Jueves, 21 de Septiembre de 2017
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Testigos de la Misericordia: San Manuel González García

 

 

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

El pasado 16 de octubre el papa Francisco declaraba santo a nuestro querido D. Manuel, González, Obispo de Palencia. Con gozo y alegría muchos palentinos fuimos testigos de su canonización. A la vuelta, en la Catedral de Palencia, tuvimos una misa solemne de acción de gracias y bendiciendo una imagen del nuevo santo. San Manuel estuvo solo cuatro años y medio en Palencia y se ganó el corazón de muchos en época difícil de revolución y enfrentamiento incivilizado, Muchos palentinos, sobre todo personas mayores, recuerdan cosas y anécdotas del Obispo de los Sagrarios Abandonados como, por ejemplo, cuando fue a su pueblo, cuando los confirmó, etc. La mayor parte de su vida la desarrolló en Sevilla, en Huelva y en Málaga; pero la persona era la misma, con su fe, el amor a Jesucristo en el Sagrario abandonado y en el corazón de Jesús, su amor a La Inmaculada, con sus inquietudes, convicciones, opciones pastorales, etc. No en vano dice el refrán: “Genio y figura hasta la sepultura”. Muchas peregrinaciones han visitado a lo largo de este curso su sepulcro en la Catedral y la casa de las Hermanas Misioneras Nazarenas.

 

Por descontado, sus tiempos no son los nuestros, pero percibo que pocos leemos sus libros, pocos le invocamos, pocos visitamos y oramos ante su sepulcro en la Catedral, a los pies del Sagrario, poco hablamos de él. Sus Hijas, sí, pero... ¿y los demás? ¿Somos desmemoriados?

 

Todo eso estaría muy bien si lo hiciéramos, pero, como decía un profesor agustino que me dio clase: «A los santos se les honra imitándolos». No en vano decía san Pablo: «Seguid mi ejemplo... Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo». (I Cor 11, 1; Fil 3, 17). Muchos ejemplos y de muchas virtudes nos sigue dando san Manuel: amor a la Eucaristía, obediencia, paciencia, confianza, su gracejo y salsa, sencillez y profundidad, su intrepidez y realismo pastoral, su amor hasta perdonar a los que quemaron su casa y profanaron la tumba de sus padres, etc. Hoy deseo fijarme en la misericordia.

 

San Manuel, en primer lugar, confesaba y suplicaba la misericordia del Señor en su advocación del Corazón de Jesús. Sabía y sentía que Jesús le amaba y le perdonaba sus pecados. No pedía esa misericordia para él sólo; oraba por los vivos y los difuntos, especialmente por lo más necesitados. Decía de la oración: «¿Qué es la oración? Es la fe y la confianza poniendo en comunicación y en corazón la gran miseria humana con la gran misericordia divina». Y él lo hacía siempre. Ante cualquier necesidad lo primero que hacía era acudir al “Amo” en el Sagrario. «Para mis pasos -escribía- yo no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino, encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan. Descubriré niños pobres y pobres niños y me sobrará dinero y los auxilios para levantarles escuelas y refugios para remediarles sus pobrezas. Tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con tullidos y hasta con muertos del ama o del cuerpo, y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud».

 

También se preocupó de dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, enseñar al que no sabe, etc. La mayor parte de los onubenses vivían en situación de incultura, sin escuelas; los trabajadores percibían miserables salarios, la desigualdad de las clases clamaba a Dios; las viviendas, infrahumanas, escavadas en cuevas o chabolas donde las personas se hacinaban, el alejamiento de la fe, la convivencia social en la ciudad era agria como sus ríos mineralizados, el Tinto y el Odiel. Y ¿qué hizo? ¿Sólo denunciar, y hablar? Sí, eso también, pero inició obras concretas, supo concitar en torno a sus obras sociales muchas personas a quienes llamaba, con su ángel andaluz, “los chiflados”, etc. Desde el Evangelio escrito y el Evangelio vivo, el Sagrario, trazó su programa de acción. Levantó una panadería, una barriada de casas para obreros, un Centro Católico de Obreros, una Caja de Ahorros y un Monte Piedad, dos talleres de ropa para pobres, una escuela nocturna para chicas, una escuela gratuita para quinientos niños, una escuela mixta, una escuela nocturna para obreros, una biblioteca parroquial ambulante, un Secretariado del pueblo, una asociación moralizadora de los presos, visitas a enfermos, compra y reparte buena prensa, escribe pequeñas obras accesibles a todos, etc. Enseñar al que no sabe: para eso fundó varias escuelas en los barrios. Una de ellas es la del Sagrado Corazón, centro educativo actual, donde tuvo de colaborador al abogado, maestro, educador y pedagogo Manuel Siurot, gran cristiano con una gran conciencia social. Fundó un Seminario de Maestros para enseñar esta profesión en la nueva pedagogía. Igualmente promovió el Patronato de Aprendices -hoy diríamos de Formación profesional- y una Granja Agrícola para introducir a los jóvenes en el mundo industrial y agrícola, pero con conciencia cristiana.

 

La educación en la fe, tanto para niños, como para adolescentes, jóvenes y adultos fue otra de sus preocupaciones; quería que todos los fieles fueran catequistas, aunque más bien, catecismos VIVOS; su educación no consistía en llevar conocimientos, sino desarrollar energías dormidas o adormiladas; él quería formar al cristiano en Cristo para formar a Cristo en el cristiano.

 

Y todo esto lo hizo siendo pobre y confiando en la divina Providencia. «La divina Providencia acudirá, como siempre, en auxilio de mi pobreza. Que el Corazón de Jesús, Padre de los ricos y pobres y Autor de todo acierto, lo ponga en las soluciones de los llamados a resolver estos problemas y destierre todo apasionamiento que retrase el reino de la paz y la justicia».