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Ciclo de conferencias sobre el Beato Manuel González

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Ciclo de conferencias organizado -del 5 al 7 de septiembre- por las Misioneras Eucarísticas de Nazaret con motivo de la Canonización del Beato Manuel González. Todas las conferencias se desarrollaron en el Centro Cultural de la Diputación.

 

Las conferencias fueron las siguientes:

 

- “Semblanza de un santo” por D. Antonio Gómez Cantero (Vicario General de la Diócesis).

 

- “La experiencia de Palomares del Río: fundamento carismático y eje de su obra escrita” por el doctor D. Miguel Norbet.

 

- “La verdadera historia de D. Manuel González” por sacerdote de la Diócesis de Málaga D. Antonio Jesús Jiménez.

 

Semblanza02

 

 

 

 

 

 

 

Manuel Gonzalez - Biografía

Manuel González García, obispo de Málaga y de Palencia, fue una figura significativa y relevante de la Iglesia española durante la primera mitad del siglo XX.

 

Fue el cuarto de cinco hermanos y nació en Sevilla el 25 de febrero de 1877, en el seno de una familia humilde y profundamente religiosa. La vivencia cristiana de sus padres y el buen ejemplo de sacerdotes le llevaron a descubrir su vocación. Tras los años de formación en el seminario de Sevilla, recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1901, de manos del beato cardenal Marcelo Spínola.

 

01-manuel-glez-ordenado-sacerdoteEl 2 de febrero de 1902 llegó a Palomares del Río (Sevilla), donde había sido enviado a predicar una misión. Allí Dios le marcó con la gracia que determinaría su vida sacerdotal. Ante el Sagrario de ese pueblo vivió una experiencia singular, que fue el camino hacia la comprensión de una realidad nueva: el abandono de la Eucaristía y sus consecuencias. Él mismo, años más tarde, describiría este encuentro fundamental en su vida:

 

«Fuíme derecho al Sagrario de la restaurada iglesia en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos, y ¡qué Sagrario! (…) ¡Y qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro del sacristán y salir corriendo para mi casa!

 

Allí de rodilla mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba, (…) posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste el Evangelio: lo triste del no había para ellos posada en Belén, lo triste de aquellas palabras del mendigo Lázaro pidiendo las migajas sobrantes de la mesa de Epulón, lo triste de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de la bofetada del soldado, de los salivazos del pretorio, del abandono de todos».

 

Las primicias pastorales en Sevilla las vivió como capellán del Asilo de las Hermanitas de los Pobres. En 1905 fue nombrado cura ecónomo de la parroquia de San Pedro de Huelva, y a los pocos meses arcipreste de esa ciudad, entonces dependiente de Sevilla. Se encontró con una situación de notable indiferencia religiosa, pero su amor e ingenio abrieron caminos para reavivar pacientemente la vida cristiana, desplegando un múltiple y variado apostolado, especialmente en favor de los más abandonados: niños, obreros, etc.

 

No obstante, la llama que prendió ante el Sagrario de Palomares del Río sigue viva y el 4 de marzo de 1910, ante un grupo de fieles colaboradoras en su actividad apostólica, derramó el gran anhelo de su corazón. Así lo narra:

 

«Permitidme que yo, que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los pobres abandonados, invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. (…) Os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado».

 

Así nació la Obra de las Marías de los Sagrarios. Su acogida fue inmediata y se extendió rápidamente. Don Manuel abrió camino, sucesivamente, a las distintas ramas que hoy conforman la Familia Eucarística Reparadora:

 

- Laicos: Marías del Sagrario y Discípulos de San Juan (1910)
- Sacerdotes: Misioneros Eucarísticos Diocesanos (1918)
- Congregación Religiosa: Misioneras Eucarísticas de Nazaret (1921)
- Laicas consagradas: Institución de Misioneras Eucarísticas Seglares (1933)
- Niños: Reparación Infantil Eucarística (1934)
- Jóvenes: Juventud Eucarística Reparadora (1940).

 

02-manuel-glez-obispomalagaDon Manuel penetró en el misterio del abandono de la Eucaristía, así como en sus consecuencias, y consagró toda su vida a luchar contra ese mal a través de una acción esencialmente eucarística. No puede guardar para sí aquello que remueve lo más profundo de su ser y supo plasmar su experiencia y la misión que de ella brotaba en un nuevo vocablo: Eucaristizar. Así lo define: «Acercar a todos a la Eucaristía y meterlos dentro del Corazón de Jesús que allí palpita por ellos, para que vivan la vida que de Él brota».

