espíritu y verdad; profetas para anunciar las maravillas de Dios con obras y palabras; y reyes para hacer de nuestra vida no un dominio sino un servicio por amor a todos, especialmente a los humildes y desfavorecidos e la sociedad.

En la Confirmación se nos da en plenitud para ser sus testigos en la Iglesia y en el mundo, llevando el buen olor de Cristo.

En la Eucaristía Cristo nos lo da por la imposición de manos y nos convierte en Cristo y nos congrega en la unidad con él y con los hermanos.

En la Penitencia para que nos abramos a la misericordia del Padre;

En la Unción para que en la enfermedad sintamos la presencia de Cristo que fortalece y acompaña.

En el Matrimonio para que la alianza entre los esposos se fundamente en su amor.

También se da por el sacramento del Orden y está presente en algunos miembros de la Iglesia, los presbíteros y obispos para el servicio de la comunidad. El Espíritu hace de nosotros sacerdotes y pontífices, es decir puentes entre Dios y los hombres y entre los hombres entre sí, para que llevemos a Dios las angustias, las alegrías, tristezas y esperanzas de los hombres y acerquemos los dones y bendiciones de Dios, su misericordia y amor a todos. Como profetas se nos da para anunciar la buena noticia de Jesús, para denunciar las injusticias e idolatrías actuales, aunque por esto tengamos que tomar parte en la cruz. Y como reyes para pastorear a su pueblo con el estilo de Jesús, el único buen pastor. Somos colaboradores del Espíritu: para eso nos impusieron las manos el día de nuestra ordenación: ¿Lo somos, está vivo en nosotros el Espíritu de Jesús o lo tenemos apagado (I Tes 5, 12, 19-21)? ¿nos mueve el Espíritu Santo? ¿Tenemos conciencia de que somos colaboradores en la misión de Jesús? ¿llevamos el buen olor de Cristo? ¿Llevamos y somos buena noticia para los pobres, consolamos, curamos, alegramos a la afligidos de nuestros pueblos y comunidades? ¿Estamos cerca de los pobres, de los que lloran a sus muertos por la pandemia, de los que están solos y abandonados? ¿Anunciamos la liberación de Dios, su amor gratuito con alegría?

¿Estamos unidos al resto de la comunidad como Cristo cabeza a sus miembros? ¿amamos a la comunidad como a la esposa, que la quiere, al mima y se entrega? ¿somos pastores que como Cristo conocen, aman, hablan, dan vida y la vida por las ovejas? ¿Somos testigos y creadores de armonía y unidad fraterna también en el presbiterio? ¿Estamos abiertos a la actuación del Espíritu fuera de la Iglesia, oímos su voz? porque el Espíritu sopla donde quiere y como quiere; la iglesia y los cristianos no tenemos el monopolio del Espíritu; Él llama a construir entre todos su reino de justicia, de vida, de paz, verdad y fraternidad en el amor, a caminar hacia Cristo, nuestra alfa y omega, el que es, era y ha de venir. Lo mejor del catolicismo, dice Javier Elzo, no está en el pasado, sino que puede estar en el futuro y si cabe hablar de edad de oro del cristianismo, esta está delante de nosotros, no detrás. Ánimo, hermanos, es tiempo de crear y de cuidar, de colaborar con Dios el que hace nuevas todas las cosas (Is 43, 15; Apo 21, 5). Roguemos como Esposa, unidos al Espíritu, para clamar: “Ven, Señor Jesús” (Apoc 22, 17 y 20).

Vamos a seguir celebrando la Eucaristía y dar gracias al Padre por el don de su Hijo en el Espíritu. Quisiera, unidos a esta acción de gracias, dar gracias al Señor por todos los laicos y laicas que colaboran de mil maneras en las comunidades parroquiales en la catequesis, en la liturgia, en las celebraciones de la palabra, en la acción caritativa y social, en la limpieza y apertura de los templos; dar gracias especialmente al diácono y a los presbíteros, colaboradores necesarios del Obispo; dar gracias por lo que hacéis, y sois, por vuestra entrega, sacrificio, paciencia, por estar junto al pueblo cultivando la fraternidad. Dar gracias y felicitar a Javier del Río que fue ordenado obispo de Tarija hoy hace quince años. Particularmente quiero que demos gracias por los sacerdotes difuntos, algunos a causa del virus, pues en estos días se cumple el aniversario de su muerte, el P. Agustín Bécares, agustino, el 25 de marzo, David García, el 31 de este; Alberto Ruiz el 4 de abril; Germán García el 6 de abril, José Mariscal, el 11 de abril; otros por otras causas.

Gracias y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho sacerdotes para nuestro Dios, su Padre. A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Cantemos eternamente su misericordia. Amén.

 

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