Miércoles, 26 de Julio de 2017
  •  

     

     

     

    Catedral

  • Colegiata de San Miguel
    Aguilar

    Barrio Santa María

    Colmenares de Ojeda

  •  

     

    Virgen del Brezo

     

    Pisón de Castrejón

  • Iglesia de Santiago
    Carrión

    Virgen del Valle

    Virgen Blanca
    Villalcazar de Sirga

  •  

     

    El Cristo del Otero

     

    Iglesia de San Miguel

Uncategorised

LA CONVERSIÓN Y LA ORACIÓN

 Primera Catequesis en el Año de Santa Teresa de Jesús

 

El 15 de Octubre comenzamos el Año Jubilar de Santa Teresa de Jesús, con motivo de cumplirse el quinto centenario de su nacimiento, un año para meditar sobre sus enseñanzas como doctora de la Iglesia y una ocasión para renovar nuestra vida espiritual, según el camino que ella nos propone para alcanzar la santidad, el encuentro con Dios. En su libro Las moradas, que también puede denominarse El castillo interior, considera el alma como un castillo medieval donde hay muchos aposentos. En el centro del castillo, está la estancia principal en la que el alma se encuentra por fin a solas con el señor del castillo, con Dios. Para ir avanzando a través de los siete aposentos que conducen a su encuentro, la llave es la oración, que nos va haciendo pasar de un estadio a otro. Durante todo este Año Jubilar iremos recorriendo, a través de nuevas catequesis, conferencias y actos litúrgicos este itinerario que nos puede llevar, con la gracia de Dios, a un avance decisivo en nuestra vida espiritual. Los primeros pasos en esta aventura religiosa (mansiones primera a tercera) son, según Santa Teresa, el deseo de abandonar el pecado, tanto mortal como venial (conversión), y el perseverar en la oración en la presencia de Dios.

 

1. El despertar hacia Dios: la conversión.

 

La conversión a una vida de santidad, o la renovación de esa conversión según los casos, comienza lógicamente por el abandono del pecado mortal. Pero, igual como nos ocurre frecuentemente a nosotros, Santa Teresa, aunque había entrado en el convento de las carmelitas de la Encarnación de su ciudad natal, se acomodó con el tiempo a una vida espiritual rutinaria que encerraba muchas concesiones a lo mundano y a la vanidad, lo cual le impedía un verdadero progreso en el camino hacia la unión con Dios. Al meditar lo que Cristo había sufrido por ella, pidió fervientemente la gracia de la conversión profunda, lo cual hizo que reemprendiera el camino espiritual. Este despertar hacia Dios fue en 1554, cuando Teresa de Ávila tenía cuarenta años.

 

En el libro de su Vida, nos enseña que descuidarse respecto del pecado venial bloquea gravemente todo progreso espiritual: “de los veniales, -nos dice-, hacía poco caso, y esto es lo que me destruyó” (Vida 4,7). Señala que ello fue en parte a causa del consejo “liberal y permisivo” que le dieron algunos sacerdotes de su época. Hay verdaderamente una inclinación en todos nosotros a buscar consejos que nos dejen seguir nuestros deseos egoístas.

 

Teresa de Jesús hace una distinción muy importante entre pecado venial deliberado, libremente escogido, y pecado venial que no es deliberado ni libremente escogido. Cuando la Sagrada Escritura dice que el justo “cae siete veces y se levanta” (Prov 24, 16), ella entiende que se refiere a la persona justa que inadvertidamente comete siempre pequeños pecados veniales. Estos pecados, reconocidos, no obstaculizan el camino espiritual. Al contrario de lo que ocurre cuando nos decidimos conscientemente a cometer pecados que, aunque no sean graves, contradicen la voluntad de Dios sobre nosotros. Por eso, tomar la decisión de no cometer nunca libremente el más pequeño pecado es un punto crucial en el camino de la perfección. Como nos dice la santa, escoger libremente cometer un “pequeño” pecado no es realmente una cosa pequeña, si estamos tratando de vivir una vida agradable a Dios. Además, el no apartarse de personas, situaciones o lugares que nos podrían incitar a pecar debilitan nuestro propósito de resistir al pecado y evitarlo en lo posible, impidiendo así nuestro progreso.

 

2. La oración como “tratar de amistad con Dios”.

 

La importancia para el progreso espiritual de una vida de oración es innegable. Teresa de Jesús reconoce lo importante que son la meditación y la oración para el crecimiento de la vida espiritual, pero también reconoce lo difícil que puede ser el concentrarse. En su propio caso, durante más de catorce años no podía meditar sin la ayuda de un libro.

 

Ella define la oración diciendo que “no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Vida 8,5). En su obra Camino de perfección aconseja a sus monjas: “Tratad con él como con padre, y como con hermano, y como con señor, y como con esposo: a veces de una manera, a veces de otra” (CP 28.3, 4). Insiste mucho en el carácter de relación y encuentro personal con el Señor que debe tener todo tipo de oración y en la importancia de ser conscientes en todo momento de a quién estamos hablando cuando oramos.

 

Los comentarios de Teresa de Jesús sobre la oración recuerdan al método que alterna oración y lectura, llamado tradicionalmente lectio divina o lectura orante de la palabra de Dios. Se trata simplemente de tomar un texto de la Sagrada Escritura, leer hasta que nuestra mente y nuestro corazón están elevados al Señor y entonces reflexionar en oración sobre lo leído, hablando al Señor sobre ello, o simplemente estando en su presencia. Cuando nuestra mente se distrae, volvemos a la lectura hasta que nos hemos concentrado otra vez, y entonces dejamos el libro y nos volvemos de nuevo hacia el Señor por la meditación y la contemplación, aplicando finalmente el texto a nuestra vida.

 

Ella nos anima a un coloquio espiritual con un Dios que es totalmente humano y totalmente divino. Así nos dice: “El alma puede presentarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada humanidad y traerle siempre consigo y hablar con él, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con Él en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad” (Vida 12.2).

 

Dos pasos, pues, para iniciar, o reiniciar, en este año jubilar de Santa Teresa, un camino de perfección para el encuentro con Dios: evitar el pecado, no sólo el pecado mortal, sino incluso el pecado venial consentido y deliberado y practicar diariamente un tiempo de oración, leyendo la palabra de Dios, meditándola y hablándole de ella y de nuestra vida a nuestro Señor Jesucristo.

Un año con Santa Teresa

Artículos de D. Germán García Ferreras publicados en Iglesia en Palencia

Su vocación

 

14 de octubre de 2014

 

No la fue fácil a santa Teresa conocer cuál era su vocación. Tampoco la fue cómodo y placentero llevar a realidad la llamada de Dios. Los capítulos III y IV del Libro de la Vida nos manifiestan la gran lucha que tuvo con el demonio y nos dice: “Estuve año y medio en este monasterio de Santa María de Gracia, de las Madres Agustinas. Comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con todas las monjas me encomendasen a Dios que me diese el estado en que le había de servir; mas todavía deseaba no ser monja que este no fuese Dios servirme de dármele, aunque temía el casarme”. Insiste la Santa en la lucha interior para lograr conocer el camino y librarse del infierno, aunque tuviera que pasar por el purgatorio. “Los buenos pensamientos de ser monja me venían algunas veses, y luego se quitaban y no podía persuadirme a serlo”.

 

Santa Teresa sigue expresando: “Y en este movimiento de tomar estado más me parece me movía un temor servil que amor. Poníame el demonio que no podría sufrir los trabajos de la religión en un convento, por ser yo tan regalada”.

 

Y, ¿qué pensaba su padre de la vocación para monja? Se lo dice con palabras que no admiten duda. Que cuando él se muera puede hacer lo que quiera e irse al convento que más quiera, mas no la daría permiso mientras viviera. Pero... total, se decide a irse monja. Para hacer el camino de su casa al convento, convence a su hermano Antonio para que la acompañe y que él se fuese fraile. A su hermano Rodrigo le lleva por la carretera de Salamanca con intención de llegar a tierra de moros y allí sufrir el martirio, y asegurarse el cielo y... para siempre, siempre.

 

¿Cómo fue la salida de casa dejando a su querido padre?... “Acuérdaseme que cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el Señor no me ayudara ni bastaran mis consideraciones para ir adelante”.

 

“En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los que se hacen fuerza para servirle”.

 

Las Teresas

 

23 de septiembre de 2014

 

Cuenta la tradición que santa Teresa se encontró, en el convento de la Encarnación de Ávila, con el Niño Jesús. Por la ancha escalera principal del monasterio bajaba el Niño Jesús, a la vez que subía Teresa. El Niño Jesús dijo a la religiosa: ¿cómo se llama? A lo que la monja preguntó: ¿quién eres tú? El Niño Dios contestó: Yo soy Jesús de Teresa... y respondió nuestra santa: pues yo soy Teresa de Jesús. Y desapareció el Niño Dios.

 

Muchos otros encuentros vivió la santa en la Encarnación. Una vez, hablando de Dios en el locutorio con san Juan de la Cruz, notaron que sus cuerpos se elevaban de la tierra, y se agarraron al pesado sillón de madera. Pero el arrobamiento fue tal que se elevaron con sillón y todo. Y así les encontró la religiosa que fue a llamar a la santa, pues era hora de comer.

 

Otro encuentro fue con un ángel. Se realizó el fenómeno de la transverberación. Lo describe la santa en el Libro de la Vida (Cap. 29): “Veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal. No era grande sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todo se abrasan; deben ser los que llaman querubines. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego; éste me parecía meter por el corazón algunas veces y me llegaba a las entrañas”. En la iglesia de la Encarnación, las religiosas enseñan la capilla donde se realizó este fenómeno místico, cuya fiesta se celebra el 26 de agosto. Con procesión por las calles de Ávila y Alba de Tormes, donde se muestra la reliquia del corazón.

 

Durante estos días, que tanto Ávila como Alba de Tormes, están “tirando la casa por la ventana”, se habla de un gran ENCUENTRO. Se trata de invitar a todas las Teresas de España, para que se reúnan en Ávila en honor a la Santa.

 

Quieren que Ávila y su provincia convoque a las Teresas. ¿No se podía hacer lo mismo en Palencia y su provincia? Sería un reconocimiento y agradecimiento a la Santa por las alabanzas que hizo de la gente palentina. Además, en Palencia hay un pueblo que es de los más señalados en España por su devoción a la Santa.

 

Las Exclamaciones

 

9 de septiembre de 2014

 

Sabemos la definición que da a la oración: “es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama”. Pero, ¿cómo hablaba Santa Teresa a Dios? Ella misma nos responde en sus “Exclamaciones”, escritas en Toledo, Pastrana y Ávila. Después de comulgar conversaba con Dios y le decía: “¡Oh vida, vida!, ¿cómo puedes sustentarte estando ausente de tu vida? En anta soledad, ¿en qué te empleas? ¿Qué haces pues todas tus obras son imperfectas y faltas? ¿Qué te consuela, oh alma mía, en este tempestuoso mar?”

 

Trata de la ausencia de Dios, que San Juan de la Cruz, llamará noche oscura del espíritu. La santa busca la respuesta a esa ausencia y encuentra el remedio en la soledad. “Muchas veces, Señor mío, considero que si con algo se puede sustentar el vivir sin Vos, es en la soledad, porque descansa el alma con su descanso, puesto que, como no se goza con entera libertad muchas veces, se dobla el tormento; mas el que da el haber de tratar con las criaturas y dejar de tender el alma a solas con su Creador, ha de tenerle por deleite”. Y termina diciendo: “¡Oh, amor poderoso de Dios, cuán diferentes son tus efectos del amor del mundo!”. Soledad que San Juan de la Cruz hará versos: “En soledad vivía, y a soledad le lleva su querido, también en soledad, de amor herido”.

 

Hay quejas que son amor, dice Santa Teresa: “Acuérdome algunas veces de la queja de aquella santa mujer, Marta, que no sólo se quejaba de su hermana, antes tengo por cierto que su mayor sentimiento era pareciéndole no os dolíades Vos, Señor, del trabajo que ella pasaba, ni se os daba nada que ella estuviese con Vos”. Otra mañana después de haber comulgado, nos dice: “Oh cristianos, cristianos, mirad la hermandad que tenéis con este gran Dios, conocedle y no le menospreciéis, que ansí como este mirar es agradable para sus amadores, es terrible, con espantable furia para sus perseguidores. Que no entendemos que es el pecado una guerra campal contra Dios”.

 

Termina diciendo: “Muera ya este yo, y viva en mí otro que es más que yo, y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir. El viva y me de su vida. El reine y sea yo cautiva, que no quiere mi alma otra libertad”.

 

Carta al Rey Felipe II

 

23 de julio de 2014

 

En el archivo parroquial de Capillas hay un ejemplar de las Obras Completas de santa Teresa de Jesús. Son tres tomos, edición preparada por una Sociedad de sacerdotes devotos de la Santa, editada el año 1902. De 1942 a 1962 estuvo de párroco D. Florentín Herrero, que procuró “sembrar” su espíritu teresiano entre los feligreses. Uno de ellos, el médico D. Leodegavio Herrero, que fue quien regaló los tres tomos a la Parroquia.

 

El tomo III que es el de las Cartas de la Santa comienza con una dirigida al “prudentísimo señor, el Rey Felipe II”. En la carta implora la ayuda de su Majestad en defensa del P. Gracián de la Madres de Dios, carmelita descalzo, muy amigo de la Santa y consejero, sabio, santo y prudente, de todos los conventos fundados por ella.

 

Escribe santa Teresa: “La gracia del Espíritu santo sea siempre con su majestad. Amén. A mi noticia ha venido un escrito que a vuestra majestad han dado contra el padre maestro Gracián, que me espanto de las ardides del demonio y de sus ministros; porque no se contenta con difamar a este siervo de Dios sino que procuran ahora deslustrar estos monasterios, a donde tanto se sirve nuestro Señor”.

 

“Yo hé lástima de lo que este siervo de Dios padece. Esto me obliga a suplicar a su majestad le favorezca, pues es hijo de criados de vuestra majestad, que verdaderamente me ha parecido un hombre enviado de Dios y de su bendita Madre, cuya devoción tiene grande”.

 

“Suplico a vuestra Majestad me perdone lo que me he alargado, que el gran amor que tengo a vuestra majestad, me ha hecho atreverme, considerando, que pues sufre el Señor mis indiscretas quejas, también las sufrirá vuestra majestad”.... Y acaba diciendo: “Plegue a Él oiga todas las oraciones de Descalzos y Descalzas que se hacen, para que guarde a vuestra majestad muchos años, pues ningún otro amparo tenemos en la tierra”.

 

Tiene otra carta al mismo Felipe II, el rey, que le dice: “El día que su alteza fue jurado, se hizo particular oración. Esto se hará siempre; y así, mientras más adelante fuera esta Orden, será para vuestras majestades más ganancias”.

 

Capítulo 27

 

8 de julio de 2014

 

En las Comisiones formadas para organizar los Actos del V Centenario del nacimiento de santa Teresa, se busca llegar a esta conclusión: que los cristianos conozcamos a la Santa y sepamos leer sus escritos. Es una equivocación creer que la conocemos leyendo algo de sus escritos o bien, leyendo ampliamente a aquellos autores que comentan Las Cartas, el Libro de la Vida, el Camino de Perfección y Las Moradas... Hay que leer a la misma Santa, aunque nos parezca que no la entendemos. Tenemos que enamorarnos de su doctrina, de su estilo y de su vida. Santa Teresa escribe lo que vive, y vive lo que Dios Padre, por medio del Espíritu Santo, la inspira junto a la Cruz, siempre la Cruz, del Dios que se hizo hombre por nosotros y para nosotros.

 

El capítulo 27 del Libro de la Vida nos habla de cómo Dios habla al alma y quiere instruirla, siempre que ella viva el silencio espiritual y la soledad material. En la oración, dice la santa, Dios nos habla con el lenguaje del cielo. Que es un lenguaje de miradas más que de palabras. Como hace la madre con su hijo pequeñito que se miran y se entienden y la mirada de la madre hace sonreír al hijo pequeñito. Le hace feliz. El alma, instruida por Dios, adquiere una sabiduría muy superior de los teólogos.

 

Escribe la santa: “Esta comparación postrera me parece declara algo de este don celestial, porque se ve el alma en un punto sabia, y tan declarado el misterio de la Santísima Trinidad y de otras cosas muy subidas, que no hay teólogo con quien no se atreviese a disputar la verdad de estas grandezas”. Y afirma: “Dios se da a Si, a los que lo dejan todo por Él. No es aceptador de personas, a todos ama, no tiene nadie excusa por ruin que sea”. Y grita: “¡Qué rico se hallará el que todas las riquezas dejó por Cristo, qué honrado el que no quiso honra por Él, qué sabio el que se holgó de que le tuviesen por loco, pues lo llamaron así a la misma sabiduría”.

 

Les invito a leer este capítulo y leerlo una y mil veces. Dios nos ama y nos mira y nos llena de su sabiduría.

 

Sus amigos

 

26 de junio de 2014

 

Santa Teresa tuvo muchos amigos y muchísimas amigas, religiosas y seglares. Amigos y amigas de distintas Órdenes Religiosas y sacerdotes canónigos, de distintas diócesis o catedrales.

 

Aprovechando lo que dice, a este respecto, en el capítulo 29 del libro de las Fundaciones, escrito por ella misma y que se refiere a la fundación de Palencia, voy a limitarme, por esta vez, a lo que más interesa a los palentinos.

 

Comienza el capítulo así: “Habiendo venido de la fundación de Villanueva de la Jara mandóme el prelado ir a Valladolid, a petición del señor obispo de Palencia, que es don Álvaro de Mendoza, que admitió y favoreció al primer monasterio de san José de Ávila. Dejando Ávila y viniendo de obispo a Palencia púsole nuestro Señor en voluntad que hiciese otro de esta sagrada Orden”. Y sigue escribiendo: “Llegada a Valladolid, 8 de agosto de 1580, dióme una enfermedad tan grande que pensaron muriera”.

 

Hay que tener muy en cuenta que Santa Teresa jamás gozó de buena salud. Siempre estuvo enferma, como dice ella misma, y sin embargo, el espíritu estaba muy sobre los males del cuerpo y recorrió tantos y tantos kilómetros, por malos caminos y en carros de mulas, nada cómodos.

 

En el número 4 del capítulo afirma: “Acertó a venir allí un Padre de la Compañía de Jesús, llamado el maestro Ripalda, con quien yo me había confesado un tiempo, gran siervo de Dios y le dije que le tomaba en nombre de Dios”.

 

Nos escribe del canónigo Reinoso a quien escribió pidiéndole la buscase casa para fundar. “No lo conocía para un amigo suyo me dijo que era siervo de Dios y no había de ayudar mucho”. Otro amigo sacerdote, llamado Agustín “gran siervo de Dios” la había prestado dineros para acomodar la casa.

 

Tenía amigos franciscanos, san Pedro de Alcántara; dominicos, Fray Juan de las Cuevas; a un provisor de nombre Prudencio que “es de tanta caridad con nosotras, que era mucho lo que le debíamos y le debemos”.

