Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
  •  

     

     

     

    Catedral

  • Colegiata de San Miguel
    Aguilar

    Barrio Santa María

    Colmenares de Ojeda

  •  

     

    Virgen del Brezo

     

    Pisón de Castrejón

  • Iglesia de Santiago
    Carrión

    Virgen del Valle

    Virgen Blanca
    Villalcazar de Sirga

  •  

     

    El Cristo del Otero

     

    Iglesia de San Miguel

¿Justicia y/o Misericordia?

 

 

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

De vez en cuando se levantan voces que exigen justicia y se oponen a medidas de gracia o de perdón, como si la justicia y la caridad fueran incompatibles. ¡Quién no recuerda gritos o escritos en tal sentido con ocasión, por ejemplo de la liberación de un condenado por terrorismo, o por violaciones, o abuso de menores!

 

¿Qué dice al respecto la fe cristiana? Aunque sea brevemente intentaré aportar un poco de luz para iluminar las conciencias y contribuir al bien de la sociedad.

 

Hay que decir que una es la justicia de los hombres y otra la justicia de Dios. La justicia de los hombres es la que, según las leyes, administran los jueces. Todos sabemos que pueden equivocarse, porque es humano el errar; pero también sabemos que no todas las leyes son justas; algunas buscan el mal menor, y otras son manifiesta y palmariamente injustas, porque no buscan el bien común, el bien integral de la persona y de todas las personas. Si Dios fuera justo con una justicia humana y nos pagara lo que nos corresponde, no quedaríamos ni el apuntador. Pero no podemos entender la justicia de Dios como la humana; Dios no es una criatura, sino el Creador, el Salvador y el Santificador, Dios es Amor.

 

La justicia de Dios es totalmente distinta. La Biblia afirma que Dios es justo y que su justicia es una manifestación de su santidad. Por descontado, Dios no es como a veces algunos lo pintan, un ser con una manga ancha que lo mismo le da ocho que ochenta, que traga todo, y al final es el como el viejo padrazo que no se entera de nada. Dios, por descontado, no puede sino castigar el mal y reconocer el bien. Su justicia es, como dice W. Kaspers, “una noticia esperanzadora”, la injusticia no va triunfar. El creyente espera la justicia de Dios para todos (salmos 5, 6, 7; 67,5; 71,15, etc.).El pueblo de Israel esperaba que los reyes fueran justos y así lo pedían al Señor cuando iniciaban su reinado (salmo 72), pero la decepción era casi la norma; por eso esperan y sueñan con que el Mesías Rey, descendiente de David, implante la justicia: «No juzgará por apariencias, no sentenciará de oídas, sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra; pero golpeará al violento con la vara de su boca... La justicia será ceñidor de su cintura, la lealtad, cinturón de su caderas» (Is 11, 1-5). Esperaban que el Mesías implantara la justicia en favor de los que ven los derechos humanos de los pobres, humildes y oprimidos conculcados por unos poderes injustos; esperaban la justicia de Dios porque no la tenían por parte de los hombres.

 

Dios es justo siendo fiel a su alianza, a sí mismo, a su esencia, que es amor. Creer es confiar en él, es cimentar nuestra persona y vida, nuestra convivencia en Dios, en él que, viendo nuestra miseria, se vuelca sobre nosotros con su misericordia. Junto a la justicia aparece la misericordia, no se oponen en Dios. Dios es justo, pero va más allá de la justicia con su misericordia y perdón; su justicia no es superflua, y quien se equivoque voluntariamente siendo infiel a su amor, deberá expiar la pena; la misericordia se traduce en paciencia, una paciencia que espera, que da tiempo al tiempo para que nos convirtamos (Is 54, 7-10): «Que el malvado abandone su camino y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón» (Is 55, 7). El hombre justo es aquel que se confía a la voluntad de Dios. «La justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (MV, 21). Jesús comienza su vida pública llamando a la conversión, a la fe en el Evangelio para ser bienaventurados, proclamó dichosos a los que tienen hambre y sed de la justicia (Mt 5, 6), buscó a los pecadores para ofrecerles su perdón, murió y resucitó para el perdón de los pecados y nos encomendó ser testigos de esto.

 

Hace poco, respondiendo a los que retratan a María como la que detiene el brazo justiciero de Dios listo a castigar, una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable, más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros, decía el día 12 de mayo el papa en Fátima: «Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin anteponer -como enseña el Evangelio- que son perdonados por su misericordia. Hay que anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios se realiza a la luz de la misericordia. Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz. Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados; dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado».