Jueves, 21 de Septiembre de 2017
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Homilía en el Viernes Santo

 

 

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Catedral de Palencia, 14 de abril de 2017

 

Celebramos hoy con devoción, admiración, asombro y acción de gracias la pasión y muerte del Señor Jesús en el primer día del Triduo Santo.

 

¿Por qué celebrar la muerte? ¿Acaso somos raros, masoquistas, de una secta que da culto a la muerte? ¿Ha perdido la cabeza la Iglesia y nosotros con ella?

 

No. No celebramos la muerte de un hombre. ¡Qué más normal que muera un mortal! Cuando muere un hombre o una mujer nos lamentamos y lloramos afligidos, pero esperamos que un día el que ha muerto viva en compañía de Dios y de los que aquí estuvieron unidos a su vida e historia.

 

Pero ha ocurrido algo increíble: el que ha muerto no es un simple hombre, es el Hijo de Dios: ¡Ha muerto Dios por los hombres! Por amor al hombre Dios muere para que, con su muerte, matar a la muerte y dar vida verdadera al hombre y la creación entera.

 

Y hemos visto cómo muere. Se nos ha narrado su pasión donde muestra el Redentor desde la cruz manifiesta su gloria. ¡Qué dignidad, qué señorío, qué amor! ¡Qué más podía hacer por nosotros si siendo creaturas, hombres mortales y pecadores, nos ha hecho sus hermanos, hijos del Padre en él y con el Espíritu Santo, entrar en la comunión trinitaria!

 

¿Qué hacer? ¿Cómo corresponder?

 

“¡Mirarán al que traspasaron! ¡Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo! Confesemos que por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

 

 

Miremos a Cristo con los ojos de la fe, reconociendo que no hay mayor amor que el que da la vida por los amigos. Miremos a Cristo con esperanza: él nos ha salvado y liberado. Miremos y adoremos el mayor amor; dejemos que nos bese y abrace y correspondamos a tanto amor.

 

Miremos a Cristo con amor: Sigue siendo crucificado y muriendo cuando nosotros, los aquí reunidos y todos los cristianos, no nos abrimos a su amor, le olvidamos o le damos la espalda, y le negamos y abandonamos, cuando no confiamos en su misericordia, que es nuestro tesoro, cuando no le seguimos, o no amamos al prójimo desde un amor como el suyo, que se traduce en servicio; cuando no somos pacientes, comprensivos, misericordiosos; cuando somos envidiosos, violentos, pensamos mal, no disculpamos los fallos ajenos y justificamos los nuestros; cuando damos culto a nuestro ego siendo soberbios y somos engreídos, o al dinero como razón suprema de la vida, o buscamos el placer ante todo y sobre todo; cuando nos gozamos en la injusticia, no perdonamos, no tendemos la mano abierta para ir al encuentro del otro, sino que pasamos indiferentes ante los demás, sufran o se alegren; cuando no soportamos nada ni a nadie ni confiamos en nadie; cuando despellejamos y desnudamos la fama y la honra, cuando somos legalistas y usamos la ley del embudo -lo ancho para mí, lo estrecho para el otro-, cuando rompemos la túnica de Cristo, una túnica sin costura, es decir, la unidad en la caridad en la iglesia, en la familia, en la sociedad.

 

Miremos a Cristo: su pasión continúa. Sigue padeciendo agonía, injustamente apresado, juzgado, condenado, sentenciado y asesinado hoy en los cristianos coptos asesinados por actos terroristas en Egipto; otros son martirizados en Siria, Sudán, Nigeria, Centro África, China, etc.; también aquí en nuestra España y Europa; sigue siendo víctima en todas las víctimas del terrorismo; sigue sufriendo en tantos hermanos a lo largo y ancho de la tierra, que comparten con Cristo el dolor por las injusticias, exclusiones, marginaciones; cuando no ven reconocidos y respetados los derechos humanos más elementales como el derecho a la vida desde el seno de la madre hasta el final natural de la persona; sigue penando donde hay soledad, traición, donde se vende por treinta monedas o por las que sean al otro al inocente.

 

Mirémosle y digámosle como el buen Ladrón: acuérdate de cada uno de nosotros y de todos ahora que estás en tu Reino. Ten piedad de todos nosotros ahora que estás sentado a la derecha del Padre e intercedes por nosotros, tú que eres nuestro Sumo Sacerdote. Perdónanos más allá de nuestros tacaños arrepentimientos y perdones. Recuerda que tu ternura y tu misericordia son eternas. Venimos a ti confiados para alcanzar misericordia; míranos lleno de compasión. Concédenos confiar y encomendarnos siempre y en todo lugar, en la alegría y en la pena, en la salud y la enfermedad, en la vida y en la muerte a las manos del Padre.

 

Nos acercamos confiados al trono de tu gracia y te pedimos que nos concedas beber de la sangre y el agua que sale de tu costado, traspasado por la lanza del soldado. Allí nace la Iglesia, la comunidad de los discípulos amados. Que no nos apartemos ni separemos nunca de ti y de la Iglesia, tu Esposa a la que amas y hermoseas, la comunidad de Pedro, Juan y los demás apóstoles, del papa Francisco, y todos los fieles. Queremos vivir siempre bajo tu cayado de pastor, el único Buen pastor.

 

Danos un corazón misericordioso como el del Padre, como el Tuyo. Que amemos a todos como tú nos amas y perdonas, tú que tienes entrañas de misericordia.

 

Danos el agua que salta hasta la vida eterna, tu palabra que es palabra de vida eterna, el pan de los ángeles, el vino de Caná, la luz que no tiene ocaso, la resurrección y la vida; danos el Espíritu que tú entregas al Padre y a los hombres al morir.

 

Hermanos: Miremos a Cristo como la Virgen María le miró en la cruz, sufriendo su misma muerte, entregándose con su Hijo, y recibiendo en su corazón de mujer y madre a todos. Dilatemos nuestro estrecho corazón para acoger a tantos que tienen sed de amor, de consuelo, de verdad, de justicia, de paz de eternidad.

 

Miremos como María, las mujeres y José de Arimatea la cruz gloriosa de Cristo, y llenos de amor, fe, esperanza en el cumplimiento de las promesas del Padre, la promesa de la resurrección y de la vida eterna y feliz en su reino, vivamos en su seguimiento como discípulos en comunión sacramental, real y existencial con el Crucificado y Glorificado y en comunión fraterna con todos.