 

E invita a un tipo de apostolado específico «El apostolado más eficaz… y el que hoy quieren el Corazón de Jesús y la Madre Iglesia que se emplee, no por exclusión, pero sí con preferencia a todas las demás artes apostólicas, es el apostolado por medio de la Eucaristía. Orientar todo nuestro ministerio a obtener o tratar de obtener que: el Evangelio vivo sea conocido, el Pan vivo sea comido, el Maná escondido sea gustado, el Dios del Sagrario sea reverenciado, la Providencia que en él vive sea tenida en cuenta y el Modelo vivo que en él se exhibe sea imitado».

 

La entrega generosa de Don Manuel fue, sin duda, el motivo de la confianza que el Papa deposita en él, nombrándolo Obispo de Málaga en 1916. Aquí se dedicó de modo especial a la formación de los sacerdotes. Para ellos emprendió la construcción de un nuevo seminario que reuniese las condiciones para una buena formación. Así lo diseñó:

 

«Hay que hacer un seminario en el que la Eucaristía sea e influya lo más que pueda ser e influir. Esto es: Un seminario sustancialmente eucarístico.

 

Un seminario en el que la Sagrada Eucaristía fuera: en el orden pedagógico, el más eficaz estímulo. En el científico, el primer Maestro y la primera asignatura. En el disciplinar, el más vigilante inspector. En el ascético, el modelo vivo y el punto de partida y el de llegada y el más corto y seguro camino entre los dos. En el económico, la gran providencia y en el orden arquitectónico, la piedra angular… Yo no quiero un seminario en el que la sagrada Eucaristía sea una de sus cosas, aunque la principal, sino que el seminario aquel sea una cosa de la Eucaristía, y por consiguiente, en que todo de ella venga, a ella lleve y vaya, desde la roca de sus cimientos hasta la cruz».

 

En 1931, con la llegada de la República a España, su situación se torna delicada, le incendian el palacio episcopal y se traslada a Gibraltar para no poner en peligro la vida de quienes lo acogen. Desde 1932 rige su diócesis desde Madrid, y en 1935 es nombrado Obispo de Palencia, donde entregó los últimos años de su ministerio episcopal.

 

03-manuel-glez-obispopalenciaSu vida fue para los demás generadora de vida; alimentó la fidelidad a su vocación en las fuentes de la Eucaristía y esta fidelidad se expresó en la existencia de cada día. Así lo expresó: «Para mis pasos yo no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan; descubriré niños pobres y pobres niños, y me sobrará el dinero y los auxilios para llevarles escuelas y refugios para remediarles su pobrezas; tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con tullidos y hasta con muertos del alma o del cuerpo, y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud».

 

También hay que destacar, durante todos los años de su actividad pastoral, la profusión de sus escritos. Con estilo ágil, a la vez que profundo y pastoral, transmitió el amor a la Eucaristía, introdujo en la oración, formó catequistas, guió a los sacerdotes. Entre sus libros destacan: El abandono de los Sagrarios Acompañados, Oremos en el Sagrario como se oraba en el Evangelio, Lo que puede un cura hoy, El Rosario sacerdotal, Un sueño pastoral, Así ama Él, Jesús callado, Artes para ser apóstol, La gracia en la educación, Cartilla del catequista cabal, Arte y Liturgia, etc.

 

Además, fue un gran exponente de la prensa católica de principios del siglo XX con la creación de las revistas El Granito de Arena, para adultos, y RIE, para niños, que se siguen publicando en la actualidad.

 

Murió el 4 de enero de 1940 y fue enterrado en la Catedral de Palencia, donde podemos leer el Epitafio que él mismo escribió: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

 

Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en Roma, el 29 de abril de 2001. En esa ocasión lo definió como «Modelo de fe eucarística».

 

04-manuel-glez-epitafioNo podemos concluir estas pinceladas sobre su vida sin dirigir la mirada a la Virgen con sus mismas palabras:

 

«¡Madre Inmaculada! ¡Que no nos cansemos! ¡Madre nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos! Sí, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos!

