Sábado, 29 de Abril de 2017
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Homilía del Nuncio Apostólico de Su Santidad

Homilía de S.E.R Mons. Renzo Fratini
Nuncio Apostólico de Su Santidad
Catedral de Palencia, 18 de junio de 2016

 

 

 

Eminentísimos Señores Cardenales,
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos,
Queridos sacerdotes concelebrantes,
Excelentísimas Autoridades,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

 

Me causa profunda emoción participar en esta solemne consagración del nuevo Obispo de Palencia, Mons. Manuel Herrero Fernández. Un saludo afectuoso a cuantos le acompañáis, especialmente al Ilmo. Sr. D. Antonio Gómez Cantero, que ha preparado la llegada del nuevo obispo cuidando, como Administrador Diocesano, a esta querida Diócesis. En nombre del Santo Padre, muchas gracias D. Antonio.

 

Querido hermano:

 

Dentro de unos momentos, por la imposición de manos y la oración consecratoria, vas a entrar a formar parte del Colegio Episcopal, en el cual, pervive el ministerio apostólico. Como leemos en el libro de los Hechos, por la imposición de manos a varones probos y cualificados, los Apóstoles del Señor les confirieron el ministerio que ellos mismos habían recibido del divino Fundador. Así, ese ministerio pervive ahora en personas concretas, en continuidad histórica con los mismos santos Apóstoles. Como en el Colegio Apostólico Pedro tiene un puesto y tarea que significa la unidad, así, en el Colegio Episcopal, el Sucesor de Pedro tiene su lugar como siervo de los siervos de Dios, garante de la Unidad de la fe presidiendo en la caridad.

 

Pero, al hablar de la sucesión apostólica, no queremos decir que el obispo es otro apóstol. Efectivamente, los apóstoles son fundadores en inmediata conexión histórica con Cristo. Los obispos, sin embargo -lo dice su nombre- son “guardianes” de lo que ya está fundado por el Señor. Ellos no pueden sino “custodiar” el depósito recibido (1Tim 6,20; 2 Tim 1,12.14). Porque, como Cristo transmitió fielmente lo que había oído del Padre (Cf. Jn 15,15), así también los apóstoles recibieron el encargo de Cristo de transmitir todo cuanto Él les había ordenado (Cf. Mt 28,20). De esta manera, lo recordaba el Papa en una reciente consagración episcopal, por este ministerio «es Cristo, de hecho, el que continúa predicando el Evangelio de la salvación y santificando a los creyentes, a través de los sacramentos de la fe. Es Cristo el que, en la paternidad del obispo, añade nuevos miembros a su cuerpo, que es la Iglesia. Es Cristo el que, en la sabiduría y la prudencia del obispo, guía al pueblo de Dios en la peregrinación terrena hacia la felicidad eterna»[1].

 

Consciente pues de que el Guía es Cristo, el Obispo ejerce su tarea colaborando con Él en virtud de su elección. Así guía como pastor, guía como siervo, guía como samaritano que, con entrañas de misericordia, manifiesta al «Buen Pastor que da la vida por las ovejas».

 

1. Guía como pastor.

 

El dueño de las ovejas es el Señor. Y es Él, todo bondad, el que ha dado su vida por ellas. Tenemos presente que se trata de “su vida”, de la vida de Cristo, y se trata de “sus ovejas”, las que Él «adquirió con su propia sangre» (Act 20, 28). A nosotros, nos invita a ser su prolongación, a participar de su pastoreo. Nos ha elegido a compartir su tarea. Nuestro mérito está en mantener una actitud, clara y consciente, de que, en consecuencia con esta realidad, nuestra tarea la debemos ejercer y vivir como el Señor nos pide; y lo que nos pide es que “nos importen las ovejas”. La virtud del pastor es implicarse afondo, afrontando las dificultades que impiden la vida del rebaño, pero sabiendo que nada es nuestro. Solo se nos confía. El pastor crece así en la caridad, la caridad pastoral, que empieza por el amor a Cristo, la amistad y confianza con Él. ¿Acaso puede poner el dueño al frente de lo suyo, a alguien que no sea de su confianza? Esta confianza crece en el trato permanente con Él. No es por un contrato, no somos “asalariados”, somos “sus amigos”, sus cercanos, sus “conocidos” y Él nos ha enviado. Así como en la relación Trinitaria entre el Padre y el Hijo, el Hijo conoce a las ovejas que el Padre le confía (Cf. Jn 10, 15), así, de manera semejante, del amor y de la confianza con Nuestro Señor Jesucristo brota para el Obispo la capacidad de relacionarse con la grey, amando a los fieles confiados con un amor modelado en el amor de Cristo[2].

 

Cristo da la vida por sus ovejas. Al ponerlas a nuestro cuidado, nosotros damos nuestra propia vida a Cristo en la solicitud pastoral, una tarea de amplias miras. Una mirada concreta e inmediata como dice el Santo Padre: «¡Mirad a los fieles a los ojos! No de lado, a los ojos, para ver el corazón. Y que ese fiel tuyo, sea presbítero, diácono o laico, pueda ver tu corazón. Pero mirar siempre a los ojos»[3]. Una mirada también colegial. A todo obispo le corresponde la diligencia por todas las Iglesias y socorrer generosamente a las más necesitadas de ayuda. Una mirada, en tercer lugar, más allá del redil, motivada por la preocupación por los que no están en el único redil de Cristo, para que, escuchando su voz que invita a todos «no haya más que un solo rebaño bajo un solo pastor».

