Martes, 25 de Julio de 2017
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Testigos de la Misericordia: San Agustín (I)

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

A lo largo de varias semanas he presentado, en el contexto del Año Jubilar de la Misericordia, el tema de la misma desde la Escritura, otras religiones, las obras de misericordia, las corporales y las espirituales clásicas. Ahora quisiera presentar algunos testigos de la misericordia, testigos porque la han experimentado en su vida y la han expresado en su obras y palabras.

 

Sin duda alguna, el mejor y mayor testigo es Jesucristo, el «rostro radiante de la misericordia del Padre»; pero Jesús ha tenido muchos amigos que han reflejado su amor: San Pedro, San Pablo, los mártires, todos los santos. Me fijaré sólo en algunos.

 

San Agustín, sin duda, es un testigo que la experimentó en su vida y en sus obras. Una de sus magnas obras, las Confesiones, no son otra cosa sino una confesión de su vida y de la misericordia de Dios sobre ella. Normalmente la palabra “Confesiones” hace alusión al reconocimiento del pecado en un contexto sacramental -el sacramento de la confesión-, pero el Obispo de Hipona la refiere además a la confesión de la fe -el credo-, y a la alabanza agradecida a Dios con palabras y obras por los beneficios.

 

Toda la obra es un canto a la misericordia: «Toda mi esperanza está depositada sólo en tu misericordia, que es inmensamente grande» (Conf. X, 29, 40). «Mi única esperanza es tu extraordinaria misericordia» (ib. X, 35, 57). «Aterrado por mis pecados y por el peso de mi miseria, internamente había pensado en un plan de huida a la soledad. Pero tú me lo impediste y me diste aliento con estas palabras: Cristo murió por todos para que todos los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió por ellos (2 Cor 5, 15). Mira, Señor, en ti deposito todas mi preocupaciones... Tu Hijo único, en quien se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, me redimió con su sangre» (ib. X, 43, 70).

 

Respecto a su vida, además de las Confesiones y todas sus obras, tenemos la biografía que escribió su discípulo San Posidio, obispo de Guelma; en ella, de forma escueta, relata cómo Agustín practicó la misericordia y la compasión viviendo modestamente, siendo hospitalario, predicando la verdad católica al pueblo cristiano de África, defendiendo la fe verdadera frente a maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos y paganos. Agustín trataba con paciencia y suavidad a todos, oraba por los vivos y los difuntos, trabajó por la paz y la fraternidad en la Iglesia, intercedía por los reos ante los jueces, administraba justicia dando consejos a los litigantes, corregía denunciando los males como vigía puesto sobre la casa del Señor y trabajó por la unidad de la Iglesia; «gozosamente favorecía el progreso y esfuerzos de todos los buenos, toleraba con piedad la indisciplina, gimiendo y lamentándose de las injusticias de los malos, ora se hallasen dentro, ora fuera de la Iglesia. Se alegraba de las ganancias del Señor y lloraba sus pérdidas» (Cap. XVIII). Visitaba a los enfermos; no aguantaba la murmuración, de tal manera que en el comedor escribió: «El que es amigo de roer vidas ajenas, / no es digno de sentarse en esta mesa»; no olvidaba a los pobres y necesitados en su pobreza compartiendo los bienes de la Iglesia, provenientes de las ofrendas de los fieles; perdonó y llamaba a perdonar siempre, confiando en la bondad del Señor. Oraba por los difuntos; así se dirige a Dios dando gracias por los dones de Dios para con su madre, Mónica, y pidiendo por sus pecados: «Escúchame en nombre del Médico de nuestras heridas que pendió del madero y que, sentado a tu derecha, intercede por nosotros. Sé que fue misericordiosa en sus acciones, que perdonó de corazón las deudas de sus propios deudores. Perdónale tú también las suyas, si es que contrajo alguna durante los años transcurridos después de recibir el agua de la salvación. No entres en juicio con ella. Triunfe la misericordia sobre la justicia, porque tus palabras son verdaderas y prometiste misericordia a los misericordiosos» (ib. X, 13,35).

 

Al final de su vida recordaba y hacía propio lo que decía San Ambrosio: «No tengo miedo a la muerte, pues tenemos un buen Señor». Revisó y corrigió casi todos los libros que dictó y escribió a lo largo de su vida -“Retractaciones”-; su biblioteca sigue enseñando al que no sabe y alimentando al sediento de Camino, Verdad y Vida. Ante la invasión del norte de África por los vándalos y alanos, mezclados con godos, llena de crueldades y barbarie, se condolía con los otros amargamente, y suplicaba con lágrimas y gemidos al Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo que ayudase con su gracia a todos a afrontar la prueba con fortaleza; a los pastores les aconsejaba no abandonar las ciudades invadidas, dejando al pueblo a merced de los lobos. Convencido de que siempre hay que hacer penitencia incluso en el lecho de la muerte oraba con los salmos penitenciales, suplicando la misericordia del Señor.

 

Toda su vida se puede resumir en esta frase: «Mi miseria y Tu misericordia».