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Uncategorised

Colecta especial por Nepal

 

 

EL OBISPO DE PALENCIA

 

Querido hermano sacerdote:

 

A través de estas líneas, hago mío el llamamiento que Cáritas Diocesana de Palencia ha realizado a todos los palentinos, para ayudar económicamente a las víctimas del terremoto de Nepal y para las ingentes cantidades de dinero que van a necesitarse para reconstruir el pequeño país asiático.

 

El lema con que se ha organizado desde la diócesis esta campaña, “¿QUÉ HACES CON TU HERMANO?”, expresa bien dos dimensiones fundamentales de la fe cristiana. En primer lugar, que los hombres y mujeres de aquel remoto país, desconocido para tantos de nosotros y de una religión distinta a la nuestra, también son hermanos nuestros, porque son hijos del mismo Dios y Padre. En segundo lugar, la campaña nos interpela con la pregunta, “¿qué vas a hacer?”, recordándonos aquella advertencia de Jesucristo: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

 

Por todo lo cual, te invito a hacer el domingo 3 de mayo o, en su defecto, el domingo siguiente, 10 de mayo, una COLECTA ESPECIAL en tu parroquia, animando a tus feligreses a ser generosos en la ayuda a sus hermanos que están padeciendo esta desgracia. El importe de la misma deberá entregarse cuanto antes en las cuentas bancarias que Cáritas Diocesana ha habilitado al efecto:

 

BBVA: ES95 0182.0496.61.000002.5101

CAJA DUERO: ES17 2104.0201.18.916969.5717

 

Agradeciéndote la prontitud para enviar estos fondos a su destino, como muestra de caridad cristiana para con nuestros prójimos necesitados, me despido de ti con un fuerte abrazo de tuyo en Cristo.

 

Palencia, 29 de abril 2015

+Esteban. Obispo de Palencia

 

 

Teresa de Jesús, creadora de comunidad

Teresa de Jesús, creadora de comunidad

 

Descargar Conferencia

 

P. José Emilio Martínez

Vicario General del Carmelo Descalzo

Casa de la Iglesia. Palencia. 9 de marzo de 2015

 

 

 

0. Introducción

 

 

En los escritos de Teresa de Jesús es fácil apreciar su interés por el futuro. Desde el Libro de la Vida, donde aparece preocupada por conservar lo referente a su primera fundación, diciendo: «Animará mucho para servir a Dios las que vinieren y a procurar no caiga lo comenzado, sino que vaya siempre adelante»[1] (V 36, 29), hasta el epistolario, donde es visible el cuidado que pone en dejar abierto el futuro, por ejemplo, no dejando impuestas cargas innecesarias.

 

Son continuas sus referencias sobre la importancia del presente para el porvenir. Le repite a Gracián la necesidad «de mirar los tiempos por venir». Ya María de San José le recordará el refrán de que «quien adelante no mira, atrás se queda».

 

Teresa no solo veía la necesidad de preparar el futuro sino que es creadora de futuro, tiene un proyecto que crea futuro y este es el matiz que deseo resaltar brevemente. En un contexto de crisis tan profunda como la actual, el estilo teresiano resulta curativo y el proyecto vital que ofrece genera futuro.

 

Desde el Centro Mundial de Investigación para la Paz, Gutiérrez Palacios (Gutiérrez, 2012) advierte que las crisis son perennes, y que en toda crisis hay una insuficiencia del modo de relacionarse las personas entre sí y con los objetos de su cultura. Incide en que hemos perdido el sentido de comunicar quiénes somos, y el propósito humano de nuestros vínculos como personas. Esta es, decía él, la madre de todas las crisis o lo que hay en la base de todas ellas. Y añadía que lo que esta insuficiencia tapa, es una crisis del pensar, que significa, a la vez, una pérdida de lo humano.

 

Desde aquí, veremos qué aporta Teresa. Y creo importante recordar que su propuesta alcanza más allá de la variopinta comunidad creyente. Incluye, como decía Ruiz de la Peña, a la inteligencia que busca, lo sepa o no, la fe. A quienes buscan vivir de verdad.

 

Dos razones que convierten a Teresa en una creadora de futuro son: haber hecho de las relaciones el eje de la vida, incluyendo en ello el cultivo de la interioridad como una forma esencial de empatía y su empeño en pensar para vivir.

 

 

1. Breve borrador del proyecto teresiano

 

 

La propuesta teresiana es «vivir en relación», esa es la ocupación esencial para ella. Lo afirma, muy claramente, en las VII Moradas: «Deseo de estar siempre o solas u ocupadas en cosa que sea provecho de algún alma» (3, 8). Relación con Dios y con los demás -relación. Eso es lo que hay cuando se vive teresianamente. Ese es su proyecto que, además, va a resultar sumamente concreto y realista. Señalo tres puntos que lo hacen viable.