 

Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios. ¡Nada de volver la cara atrás! ¡Nada de cruzarse de brazos! ¡Nada de estériles lamentos!

 

Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos…

 

¡Madre mía, por última vez! ¡MORIR antes que cansarnos!».

 

El Papa emérito Benedicto XVI nos dijo en una de sus catequesis: «Los santos, guiados por la luz de Dios, son los auténticos reformadores de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Maestros con la palabra y testigos con el ejemplo, saben promover una renovación eclesial estable y profunda, porque ellos mismos están profundamente renovados, están en contacto con la verdadera novedad: la presencia de Dios en el mundo» (13/1/2010).

 

Sin duda, quien se acerque a Don Manuel podrá encontrar en él un auténtico testigo de Cristo Eucaristía y un maestro de vida.

 

 

 

 

Homilía del Nuncio Apostólico de Su Santidad

Homilía de S.E.R Mons. Renzo Fratini
Nuncio Apostólico de Su Santidad
Catedral de Palencia, 18 de junio de 2016

 

 

 

Eminentísimos Señores Cardenales,
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos,
Queridos sacerdotes concelebrantes,
Excelentísimas Autoridades,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

 

Me causa profunda emoción participar en esta solemne consagración del nuevo Obispo de Palencia, Mons. Manuel Herrero Fernández. Un saludo afectuoso a cuantos le acompañáis, especialmente al Ilmo. Sr. D. Antonio Gómez Cantero, que ha preparado la llegada del nuevo obispo cuidando, como Administrador Diocesano, a esta querida Diócesis. En nombre del Santo Padre, muchas gracias D. Antonio.

 

Querido hermano:

 

Dentro de unos momentos, por la imposición de manos y la oración consecratoria, vas a entrar a formar parte del Colegio Episcopal, en el cual, pervive el ministerio apostólico. Como leemos en el libro de los Hechos, por la imposición de manos a varones probos y cualificados, los Apóstoles del Señor les confirieron el ministerio que ellos mismos habían recibido del divino Fundador. Así, ese ministerio pervive ahora en personas concretas, en continuidad histórica con los mismos santos Apóstoles. Como en el Colegio Apostólico Pedro tiene un puesto y tarea que significa la unidad, así, en el Colegio Episcopal, el Sucesor de Pedro tiene su lugar como siervo de los siervos de Dios, garante de la Unidad de la fe presidiendo en la caridad.

 

Pero, al hablar de la sucesión apostólica, no queremos decir que el obispo es otro apóstol. Efectivamente, los apóstoles son fundadores en inmediata conexión histórica con Cristo. Los obispos, sin embargo -lo dice su nombre- son “guardianes” de lo que ya está fundado por el Señor. Ellos no pueden sino “custodiar” el depósito recibido (1Tim 6,20; 2 Tim 1,12.14). Porque, como Cristo transmitió fielmente lo que había oído del Padre (Cf. Jn 15,15), así también los apóstoles recibieron el encargo de Cristo de transmitir todo cuanto Él les había ordenado (Cf. Mt 28,20). De esta manera, lo recordaba el Papa en una reciente consagración episcopal, por este ministerio «es Cristo, de hecho, el que continúa predicando el Evangelio de la salvación y santificando a los creyentes, a través de los sacramentos de la fe. Es Cristo el que, en la paternidad del obispo, añade nuevos miembros a su cuerpo, que es la Iglesia. Es Cristo el que, en la sabiduría y la prudencia del obispo, guía al pueblo de Dios en la peregrinación terrena hacia la felicidad eterna»[1].

 

Consciente pues de que el Guía es Cristo, el Obispo ejerce su tarea colaborando con Él en virtud de su elección. Así guía como pastor, guía como siervo, guía como samaritano que, con entrañas de misericordia, manifiesta al «Buen Pastor que da la vida por las ovejas».