 

Sorprende lo bien que habla de todos sus amigos, muy devotos y de gran caridad y servicio para con las cosas de Dios y de la Iglesia.

 

Las Moradas

 

6 de junio de 2014

 

Comenzó a escribir este libro en Toledo el 28 de mayo de 1577, siguió en Ávila y lo revisó en Segovia. Se conserva en el convento de las Madres Carmelitas de Sevilla. Las Moradas tenía por título primero Castillo interior. Un Castillo con siete moradas y Dios en el centro del Castillo. La puerta para entrar en el castillo era y es la oración, y el guía para encontrar a Dios en el castillo, es la humildad.

 

Este libro, junto con La Llama de amor viva de San Juan de la Cruz, son los principales libros de la mística. Conducen al alma al “Matrimonio espiritual” que maravillosamente describen los dos santos y doctores de la Iglesia.

 

A pesar de estar muy enferma, como dice en el prólogo... “tenía la cabeza tres meses ha con un ruido y flaqueza tan grande que aun los negocios forzosos escribo con pena”... la Santa sabía que lo primero y principal es que el espíritu esté muy en Dios.

 

Los cristianos estamos llamados a vivir la MÍSTICA, y llegar a la cima de la perfección, al desarrollo total en la esperanza cristiana, bajo los dones del Espíritu Santo. En las segundas Moradas, escribe: “Su Majestad es muy buen vecino y tanta su misericordia y bondad que aun estándonos en nuestros pensamientos y negocios y contentos y baraterías del mundo, quiere que le queramos y que le procuremos su compañía que una vez y otra no nos deja de llamar. Su voz es dulce”.

 

En las quintas Moradas, nos advierte: “Si el alma se descuida a poner su afición en cosas que no sea Él, piérdelo todo y es tan grandísima la pérdida como lo son las mercedes que va haciendo y mucho más que se puede encarecer. Por eso, almas cristianas, a las que el Señor ha llegado a estas Moradas, por Él os pido que no os descuidéis, sino que os apartéis de las ocasiones del pecado”.

 

Y en las primeras Moradas afirma: “Tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podemos entrar en él. A cuanto yo puedo entender la puerta para entrar en este castillo es la oración”.

 

Nos vuelve a recordar que tenemos que ser como la abeja, que de todas las flores saca miel: “Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué queréis señor de mí?”.

 

Jesús el Amigo

 

26 de mayo de 2014

 

Para Santa Teresa, Jesús es el gran amigo del que no quiere separarse, aconsejando a sus monjas que también le tengan por amigo. A Jesús le llama de muchas maneras y modos: Amado, Cordero, Crucificado, Dechado, Enseñador, Esposo, Huésped, Juez, Maestro, Redentor, Rey, Salvador, Zagal y, sobre todo, Amigo Bueno.

 

Bueno, porque no es como los amigos del mundo que nos pueden traicionar y no pocas veces se aprovechan de nuestra amistad para sus negocios y dineros. Se pone muy seria, la Santa, cuando habla de las malas amistades y señala los indicios de las mismas. Jesús es un Buen Amigo del que no debemos separamos nunca y al que debemos acudir, sobre todo, en los momentos de adversidad, física y espiritual.

 

Nos canta... “Vuestra soy, para Vos nací, qué queréis hacer de mí”. Más aún: “Que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado”. ¿Eres capaz de cantar estos versos? ¿Los recitarías sin contrariar a tu corazón ni traicionar tu conciencia?

 

En Camino de Perfección (Cap. 26) escribe: “Procurad luego, hija pues estáis sola, tener compañía. Pues ¿qué mejor que la del mismo Maestro que enseñó la oración que vais a rezar?” Habla de cómo debemos rezar el Padrenuestro y añade: “Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué amor y humildad os está enseñando; y creedme, mientras pudiéreis, no estéis sin tan buen amigo”.

 

“Si os acostumbráis a traerle cabe vos, y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis en contentarle, no lo podréis echar de vos, no os faltará para siempre, os ayudará en todos vuestros trabajos y le tendréis en todas partes”. Y nos hace este interrogante: “¿Pensáis que es poco un tal amigo?”

 

En el libro Cuentas de Conciencia escribe: “Tengo días que me acuerdo infinitas veces de lo que dice san Pablo, que ni me parece vivo yo, ni hablo, ni tengo que querer, sino que está en mí quien me gobierna y da fuerza y ando como si fuera de mí y así es grandísima pena la vida”.

 

Nos da un consejo para caminar con la cruz de cada día: “No es cuestión de mirar nuestra cruz, sino de mirarle clavado en la Cruz y lo que por mí sufrió y padeció”.

 

El Resucitado

 

6 de mayo de 2014

 

Hace años se publicó un libro titulado “La loca de la Eucaristía”. El autor trataba de demostrar la gran devoción de Santa Teresa a Jesús Sacramentado, no sólo para acompañarle en el sagrario, sino en la comunión. Así, en sus fundaciones, lo primero que hacía era poner el sagrario y que el Santísimo acompañara a sus monjas.

 

En los capítulos 28 y 29 del Libro de su Vida nos habla de unas visiones en torno a Jesús resucitado, después de haber comulgado. “Un día de san Pablo -escribe- estando en misa, se me presentó todo esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado... con tanta hermosura y majestad, como particularmente escribí a vuestra merced”. Sigue diciendo: “Digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro, conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien?”

 

En el capítulo 29 podemos leer: “Casi siempre se me representaba el Señor así resucitado, y en la Hostia lo mismo. Si estaba en tribulación que me mostraba las llagas, algunas veces la cruz y en el huerto y llevando la cruz. Mas siempre la carne glorificada”.

 

En el libro El Camino de Perfección, en el capítulo 34 afirma: “Mas esta persona, habíala el Señor dado tan viva fe, que cuando oía a algunas personas decir que quisieran haber vivido en el tiempo que andaba Cristo en el mundo, se reía entre sí, pareciéndola que, teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento. ¿Qué más se deseaba?”

 

Volviendo al Libro de la Vida, escribe: “Viénenme algunas veces unas ansias de comulgar tan grandes, que no sé si se podría encarecer. Acaecióme una mañana que llovía tanto que no parece hacía para salir de casa, era mi deseo tan grande que aunque me pusieran lanzas a los pechos, me parece entrara por ellas, cuanto más aguas”.

 

La Santa nos advierte que siempre ha de estar por delante la humildad... nuestras fuerzas están y vienen de Dios.

 

Las abejas

 

22 de abril de 2014

 

Santa Teresa admiraba la conversión pública de San Pablo, la Magdalena y San Agustín. Así escribe: “Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía estaba allí, cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies... como ella, asociándola a mi petición de perdón”.

 

Acude con frecuencia a San Pablo. En su Vida (Cap. 13) escribe: “Otro tiempo traía yo delante muchas veces lo que dice San Pablo, que todo se puede en Dios”. Y seguidamente cita a San Agustín: “Dáme, Señor, lo que me mandas y manda lo que quisieres”. Más adelante podemos leer: “¿Qué debía pasar San Pablo y la Magdalena y otros semejantes, en quien tan crecido estaba este fuego de amor de Dios?” (Cap. 22).

 

De San Agustín nos dice: “En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín que parece que el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré, ni nunca las había visto. Comencé a leerlas, parecióme me veía yo allí. Cuando llegué a su conversión y leo cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón” (...) “Estuve -sigue escribiendo la Santa- gran rato que toda me deshacía en lágrimas. Y entré en mi misma con gran aflicción y lágrimas. Paréceme que ganó grandes fuerzas mi alma de la divina Majestad y que debía oír mis clamores”.

 

¿Cómo fue la conversión de Santa teresa y cuán y dónde? Tenía 39 años y ya vivía en la Comunidad de Carmelitas de la Encamación, en Ávila. Eran más de cien religiosas en la Comunidad. Escribe en su Vida escribe: “Acaeciome que entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá. Que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa” (...) “Era de Cristo muy llagado y tan devota que, mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros” (Cap. 1).

 

Cuando la Santa habla de la conversión, dice a sus monjas que deben ser como las abejas, que todo lo que comen lo convierten en miel... que es dulce y sirve para dar vida. Así es la verdadera conversión, estando siempre por medio Dios y el prójimo.

 

La oración

 

3 de abril de 2014

 

Santa Teresa no es sólo santa, sino que además es la primera mujer Doctora de la Iglesia. Como santa, su vida es un ejemplo a seguir por el Camino, la Verdad y la Vida de Jesús, nuestro Redentor. Como Doctora, es maestra espiritual que nos enseña a comentar el evangelio... y guía que nos encamina por el sendero de la santidad en su fase mística y de oración. Repito... de oración.

 

No puede haber santidad, ni se llega a vivir intensamente la fe, sin espíritu de oración. Y como nos explica Santa Teresa, “oración es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama, Dios”.

 

Para Santa Teresa, el alma es un castillo y dentro del castillo está Dios. Para Santa Teresa el alma es un jardín, un huerto en donde Dios ha “sembrado” y plantado flores, hasta convertirla en jardín.

 

Pues bien, la oración en Santa Teresa, es la puerta para entrar en el castillo. La oración es el agua que hace brotar las flores del jardín y los frutos del huerto: las virtudes. Sin oración no se encuentra a Dios, ni el jardín tendrá flores de amor, de servicio, de humildad. Y hay cuatro maneras de regar el huerto, el jardín, dice Santa Teresa:

 

Primera: sacando agua de un pozo valiéndose de un cubo. Se trabaja mucho y se consigue poca agua. Segunda: valiéndose de una noria y aprovechando la fuerza de una borriquilla, que da vueltas y vueltas. Se consigue más agua y se trabaja menos.