 

En primer lugar, el hecho de que Teresa aporta en sus obras una pedagogía más que suficiente para acompañar un proceso que enseñe a vivir en relación. En segundo lugar, su mentalidad al respecto de honras y haciendas, es decir, su pensamiento sobre el poder, la dignidad y el dinero o el interés. Cosas que llegan a determinar sustancialmente las relaciones.

 

En tercer lugar, por poner la libertad, base de toda relación, en el punto de partida. Una libertad que es recibida y conquistada, que es punto de partida y meta a la vez. Teresa dirá que Dios le hacía «grandísimas mercedes, y estas me (le) daban (tanta) libertad» (V 34, 3). Siente que es recibida pero, al mismo tiempo, va a insistir en que la libertad se puede procurar y alcanzar.

 

Como explicaba Pedro Cerezo (Cerezo, 1991: 103), una libertad así, que apunta al misterio, es decir, que se descubre dada, pero que ha de alcanzarse, no aísla y no desencadena violencia de ningún tipo, mientras que abre al diálogo y a la esperanza. Es una libertad que lleva, en definitiva, a una confianza radical, indispensable para vivir en relación.

 

Las formas de vida que se desprenden de esta especie de borrador vital, o carismático si se prefiere, son formas que generan una vida sostenible en este sentido: con unas relaciones que pueden equilibrar y mantener lo necesario para una vida digna para todos.

 

 

2. Pensar para vivir

 

 

Teresa de Jesús no era una intelectual al uso, pero sí una gran pensadora. Pensó su experiencia para transmitirla y para comunicarse efectivamente. Pensó su propia vida, el mundo que le rodeaba, el Dios que sentía... para entender el significado de ser persona, de ser ella misma y de la fe que vivía.

 

No solo el hecho de pensar, sino el modo de hacerlo, convierten a una persona en alguien capaz de influir. Vale para ella, la reflexión de Julián Marías (Marías, 1954) sobre la autoridad intelectual, como una voz con la que se puede contar para vivir, que orienta en medio de un mundo lleno de dificultad e incertidumbre, precisamente porque su misión es buscar la verdad.

 

Teresa era una mujer con una afectividad exuberante (primero disgregante, después integradora) y ella misma se presenta así. Pero, en sus escritos, aparece como una mujer tan lúcida como afectiva. Por lo menos, tanto. Piensa mucho y analiza su experiencia. Busca el modo de volcarla y ordena las ideas para promover procesos internos en otros.

 

2.1. PENSAR PARA VIVIR EN RELACIÓN

 

Hemos dicho que Teresa se plantea la vida en términos de relación, y eso significa que ha recapacitado mucho sobre ello. Porque vivir en relación no es algo espontáneo y ella comprende la necesidad de pensar seriamente para poder hacerlo realidad. No en balde, se había visto a sí misma durante mucho tiempo, dice, «con estas caídas... y en víspera de tomar a caer», es decir, sin poder vivir en relación desde un nivel positivo.

 

El roce y una cierta convivencia se dan sin más al vivir, pero hacer lo verdaderamente humano, que es entrar en relación, no se da sin más. Por eso dice que relacionarse entraña «pensar y entender qué hablamos, y con quién hablamos, y quién somos» (C 25, 3). No deja de ser sorprendente el nivel de conciencia que pide.

 

Bastará un ejemplo, entre tantos, para ver cómo maneja y trabaja la necesidad de pensar para relacionarse.

 

Cuando se detiene a explicar las diferencias entre contento y gusto (4MI, 4) y, también, entre pensamiento y entendimiento (4M 1, 8). Podría parecer superfluo, pero es importante porque se está refiriendo a un paso de profundidad en las relaciones y además, está intentando evitar confusiones que pueden bloquear.

 

Ahí, va a decir algo de mucho calado: «Es el mal que, como no pensamos que hay que saber más de pensar en Vos, aun no sabemos preguntar a los que saben, ni entendemos qué hay que preguntar, y pásanse terribles trabajos porque no nos entendemos» (4M 1, 9).

 

No hay aquí un afán especulativo, sino la certeza de que es necesario pensar para vivir en relación. Ordenar, distinguir, clarificar, para lograr una comunicación real. Evidentemente, todo esto está muy ligado a la interioridad, al conocimiento propio y a la posibilidad de vivir conectado con uno mismo, como condición para abrirse a los demás.

 

2.2. Pensar como talante

 

A lo largo del epistolario, Teresa se empeña en poner luz, sea en asuntos materiales o espirituales, y en inculcar la necesidad de pensar. «Es menester mirarlo todo», dice: los lugares donde se funda, cómo y con quién. Consultará a juristas para hacer las cosas correctamente y procurará lo necesario en cada caso: «Por Él -por Dios- andamos a buscar medios», dirá a un amigo. Entiende que hay que buscarlos y pensar en cada momento lo adecuado.