 

1. Guía como pastor.

 

El dueño de las ovejas es el Señor. Y es Él, todo bondad, el que ha dado su vida por ellas. Tenemos presente que se trata de “su vida”, de la vida de Cristo, y se trata de “sus ovejas”, las que Él «adquirió con su propia sangre» (Act 20, 28). A nosotros, nos invita a ser su prolongación, a participar de su pastoreo. Nos ha elegido a compartir su tarea. Nuestro mérito está en mantener una actitud, clara y consciente, de que, en consecuencia con esta realidad, nuestra tarea la debemos ejercer y vivir como el Señor nos pide; y lo que nos pide es que “nos importen las ovejas”. La virtud del pastor es implicarse afondo, afrontando las dificultades que impiden la vida del rebaño, pero sabiendo que nada es nuestro. Solo se nos confía. El pastor crece así en la caridad, la caridad pastoral, que empieza por el amor a Cristo, la amistad y confianza con Él. ¿Acaso puede poner el dueño al frente de lo suyo, a alguien que no sea de su confianza? Esta confianza crece en el trato permanente con Él. No es por un contrato, no somos “asalariados”, somos “sus amigos”, sus cercanos, sus “conocidos” y Él nos ha enviado. Así como en la relación Trinitaria entre el Padre y el Hijo, el Hijo conoce a las ovejas que el Padre le confía (Cf. Jn 10, 15), así, de manera semejante, del amor y de la confianza con Nuestro Señor Jesucristo brota para el Obispo la capacidad de relacionarse con la grey, amando a los fieles confiados con un amor modelado en el amor de Cristo[2].

 

Cristo da la vida por sus ovejas. Al ponerlas a nuestro cuidado, nosotros damos nuestra propia vida a Cristo en la solicitud pastoral, una tarea de amplias miras. Una mirada concreta e inmediata como dice el Santo Padre: «¡Mirad a los fieles a los ojos! No de lado, a los ojos, para ver el corazón. Y que ese fiel tuyo, sea presbítero, diácono o laico, pueda ver tu corazón. Pero mirar siempre a los ojos»[3]. Una mirada también colegial. A todo obispo le corresponde la diligencia por todas las Iglesias y socorrer generosamente a las más necesitadas de ayuda. Una mirada, en tercer lugar, más allá del redil, motivada por la preocupación por los que no están en el único redil de Cristo, para que, escuchando su voz que invita a todos «no haya más que un solo rebaño bajo un solo pastor».

 

2. Guía como siervo.

 

El apóstol S. Pablo, se vio en la necesidad de declarar acerca del ministerio apostólico -así lo hemos escuchado en la segunda lectura- «no nos predicamos a nosotros mismos; predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús». El apóstol predica la fe: «Cristo es Señor». El centro del mensaje es la Persona de Cristo. Pero la exposición de la fe, implica en el apóstol una actitud vivida. El elegido, no puede entender su tarea como un honor sino, como un servicio, un servicio a todos, pues «El que es mayor entre vosotros debe hacerse el más pequeño. Y quien gobierna, ha de portarse como el que sirve». El espíritu del mundo, sin embargo, con su vanidad y orgullo, se opone a este espíritu de servicio, a la actitud del Buen pastor que da la vida, que la entrega por el camino de la humildad y de la cruz.

 

Entre tantas que afectan a este espíritu de servicio pastoral, dos actitudes nos pide el Santo Padre al respecto: la capacidad de escucha y la disponibilidad de nuestro tiempo.

 

Habiendo recibido la sobreabundante unción del Espíritu Santo, el obispo no debe tener miedo a escuchar, también con humildad, para «después de haber escuchado», decidir. Los problemas en la Iglesia siempre se afrontan «con la reunión, la escucha, la discusión, la oración y la decisión final. Y allí está el Espíritu». Un estilo, un camino seguido desde los orígenes «hasta hoy»[4].

 

Con esta actitud, también va la disponibilidad plena. «El que sirve, no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El siervo está abierto a la sorpresa, a las sorpresas cotidianas de Dios. ... El siervo rebasa los horarios»[5].

 

3. Guía lleno de misericordia.

 

Los que somos enviados por Él para la salvación de los hombres, hemos de entender siempre que nuestra elección tiene, por origen permanente, su misericordia, la misericordia de Cristo. Él «vio a las muchedumbres cansadas y extenuadas como ovejas sin pastor, sintió lástima y dijo a sus discípulos “rogad al dueño de la mies, que envíe operarios a su mies”» (Mt 9, 36-37). Trasparentando el Corazón de Cristo. Amando con amor de padre y de hermano a todos los que Dios te confía. Estar atento, hacerse pastor próximo, que se interesa por el bien de la persona. Por eso, la actitud de servicio pastoral tiene una imagen sugestiva en la parábola del buen samaritano que se ocupa del abandonado golpeado, para curar sus heridas.