 

Tercera: aprovechando el cauce de un río, que es trabajar mucho menos y conseguir más abundancia de agua. Y cuarta: cuando llueve, que no se trabaja nada y se logra que se rieguen las plantas en sus raíces y hojas. Mucho mejor. Tenemos que ser almas de oración.

 

En el libro de Las Moradas escribe: “Son las almas que no tienen oración, como un cuerpo con perlesía o tullido, que aunque tiene pies y manos, no los puede mandar, que así son; que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí”.

 

San Juan de la Cruz nos dirá que las almas que no hacen oración ni tienen humildad, son como un pájaro sin alas, que no puede volar.

 

Los cristianos

 

10 de marzo de 2014

 

¿Cómo debemos ser los cristianos? ¿Cómo tenemos que comportamos en una sociedad como la nuestra? ¿Cómo debemos rezar y hablar en los “tiempos tan recios” que nos toca vivir?

 

San Pablo le escribe a su discípulo Timoteo: “Aviva el fuego de la gracia de Dios, que no nos ha dado un espíritu cobarde, sino espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por Nuestro Señor y por mí, su prisionero”.

 

Santa Teresa en Camino de Perfección (Cap. 21) escribe: “Importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare. Murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo; como muchas veces acaece decirnos: hay peligros, fulana por aquí se perdió, el otro se engañó, el otro que rezaba mucho cayó, hacen daño a la virtud, no es para mujeres que les podrán venir ilusiones, mejor será que hilen, no han menester esas delicadezas, basta el paternóster y avemaría”. Toda la fuerza de los cristianos está en esa expresión: “una muy determinada determinación”.

 

La Iglesia

 

20 de febrero de 2014

 

Nos dijo el Papa Francisco, en la Homilía de la misa en la Plaza de Asís, ante más de cien mil peregrinos: “La Iglesia tiene que despojarse de un gravísimo peligro que es el peligro de la mundanidad. La mundanidad que nos lleva a la vanidad, a la prepotencia, al orgullo y no crea un ídolo que no es Dios. La idolatría es el pecado más grave”.

 

¿Qué es la Iglesia para santa Teresa de Jesús? ¿Cómo amó la Santa a la Iglesia y qué dejó escrito sobre la Iglesia? Al final de su vida cuando ya casi no podía hablar, sus últimas palabras, momentos antes de morir, fueron: “Al fin muero hija de la Iglesia”.

 

En Camino de Perfección escribe: “Procurad tener limpia conciencia y humildad, menosprecio de las cosas del mundo y, creer firmemente lo que tiene la Santa Madre Iglesia y a buen seguro que vais por buen camino”. Y en el Libro de la Vida (cap. 25) dice: “Tengo por muy cierto que el demonio no engañará ni lo permitirá Dios, a alma que de ninguna cosa se fía de sí y está fortalecida en la fe y en las cosas que la Iglesia que mil muertes pasaría por la más pequeña cosa y ceremonia”.

 

“Pídoos yo, hermanas mías, por amor del Señor, encomendéis a su Majestad esta pobrecilla y le supliquéis la dé humildad. Cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos que no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí estáis juntas”.

Es clarísima en su afirmación: “No sé de qué nos espantamos haya tantos males en la Iglesia, pues lo que habían de ser dechados para que todos sacasen virtudes, tienen tan borrada la labor que el espíritu de los santos pasados dejaron en las religiones”.

 

La advertencia que hace no puede ser más oportuna: “Dejaos de estos miedos; nunca hagáis caso en cosas semejantes de la opinión del vulgo. Mirad que no son tiempos de creer a todos, sino a los que vieréis van conforme a la vida de Cristo”.

 

Y nos deja dos interrogantes: “¿Qué es esto ahora de los cristianos? ¿Siempre han de ser los que más os deben los que más os fatiguen?”.

 

Sus padres

 

10 de febrero de 2014

 

El próximo año se celebra el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Todo un acontecimiento para la Iglesia y para España. El Gobierno eleva el acontecimiento a “proyecto de Estado”... y para la Iglesia, para nuestros Obispos, es un acontecimiento que casi obligará a la visita del Papa Francisco, a nuestra querida España. Son tantos los argumentos a favor de esta Visita Papal que son muy pocos los que no dudan.

 

La Orden del Carmelo Descalzo ha nombrado diecisiete ciudades y pueblos como “ciudades teresianas”. Son aquellos lugares donde santa Teresa fundó sus conventos, sus “palomarcitos”: Ávila, Medina del Campo, Malagón de Santa Teresa, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas de Segura, Sevilla, Caravaca de la Cruz, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada y Burgos. Todo este mapa español recorrió la Santa para fundar sus conventos y siempre en carro de mulas por caminos de miedo: por el terreno, las curvas y los precipicios...

 

¿Qué podemos y debemos hacer nosotros los que sentimos admiración por la vida y doctrina de la Santa? ¿Qué puede hacer Palencia de la que dijo tantas cosas bonitas y de alabanza santa Teresa, muy satisfecha de haber fundado aquí, como dice en una de sus cartas?

 

Santa Teresa de Jesús. ¿Quiénes fueron sus padres y cómo fueron sus padres? Se llamaron Beatriz y Alonso, teniendo muchos hijos. En el capítulo primero del Libro de su Vida, escrito por ella misma dice: “El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo no fuera tan ruin con lo que el Señor me favorecía me bastara para ser buena”.

 

“Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos” y “Mi madre tenía muchas virtudes, de grandísima honestidad. Con morir de treinta y tres años, ya su traje era de persona de mucha edad”.

 

Santa Teresa la primera mujer Doctora de la Iglesia. Vamos a seguir su Camino de Perfección dejándonos guiar por ella misma.

 

 

Alocución de Mons. Blázquez en la apertura de V Centenario del nacimiento de Santa Teresa

En el centro de la ciudad de Ávila, en la Plaza de Santa Teresa, nos hemos reunido para recordar las obras de la misericordia de Dios, para cantar sus maravillas, para hacer el elogio de una mujer excepcional que nos ha precedido en la fe en Dios, en el amor a Jesucristo y en los trabajos por el Evangelio (cf. Eclo. 44, 1; Heb. 12, 1). La memoria de Santa Teresa de Jesús, nacida cerca de esta plaza hace 500 años, nos ha convocado esta mañana. Su recuerdo está vivo entre nosotros; es motivo de alegría, de estímulo y de esperanza. Sus escritos son un libro vivo y la reforma que ella inició en el convento de San José, a pocos metros de aquí, enriquece con un nuevo estilo la vida religiosa dentro de la Iglesia.

 

Los escritos de Santa Teresa y sus hijas e hijos son un signo de la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia y la humanidad. En nombre de la Conferencia Episcopal Española saludo a todos cordialmente; sed todos bienvenidos; comenzamos con ilusión este año de gracia del Señor*

 

Una respuesta de largo alcance

 

En Ávila, el año 1562, tuvo lugar un acontecimiento, que entonces levantó gran alboroto en la ciudad, pero que no hubiera aparecido hoy en los titulares de los periódicos de gran tirada ni en las cabeceras de los informativos: Cuatro mujeres con Dña. Teresa de Ahumada a la cabeza, monja del convento de la Encarnación, a la otra parte del valle de Ajates, se encerraron con la pretensión de reformar el Carmelo, cuyos orígenes ascienden a unos eremitas del siglo XIII en el Monte Carmelo con los ecos en el fondo del profeta Elías; pero en realidad aspiraban a ser una imagen transparente del “colegio de Jesús” y de la comunidad cristiana primitiva.

 

La trascendencia de lo acontecido aquel 24 de agosto se nos ha manifestado con el tiempo. El grupito de mujeres, que comenzaron a vivir en unas casas pobres, fue como un fermento, o con otras palabras también bíblicas un “resto” (cf. Rom. 11, 5; Is. 4, 3; Jer. 31, 7; Miq. 5, 6 ss; Sof. 3, 12), que no es lo mismo que un “residuo”. Este es lo que queda por un proceso incesante de disminución hacia el agotamiento; en el resto está contenida la promesa de Dios y la esperanza de cara al futuro. Estamos celebrando el V Centenario de una mujer, Teresa de Jesús, que dio una respuesta de largo alcance a los desafíos de su tiempo.

 

La historia en su discurrir secular y diario nos lanza retos y nos emplaza a responder no con lamentaciones, rechazos, polémicas y añoranzas, y no sólo con la conservación de lo existente, sino de manera al mismo tiempo fiel y creativa, con tal radicalidad en la fidelidad que produce la impresión de lo nuevo.

 

Asistimos a un cambio de época

 

El Papa Francisco ha reconocido que nos hallamos no sólo en una época con muchos cambios sino en un cambio de época. Nosotros estamos llamados a afrontar valientemente el desafío que los tiempos nuevos nos plantean.

 

A Teresa le impresionaron mucho las noticias que le llegaban de Francia y en general de Europa relacionadas con la reforma luterana. Hasta utiliza la imagen del encendido. Pero sobre todo le hacia sufrir la situación de la Iglesia, ya que las amenazas más temibles para ella proceden de su interior. La causa del Señor era para Teresa su propia causa.