 

A Ambrosio Mariano, uno de los primeros descalzos, que le trajo algunos disgustos por discurrir poco, le insistirá en que piense: «mire que le contarán las palabras... ande con gran aviso».

 

Es importante acostumbrarse a pensar, tanto para hablar como para callar. La vemos dando una respuesta, sobre un asunto con Elena Quiroga, diciendo: «Después de muy pensado y platicado, respondí esto». O bien, espera y mide sus palabras para desengañar a un confesor, y entonces escribe: «Estamos en un mundo que es menester pensar lo que pueden pensar de nosotros, para que hayan efecto nuestras palabras» (F 8, 7). Este es su modo de moverse.

 

La vemos, también, buscando interlocutores. No quiere, simplemente, ser escuchada; quiere deliberar, confrontar, discutir, compartir. Hay suficientes referencias en sus escritos: «procuré me hablase... procuré tratar», y cada vez que da cuenta de su vida, está haciendo algo más que confesiones generales. Se aventura a decir que «no son tiempos de creer a todos» CC 21, 10). Hay que pensar y elegir, incluso si ello conlleva un riesgo, como para ella lo supuso.

 

Resumen de todo esto, puede ser lo que dice en una carta de 1572, a María de Mendoza, sobre la admisión de algunas candidatas: «Cada una había de ser para ser priora y cualquier oficio que se le ofreciese». Es decir, cada una debería poder pensar y gestionar la vida por sí misma.

 

2.3. Pensar para discernir lo bueno

 

El pensamiento está ligado a la vida. Teresa es consciente de su capacidad y no renuncia a ella. Pensar es parte de lo que somos pero también, una elección necesaria para vivir mejor.

 

Por ejemplo, ha visto el daño que puede hacer el buenismo, el buen corazón cuando no está iluminado por la inteligencia. Dirá a María de San José: «Librémonos ya de estas buenas intenciones que tan caro nos cuestan», y a su hermana Juana le avisará de que «aun lo que es virtud es menester mirar cómo se hace».

 

La bondad sin discernimiento no conduce a buen puerto. Dice: «El Señor nos dé luz, que sin ella no hay tener virtud, sino para mala habilidad». No basta la buena intención, lo tiene probado y por eso insiste: «Piense lo que será mejor... Piénselo bien... déjese ahora de perfecciones bobas». Es decir, de ilusiones espirituales que no tienen asiento en la razón.

 

Avisará, en un caso, que «si no entendemos cómo se ha de proceder (...), se puede perder mucho tiempo y acabar la fuerza» (F 6, 1). O en otro, algo tan serio como que «todo lo que nos sujetare de manera que entendamos no deja libre la razón, tengamos por sospechoso» (F 6, 15).

 

A la luz de todo esto, habría que releer el capítulo 14 de Camino de Perfección, donde dice que si hay buen entendimiento, aunque una persona «no aproveche para mucho espíritu, aprovechará para buen consejo y para hartas cosas, sin cansar a nadie.

 

Cuando este falta, yo no sé para qué puede aprovechar en comunidad» (C 14, 2). Y no habla de coeficiente intelectual, evidentemente.

 

2.4. Pensar para convivir y crear comunión

 

Por último, es necesario actuar lo que se piensa y elige, por eso dirá: «No piensen que ha de haber solas palabras, sino obras también» (CE 54, 5). «Entended», repite, que no es «un juego de niños» sino cuestión de compartir la vida desde la verdad.

 

Vivir en relación genera comunidad, grupos donde -como decía Dodds de las comunidades primitivas cristianas- son «miembros los unos de los otros, en un sentido mucho más que formulario» (Dodds, 1975: 179). Desde ahí hay que entender su idea de «servir a las siervas» y «hacerse espaldas», tal como dice en Camino y Vida, respectivamente.

 

 

Conclusión

 

 

La propuesta teresiana contiene, a la vez, algo muy real y algo utópico. Real porque la autenticidad y concreción de su proyecto da una base al futuro, al promover una convivencia sostenible y sustentable.

 

Al mismo tiempo, es un proyecto utópico: fácilmente se percibe que no está todo hecho. Cierta dosis de utopía permite cultivar el presentimiento de que «algo falta» y percibir el presente críticamente. Algo que, en definitiva, es muy dinamizador.

 

Habermas explicaba que cuando se secan los oasis utópicos, se extiende un desierto de banalidad y perplejidad. De modo que podemos decir que la propuesta teresiana de vida en relación y de una vida reflexiva, ofrece agua y mantiene un oasis en medio del mundo. Y el agua es indispensable para vivir y para tener algún futuro.

 

 

 

Referencias bibliográficas

 

- SANTA TERESA DE JESÚS (2005). Edición a cargo de A. Barrientos. Madrid: Editorial de Espiritualidad

 

- GUTIÉRREZ PALACIOS, Ramón-Antonio (2012). La sociedad insustentable. Provisiones para una comprensión de las crisis contemporáneas, y las crisis de la sociología. En: Isegoría / 47, pp. 439-460.