 

La manera concreta como el Buen Samaritano derrama el óleo sobre el herido, la indica la primera lectura que hemos escuchado del profeta Isaías sobre la figura del Ungido «enviado para dar la buena noticia a los que sufren» y «para consolar a los afligidos». Es la doble misión, como mensajero y como consolador, destinado a «evangelizar a los pobres» proclamando «el año de gracia del Señor», esto es, de la gracia de la salvación que redime a los cautivos, y renueva el orden de las cosas conforme al plan originario de Dios. Sabemos que hay dos expresiones de pobreza. Una, la de aquellos que, en la sociedad, sufren acuciados por las necesidades, muchas veces dramáticas y urgentes, que afectan al desarrollo de una vida digna, e incluso a una consideración justa de las personas. Pero existe también una pobreza más profunda: En el corazón de cada persona existe la necesidad de Jesús, del Señor, de su misericordia. En Él desaparece la oscuridad interior, el no saber para qué vivir, para qué sufrir o sacrificarse. Desaparece el miedo, porque su amor es fiel. Él, que sabe perdonar, se compadece de nuestras miserias, de nuestras infidelidades, de la ambigüedad y falsedad del corazón, de los pecados cometidos. En Cristo está asegurada nuestra vida, nuestra victoria sobre el mal, la injusticia y la muerte.

 

Conociendo el amor y la misericordia de Dios, el obispo la propone valientemente. Este amor y misericordia es el sentido de la libertad que Cristo nos garantiza en toda circunstancia, es la que nos da la alegría interior y la paz en el corazón. Esta misericordia, que viene de la fe en Cristo y con nuestra aceptación y colaboración se hace ejemplo concreto de vida, hemos de proponerla como fuerza de trasformación del mundo amando cada uno de los discípulos de Cristo como Él nos ha amado.

 

Querido hermano, el ejercicio pastoral es, como escribe San Agustín, «la mayor carga». El decía a los fieles de Hipona: «Yo soy un agente de Él, soy su siervo. ¿Quieres que te diga: “Vive como quieras, que el Señor no te perderá”? El agente te ofreció seguridad, pero de nada te vale esa seguridad... ¿qué seguridad es la ofrecida por mí o por vosotros, si no escuchamos con atención y preocupación los mandatos del Señor y esperamos fielmente sus promesas? nuestras fatigas pastorales van encaminadas a alcanzar la justicia que ha de cumplirse y a la santificación en el nombre de Dios»[6]. Por eso junto con toda tu familia diocesana elevamos nuestras súplicas y te encomendamos al verdadero Pastor, Jesucristo, para que, por intercesión de la Santísima Virgen, tan amada aquí con el título de La Calle, la querida Madre de Consolación de tu Orden religiosa, te conduzca, te sostenga y te ayude a ser, por Él, en Él y con Él, reflejo de su cercanía a todos los fieles de esta amada tierra castellana.

 

Que así sea.

 



[1] Homilía 19.3.16

[2] Cf. San Juan de Ávila. Tratado del Amor de Dios, nº 11.12

[3] Homilía 19.3.16

[4] Meditación Domus Sanctae Marthae 28.04.16

[5] Homilía 29.5.16

[6] Sermón 339, 9

Saludo del Prior General de los Agustinos

Saludo del P. Alejandro Moral Antón, OSA
Prior general de la Orden de San Agustín
Catedral de Palencia, 18 de junio de 2016

 

 

 

Quiero saludaros, como San Pablo en la carta a los Filipenses: “A todos los santos en Cristo Jesús, que están en Palencia, con los epíscopos y diáconos”.

 

Ciertamente ser obispo es ser un servidor del Reino.

 

La Orden de San Agustín, tus hermanos, nos sentimos felices por tu nombramiento como obispo porque sabemos que serás verdaderamente un servidor, viviendo tu ministerio episcopal no como un privilegio ni un título de honor sino compartiendo en unión con los presbíteros y con los creyentes de estás hermosas tierras palentinas, la Buena Noticia, el anuncio de Jesús Hijo del Padre Misericordioso, el buen pastor que ama a cada una de las ovejas de su rebaño.

 

Palencia siempre fue, sobre todo en la última mitad del siglo anterior, tierra agustiniana, Mi vocación personal se desarrolló aquí, así como la de otros hermanos agustinos, muchos de los cuales incluso han nacido en estas tierras.

