Sábado, 21 de Octubre de 2017
  •  

     

     

     

    Catedral

  • Colegiata de San Miguel
    Aguilar

    Barrio Santa María

    Colmenares de Ojeda

  •  

     

    Virgen del Brezo

     

    Pisón de Castrejón

  • Iglesia de Santiago
    Carrión

    Virgen del Valle

    Virgen Blanca
    Villalcazar de Sirga

  •  

     

    El Cristo del Otero

     

    Iglesia de San Miguel

Uncategorised

Palabras de D. Antonio Gómez Cantero en su despedida de la Diócesis de Palencia

Palabras de D. Antonio Gómez Cantero, obispo electo de Teruel y Albarracín, en la Eucaristía de Despedida de la Diócesis de Palencia, celebrada en nuestra Catedral el pasado 7 de enero de 2017.

 

Día de la Iglesia Diocesana. Rendimos cuentas

 

 

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

 

Queridos hermanos y hermanas: Está cercano el Día de la Iglesia Diocesana, de nuestra Iglesia Diocesana de Palencia.

 

Algunos no comprenden qué es la Iglesia Diocesana. El Concilio Vaticano II dice que «la diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la colaboración de su presbiterio. Así, unida a su pastor, que la reúne en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular» (CD,11). Dicho de otra manera menos técnica, quizás, es la familia de Dios aquí. Dios Padre, que nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo Jesús, nuestro hermano, y nos regala su Espíritu, su amor, su fuerza, su vida, nos ha hecho sus hijos y, por lo tanto, somos hermanos entre nosotros. Pero no podemos ni debemos cerrarnos: viviendo en la verdad y en el amor mutuo y fraterno, tenemos que atraer a otros para que experimenten felizmente con nosotros la alegría de sabernos familia.

 

Tú también eres miembro de esta familia. Como cada uno, tienes a Dios por Padre, y a la comunidad cristiana, a la Iglesia, por madre; a Jesucristo, el Hijo Primogénito de Dios, y a cada cristiano por hermano; al Espíritu Santo como si fuera la sangre común que nos da vida y nos hace vivir y nos vincula en el amor. Fuiste engendrado, como nosotros, en el seno de la Iglesia doméstica de tus padres; fuiste alumbrado en día del bautismo, día en que naciste a la vida de Dios; somos alimentados por la Palabra de Dios y la Eucaristía; crecemos conociéndonos, ayudándonos, enseñándonos, pasando ratos de tertulia alegre juntos, perdonándonos unos y otros, etc. Tú tienes derecho a hacer oír tu voz y participar en la marcha de tu familia, saber qué se hace, saber con qué bienes se cuenta, cuánto entra, en qué se emplea, etc. Tú también tienes parte en la herencia común, Dios mismo, que nos abre su corazón como morada feliz eterna.

 

¿Cómo vivir más y mejor nuestro ser familia? Pregúntalo y actúa. Te sugiero que en estos días des gracias a Dios, a la Iglesia, a tus padres y padrinos, aunque hayan fallecido, a los sacerdotes, catequistas, a los demás cristianos que te han ayudado a creer y crecer. Que no alejes de la Iglesia, tu familia. Que mires a los otros como hermanos. Que seas activo en la misma preguntándote qué puedes hacer por esta mi familia; que responsablemente colabores en lo que puedas, desde la oración hasta el servicio a los enfermos, ancianos, a los más necesitados y pobres de cerca y de lejos. Que no dejes de participar en la Eucaristía de los domingos y fiestas, pues te echaríamos de menos y te perderías la alegría de encontrarnos como familia, comiendo y bebiendo en la mesa del Señor. Que colabores también económicamente, en la medida que puedas, a mantener nuestra familia y sus actividades, pues muchos lo pasan mal, y nuestra casa- los templos-. Que invites a otros, una y otra vez y no te canses si te dicen varias veces que no, a participar en esta familia. No falles. Nos harías más pobres, te echaríamos de menos, estaríamos más tristes sin ti, y tú también serías más pobre, más triste y solo sin tu familia.