 

¿Cuáles son nuestros desafíos? El nombre de Dios es silenciado, unas veces rechazado y otras cortésmente preterido; la transmisión del Evangelio es actualmente un quehacer difícil; sobre la familia se han desencadenado en pocos decenios fuertes vientos contrarios; hay niños que están sometidos a trabajos desproporcionados, obligados a empuñar armas y esclavizados en el mercado sexual. ¿No es verdad que muchas realidades han hurtado al amor genuino su nombre? (cf. Camino de perfección 10, 2); la paz peligra en varios rincones del mundo por la violencia y la guerra, incluso apelando a Dios; el respeto de la dignidad humana padece y en ocasiones es gravemente conculcada; la aspiración de la humanidad a ser una familia de hermanos y de hermanas sentados a la misma mesa de los bienes de la tierra parece un sueño.

 

Hemos escuchado en el Evangelio: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las ha revelado a los pequeños” (Mt. 11, 25). Los autosuficientes no entienden los misterios del Reino de Dios; en cambio, a la gente sencilla, sean varones o mujeres -para las cuales reivindicó Santa Teresa con valentía su lugar en la Iglesia- , Dios otorga la sabiduría para conocerlos. Asimismo, la fraternidad sin discriminaciones es una componente importante en la búsqueda y en el encuentro de la verdad. Teresa aprendió con humildad la sabiduría y la enseñó generosamente.

 

El secreto de Teresa

 

“Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11, 27). El secreto de Teresa, de donde brota su existencia nueva y su vocación especial en la Iglesia, fue el encuentro profundo con Dios en Jesucristo. En esa autocomunicación una imagen muy “llagada” le fue como esculpida en su espíritu y las palabras le quedaron grabadas imborrablemente. El Hijo ha tenido a bien revelar a Teresa su intimidad compartida con el Padre. En la comunicación se pone Teresa sin reservas ni condiciones a disposición del Señor. “Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí? (Poesías 5) Teresa ha recibido y transmitido la comunicación con el Señor en varios pasos de un recorrido, a través de los cuales lo experimentado por ella ha sido testificado, lo más personal se ha convertido en un servicio abierto a la Iglesia. Con palabras de Santa Teresa: “Una merced es dar el Señor la merced, y otra es entender qué merced es y qué gracia; otra es saber decirla y dar a entender cómo es” (Vida, 17, 5). La gracia que a ella le fue dada es en sí misma triple: “Experimentar el misterio (la acción de Dios), entenderlo, y poder expresarlo. Sin esa trilogía de gracia, no tendríamos el Libro de la Vida y probablemente nada de su magisterio mistagógico” (T. Álvarez, Comentarios al “Libro de la Vida” de Santa Teresa de Jesús, Burgos 2009, p. 235).

 

Santa Teresa tuvo que realizar un discernimiento largo y laborioso; unas veces el cumplimiento de las expectativas le parecía inmediato, otras se alargaba indefinidamente y otras parecía truncado. En la oscuridad buscó la luz, orando a Dios en silencio o con sollozos, consultando, pidiendo ayuda a otras personas para hallar los caminos del Señor. Uniendo dos expresiones originales podemos percibir cómo comprendió el desafío y cómo lo acometió: “A tiempos recios, amigos fuertes de Dios” (cf. Vida 15, 5; 33, 5). Cada tiempo tiene su reciedumbre que deben encarar los discípulos del Señor.

 

Ante la gravedad de la situación Teresa concluye que “no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (Camino 1, 5). ¡No nos perdamos en cosas de poca monta! Con el discernimiento descubrimos lo fundamental en que debemos concentrar los esfuerzos. Si la atención se dispersa, se debilita la penetración. Es tiempo de consolidar los cimientos, de iniciar cristianamente, de formar a las nuevas generaciones de personas con capacidad de abrir caminos en medio de la confusión.

 

Teresa con su respuesta irrelevante como noticia mundial redescubrió la lógica evangélica de lo pequeño. Jesús a un puñado de discípulos les muestra un horizonte ilimitado; un “pusillus grex” (Lc. 12, 32) es enviado a los confines del mundo y hasta el final de la historia. Desde el grupito de San José la mirada de Teresa se dilata al anuncio del Evangelio destinado a la humanidad entera. En aquella situación compleja que desborda incluso a los poderosos del tiempo, y en la cual ella se ve “mujer, ruin e imposibilitada” de hacer lo que desearía en el servicio del Señor, determina “hacer eso poquito que yo puedo y es en mí” (Camino, 1, 2). Pero ¿qué significan esas “poquitas” ante la inmensa tarea? “¿Qué es esto para tantos?”, preguntan razonablemente los discípulos a Jesús para alimentar con unos panes a una multitud en un descampado (cf. Jn. 6, 9). Teresa no dispone de un granero inmenso para satisfacer el hambre de todos los hombres de la tierra; piensa en lo insignificante en manos de Dios, en la semilla y el grano de mostaza casi invisible pero donde sembrado y crecido pueden cobijarse las aves del cielo.

 

¿Para qué reunió el Señor a aquel grupito, inicialmente cuatro, más tarde hasta trece y nunca una gran comunidad? Se reúnen, utilizando unas imágenes de Teresa tan imaginativa, como en un castillo o una ciudad no para encerrarse en sí mismas por miedo, sino para hacerse entre ellas fuerza, como “buenos amigos”, y “buenos cristianos”; no son asalariados que huyen ante el peligro (cf. Jn. 10, 12-13). En el castillo no hay traidores. Con el Señor no cabe el miedo, sí la confianza absoluta en su poder. De la fidelidad a Dios brotan constantemente recursos para la misión.

 

Comunidades pobres de gente selecta

 

¿Cuáles son los rasgos del grupo-germen, de la comunidad fundada por Teresa? Es un grupo humanamente pobre; pero “gente selecta”. Estas palabras pueden ser incomprendidas o mal entendidas. El grupo es selecto no por sentirse los mejores en una actitud de puritanismo o de aristocracia espiritual. No es un grupo de orgullosos que se creen incontaminados. Es una comunidad de hermanas fieles. La lealtad al señor del castillo y de la ciudad procede de la conciencia siempre despierta y agradecida de ser pecadores perdonados; antes nos cansamos nosotros de pedir perdón que Dios rico en misericordia de perdonar.

 

“No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza” (Neh. 8, 9). Con una frase entre genial e ingeniosa inspirada en Santa Teresa podemos decir: “Un santo triste es un triste santo”. “Mientras más santos más conversables” (Camino 41, 7). Porque Jesús es la Buena Noticia y el Evangelio de Dios en persona, su encuentro llena la vida y el corazón de alegría honda y serena. El Papa Francisco, con sus dichos tan gráficos, nos pide que no llevemos siempre cara de funeral, ni seamos cristianos de Cuaresma sin Pascua (Evangelii gaudium 6, 10). La alegría verdadera que brota del corazón, no la fingida ni artificialmente provocada, es una señal de la fe en el Evangelio que en sí mismo es fuente de gozo (cf. Lc. 1, 45; Jn. 20, 29; Rom. 15, 13). Junto a Dios hay paz. El salmista canta: Ved que gozo vivir los hermanos unidos. El egoísmo produce tristeza; la comunión con Dios y con los hermanos son generadores de gozo y de paz. La alegría en el Señor debe caracterizar a las hijas de Teresa.

 

Las comunidades fundadas por Teresa tienen la vocación de ser pequeñas, fieles, alegres, pobres. Jesús enseña a sus discípulos a pedir el pan de cada día, no la riqueza acumulada como seguridad perdurable (cf. Lc. 11,3; 12, 13-21) El dinero es un medio para vivir; pero no puede ser convertido en la aspiración de la vida y en el competidor de Dios; recordemos la palabra del Señor: “No podéis servir a dos señores, a Dios y al dinero” (cf. Mt. 6, 29). En el Evangelio aprendemos la sublime y desconcertante lección de considerar la pobreza como un valor. Y al mismo tiempo nos abre el corazón y los ojos para ver los estragos causados por el empobrecimiento. Hay muchas personas que padecen la deshumanización de diversas formas de pobreza: No tienen empleo para ganarse el pan con el sudor de su frente ni poder llevarlo a su familia; hay rostros deformados por la desnutrición y la carencia de lo más elemental; hay padres que gritan pidiendo el pan de sus hijos y no llega. Teresa está dispuesta a dejarse tocar por la pobreza y los pobres; también ha tenido experiencia de los convencionalismos huecos a que somete el dinero y el honor en la sociedad de su tiempo.

 

Santa Teresa de Jesús abarca la complejidad de la pobreza: Pobreza personal y comunitaria, de espíritu y material. Después de dudas y vacilaciones determina fundar viviendo de limosna, como los pobres, y no de renta como los ricos. San Pedro de Alcántara, autorizado por su experiencia honda y larga en el seguimiento radical de Jesús pobre y por su “lindo entendimiento” (Vida, 27, 18), llegó a tiempo para afianzar su determinación de fundar en pobreza. Teresa consultaba a letrados y espirituales, sabiendo en qué podían ayudarla unos y otros. Buena teología y sana espiritualidad deben convivir amigablemente en la Iglesia, habitable intelectualmente y animada con vigoroso aliento espiritual. Esta decisión supone confiar a fondo en el Padre providente, que no se olvida de sus hijos. Para Teresa la pobreza evangélica es seguimiento de Jesús que nació pobre en Belén y murió despojado en la cruz; el Señor siendo rico se hizo pobre por nosotros (cf. 2 Cor. 8, 9); la pobreza libera de las ataduras al dinero; la pobreza abre el corazón para compartir como hermanos; la pobreza es gozo y serenidad; Teresa exultante de gozo subraya el señorío que otorga la pobreza: “¿No es linda cosa una pobre monjita de San José que puede llegar a señorear toda la tierra y elementos?” (cf. Camino 31, 2). El despilfarro es escarnio de los pobres y atenta contra la creación. Santa Teresa nos ayuda a echar las cuentas con el dinero. El dinamismo del dinero fácilmente suscita la avaricia que es una especie de idolatría, y hace insensible al sufrimiento de los necesitados.

