Jueves, 21 de Septiembre de 2017
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Consolar al triste

 

 

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

El lunes pasado, primero de mayo, pude participar con otros muchos palentinos en dos actos comprometidos que encarnan esta obra de misericordia: el homenaje a las Víctimas de Gaspar Arroyo y una oración por un trabajo decente para todos. Vi y sentí la tristeza de los familiares de las víctimas y la solidaridad de muchos hombres y mujeres.

 

El estado de tristeza es fundamentalmente personal, aunque también puede darse en un grupo más o menos grande, por ejemplo una catástrofe natural, un atentado terrorista, la guerra, etc. Los motivos para estar tristes son de lo más variado; siempre suponen la constatación de una situación no ideal de la existencia. Porque estamos hechos para la vida, para la alegría, para la fiesta. Los motivos pueden ser una enfermedad, una crisis en la convivencia familiar entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos, el quedarse sin trabajo o no encontrarlo, el fallecimiento de un ser querido, la soledad, el paso y el peso de los años, la culpa, el pecado, la angustia, el miedo al futuro, la injusticia, etc.; siempre al final está el dolor en sus distintas manifestaciones.

 

En ocasiones, ante la tristeza y el dolor, se da en muchos la indiferencia, que es una actitud inhumana; indica que se tiene un corazón insensible, un corazón de piedra, no de carne. Y es triste que seamos así.

 

Consolar, dice el Diccionario de la Real Academia, es aliviar la pena o aflicción de alguien. Es verdad que, por ejemplo, cuando sucede una desgracia grupal, las instituciones ponen en movimiento un grupo de profesionales como psicólogos, asistentes sociales, etc. Y es bueno reconocer su labor, aunque esta situación no suele prologarse mucho en el tiempo porque cuesta mucho dinero. Pasado un cierto tiempo las personas se vuelven a encontrar con la situación anterior, quizás un poco más llevadera porque el tiempo tiene una función curativa.

 

El consuelo, para que se mantenga en el tiempo y sea realmente eficaz, tiene que venir de la relación personal, de hacerse prójimo, próximo, de aquellos que tienen capacidad de empatía, es decir, de ponerse en lugar del otro, sentir en su propia piel el dolor de los demás. Y esto solo es posible cuando hay relación cercana, cuando se da confianza entre las dos personas, la desconsolada y triste y la que consuela. No desde el paternalismo, cuando se hace desde la altanería y el orgullo, el creerse superior, intocable al desaliento, cuando se va dando lecciones. Si se hace así tiene efectos negativos, y contraproducentes, frutos del cinismo y de la necedad. Así sucede con el que intenta consolar presentando otros muchos males: “mal de muchos, consuelo de tontos”. En cierto modo sólo puede consolar, llevar alivio y despertar horizontes nuevos aquel que ha pasado por la misma situación o parecida y, desde las potencialidades de la persona o desde la fe, ha reemprendido el vuelo, la ilusión, la esperanza y la alegría.

 

Para consolar se necesita tener este don y entraña acercarse al otro de modo delicado, respetuoso con la persona y la verdad, buscando el momento oportuno.

 

La Biblia tiene páginas entrañables sobre consolar al triste. El llamado “Segundo Isaías” (Isaías 40-55) es un conjunto de poemas, “El libro de Consolación”, y comienza así: «Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén». Y toda la Escritura canta: «Exulta, cielo, alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sion decía: “Me ha abandonado el Señor, mi Dueño me ha olvidado. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré”» (Isaías, 49, 13-15). Jesús es el Consuelo de Israel que hace cantar al anciano Simeón (Lucas 2, 25). El consoló a la viuda de Naím y proclama dichosos a los que lloran, porque ellos serán consolados (Mateo 5, 4); el Espíritu Santo es invocado como el Paráclito, como el que está a nuestro lado para defendernos y consolarnos. San Pablo llama a Dios «Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo que consuela a los tristes y afligidos y nos capacita para consolar a los demás» (II Cor 1, 3-7).

 

Hoy hay que seguir practicando esta obra de misericordia. Primero, acudiendo a Dios y dejándonos consolar por Él; ¡quién no pasa por momentos tristes, difíciles, padeciendo distintas aflicciones del cuerpo o del alma!; segundo, abriendo los ojos, los oídos el corazón, las manos y los pies a los todos, porque todos sufrimos, particularmente a los lázaros de la sociedad; y tercero, descubrir el sentido del sufrimiento, viviéndolo nosotros, compartiéndolo con otros y abiertos siempre a la esperanza.