 

- CEREZO, Pedro (1991). J.L.L. Aranguren: reformador moral en época de crisis. En Isegoría / 3, pp. 80-106.

 

- MARÍAS, J. (1954). Aquí y ahora. Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina. 23 Ed, pp. 9-15.

 

- DODDS, E. R. (1975). Paganos y cristianos en una época de angustia. Madrid: Ediciones Cristiandad.

 

 



[1] La siglas utilizadas son: C: Camino de Perfección, autógrafo de Valladolid; CE: Camino de Perfección. autógrafo de El Escorial; F: Fundaciones; M: Moradas; V: Libro de la Vida

Mensajes Dominicales

Mensajes dominicales de Mons. Esteban Escudero, Obispo de Palencia.

 

Emitidos en el espacio “Iglesia Noticia” que se difunde a través de COPE Palencia los domingos de 9.45 a 10.00.

 

 

Cristo: Amigo y Compañero

CRISTO: Amigo y Compañero

La experiencia de Jesús en Santa Teresa de Jesús

 

Descargar Conferencia

 

P. José Emilio Martínez
Vicario General del Carmelo Descalzo
Casa de la Iglesia. Palencia. 9 de marzo de 2015

 

 

 

Como fruto de su experiencia de oración y comunión con Dios, Teresa nos ofrece, como uno de los legados más importantes de su espiritualidad, el reconocimiento de la figura de Cristo como Amigo y Compañero del cristiano.

 

Aunque pueda parecer una evidencia que es innecesario poner de relieve, lo cierto es que, en la vida real de los creyentes en Cristo hay, sí, una confesión de fe de su esencialidad y centralidad, pero para muchos, por desgracia, esta afirmación no se corresponde con una real experiencia de esta verdad confesada.

 

Así, el Papa Francisco nos ha recordado la necesidad de recuperar la relación con Cristo, de hacer experiencia profunda de la verdad de fe que le proclama Señor y Maestro (cf. Evangelii Gaudium [EG], nn. 3 y 7).

 

 

EL JESÚS DE TERESA

 

 

¿Quién es Cristo para Teresa? Enumeremos algunas de las conclusiones que extrae de su experiencia y comparte con nosotros:

 

- Cristo es el Libro vivo en el que aprender todas las verdades.

- Es necesario fijar los ojos en Él y en su Santa Humanidad: V 22, C 26.

- Estamos llamados a imitarle y seguirle, él es el Buen Pastor: V 22, 7; 22, 9; 22, 10.

- Cristianismo no es otra cosa que vivir la vida de Cristo: V 11, 9.

- Él es el único camino: V 22, 7; 6M 7, 6.

- Él es el único modelo, la meta a la que debemos llegar: 7M 3,1; 5M 2, 4.

- Cristo es el comienzo y el fin de la vida espiritual: V 9; 7M 3,1.

- Las virtudes no son simplemente modos conectas de comportamiento sino, ante todo, fuerzas que nos impulsan hacia Jesús: C 6,9.

- Es necesario, por tanto, establecer con Él una relación personal: MC 1,8 (EG 3.7).

- La imitación de Cristo es el camino para la transformación en Cristo: 4M 2,9-10; 7MA, 4.

 

 

CON TERESA HACIA JESÚS, UN CAMINO ESCRITO
EN LAS MORADAS DEL CASTILLO INTERIOR

 

 

Primeras Moradas

 

Cristo es una presencia vivida y, por lo tanto, fuertemente reflejada a lo largo del proceso espiritual personal teresiano, descrito en las Moradas. En ellas, Teresa nos pide que fijemos los ojos en Él para comenzar bien el camino del propio conocimiento, que es lo que caracteriza las Primeras Moradas: Fijemos los ojos en Cristo, nuestro bien y en sus Santos, y allí aprenderemos la verdadera humildad (cf. 1M 2, 11). La afirmación teresiana nos recuerda aquella de la Carta a los Hebreos: fijos los ojos en Jesús.

 

Segundas Moradas

 

La puerta del Castillo, nos ha dicho Teresa, es la oración. Perseverar en el camino no es fácil, nadie ha dicho nunca que la oración fuese una tarea sencilla y tampoco lo es ahora. Pero Santa Teresa nos da algunas claves que nos permiten afianzamos en esa necesaria perseverancia.

 

Cuando el camino se hace difícil, si nos mantenemos firmes en el silencio del encuentro, estamos participando de la cruz del Amigo, estamos siguiendo efectivamente a Cristo crucificado.

 

Orar significa mirarlo, considerar su vida para despertamos a amarle, a obrar por Él y como Él. Cristo es el camino (ninguno va al Padre sino por mí) y el ancla (quien me ve, ve a mi Padre), evocaciones joánicas cuyo profundo significado pone de relieve teresa en las Segundas Moradas. Cristo es la palabra que nos define ya Él es necesario conformarse.

