Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
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    Catedral

  • Colegiata de San Miguel
    Aguilar

    Barrio Santa María

    Colmenares de Ojeda

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    Virgen del Brezo

     

    Pisón de Castrejón

  • Iglesia de Santiago
    Carrión

    Virgen del Valle

    Virgen Blanca
    Villalcazar de Sirga

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    El Cristo del Otero

     

    Iglesia de San Miguel

En la pista de salida

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

«Esta es la fuerza
que pone en pie a la Iglesia
en medio de las plazas
y levanta testigos en el pueblo
para hablar con palabras como espadas
delante de los jueces».

 

Así canta un himno de la Liturgia de la Iglesia en este día de Pentecostés.

 

La Pascua florida, celebración del paso del Señor, se convierte en Pascua granada, Pascua llena de grano, de frutos. El gran fruto de la Pascua del Crucificado y resucitado es el Don de su Espíritu.

 

La Biblia habla del Espíritu Santo, del Espíritu de Dios, con varios símbolos: el agua, el dedo de Dios, el aliento, la brisa, el viento, la llama de fuego, la luz, la paloma, etc., todo para apuntar que Dios mismo nos hace el gran Don de su Amor; no sólo nos ha creado y redimido sino que habita en nosotros, anida en nuestro corazón, ora y gime por nosotros y en nosotros, nos cerciora en la conciencia de ser hijos, y si somos hijos somos herederos, coherederos con Cristo. Ese amor, esa presencia es la fuente de nuestra alegría y esperanza, es la fuerza que sostiene e impulsa nuestra debilidad y cobardía para ser testigos en medio de las plazas y en los distintos ambientes; es como la fuerza irreprimible que nos mueve a continuar la obra de Jesús sin miedo, con valentía y alegría, haciendo presente su paz, justicia y amor, su proyecto de una tierra nueva y un cielo nuevo en los que habite la justicia y los hombres vivamos como hermanos; una ciudad nueva en la que ya no haya dolor, llanto, injusticia y muerte, sino paz y alegría sin fin.

 

Los cristianos tenemos que dejar de lamentarnos y gimotear porque la sociedad está mal, está enferma, corrompida, etc.; tenemos que sacudir nuestra modorra y, como dice el papa Francisco, “SALIR”.

 

Salir: como discípulos misioneros: esta es una clave de la tarea evangelizadora de la Iglesia. No replegarse en las sacristías, en nuestros círculos, cofradías, templos, etc.; no esperar a que vengan, a que llamen a nuestra puerta; salir a las plazas públicas, a los caminos y encrucijadas. Salir de nuestras inercias, rigideces, encasillamientos y esquemas Están bien las procesiones y peregrinaciones de todo tipo, penitenciales, patronales, devocionales, con estandartes e imágenes entrañables que expresan nuestra fe, pero salimos un rato y después otra vez al templo. Se trata de salir y vivir movimos por el Espíritu de Cristo a la plazas de la sociedad, a las plazas de la empresa, del comercio, al mundo de la educación, a la política, al mundo de la economía, de la sanidad, del campo para hablar con la palabra y las obras, con el espíritu de las Bienaventuranzas. Salir a nuestras tierras palentinas, a nuestros pueblos, villas y ciudades, a nuestros barrios, a nuestra sociedad concreta. Se trata de salir como Jesús a los caminos de los hombres para encontrarnos con cada uno, involucrarnos escuchar, acoger, atender, acompañar, curar, compartir alegrías y penas, duelos y fiestas, servir, llevar el perdón, ser testigos de la misericordia que nosotros mismos hemos experimentados, en definitiva, para amar como el Buen Samaritano porque Dios es Amor y nos ha amado el primero. Y hacerlo con el estilo de Jesús: en diálogo, en humildad, en pobreza, sin altanería, sin condenar, tendiendo la mano como hermanos, despertando esperanzas, abriendo horizontes nuevos, dando vida y entregando la vida, sin ocultar lo que somos y hemos recibido gratis que es nuestra alegría y gozo.

 

Jesús dio instrucciones a sus apóstoles, a todos nosotros. En el Evangelio están. Hoy quisiera destacar una: salir a la misión de dos en dos, es decir, no como aventureros solitarios y por libre, sino como miembros de una comunidad y acompañados; acompañados y apoyados siempre por la oración de otros, e igualmente acompañados y apoyados por la comunidad, sintiéndonos y sabiéndonos enviados por Jesús y su Iglesia. Salir todos, sacerdotes, religiosos y laicos, cada uno según su condición.

 

La Iglesia hoy celebra la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado laical. Llama a los laicos, a todos los miembros del Pueblo de Dios, -laos significa pueblo, laico es el ciudadano del pueblo, en plenitud de derechos y obligaciones- a ser apóstoles, sentirnos enviados a transformar y renovar la faz de la tierra pasando de las palabras a las obras, de las buenas intenciones a la acción, muchas veces incomprendida, sacrificada, criticada y atacada. Ejemplo lo tenemos en Jesucristo, el peregrino de la Buena Noticia por los caminos de Palestina; ejemplo en Santa María, la Virgen de la Visitación, que se pone encamino de prisa hacia la montaña, a la casa de Isabel; ejemplos tenemos en los apóstoles que se dispersaron por toda la faz de la tierra; ejemplo lo tenemos en San Pablo y en tantos y tantos otros cristianos comprometidos por la paz, la justicia, por la reconciliación, por la igualdad y la dignidad de toda persona.

 

Ánimo, laicos, seglares de nuestra Iglesia: pongámonos en la pista de salida y salgamos a humanizar y divinizar nuestra sociedad. El Espíritu del Padre y de su Hijo, Jesús, nos guía, sostiene y acompaña.