 

Amigos fuertes de Dios

 

Los “amigos fuertes de Dios”, no los mediocres o relajados, tienen la capacidad por el poder del Espíritu de Jesucristo de fermentar la masa, de interpelar a los que ponen su confianza en el dinero, de iluminar las tinieblas, de poner orden en el caos y la confusión. Con frecuencia el lector se ve sorprendido por expresiones de Santa Teresa a modo de ráfagas de luz que deslumbran, iluminan y encandilan para proseguir la lectura. De la fragua del genio saltan las chispas. “La verdad padece más perece” (Carta 79-5B, 26), escribió en una carta donde menos se podría esperar. Recordemos cómo San Pablo para iluminar y fundamentar comportamientos de la vida diaria de los cristianos aducía argumentos sublimes sobre todo de orden cristológico (cf. Fil. 2, 1-11; 2 Cor. 8, 1-9). La verdad puede ser humillada, pero no destruida; dobla pero no quiebra. “La verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni engañada” (San Bonifacio, Carta 7). Esta aserción es también motivo de esperanza. El sentido de la vida no puede naufragar en el marasmo; la generosidad vence al egoísmo y la mezquindad; el amor es más fuerte que el odio y la muerte; la paz vencerá a la violencia; la bondad vencerá a la crueldad. Los “amigos fuertes de Dios” en la dureza de los tiempos tienen la capacidad de interrogar por la justicia y la fraternidad, de abrir la historia al cambio de corazón, de rostro, de actitudes, de conductas personales, sociales y políticas. Santa Teresa de Jesús es testigo, por su persona y sus obras, que la esperanza de un mundo nuevo no es fantasía sino una realización en camino.

 

Teresa vivió los acontecimientos de la historia ante Dios, en una especie de trenzado creyente de hechos exteriores y de gracias íntimas; lo que acontecía cerca o lejos era conversado con Dios en la oración y se convertía en llamada apostólica. En ese diálogo de historia y Dios en su interior, Teresa va a descubrir su carisma y a escuchar su misión de fundadora. La intersección de niveles, entre el personal orante, el narrativo de la historia y la exposición de su discurso es permanente. Interrumpe el hilo de su escrito dirigiéndose a Dios o interpelando a los lectores. Sus escritos no son únicamente narrativos o doctrinales; son eminentemente testimoniales; en ellos “se confiesa” la autora y pide que el lector sintonice con la otra onda. Por este motivo, no es pertinente que nos detengamos exclusivamente en las formas literarias de sus escritos sino entremos en la corriente espiritual; aunque lo auténticamente espiritual es también bello y atrayente.

 

Teresa, después de contradicciones y persecuciones, de dudas e incertidumbres, de preguntar y escuchar, de búsqueda sincera de la voluntad de Dios y de disponibilidad para cargar con la cruz de los designios de Dios, recibe el mandato del Señor, e incluso con apremio de poner manos a la obra de la fundación. “Habiendo un día comulgado, mandóme mucho su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora a la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor” (Vida 32, 11). Jesús daba a Teresa la orden de proceder a la fundación; a modo de supuestos de un documento jurídico, enumera los aspectos de una promesa con la garantía de que el mismo Señor se implica en el cumplimiento. “Sus palabras son obras” (Vida 25, 19). La misericordia del Señor dura siempre; Dios no se arrepiente de sus dones ni falla su amor.

 

Aprender en la escuela de Santa Teresa

 

Estamos comenzando el V Centenario del nacimiento de una mujer del siglo XVI; este ejercicio de memoria es para nosotros aprendizaje de historia, maestra de la vida. Si damos la espalda a nuestro pasado que unas veces nos corrige y otras nos enseña y alienta, recortaríamos las posibilidades de nuestro presente y futuro personal, eclesial y social. ¿Cómo vamos a prescindir de las luces que desde el pasado nos iluminan en nuestro presente, que no está sobrado de indicadores y de estrellas para nuestra travesía?. En la escuela de Santa Teresa se aprende siempre, pues es un astro brillante en el firmamento de la Iglesia y de la humanidad. Trae gran provecho acercarnos a las grandes personas de nuestra historia desde las búsquedas e incertidumbres del presente.

 

Iniciamos el V Centenario del nacimiento de una monja contemplativa, de una mujer orante y maestra de oración. Es verdad Teresa de Jesús fue una mujer de humanidad arrolladora, de excelente pluma, de desbordante actividad, de una capacidad admirable para descubrir la presencia del Señor, entre los “pucheros” (cf. Fundaciones 5, 8), para adentrarse en los itinerarios más íntimos del hombre con un instinto penetrante en el análisis y certero en la valoración, para recorrer los caminos en carromatos y pasar malas noches en malas posadas. Estaba tan presente en el mundo como embebida en la conversación con Dios. No se desentendía de las cosas ni secularizaba su corazón. Ella nos enseña que cuando las palabras se secularizan es señal de secularización del espíritu y de la vida, cerrando de esta forma la vía a la evangelización. ¿Qué tiene que ver la oración como clave de la vida de Teresa en sus obras fundacionales y magisterio espiritual con nuestro tiempo, con los hombres y mujeres de hoy?

 

Descubrir el sentido cristiano y humanizador de la oración es un quehacer muy importante en este V Centenario. La oración no es un diálogo consigo mismo, enajenándose engañosamente y deshaciéndose falsamente del peso de la existencia. La oración no es una expansión del espíritu del hombre hacia el vacío o a la soledad sideral sobrecogedora; ni un ejercicio del hombre para vencer la superficialidad buscando la profundidad o para superar la fragmentación en un centro unificador. La oración es un trato de amistad con Dios que sabemos nos ama (cf. Vida 8, 5), que viene a nuestro encuentro, que nos espera, que nos acompaña. La comunicación en el amor acontece hablando, callando, escuchando y poniendo la mirada en el Señor (cf. Heb. 12, 2). De la oración mental y vocal, sosegada e intermitente, brota una luz que en Teresa nos sorprende particularmente.

 

Ella es experimentada en la oración, es iniciadora y maestra de oración La oración y el silencio son hogar de la palabra. La oración, como dice un himno litúrgico es “sator luminis”, sembrador de luz. De la oración nace la intrepidez y la determinación para la acción caritativa y apostólica; la oración es soplo vital de la fe, que la alienta, hace vibrante y gozosa. En la oración el alma se pacifica y serena; “en la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol” (El Cura de Ars).

 

En la oración humilde y paciente descubrimos la verdad, ya que “Dios es suma Verdad y la humildad es andar en verdad” (6 Moradas 10, 8). La relación entre humildad y verdad es muy frecuente y con variadas modulaciones en los escritos de la Santa. Por la vía de la humildad, y no del orgullo, descubrimos la verdad; con humildad respetamos el ritmo y los caminos de las personas en la búsqueda de la verdad, y con humildad testificamos y enseñamos la verdad sin convertirla en dominio nuestro ni pretender imponerla a la fuerza. Edith Stein, más tarde Teresa Benedicta de la Cruz, judía y filósofa; convertida a la fe cristiana al amanecer, después de una noche leyendo con creciente apasionamiento la Vida de Santa Teresa de Jesús escrita por ella misma, al terminar y cerrar el libro exclamó: “Aquí está la verdad”. Fue carmelita y mártir en Auschwitz. Edith Stein confesó que durante muchos años “la sed de verdad había sido su única oración”.

 

Amor a la verdad y amor a las personas

 

Las lecturas que han sido proclamadas en la celebración iluminan la vida de Santa Teresa, que fue discípula de la verdad divina y al mismo tiempo maestra de la verdad que había recibido y asimilado.

 

¡Qué importante es para la evangelización que unamos el amor a la verdad y el amor a las personas! ¡Cómo apreció Domingo Báñez, frente a otras manifestaciones más espectaculares y secundarias, en Santa Teresa la caridad, la verdad, la sinceridad, la obediencia, la paciencia como “cierta señal del verdadero amor de Dios” (Censura sobre el libro de la Vida para la Inquisición). Teresa “no es engañadora”; vivía en la verdad como en su ámbito vital y por condición natural “aborrecía el mentir”.

 

¿No necesitamos las personas de nuestra sociedad sincronizar mejor el ritmo trepidante de la vida con los ritmos del hombre interior?. A veces nuestro diario vivir está como invadido por prisas, ruidos y dispersión. Esta forma de comportarnos desgasta inmensamente y dificulta la comunicación personal. Estamos tan pendientes de las informaciones, de las llamadas, de las solicitaciones exteriores que no tenemos tiempo para pensar, para asimilar lo recibido, para degustar la vida, para vivir. Necesitamos reconocer que hay un silencio exterior que favorece el silencio interior; que la soledad no es vacío sino oportunidad para un encuentro más hondo.

 

Teresa enriqueció la oración contemplativa con una dimensión apostólica; la apertura a la misión de la vida orante fue una de las grandes intuiciones de su fundación. Las carmelitas de San José están llamadas a ayudar a la evangelización en las periferias geográficas y existenciales. Con su intercesión continua ante Dios, con las lámparas encendidas día y noche, con su vida pobre, alegre, sencilla y fraternal, con su fidelidad paciente en la cruz y la perseverante esperanza pascual, participan desde el claustro y la vida escondida en la misión de la Iglesia, fortaleciendo la palabra de los mensajeros del Evangelio, la sabiduría de los letrados, el amor de los esposos, la valentía de los misioneros, la docilidad de los oyentes de la Palabra de Dios.

 

Palabra y obras deben ir unidas en la evangelización, respaldando éstas el mensaje y explicitando el mensaje el sentido de las obras. La oración apostólica nutre sin cesar las raíces de la vida misionera.