 

Terceras Moradas

 

En estas Moradas la figura de Cristo crece y se afirma como modelo de nuestra vida. Él es camino que llama al seguimiento, nos pide dejarlo todo por Él, no en fuerza de un mandato, sino por amor, porque la perfección consiste precisamente en eso, en seguirle a través de los caminos del amor, que son exigentes, no sensibles ni fundados en gustos que acaban en sentimientos. Una nota importantísima para la vida espiritual del creyente siempre, pero mucho más ahora.

 

El Amor verdadero ha sido definido claramente por Cristo que, en todo el tiempo de su vida no ha hecho otra cosa que servirnos (cf. 3M 1, 8). De aquí el sentido profundo de las palabras del apóstol Tomás que Santa Teresa evoca: muramos nosotros también con él (cf. 3M 1, 2): morir al egoísmo, a los temores y miedos que nacen de la naturaleza y vivir en comunión de amor amistosa con un Dios tan generoso que murió por nosotros.

 

Vivir las exigencias del amor tal y como las ha expresado -viviéndolas- Cristo mismo y, por ello, confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen su Madre, cuyo hábito llevo indignamente (cf. 3M 1, 3). Apoyarse en Él para vencer nuestra debilidad constitutiva.

 

Cuartas Moradas

 

Jesucristo es el Buen Pastor que recoge el alma con una atracción potente, con un silbo amoroso. Es muy sugestiva, en estas Moradas, la evocación de las ánimas que caminan por la ruta del amor en el modo debido, es decir, con el único deseo de servir a su Dios crucificado (cf. 4M 2, 9).

 

Santa Teresa despierta a los cristianos del sueño de una fe cómoda que resguarda de los problemas y las inquietudes, que proporciona seguridades y poder: Jesús es un amor crucificado que se presenta como modelo al cual dedicarse absolutamente.

 

Del mismo modo que Él se ha negado a sí mismo, nosotros somos llamados a olvidamos de cualquier interés o provecho personal en el camino de la fe en Cristo, empezando por todo lo que concierne a los gustos en la experiencia orante.

 

Quintas Moradas

 

Cristo es, así, el don del Padre que nos permite la unión radical con la naturaleza divina. Es la expresión de la voluntad del Padre, es sacramento (realización y significado) de su Amor. La unión de la que nos habla Teresa no es con un extraño o lejano nirvana, la fusión en un presunto todo que nos aporta equilibrio y armonía y nos aparta del dolor y las necesidades del mundo, de los otros.

 

La unión de la que nos habla Santa Teresa es la transformación en Cristo, Él es la casa que el hombre edifica en el proceso espiritual o, por mejor decir, la casa en la que se encuentra edificado. Es nuestra vida (5M 2, 4). La construcción de esta casa -recordamos la parábola del gusano de seda-, que es la vida en el amor, reclama el mismo precio que Cristo pagó por nosotros: Considerad cuánto ha costado a nuestro Esposo el amor con que nos ha amado: para liberarnos de la muerte ha sufrido la muerte más cruel, la de la Cruz. Por ello, no creáis que esto no os tenga que costar nada o que habéis hecho algo para merecerlo (5M 3, 12).

 

Sextas Moradas

 

Nos centramos, sobre todo, en el Capítulo séptimo, que debería figurar en toda antología sobre la persona y el misterio de Cristo. Desde la comprensión mística de los textos bíblicos de la que goza Santa Teresa, nos ilumina y nos guía hacia la fuente de la vida espiritual: Cristo que es luz, camino, revelación del Padre.

 

No es posible, como afirmaban algunos tratadistas espirituales de su tiempo, alejarse en la oración y en la contemplación de la visión de su Humanidad. Hemos de traer constantemente a la memoria su presencia encamada, los signos de su Pasión, sus palabras y sus gestos.

 

En este paso de su obra, Santa Teresa afirmará que Cristo es inicio, instrumento-fuente de toda gracia y fin de la vida espiritual, cuyo objeto es la cristificación. Él es el esposo con el que fundirse, no podemos andar sin Él y, para conseguirlo, estamos obligados a traer frecuentemente al corazón y a la memoria su presencia, visible para nosotros en su Sacratísima Humanidad (la presencia eucarística).

 

Séptimas Moradas

 

Al final del camino expuesto por Teresa, las experiencias de Cristo se hacen más profundas. El alma percibe a Cristo, Señor, en su centro, se sabe introducida por Él en el Misterio trinitario: es importante resaltar que Teresa habla de la experiencia trinitaria del creyente, como no puede ser de otro modo, desde la perspectiva de la unión íntima con Cristo.

