Domingo, 19 de Noviembre de 2017
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La gran semana, la Santa Semana

 

 

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

La Semana Santa concentra las más importantes celebraciones del año litúrgico. El Triduo Pascual, «tres días en honor de Cristo muerto, sepultado y resucitado» (San Agustín, carta 55, 14, 24), que comprende Jueves por la tarde, con la celebración de la Cena del Señor, Viernes, día de la Pasión y Muerte del Señor, Sábado Santo, día de la Sepultura del Señor, y Domingo de Pascua hasta el atardecer, día de la Resurrección del Señor, es el corazón de la Gran Semana.

 

En nuestras familias, en nuestros pueblos y ciudades, las grandes fiestas las preparamos siempre. También los cristianos lo hacemos. Cada domingo celebramos los cristianos al Señor Resucitado- es el “día del Señor”-, es la Pascua Semanal. Una vez al año, en la máxima solemnidad de la pascua, la celebramos juntamente con su santa pasión (cfr. Vaticano II, SC, 102). Preparamos y nos preparamos para la gran fiesta durante cuarenta días, por eso se llama Cuaresma, y celebramos la Pascua como si fueran un único día durante cincuenta días, hasta Pentecostés. Es más: cada sacramento y cada celebración de la Iglesia brota de la Pascua. La Eucaristía, el gran sacramento de los sacramentos, es anuncio de la muerte de Cristo y proclamación de su resurrección hasta el día de su vuelta gloriosa.

 

Pero, ¿por qué le damos tanta importancia? San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla y Padre de la Iglesia de los siglos IV y V, lo explicaba así: «La Gran Semana en la que estamos lo es todo para nosotros. Es la fuente de nuestros bienes, y ahora es cuando debemos disputar nuestra corona; y he aquí porqué la semana presente se llama la Gran Semana. No es porque los días sean más largos que los otros; otras semanas, en efecto, tienen días con más horas de luz. No es porque los días sean más numerosos, pues en todas las semanas el número de días es el mismo. Es porque, en esta semana, Dios ha hecho cosas particularmente gloriosas; es en esta Gran Semana cuando la larga tiranía del demonio ha sido destruida, la muerte ha sido extinguida, el que era fuerte ha sido encadenado; sus poderes han sido eliminados, el pecado ha sido borrado, así como la maldición, el paraíso ha sido abierto, el cielo se ha hecho accesible, los hombres se han mezclado con los ángeles, el muro que lo separaba todo ha desaparecido, el velo se ha quitado, el Dios de la paz ha extendido la paz en el cielo y la Tierra. Así se la llama Gran Semana». (Homilía sobre la Gran Semana).

 

Sí, en esta Semana Dios ha hecho cosas particularmente gloriosas. Todas las obras de Dios son gloriosas, pero las particularmente gloriosas, las más insospechadas e inconcebibles, las más “locas” en favor de los hombres y de la creación entera, las ha hecho en Jesucristo. En su encarnación y nacimiento, infancia y vida pública con sus palabras y obras. En la Semana Santa celebramos los días últimos de la vida terrena del Señor que, por haber vivido, hablado y actuado de una determinada manera, terminó en la muerte, la sepultura y la resurrección. El centro y la gran obra del Padre es haber resucitado a su Hijo, muerto y sepultado por nosotros y por nuestra salvación, con la fuerza del Espíritu. Nosotros descubrimos en su persona el misterio del amor apasionado de Dios por cada uno y por todos los hombres hasta hacernos hijos y hermanos en Cristo y con su Espíritu, coherederos con Él. En Jesucristo, la pretensión del hombre de ser dios se ha realizado, pero, no por la vía de la soberbia, de querer robar el fuego divino, sino por la vía de la obediencia y humildad; rebajándose hasta despojarse de su condición divina, asumió nuestra condición humana, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz y nos elevó hasta elevarnos a la condición de hijos y sentándonos con Él en el cielo. Es el colmo del amor de Dios.

 

Esto es lo que celebra la Iglesia en la Liturgia y lo que se refleja en nuestros pasos procesionales portados por cofrades, en la música, en la literatura, en el arte. Este es el misterio de nuestra fe, la síntesis que confesamos en el Credo. Esto es lo que nos llena de alegría, júbilo y esperanza.

 

¿Cómo vivir estos días, cómo vivir estos misterios? Con los ojos de la cara y del corazón fijos en Cristo, dejándonos amar por Él. Esta convicción y sentimiento es lo primero. San Pablo decía: «Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mi» (Gal 2, 20). ¿Podremos decirlo nosotros? Para eso debemos meditar, orar, dejarnos interpelar, pedir perdón, agradecer, alabar, bendecir.

 

En segundo lugar, responder, porque amor con amor se paga. Y la respuesta es seguirle. Creer en Él y vivir como él vivió; ser hombres y mujeres nuevos viviendo según su ejemplo y palabra; amarle y servirle a Él en nuestros hermanos, en nuestros prójimos, especialmente los más desfavorecidos y empobrecidos de cerca y de lejos, en los descartados de la sociedad. En seguirle por amor y servirle en nuestros prójimos, no seguir ni servir a otros, radica nuestra esperanza de una humanidad nueva y de la vida futura.