 

Por eso estoy convencido que como servidor del Reino en esta diócesis palentina sabrás compartir con tus hijos y hermanos los dones que nuestro Padre San Agustín y nuestra tradición agustiniana te han significado.

 

Eres una persona de comunión, de unidad, acompañadas siempre del diálogo y la comprensión. Esta es la palabra que constituye el centro, la roca fuerte de cualquier comunidad de creyentes. Una diócesis dividida no es capaz de transmitir el núcleo del Evangelio. Sólo quienes desde la humildad y sencillez dejan sus intereses en favor de la comunión son servidores de los demás. La unión en la caridad. Me decía el Papa Francisco que los agustinos debemos ser siempre “testigos de comunión”. La división es el pecado más fuerte y el más frecuente entre el clero y también entre los religiosos. Por eso tu misión en este campo es fundamental.

 

Asimismo te animo como agustino a ser profeta, es decir anunciador del Reino, desde la interioridad (el profeta es quien anuncia lo que Dios le comunica), la búsqueda de la verdad (el bien común y el anuncio de la Buena Noticia del Reino principalmente a los pobres y necesitados debe estar por encima de los propios intereses) y el estar dispuesto a dar la vida por los demás. Esto constituye la base y el criterio del buen Pastor.

 

Quiero concluir agradeciéndote tu generosidad y servicio en la Orden durante estos más de 40 años. Yo mismo tuve la suerte de ser discípulo tuyo y posteriormente el don de compartir durante 4 años el servicio a la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de España en el Consejo Provincial.

 

Que el Señor te colme con sus dones, sobre todo el de la sencillez y humildad, y que su Espíritu te ilumine la mente y llene de amor tu corazón para servir y vivir tu ministerio con los pobres y necesitados, con quienes más lejos se encuentren de la fe, con los creyentes y con el clero a ti encomendados.

 

Un fuerte abrazo, querido Manuel, hermano y amigo, y la oración de tus hermanos agustinos en todo el mundo.

 

Saludo del Administrador Diocesano al nuevo Obispo

Saludo de D. Antonio Gómez Cantero
Administrador Diocesano de Palencia
Catedral de Palencia, 18 de junio de 2016

 

 

 

A todos vosotros laicos, religiosos y religiosas, diáconos y sacerdotes… los que habéis sido congregados en nuestra Catedral de Palencia para participar en la celebración de la Ordenación e Inicio del Ministerio Episcopal de nuestro Obispo Electo Manuel, ¡estáis en vuestra casa!

 

Hoy acogemos, y saludo en nombre de todos, de esta Iglesia, al Sr. Nuncio de su Santidad en España, Mons. Renzo Fratini, al presidente de la Conferencia Episcopal, el Sr. cardenal D. Ricardo Blázquez, a nuestro Arzobispo metropolitano D. Fidel Herráez, a los señores Arzobispos y Obispos concelebrantes y a los Administradores Diocesanos de Calahorra y La Calzada-Logroño y de Osma-Soria.

 

Permitidme un saludo especial a nuestro Obispo Emérito, D. Nicolás Castellanos y a nuestro anterior Obispo, D. Esteban Escudero. Así como a los Obispos de la Región del Duero y a los cuatro Obispos que procedéis y habéis nacido en esta querida Diócesis de Palencia. Entre vosotros, al Obispo de Santander, D. Manuel Sánchez, que ha venido con una nutrida representación diocesana a celebrar la ordenación de nuestro Obispo Electo.

 

Saludo también al Sr. Secretario General de la Conferencia Episcopal, al padre General y al padre Provincial de los Agustinos, al Padre Abad de la Trapa, al Asistente de la Nunciatura, al Vicario General de la Prelatura del Opus Dei, a los señores Vicarios Generales y de Pastoral, al Cabildo de nuestra Catedral y a los miembros de la vida consagrada, particularmente a la Orden de San Agustín, a nuestros seminaristas y a los 15 monasterios de vida contemplativa, que junto con los enfermos, están unidos de corazón y en oración a esta celebración. Saludo también a todos nuestros Movimientos, Cofradías y Asociaciones.

 

Saludo y doy la bienvenida al Sr. Ministro y a las autoridades (locales y provinciales), de Palencia y Cantabria, así como a los representantes de la vida social y cultural que hoy nos acompañáis. Felicito con gozo a la familia de D. Manuel Herrero, presente entre nosotros, sentíos en casa. Gracias a los medios de comunicación por vuestro interés por estar aquí y transmitir este acto.

