Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
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Estuve enfermo y me visitásteis

   + Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

¿Quién no ha experimentado la enfermedad en su misma carne o en la carne de alguna persona querida, el hijo, el padre, la madre, el abuelo o la abuela, el hermano, el amigo, el vecino, el compañero, etc...? Y no me refiero a un catarro, una gripe, un resfriado, un dolor de muelas, sino a una enfermedad seria, con cirugía o sin ella. Es más, cuando pensamos, sólo pensar, en que pueda tocarnos una enfermedad seria generalmente tiembla nuestro ser.

 

Y es que la enfermedad nos hace palpar la finitud, nuestra debilidad, la caducidad y la precariedad, nuestra limitación e impotencia, nuestra necesidad de los otros y nuestra mortalidad. Nosotros que, a veces, creemos que nos vamos a comer el mundo, experimentamos cómo el paso del tiempo, un virus, una bacteria, etc... nos come.

 

Hay que pasearse por los hospitales, o por las residencias de mayores, y ver qué sienten y cómo se sienten los allí atendidos. Al enfermo, además del dolor físico, se le hacen eternas las horas, los días y las noches sin dormir; y la mente trabajando, pensando y preguntándose: ¿Vendrán a verme, a visitarme? ¿Se habrán olvidado los míos, los más queridos? ¿Quién soy yo? ¿Qué es mi vida? ¿De quién depende? ¿Cuál es mi meta o destino? ¿Quién sostiene mi vida? Muchas personas no quieren ni planteárselo. Otras personas, lo rumian para sí mismas y no expresan nada. Otras levantamos los ojos y el corazón a Dios e incluso le preguntamos: ¿Por qué, Señor, por qué a mí, por qué ahora? ¿Qué va ser de mí? ¿Qué me espera después de mi muerte? Cuántas preguntas en las que el ser humano toca con su misterio, con el misterio que cada uno es y lleva dentro de su historia.

 

¡Qué hacer? Una de obras corporales de misericordia es visitar y cuidar a los enfermos. Cargar y hacerse cargo de la enfermedad.

 

En primer lugar, desechando y luchando contra esa concepción de la enfermedad como un castigo de Dios. Dios no castiga a nadie, no es vengador del pecado del hombre. No quiere su mal sino su salvación. Si es Padre con entrañas de Madre. La enfermedad forma parte de la existencia humana, porque somos limitados, caducos y mortales.

 

En segundo lugar, atendiendo a los enfermos. Dios está a favor de la vida plena, corporal y espiritual, temporal y eterna del hombre. Así lo vemos en el Antiguo Testamento y, sobretodo, en Jesucristo. Fue llamado Médico. El pasó haciendo el bien y luchando contra el mal. Si quitáramos, por ejemplo, del Evangelio de San Marcos, todo lo que Jesús hace en favor de los enfermos nos quedaríamos con dos hojas. Vemos cómo Jesús, sensible al sufrimiento humano, se preocupa y cura a los sordos, enfermos, cojos, ciegos, paralíticos, endemoniados e, incluso, resucita a los muertos. Jesús da recomendaciones a sus discípulos, los envía a anunciar el Evangelio curando a los enfermos, es decir, preocupándose de los enfermos. Él se ha hecho y se ha identificado con el enfermo y necesitado. Él da ejemplo: coge de la mano como a la suegra de Pedro para hacer sentir su presencia cercana y hermana. Al final, seremos examinados del amor efectivo y afectivo a los enfermos: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino, porque... estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25).

 

En tercer lugar, la enfermedad, el dolor, puede ser un espacio de aprendizaje si aceptamos sus lecciones. Cuántos, a raíz de una enfermedad, han cambiado su vida, se han hecho más sabios, más fraternos, más humanos.

 

Desde aquí quiero reconocer e invito a todos a reconocer y agradecer el trabajo técnico y sobre todo humano de los médicos, científicos, personal de enfermería, celadores, trabajadores de la sanidad en los hospitales, centros de salud, residencias, el trabajo sacrificado de las familias por atender a los suyos, de los cuidadores en los domicilios cuando el resto de la familia trabaja y no puede atender personalmente a sus deudos, de día o de noche; reconocer también la labor de los capellanes de hospital o de residencias que se preocupan y ocupan de acompañar a los enfermos, de darles luz, esperanza, de hacerles sentir una mano amiga y hermana. También deseo dar gracias a tantas familias que atienden a sus familiares a lo largo de mucho tiempo llegando enfermar ellas mismas. Alabo y reconozco la labor de tantas personas de las parroquias y voluntarios de instituciones eclesiales o no eclesiales que visitan, llevan la comunión y acompañan a los enfermos o mayores en sus domicilios, les acompañan al centro de salud, a hacer análisis, compras, pasear, tomar el aire, etc. Ánimo y a seguir en esa senda. Es verdad que cada vez en más difícil, porque muchos hospitales, residencias y domicilios, sobre todo en las ciudades, no así en los pueblos, ponen muchas dificultades por cuestión de horarios, de acentuar excesivamente la privacidad; que eso no nos eche atrás. Visitemos, cuidemos y oremos por los enfermos. Humanicemos este servicio sin discriminaciones y sin reduccionismos.