 

La plenitud del desarrollo espiritual es plenitud de transformación en Cristo, término y final del proceso espiritual. Pero, de nuevo, la Santa aleja de nuestra mente cualquier pretensión de una plenitud alejada de la realidad, del mundo, de la vida. Cristo es levadura en la masa y a ser levadura nos llama, ser espirituales de veras es ser esclavos de Dios y ello significa serlo de los otros, del modo que lo fue Cristo.

 

 

CONCLUSIONES

 

 

1. Como un grito desde lo profundo, la voz de Teresa de Jesús se abre en algunos de sus escritos. Salen de sus entrañas palabras que queman. Quiere llegar a Dios, sin duda, pero desde su intimidad abierta está hablando también a las gentes, buscando incendiar a otros para no andar sola su camino de vida.

 

2. «¡Oh cristianos!». Cuántas veces, mientras escribe, sale de su pluma esa palabra rasgando el silencio, llamando para despertar las conciencias. Y cada vez que la repite en voz alta, parece resonar la palabra de Jesús: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Teresa se duele en ocasiones, cuando percibe que los «amigos de Dios» no saben responder a la pregunta de Jesús, y escribe: «¡Oh Señor, cómo os desconocemos los cristianos!». Sabe cuánto importa que quienes dicen ser cristianos, lo sean en verdad. Y no se cansa de insistir: «¡Oh cristianos, cristianos!, mirad la hermandad que tenéis con este gran Dios: conocedle».

 

3. Para ayudar a conocerle, Teresa tiene una infinidad de palabras vivas. Sobre todo, invita a ponerse «junto a la fuente». Como sea, dice, «como pudiere». Con palabras o sin ellas, apoyándose en meditaciones o recogiéndose en lo profundo. Pensar en Él y en su vida para «conocer la bondad del Señor por experiencia» y experimentar su amistad. Dirá: «se esté allí con Él, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con Él», porque así se va conociendo a Dios en verdad, «y de esta compañía tan continua nace un amor ternísimo con Su Majestad y unos deseos... de entregarse toda a su servicio».

 

4. Cuando Teresa habla de estar con Él, de «acompañarle», sabe que, a veces, es difícil. Y recordemos, una vez más, que Teresa no divide la amistad con Jesús en dos partes: el tiempo que se pasa con Él y el tiempo que se está con los demás. Basta recordar cómo explica la vida de quien está unido a Él: «nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María». No se confunden Marta y María, pero tampoco se separan ni turnan.

 

5. Teresa sugiere, con frecuencia, meditar la vida de Jesús y, especialmente, su Pasión. No lo hace con dolorismo ni por afán de sufrimiento. Dos cosas la mueven: reconocer el increíble amor que se muestra ahí y, a la vez, la necesidad de actualizar esa Pasión, de hacer que signifique algo realmente, en cada presente, para los seguidores de Jesús.

 

Por eso, va a decir que, aunque «a los principios no os hallareis bien», o se dé algún «apretamiento de corazón y congoja» -sorprendente realismo de Teresa a la hora de acompañar a Cristo- «aquí probará el Señor lo que le queréis. Acordaos que hay pocas almas que le acompañen y le sigan en los trabajos... y acordaos también qué de personas habrá que no solo quieran no estar con Él, sino que con descomedimiento le echen de sí». Es imposible no recordar, leyendo este texto, a quienes no echan de sí a Cristo, sino que lo acogen en los hermanos necesitados. Estos tales han comprendido «en que está el amar de veras a Dios» y saben qué es acompañar a Jesús.

 

6. Acompañarle es fiarse de Él, que «nunca falta», dejar la vida en sus manos y ocuparse de sus cosas. Sabiendo que esas cosas no son otras sino las que dan vida a los seres humanos. Por eso, dirá: «¡Oh Jesús mío, quién pudiese dar a entender la ganancia que hay de arrojamos en los brazos de este Señor nuestro y hacer un concierto con Su Majestad, que mire yo a mi Amado y mi Amado a mí; y que mire Él por mis cosas, y yo por las suyas!».

 

7. El Dios de los cristianos es para Teresa, ¡gran Misterio!, un Dios con necesidad, que quiere concertarse con todos. «Nos da licencia para que pensemos que Él tiene necesidad de nosotros», dice Teresa. Y en seguida, añadirá: «Pues de aquí adelante Señor, quiérome olvidar de mí y mirar solo en qué os puedo servir y no tener voluntad sino la vuestra». Y su voluntad está siempre ligada a la «ganancia de los prójimos», es decir, al bien de todos.

