Lunes, 20 de Noviembre de 2017
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Oración para pedir la lluvia

 

 

CARTA A LOS PÁRROCOS, RECTORES DE IGLESIAS
Y SUPERIORES DE COMUNIDADES RELIGIOSAS

 

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA

Obispo de Palencia

Palencia, 27 de octubre de 2017

 

Queridos hermanos:

 

Desde hace bastantes meses nuestra tierra palentina y sus gentes experimentamos que la lluvia no nos visita, la nieve casi no nos ha dejado ver su manto blanco, se secan las fuentes, los arroyos, los ríos, los pantanos y canales se quedan en niveles mínimos y descendentes, algunos pueblos se han tenido que acudir a las cisternas para abastecerse de agua, los labradores han visto muy mermadas las cosechas, hoy están sembrando en seco. Las consecuencias son de todos conocidas, tanto por las gentes del campo como los de las ciudades; todos padecemos la contaminación, todos necesitamos de los productos agrarios, etc.

 

Algunas personas se han dirigido a mí para que os exhorte a vosotros y vuestras comunidades a elevar oraciones al Señor para que nos conceda la lluvia tan deseada. Cada uno lo puede hacer celebrando la Misa “para pedir la lluvia” (Misal Romano, pg. 1049) u otras oraciones en laudes, vísperas o en otro momento sin que se lo recuerde el obispo, pero lo hago con sumo gusto por medio de estas letras. Eso sí, tenemos que hacerlo con sentido cristiano.

 

Por descontado, siempre en y todo lugar debemos orar al Señor y pedirle con confianza y desde el amor, porque es Padre y nos sabemos hijos pobres. Los salmos nos invitan a ello. Pero no podemos y debemos hacerlo como si Dios, nuestro Padre, desconociera lo que nos pasa y tuviéramos necesidad de recordarlo porque estuviera afectado de Alzheimer. «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace faltas antes de que lo pidáis. Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en el cielo...» (Mt 6, 713); «Por la oración Dios pretende que se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante» (San Agustín, Carta a Proba). Tampoco debemos orar como si la oración fuera algo que tiene que ver con la magia y el automatismo.

 

El sentido de la oración es un diálogo con Dios en el que nosotros, confiando en su amor, nos abrimos a él y a su voluntad porque en él vivimos, nos movemos y existimos; nos animamos a nosotros mismos a confiar en él, y a asumir nuestras responsabilidades en el uso de la criatura “nuestra hermana el agua” sin contaminarla, sin malgastarla ni en el riego, ni en los hogares, y siempre con gratitud. Debemos, como nos invita el Papa Francisco en “Laudato SI”, cuidar la casa común. Además, orando, nos abrimos solidaria y fraternamente a los que más padecen la carencia de este bien impagable tanto para poder hidratarse, como para poder vivir dignamente de la agricultura, los servicios o la industria. La sequía actual nos debe llevar a implorar con la Samaritana el “agua viva que salta hasta la vida eterna” y que sacia toda nuestra sed.

 

Con mi oración para que el Espíritu del Señor Jesús os acompañe siempre, recibid mi saludo cordial y fraterno.