 

La celebración del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús es una oportunidad preciosa para actualizar y asimilar las dimensiones fundamentales de la vida cristiana y apostólica en la Iglesia, y también la autenticidad de la existencia humana que todos compartimos. Cuando una persona y su obra tocan el fondo de la vida, su irradiación es hondamente cristiana y auténticamente humanizadora; así es el humanismo de Teresa.

 

Santa Teresa de Jesús es experta en traer papas desde Roma a Ávila, a Alba de Tormes, a España. Juan Pablo II vino por primera vez para el IV Centenario de la muerte de Santa Teresa el año 1982, y confiamos que vendrá el Papa Francisco para el V Centenario de su nacimiento. Soñamos ya con la visita; nos sentimos como abulenses, como albenses y como españoles dignificados. Acogemos con corazón dócil y generoso su mensaje a través de sus palabras, de sus gestos y de su presencia.

 

Estamos encantados de recibir al Papa Francisco con el gozo y la gratitud como hace años acogimos al Papa Juan Pablo II. Teresa quedó huérfana de madre a los trece años; entonces se acogió al cuidado maternal de la Virgen María. Recibamos a María que nos entregó Jesús en la cruz como Madre de sus discípulos. ¡Que María nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre! Ávila, 15 de octubre de 2014 Fiesta de Santa Teresa de Jesús.

 

+ Mons. Ricardo Blázquez Pérez

Arzobispo de Valladolid

Presidente de la Conferencia Episcopal Española

Del Libro de las Fundaciones

Palencia: Gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto

 

 

 

Cuando una no está para nada. “Llegada a Valladolid, diome una enfermedad tan grande que pensaron muriera. Quedé tan desganada y tan fuera de parecerme podría hacer nada” (F 29,1). La importuna la priora de Valladolid para que funde en Palencia, pero “no podía persuadirme, ni hallaba principio” (F 29,1). “Eran muchos los inconvenientes que hallaba” (F 29,2).

 

“Uno de los grandes trabajos y miserias de la vida me parece éste, cuando no hay espíritu grande que le sujete; porque tener mal y padecer grandes dolores, aunque es trabajo, si el alma está despierta, no lo tengo en nada, porque está alabando a Dios, y con considerar viene de su mano. Mas por una parte padeciendo y por otra no obrando, es terrible cosa, en especial si es alma que se ha visto con grandes deseos de no descansar interior ni exteriormente, sino emplearse toda en servicio de su gran Dios. Ningún otro remedio tiene aquí sino paciencia y conocer su miseria y dejarse en la voluntad de Dios, que se sirva de ella en lo que quisiere y como quisiere” (F 29,3). “La flaqueza era tanta, que aun la confianza que me solía dar Dios en haber de comenzar estas fundaciones tenía perdida. Todo se me hacía imposible” (F 29,3).

 

+ + + + +

 

La importancia de los amigos. Es don muy grande del Señor, “no sé cómo encarecer la importancia de los amigos” (V 7,20), “encontrar alguna persona que eme animara” (F 29,3). ¿Cómo orar y vivir sin su compañía y aliento? “Si Dios no diera los buenos amigos que nos dio, todo no era nada” (F 29,12). “El mismo Señor, como se ha visto en las demás fundaciones, toma en cada parte quien le ayude, que ya ve Su Majestad lo poco que yo puedo hacer” (F 29,8). Aparecen muchos en el relato: el obispo, D. Álvaro de Mendoza, “que siempre, en todo lo que toca a esta Orden, favorece... púsole nuestro Señor en voluntad que allí hiciese otro de esta sagrada Orden” (F 29,1); “el buen canónigo Reinoso trajo otro amigo suyo, llamado el canónigo Salinas, de gran caridad y entendimiento” (F 29,12); a ellos llama. “estos santos amigos de la Virgen” (F 29,25); “un padre de la Compañía, llamado el maestro Ripalda, con quien yo me había confesado un tiempo, gran siervo de Dios. Yo le dije cuál estaba y que a él le quería tomar en lugar de Dios, que me dijese lo que le parecía. Él comenzóme a animar mucho” (F 29,4); el provisor Prudencio, que “es de tanta caridad con nosotras” (F 29,26).

 

+ + + + +

 

Que no saben decirme lo que quiero. Solo el Señor tiene la palabra y el ánimo verdaderos. “Ahora venga el verdadero calor, pues no bastan las gentes ni los siervos de Dios; adonde se entenderá muchas veces no ser yo quien hace nada en estas fundaciones, sino quien es poderoso para todo” (F 29,5). El Señor es quien sosiega la casa. “Estando yo un día, acabando de comulgar, puesta en estas dudas y no determinada a hacer ninguna fundación, había suplicado a nuestro Señor me diese luz para que en todo hiciese yo su voluntad; que la tibieza no era de suerte que jamás un punto me faltaba este deseo. Díjome nuestro Señor con una manera de reprensión: ¿Qué temes? ¿Cuándo te he yo faltado? El mismo que he sido, soy ahora; no dejes de hacer estas dos fundaciones. ¡Oh gran Dios!, ¡y cómo son diferentes vuestras palabras de las de los hombres! Así quedé determinada y animada, que todo el mundo no bastara a ponerme contradicción, y comencé luego a tratar de ello, y comenzó nuestro Señor a darme medios. (F 29,6). “Tomé dos monjas para comprar la casa” (F 29,7). “Pues Dios decía que se hiciese, que Su Majestad lo proveería. Y así, aunque no estaba del todo tornada en mí, me determiné a ir, con ser el tiempo recio” (F 29,7).

 

“Bendito sea el que me dio luz en esto, para siempre jamás; y así me la da en si alguna cosa acierto a hacer bien, que cada día me espanta más el poco talento que tengo en todo. Y esto no se entienda que es humildad, sino que cada día lo voy viendo más: que parece quiere nuestro Señor conozca yo y todos que sólo es Su Majestad el que hace estas obras, y que, como dio vista al ciego con lodo, quiere que a cosa tan ciega como yo haga cosa que no lo sea... Bendita sea su misericordia, amén” (F 29,24).

 

+ + + + +

 

A vueltas con la casa. “Está en el pueblo una casa de mucha devoción de nuestra Señora, como ermita, llamada nuestra Señora de la Calle. En toda la comarca y ciudad es grande la devoción que se le tiene y la gente que acude allí (F 29,13). Pero las casas adyacentes están destartaladas. Sus amigos le buscan otra mejor. Ya tiene una buena y otra mala. Pero la mala es en la que “se sirven nuestro Señor y su gloriosa Madre allí y que se quitan hartas ocasiones. Porque eran muchas las velas de noche, adonde, como no era sino sola ermita, podían hacer muchas cosas que el demonio le pesaba se quitasen” (F 29,23). ¿Qué hacer? Teresa se inclina por la que cree mejor. Pero fui a recibir el Santísimo Sacramento, y luego en tomándole entendí estas palabras, de tal manera que me hizo determinar del todo a no tomar la que pensaba, sino la de nuestra Señora: Esta te conviene... Yo comencé a parecerme cosa recia en negocio tan tratado y que tanto querían los que lo miraban con tanto cuidado. Respondióme el Señor: No entienden ellos lo mucho que soy ofendido allí, y esto será gran remedio. Pasóme por pensamiento no fuese engaño, aunque no para creerlo, que bien conocía en la operación que hizo en mí, que era espíritu de Dios. Díjome luego: Yo soy. Quedé muy sosegada y quitada la turbación que antes tenía” (F 29,18-19). “Ello se ve claro ponía en muchas cosas ceguedad el demonio, porque hay allí muchas comodidades que no se hallaran en otra parte y grandísimo contento de todo el pueblo, que lo deseaban, y aun los que querían fuésemos a la otra, les parecía después muy bien” (F 29,23).

 

+ + + + +

 

El arcaduz humano. Pero el Señor quiere que todo pase por el arcaduz humano, aun siendo éste tan pobre. “Tomé este remedio: yo me confesaba con el canónigo Reinoso... y como lo he acostumbrado siempre en estas cosas hacer lo que el confesor me aconsejare, por ir camino más seguro, determiné de decírselo debajo de mucho secreto, aunque no me hallaba yo determinada en dejar de hacer lo que había entendido sin darme harta pesadumbre. Mas, en fin, lo hiciera, que yo fiaba de nuestro Señor lo que otras veces he visto, que Su Majestad muda al confesor, aunque esté de otra opinión, para que haga lo que El quiere” (F 29,20).

 

“Díjele primero las muchas veces que nuestro Señor acostumbraba enseñarme así y que hasta entonces se habían visto muchas cosas en que se entendía ser espíritu suyo, y contéle lo que pasaba; mas que yo haría lo que a él le pareciese, aunque me sería pena. El es muy cuerdo y santo y de buen consejo en cualquiera cosa, aunque es mozo; y aunque vio había de ser nota, no se determinó a que se dejase de hacer lo que se había entendido” (F 29,21).

 

+ + + + +

 

La presencia alentadora del pueblo de Dios. En varias ocasiones, a lo largo del relato, se vuelve Teresa, llena de agradecimiento, al pueblo de Palencia. “Fue tanto el contento que mostró el pueblo y tan general, que fue cosa muy particular, porque ninguna persona hubo que le pareciese mal. Mucho ayudó saber lo quería el Obispo, por ser allí muy amado. Mas toda la gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto, y así cada día me alegro más de haber fundado allí” (F 29,11). “Yo no querría dejar de decir muchos loores de la caridad que hallé en Palencia, en particular y general. Es verdad que me parecía cosa de la primitiva Iglesia, al menos no muy usada ahora en el mundo, ver que no llevábamos renta y que nos habían de dar de comer, y no sólo no defenderlo, sino decir que les hacía Dios merced grandísima. Y si se mirase con luz, decían verdad; porque, aunque no sea sino haber otra iglesia adonde está el Santísimo Sacramento más, es mucho” (F 29,27). “Es gente virtuosa la de aquel lugar, si yo la he visto en mi vida” (F 29,13).