 

8. Acompañar a Jesús es «estarse con Él» y «salir a aprovechar a otros». Es, sencillamente, como dijera de sus hermanas, y podría seguir diciendo hoy: vivir «ocupadas en su amor». A Teresa de Jesús le conmovía mucho lo que le había sucedido a Jesús tras su entrada en Jerusalén, y en una Cuenta de conciencia escribió lo que hacía cada año al llegar el domingo de Ramos: «Procuraba aparejar mi alma para hospedar al Señor; porque me parecía mucha la crueldad que hicieron los judíos, después de tan gran recibimiento, dejarle ir a comer tan lejos, y hacía yo cuenta de que se quedase conmigo». En esta misma Cuenta, escribirá algo que entiende de su Señor: «Hija, yo quiero que mi sangre te aproveche, y no hayas miedo que te falte mi misericordia; Yo la derramé con muchos dolores, y gózasla tú con tan gran deleite». Teresa ve al Crucificado en el Cristo viviente, al Señor de la vida en el hombre entregado. Y la experiencia que relata aquí es la de reconocer a Cristo, siervo sufriente, que da su vida para que todos vivan. El siervo de Yahveh que se convierte en luz, para ella y para las gentes.

 

9. Antes, en una de sus Exclamaciones, había dicho, y muy encendidamente, que era tiempo de acompañar a Jesús, de «acompañarle en tan gran soledad». Para eso, Teresa solo va a pedir una cosa: «Miradle». Responde así ante aquel hombre de quien se dice que es «evitado de los hombres... y ante quien se vuelve el rostro». Ella no vuelve el rostro, decide mirarle. «Miradle... miradle camino del huerto... lleno de dolores... perseguido... en tanta soledad... cargado con la cruz». Mirar al Crucificado es reconocerle encarnado y presente en el mundo real. Y es acompañarle en su misión.

 

10. Si Él lleva sobre sí las enfermedades de la humanidad, si abre los ojos a los ciegos y los cerrojos de las cárceles y lo hace promoviendo el derecho y sin quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo vacilante ¿qué hará quien elige mirarle y acompañarle? Es así como se puede acompañar al Jesús que camina hacia el calvario, así el dolor de los sufrientes olvidados o silenciados. Porque ese hombre al que Teresa mira, se corresponde con muchos hombres y mujeres llenos de dolores, perseguidos, solos... que también son evitados. La identificación de Jesús con los dolientes -que muestra la flaqueza de su humanidad antes de los trabajos» y después es fuerte por puro amor- resulta natural desde la experiencia teresiana. Dice ella: «¡Oh Jesús mío!, cuán grande es el amor que tenéis a los hijos de los hombres, que el mayor servicio que se os puede hacer es dejaros a Vos por su amor y ganancia y entonces sois poseído más enteramente». Así se posee más enteramente a Dios.

 

11. Después, dirá Teresa, «siempre que advierte se halla con esta compañía». Intimidad y solidaridad crecen a la par. La piedad -el amor entrañable- se acrecienta: «Paréceme tengo mucha más piedad de los pobres», y el corazón comprende mejor «cómo nunca se quita de con él este verdadero amador, acompañándole, dándole vida y ser». Es decir: Teresa quería acompañar a Jesús y se vio acompañada por Él: «no podía dejar de entender estaba cabe mí». Quiso consolarle y se vio sumergida en la alegría de la confianza: «de este amor nace confianza». Y sintió que Cristo le partía el pan y que le pesaba a Él lo que padecía ella. Quiso «ayudar en algo al Crucificado» y se vio lanzada hacia delante: «Con esta compañía, ¿qué se puede hacer dificultoso?».

 

12. «Miradle» -repite incansable Teresa. Porque tiene experiencia de que Él está pendiente de ello, esperándolo, y siempre responde: «Miraros ha él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, solo porque os vais vos con él a consolar y volváis la cabeza a mirarle». Años después, terminando de escribir Las Moradas, tras grandes y profundas experiencias con Dios, volverá a hablar de dar de comer a aquel hombre que, al poco de ser aclamado, emprendió el camino que le llevaría a la muerte. Y, de nuevo, sus palabras encierran una lección de vida: acoger y acompañar a Cristo es recibir y cobijar al necesitado. «Creedme, que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje no le dando de comer... Su manjar es que de todas las maneras que pudiéremos lleguemos almas para que se salven y siempre le alaben».

 

 

 

NB: Las siglas de las obras de Santa Teresa usadas son las siguientes:

 

V: Libro de la Vida, seguido del Capítulo y el párrafo.

 

C: Camino de Perfección -edición de Valladolid-, seguido del capítulo y el párrafo.

 

M: Moradas del Castillo Interior, precedido del libro y seguido del capítulo y el párrafo.

 

MC: Meditaciones sobre los Cantares o Conceptos de amor de Dios, seguido del capítulo y el párrafo.

