Miércoles, 26 de Julio de 2017
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Perdonar las injurias

 

 

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

 

Lo confieso: siempre me ha llamado la atención y me ha impresionado la oración que la Iglesia eleva a Dios el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario que dice así: «¡Oh, Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia...!».

 

Siempre creemos en el poder de Dios; le llamamos Omnipotente, es decir, que lo puedo todo. Yo me quedo con la boca abierta y lleno de admiración hacia Dios cuando veo las estrellas, la naturaleza toda...; de mi pobre fe sale una alabanza por sus obras. También, y de manera especial, cuando me detengo ante el ser humano, el microcosmos, que somos como la hierba que florece por la mañana y por la tarde la cortan y se seca, y digo con el salmo 8: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para mirar por él? ¡Señor, Dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!». Pero la oración, reconociendo ese poder, dice, que sobre todo Dios lo manifiesta con el perdón y la misericordia, o la misericordia hacia los pecadores que se concreta en el perdón.

 

También nosotros, los hombres y mujeres, debemos manifestar nuestro poder y fuerza, nuestra sabiduría e inteligencia, no únicamente con el avance de la ciencia y la técnica en todos los campos, sino sobre todo en perdón y la misericordia. ¿Quién dijo que es de débiles el perdonar? Es lo más grande que podemos hacer: perdonar y pedir perdón. No humilla a la persona, sino que la eleva y enaltece. Es más: no habrá futuro verdaderamente humano sin perdón.

 

Pero, ¿qué es el perdón? Me gusta esa etimología que dice que la palabra perdón está formada por dos: “per” y “don”, que significa don perfecto. Y es que es así. Es la perfección del amor. Es tener indulgencia, olvidarse de las ofensas y de las deudas, es no llevar cuentas del mal, es tener un corazón inmenso para pasar página, es apostar por nuevas oportunidades de vida...

 

Perdonar las injurias nos debe llevar, en primer lugar, a reconocer humildemente nuestros pecados e injurias de pensamiento, palabra, obra y omisión contra Dios, contra los otros, contra la casa común que es la tierra, contra nosotros mismos; nunca es más grande el hombre que cuando reconoce la verdad, cuando es humilde y auténtico, cuando no se engaña a sí mismo ni a los demás, cuando reconoce responsablemente sus yerros y no quiere camuflarlos echando la culpa a los demás, a las energías flotantes y siderales o al gato. Y para reconocer nuestros pecados, no sirve el compararse con los otros, con lo que hacen los demás y lo políticamente correcto, sino mirar a Jesús, ver cómo vivía y se comportaba, y, a su luz, mirar nuestra conciencia.

 

Perdonar las injurias nos debe llevar, en segundo lugar, a pedir perdón a los que hemos ofendido, comenzando por Dios. Pedir perdón con palabras, con gestos externos, pero sobre todo que sean sinceros, porque nos pesa haber ofendido, no por miedo al castigo o a la venganza, sino por no haber correspondido al amor.

 

En tercer lugar, perdonar las ofensas nos debe llevar a ofrecer siempre, “hasta sesenta veces siete”, es decir, siempre, siempre, el perdón, la mano abierta, hermana y tendida, a todos y en toda situación.

 

Perdonarnos a nosotros mismos nuestras propias faltas; si Dios me perdona y me dice: «Yo tampoco te condeno. Anda y, en adelante no peques más» (Jn 8, 11), cómo no me voy a perdonar yo. Incluso, desde el punto de vista de la salud integral, necesitamos saber perdonarnos a nosotros mismos.

 

Perdonar a los otros. Testigos son los mártires de todos los tiempos que, siguiendo el ejemplo de Jesús en la cruz, murieron perdonando a sus verdugos. Voy a contar una historia de perdón cuya protagonista fue una señora, Julia, que pertenecía a una comunidad parroquial en la que yo servía. De ella aprendí qué es perdonar. Me lo contaron sus hijos y ella, humilde, me decía: nos les haga caso. Esto ocurrió por los años treinta del siglo pasado. En aquel clima, en un pueblo agrícola de Segovia, asesinaron al marido de Julia, dejándola con cinco hijos pequeños. Y ella trabajando y luchando por sacar los hijos y la casa adelante. Un vecino, Antonio, cayó enfermo. Y allá va Julia todos los días a arreglarle la casa, compartiendo la comida de su familia. Un día le dice Antonio: “Julia, ¿por qué haces esto?”. “Anda, tonto, somos vecinos y, hoy por ti, mañana por mí”, le contesta. Le dice Antonio: “¿Tú sabes que yo maté a tu marido?”. “Sí -contesta Julia- desde el primer día”. “Y ¿por qué, entonces, haces todo esto por mí?”. “Soy cristiana, y si Dios me perdona a mí, cómo no voy yo a perdonar”. No derramó la sangre, pero amó, dio vida. Eso es perdonar. Una santa.