 

“¡Sea por siempre bendito, amén!, que bien se va entendiendo se ha servido de que esté allí y que debía haber algunas cosas de impertinencias que ahora no se hacen; porque, como velaban allí mucha gente y la ermita estaba sola, no todos iban por devoción. Ello se va remediando. La imagen de nuestra Señora estaba puesta muy indecentemente. Hale hecho capilla por sí el obispo Don Álvaro de Mendoza, y poco a poco se van haciendo cosas en honra y gloria de esta gloriosa Virgen y su Hijo. ¡Sea por siempre alabado, amén, amén!” (F 29,28).

 

Las acciones de Dios van envueltas en fiesta. “Pues acabada de aderezar la casa para el tiempo de pasar allá las monjas, quiso el obispo fuese con gran solemnidad. Y así fue un día de la octava del Santísimo Sacramento, que él mismo vino de Valladolid, y se juntó al Cabildo con las Órdenes, y casi todo el lugar. Mucha música. Fuimos, desde la casa adonde estábamos todas, en procesión, con nuestras capas blancas y velos delante del rostro, a una parroquia que estaba cerca de la casa de nuestra Señora, que la misma imagen vino también por nosotras, y de allí tomamos el Santísimo Sacramento y se puso en la iglesia con mucha solemnidad y concierto. Hizo harta devoción. Iban más monjas, que habían venido allí para la fundación de Soria, y con candelas en las manos. Yo creo fue el Señor harto alabado aquel día en aquel lugar. Plega a Él para siempre lo sea de todas las criaturas, amén, amén”. (F 29,29).

 

+ + + + +

 

Uno de los grandes gozos. “Estando en Palencia, fue Dios servido que se hizo el apartamiento de los Descalzos y Calzados, haciendo provincia por sí, que era todo lo que deseábamos para nuestra paz y sosiego... Eligieron por provincial al padre maestro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios” (F 29,30). “Me dio a mí uno de los grandes gozos y contentos que podía recibir en esta vida... el gozo que vino a mi corazón y el deseo que yo tenía que todo el mundo alabase a nuestro Señor” (F 29,31). “Ahora estamos todos en paz, Calzados y Descalzos. No nos estorba nadie a servir a nuestro Señor. Por eso, hermanos y hermanas mías, pues tan bien ha oído sus oraciones, prisa a servir a Su Majestad... Ahora comenzamos y procuren ir comenzando siempre de bien en mejor. Miren que por muy pequeñas cosas va el demonio barrenando agujeros por donde entren las muy grandes. No les acaezca decir: «En esto no va nada, que son extremos». ¡Oh hijas mías, que en todo va mucho, como no sea ir adelante!” (F 29,32).

 

“Por amor de nuestro Señor les pido se acuerden cuán presto se acaba todo y la merced que nos ha hecho nuestro Señor a traernos a esta Orden, y la gran pena que tendrá quien comenzare alguna relajación. Sino que pongan siempre los ojos en la casta de donde venimos, de aquellos santos Profetas. ¡Qué de santos tenemos en el cielo que trajeron este hábito! Tomemos una santa presunción, con el favor de Dios, de ser nosotros como ellos. Poco durará la batalla, hermanas mías, y el fin es eterno. Dejemos estas cosas que en sí no son, si no es las que nos allegan a este fin que no tiene fin, para más amarle y servirle, pues ha de vivir para siempre jamás, amén, amén. A Dios sean dadas gracias” (F 29,33).

 

 

Santa Teresa de Jesús: la Conversión y la Oración

El 15 de octubre comenzamos el Año Jubilar de Santa Teresa de Jesús, con motivo de cumplirse el quinto centenario de su nacimiento, un año para meditar sobre sus enseñanzas como doctora de la Iglesia y una ocasión para renovar nuestra vida espiritual, según el camino que ella nos propone para alcanzar la santidad, el encuentro con Dios. En su libro Las moradas, que también puede denominarse El castillo interior, considera el alma como un castillo medieval donde hay muchos aposentos. En el centro del castillo, está la estancia principal en la que el alma se encuentra por fin a solas con el señor del castillo, con Dios. Para ir avanzando a través de los siete aposentos que conducen a su encuentro, la llave es la oración, que nos va haciendo pasar de un estadio a otro. Durante todo este Año Jubilar iremos recorriendo, a través de nuevas catequesis, conferencias y actos litúrgicos este itinerario que nos puede llevar, con la gracia de Dios, a un avance decisivo en nuestra vida espiritual. Los primeros pasos en esta aventura religiosa (mansiones primera a tercera) son, según Santa Teresa, el deseo de abandonar el pecado, tanto mortal como venial (conversión), y el perseverar en la oración en la presencia de Dios.

 

1. El despertar hacia Dios: la conversión. La conversión a una vida de santidad, o la renovación de esa conversión según los casos, comienza lógicamente por el abandono del pecado mortal. Pero, igual como nos ocurre frecuentemente a nosotros, Santa Teresa, aunque había entrado en el convento de las carmelitas de la Encarnación de su ciudad natal, se acomodó con el tiempo a una vida espiritual rutinaria que encerraba muchas concesiones a lo mundano y a la vanidad, lo cual le impedía un verdadero progreso en el camino hacia la unión con Dios. Al meditar lo que Cristo había sufrido por ella, pidió fervientemente la gracia de la conversión profunda, lo cual hizo que reemprendiera el camino espiritual. Este despertar hacia Dios fue en 1554, cuando Teresa de Ávila tenía cuarenta años.

 

En el libro de su Vida, nos enseña que descuidarse respecto del pecado venial bloquea gravemente todo progreso espiritual: «de los veniales, -nos dice-, hacía poco caso, y esto es lo que me destruyó» (Vida 4, 7). Señala que ello fue en parte a causa del consejo “liberal y permisivo” que le dieron algunos sacerdotes de su época. Hay verdaderamente una inclinación en todos nosotros a buscar consejos que nos dejen seguir nuestros deseos egoístas.

 

Teresa de Jesús hace una distinción muy importante entre pecado venial deliberado, libremente escogido, y pecado venial que no es deliberado ni libremente escogido. Cuando la Sagrada Escritura dice que el justo «cae siete veces y se levanta» (Prov 24, 16), ella entiende que se refiere a la persona justa que inadvertidamente comete siempre pequeños pecados veniales. Estos pecados, reconocidos, no obstaculizan el camino espiritual. Al contrario de lo que ocurre cuando nos decidimos conscientemente a cometer pecados que, aunque no sean graves, contradicen la voluntad de Dios sobre nosotros. Por eso, tomar la decisión de no cometer nunca libremente el más pequeño pecado es un punto crucial en el camino de la perfección. Como nos dice la santa, escoger libremente cometer un “pequeño” pecado no es realmente una cosa pequeña, si estamos tratando de vivir una vida agradable a Dios. Además, el no apartarse de personas, situaciones o lugares que nos podrían incitar a pecar debilitan nuestro propósito de resistir al pecado y evitarlo en lo posible, impidiendo así nuestro progreso.

 

2. La oración como «tratar de amistad con Dios». La importancia para el progreso espiritual de una vida de oración es innegable. Teresa de Jesús reconoce lo importante que son la meditación y la oración para el crecimiento de la vida espiritual, pero también reconoce lo difícil que puede ser el concentrarse. En su propio caso, durante más de catorce años no podía meditar sin la ayuda de un libro.

 

Ella define la oración diciendo que «no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Vida 8,5). En su obra Camino de perfección aconseja a sus monjas: «Tratad con él como con padre, y como con hermano, y como con señor, y como con esposo: a veces de una manera, a veces de otra» (CP 28. 3, 4). Insiste mucho en el carácter de relación y encuentro personal con el Señor que debe tener todo tipo de oración y en la importancia de ser conscientes en todo momento de a quién estamos hablando cuando oramos.

 

Los comentarios de Teresa de Jesús sobre la oración recuerdan al método que alterna oración y lectura, llamado tradicionalmente lectio divina o lectura orante de la palabra de Dios. Se trata simplemente de tomar un texto de la Sagrada Escritura, leer hasta que nuestra mente y nuestro corazón están elevados al Señor y entonces reflexionar en oración sobre lo leído, hablando al Señor sobre ello, o simplemente estando en su presencia. Cuando nuestra mente se distrae, volvemos a la lectura hasta que nos hemos concentrado otra vez, y entonces dejamos el libro y nos volvemos de nuevo hacia el Señor por la meditación y la contemplación, aplicando finalmente el texto a nuestra vida.

 

Ella nos anima a un coloquio espiritual con un Dios que es totalmente humano y totalmente divino. Así nos dice: «El alma puede presentarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada humanidad y traerle siempre consigo y hablar con él, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con Él en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad» (Vida 12. 2).

 

Dos pasos, pues, para iniciar, o reiniciar, en este año jubilar de Santa Teresa, un camino de perfección para el encuentro con Dios: evitar el pecado, no sólo el pecado mortal, sino incluso el pecado venial consentido y deliberado y practicar diariamente un tiempo de oración, leyendo la palabra de Dios, meditándola y hablándole de ella y de nuestra vida a nuestro Señor Jesucristo.

 

+ Esteban, Obispo de Palencia