 

2. Guía como siervo.

 

El apóstol S. Pablo, se vio en la necesidad de declarar acerca del ministerio apostólico -así lo hemos escuchado en la segunda lectura- «no nos predicamos a nosotros mismos; predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús». El apóstol predica la fe: «Cristo es Señor». El centro del mensaje es la Persona de Cristo. Pero la exposición de la fe, implica en el apóstol una actitud vivida. El elegido, no puede entender su tarea como un honor sino, como un servicio, un servicio a todos, pues «El que es mayor entre vosotros debe hacerse el más pequeño. Y quien gobierna, ha de portarse como el que sirve». El espíritu del mundo, sin embargo, con su vanidad y orgullo, se opone a este espíritu de servicio, a la actitud del Buen pastor que da la vida, que la entrega por el camino de la humildad y de la cruz.

 

Entre tantas que afectan a este espíritu de servicio pastoral, dos actitudes nos pide el Santo Padre al respecto: la capacidad de escucha y la disponibilidad de nuestro tiempo.

 

Habiendo recibido la sobreabundante unción del Espíritu Santo, el obispo no debe tener miedo a escuchar, también con humildad, para «después de haber escuchado», decidir. Los problemas en la Iglesia siempre se afrontan «con la reunión, la escucha, la discusión, la oración y la decisión final. Y allí está el Espíritu». Un estilo, un camino seguido desde los orígenes «hasta hoy»[4].

 

Con esta actitud, también va la disponibilidad plena. «El que sirve, no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El siervo está abierto a la sorpresa, a las sorpresas cotidianas de Dios. ... El siervo rebasa los horarios»[5].

 

3. Guía lleno de misericordia.

 

Los que somos enviados por Él para la salvación de los hombres, hemos de entender siempre que nuestra elección tiene, por origen permanente, su misericordia, la misericordia de Cristo. Él «vio a las muchedumbres cansadas y extenuadas como ovejas sin pastor, sintió lástima y dijo a sus discípulos “rogad al dueño de la mies, que envíe operarios a su mies”» (Mt 9, 36-37). Trasparentando el Corazón de Cristo. Amando con amor de padre y de hermano a todos los que Dios te confía. Estar atento, hacerse pastor próximo, que se interesa por el bien de la persona. Por eso, la actitud de servicio pastoral tiene una imagen sugestiva en la parábola del buen samaritano que se ocupa del abandonado golpeado, para curar sus heridas.

 

La manera concreta como el Buen Samaritano derrama el óleo sobre el herido, la indica la primera lectura que hemos escuchado del profeta Isaías sobre la figura del Ungido «enviado para dar la buena noticia a los que sufren» y «para consolar a los afligidos». Es la doble misión, como mensajero y como consolador, destinado a «evangelizar a los pobres» proclamando «el año de gracia del Señor», esto es, de la gracia de la salvación que redime a los cautivos, y renueva el orden de las cosas conforme al plan originario de Dios. Sabemos que hay dos expresiones de pobreza. Una, la de aquellos que, en la sociedad, sufren acuciados por las necesidades, muchas veces dramáticas y urgentes, que afectan al desarrollo de una vida digna, e incluso a una consideración justa de las personas. Pero existe también una pobreza más profunda: En el corazón de cada persona existe la necesidad de Jesús, del Señor, de su misericordia. En Él desaparece la oscuridad interior, el no saber para qué vivir, para qué sufrir o sacrificarse. Desaparece el miedo, porque su amor es fiel. Él, que sabe perdonar, se compadece de nuestras miserias, de nuestras infidelidades, de la ambigüedad y falsedad del corazón, de los pecados cometidos. En Cristo está asegurada nuestra vida, nuestra victoria sobre el mal, la injusticia y la muerte.

 

Conociendo el amor y la misericordia de Dios, el obispo la propone valientemente. Este amor y misericordia es el sentido de la libertad que Cristo nos garantiza en toda circunstancia, es la que nos da la alegría interior y la paz en el corazón. Esta misericordia, que viene de la fe en Cristo y con nuestra aceptación y colaboración se hace ejemplo concreto de vida, hemos de proponerla como fuerza de trasformación del mundo amando cada uno de los discípulos de Cristo como Él nos ha amado.

 

Querido hermano, el ejercicio pastoral es, como escribe San Agustín, «la mayor carga». El decía a los fieles de Hipona: «Yo soy un agente de Él, soy su siervo. ¿Quieres que te diga: “Vive como quieras, que el Señor no te perderá”? El agente te ofreció seguridad, pero de nada te vale esa seguridad... ¿qué seguridad es la ofrecida por mí o por vosotros, si no escuchamos con atención y preocupación los mandatos del Señor y esperamos fielmente sus promesas? nuestras fatigas pastorales van encaminadas a alcanzar la justicia que ha de cumplirse y a la santificación en el nombre de Dios»[6]. Por eso junto con toda tu familia diocesana elevamos nuestras súplicas y te encomendamos al verdadero Pastor, Jesucristo, para que, por intercesión de la Santísima Virgen, tan amada aquí con el título de La Calle, la querida Madre de Consolación de tu Orden religiosa, te conduzca, te sostenga y te ayude a ser, por Él, en Él y con Él, reflejo de su cercanía a todos los fieles de esta amada tierra castellana.

 

Que así sea.

 



[1] Homilía 19.3.16

[2] Cf. San Juan de Ávila. Tratado del Amor de Dios, nº 11.12

[3] Homilía 19.3.16

[4] Meditación Domus Sanctae Marthae 28.04.16

[5] Homilía 29.5.16

[6] Sermón 339, 9