 

Finalmente un cordial agradecimiento a cada uno de los miembros del Colegio de Consultores y a todos los que de una u otra manera habéis colaborado, con no poco esfuerzo, en la organización y en todos los minuciosos preparativos, para poder celebrar este día de fiesta para nuestra Diócesis.

 

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D. Manuel, hemos estado trece meses y medio esperándole. Estamos con los brazos abiertos y una gran esperanza en el corazón para juntos seguir caminando como Iglesia, por los senderos del Evangelio. De verdad, es una gran alegría (y un gran descanso) tenerle ya entre nosotros.

 

Nosotros somos una Iglesia con una larga historia. En el “Museo de Palencia” se expone un fragmento de vidrio decorado con un Crismón rodeado de estrellas. Los arqueólogos lo dataron entre el siglo IV- V. Ya ve, hablamos de familias o quizás comunidades cristianas desde hace más de 1600 años, se dice pronto. Si hago tan sólo esta breve referencia a la historia es para que caigamos en la cuenta de la herencia de fe que nos dejaron nuestros antepasados. Aunque, en realidad, lo que nos debe preocupar y ocupar más a todos es el Presente. Mirar atrás desde la nostalgia nos convierte en estatuas de sal, en cambio, si hacemos memoria viva seremos más sabios, más santos y por tanto más Pueblo de Dios. Son muchos los santos, muchas las personas de fe sencilla y arraigada la que nos han precedido y nos han hecho llegar a este punto: hoy 18 de junio del año 2016, una comunidad congregada palpitante y un nuevo pastor, esperando recibir el Espíritu Santo, el que verdaderamente mueve esta barca de Pedro.

 

D. Manuel, en la parte central de su escudo, sobre un cielo azul, hay una gran Estrella, María, con el signo de esta imagen, estamos bajo su protección, en su advocación de Nuestra Señora del Brezo, tan querida también en Santander, León, Asturias, y tantos lugares… Y al lado siete estrellas que nos ha dicho que son las siete iglesias del apocalipsis. Nuestra diócesis está formada también por siete arciprestazgos. En definitiva las cartas a las siete iglesias son una llamada a la conversión radical. Cristo se lo ordena, pues es la única manera de vivir la experiencia de la Pascua. Se las invita a transformarnos, a mejorar y a perseverar. El que tenga oídos que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Y por lo tanto, no os preocupéis, también nos lo dice a la iglesia de Palencia, aunque no aparezca como tal.

 

Estas siete estrellas están colocadas formando la “M” de su inicial. Me gustaría hacer como el Papa Francisco, (con perdón) que suele elegir tres palabras para remarcar los aspectos importantes de sus mensajes. En este momento, aquí y ahora, me gustaría señalar tres con sus iniciales: Manantial, Misión y Misericordia.

 

El Manantial: Abajo, en nuestra Cripta del Mártir San Antolín, mana el agua fresca que los palentinos, año tras año cada 2 de septiembre, venimos a beber como signo de fe, son aguas bautismales, manantiales de agua fresca, agua que salta hasta la vida eterna. “Yo sé bien la fuente que mana y corre aunque es de noche”, dice el místico. Este es el origen.

 

La Misión, es no encerrarnos en nuestros grupos y salir por los senderos, golpear las puertas, vocear en las plazas… Quiero que me entendáis, predicar con la palabra y la vida (y no predicarnos a nosotros mismos) más que una necesidad, es nuestro ser de bautizados, testigos del que ha vencido a la muerte y nos llama a la vida eterna. Estos son nuestros caminos.

 

Y la Misericordia, que es la esencia del Dios en quien creemos: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios” de aquí nace nuestra historia. La misericordia es la mirada que pone en tela de juicio nuestras preferencias y nuestra vida de fe, tantas veces convertida en mera religiosidad, y nos acerca con atracción de samaritano a los demás, esta es nuestra meta.

 

Querido D. Manuel, como usted dice, “codo con codo”, cuente con nosotros.

 

La tarea nunca ha sido fácil, como lo sabe bien cualquiera que desee comprometerse, pero le necesitamos y usted nos necesita.

 

¡Está en su casa. Bienvenido!