 

CUANDO NOS RESULTA DIFÍCIL REZAR

Segunda Catequesis en el Año de Santa Teresa de Jesús

 

Terminaba mi primera catequesis, en este año jubilar de Santa Teresa, diciendo: “dos pasos, pues, para iniciar, o reiniciar, un camino de perfección para el encuentro con Dios: evitar el pecado, no sólo el pecado mortal, sino incluso el pecado venial consentido y deliberado, y practicar diariamente un tiempo de oración, leyendo la palabra de Dios, meditándola y hablándole de nuestra vida a nuestro Señor Jesucristo”. Pero, al igual como le ocurrió a la Santa, puede ser que también a nosotros nos resulte difícil rezar y vayamos abandonando la oración. Y esto es fatal, puesto que la oración es el criterio por el que puede medirse nuestra vida espiritual. En el libro de su Vida nos describe las dificultades que tuvo para poder rezar durante mucho tiempo, a pesar de que se esforzaba por hacerlo bien[1]: “Muchas veces, algunos años, tenía más en cuenta con desear se acabase la hora que tenía que estar y escuchar cuando daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración”.

 

Santa Teresa nos da tras tres causas que le hicieron difícil avanzar por el camino del encuentro con Dios y que pueden ser también para nosotros las razones que nos hacen difícil rezar: la incapacidad de sujetar la imaginación, la incoherencia entre la oración y nuestra vida y un ambiente comunitario que no favorece la oración.

 

No es infrecuente que, cuando estamos rezando, nuestra imaginación se distraiga y perdamos el recogimiento con que habíamos comenzado. Su consejo para vencer esta dificultad es doble: por una parte no dejar por ello de rezar, ya que aunque las distracciones hagan penosa la oración, no la impiden del todo. Y, en segundo lugar, buscar la ayuda de un libro piadoso, especialmente la Sagrada Escritura. Nos dice en el libro de su Vida: “Jamás osaba comenzar a tener oración sin un libro…Con este remedio -que era como una compañía y escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos- andaba consolada…Y muchas veces, abriendo el libro, no era menester más; otras leía poco, otras mucho”.

 

Pero hay otra dificultad mucho más importante: la incoherencia de la vida. Esta se da cuando no se cumplen las exigencias de una entrega total, cuando se está conscientemente en la mediocridad de la vida cristiana. Si se acepta consciente y voluntariamente el pecado, aunque sea venial, y no se evitan las ocasiones de caer, no se puede guardar todo el amor para Dios. Por ello, Teresa, exhortando a sus monjas a tener una amistad estrecha con Dios, les decía: “Así que, hijas, si queréis que os diga el camino para llegar a contemplación, practicad las virtudes”. La reforma de la propia vida es una condición indispensable para vivir la oración. En esta época de su vida, aunque sus compañeras la veían rezar y leer, confesará que no vivía la oración. Le dedicaba mucho tiempo, pero no era orante, porque “quería tratar con Dios y con el mundo”. En la actualidad, el Papa Francisco nos ha recordado muchas veces esta disyuntiva de la vida espiritual, hablando del peligro de la “mundanidad espiritual”, que acecha incluso a personas que han decidido consagrarse a Dios en la vida religiosa o en el sacerdocio. Una situación así no puede sostenerse por mucho tiempo. Si la oración no vence la medianía espiritual en la vida del cristiano, esta vida mediocre empieza a minar la oración, hasta acabar con ella muchas veces.

 

Finalmente hay una tercera dificultad para la vida de oración; dificultad que la misma Santa Teresa experimentó vivamente en esta etapa de su vida: se trata de un ambiente que no la ayudó y la falta de un guía o maestro que la acompañase exigiéndole. La vida consagrada en aquellos momentos no brillaba por su santidad y tampoco se tenía en los conventos un alto nivel de exigencia espiritual. Esta dificultad es, quizás, mucho más acuciante todavía en nuestro tiempo, debido a la secularización ambiente y a los obstáculos para el silencio y la interiorización, que son fruto de una vida totalmente extrovertida hacia lo exterior. Todo ello nos impide conseguir la paz interior necesaria para escuchar al Señor y poder hablar de amistad con él. Lo mismo cabe decir del abandono del examen de conciencia personal, de la práctica de la confesión sacramental y de la ausencia de un director espiritual que nos exija y nos ayude en el camino de perfección.

 

Estas carencias ella trató de corregirlas con su Reforma. Desde su experiencia, pudo decir que “es gran mal un alma sola entre tantos peligros”. Por ello era necesario “buscar compañía para defenderme”. La oración no debería ser una aventura individual. Comporta siempre una exigencia de apertura a los otros, a la comunidad orante. Transportando esta experiencia de la Santa a nuestros días, podríamos decir que los grupos de oración, de lectura orante de la palabra de Dios y de adoración a Cristo en la Eucaristía en nuestras parroquias y comunidades cristianas se convierten así, según la pedagogía oracional teresiana, en una condición indispensable para la persistencia y la potenciación de la oración de cada individuo particular, sobre todo en sus comienzos.



[1] Sobre lo que sigue, véase Maximiliano Herráiz García, La oración historia de amistad, Editorial de Espiritualidad, Madrid 2003, p. 20-32.