 

No lo olvides: SOMOS UNA GRAN FAMILIA CONTIGO.

 

Leer más...

Semblanza de un santo. Don Manuel González

Descargar conferencia

 

 Despacho

 

Antonio Gómez Cantero.
Vicario general de la Diócesis de Palencia
Palencia, lunes 5 de septiembre de 2016
Salón de Actos de la Diputación Provincial 19:00 horas

 

 

Querido Sr. Obispo, hermanas Nazarenas, hermanos sacerdotes, religiosas, amigas y amigos.

 

Hoy comenzamos la primera de las tres charlas que con motivo de la Canonización de nuestro Obispo D. Manuel González, tendremos en esta sala de la Diputación Provincial de Palencia.

 

Las hermanas, me pidieron que yo hiciera la primera charla, (me dijeron que por los tres artículos que escribí en el palentino sobre D. Manuel, durante la Sede Vacante: “Una sonrisa desconocida”, “Un Obispo sin oropeles” y “Los agraces y la dentera”. Pero cuando vi los “grandes espadas” que traen después de mí, me entró ese complejo de inferioridad o, mejor, pánico que me suele dar en algunas ocasiones. El segundo momento que sentí la misma sensación es cuando me encontré con la cantidad de bibliografía que tiene este ya nuestro santo. Libros que escribió él que como pequeños granos de arena que fueron llenando sus días y más libros y un congreso que escribieron sobre él. Y si fuera poco, cada vez que me pasaba por la casa de las hermanas, alguna en especial y todas en particular, comenzaban a contarme infinidad de vivencias y anécdotas de nuestro D. Manuel, como le seguimos llamando. Y os aseguro que D. Manuel tiene a sus espaldas un extenso anecdotario, como gran catequista que era y como persona de mucho humor y bastante ironía, propio de las personas libres e inteligentes, y más cuando estamos hablando de un sevillano lleno de gracejo y sarcasmo sano, de lenguaje sencillo y chispeante y un gran tesón por llevar a todos a Cristo. Os aseguro que con estas tres charlas no podremos hacer más que un pequeño esbozo de un gran hombre. Mañana os hablarán de la experiencia que fue el fundamento de su carisma y el eje de su obra, y pasado mañana, sobre la historia de su vida desmontando una leyenda negra sobre su persona.

 

 

1. CAPTAR EL ESPÍRITU:

Descubrir su rostro

 

 

El otro día estuve seis horas seguidas hablando y disfrutando con Martín Lagares, el joven escultor de Huelva que va a hacer la imagen que la diócesis de Palencia, a instancias de nuestro actual obispo, (también D. Manuel), va a colocar en la Catedral y que bendecirá el día de la Acción de Gracias (5 noviembre) por la canonización de nuestro nuevo santo. Martín no dejaba de preguntarme sobre D. Manuel, pero me di cuenta que como buen onubense conocía tantas anécdotas de D. Manuel que yo disfruté de lo lindo y, sin querer, yo mismo me iba imbuyendo de su persona e iba acercándome más a él, a pesar que nos distanciaban casi 80 años de cuando estuvo de obispo en Palencia. Yo había leído antes de su beatificación sus obras completas, ¡qué bien escribía este hombre!, ¡qué gran catequista!, y descubrí cómo la anécdota que forja el discurrir de la vida diaria es necesaria para poder hablar con soltura de él, y de cualquier persona. Basado en los escritos nos haremos una composición más o menos exacta de su pensamiento, pero sería parcial, pues donde quedarían los sentimientos, las acciones, los gestos, las miradas... y eso que D. Manuel cuando escribe habla de personas y acontecimientos, para remarcar virtudes y actitudes de piedad. Siempre sacaba de la manga un “hecho de vida” para ilustrar su catequesis o su meditación. En eso se asemejaba también a Jesús y a sus parábolas.

 

Pero estando con Martín, el escultor, descubrí que la dificultad del artista estriba en captar el espíritu de la persona que va a representar: su gesto, su postura, su mirada, su sonrisa, sus complementos... No es nada fácil. A todos los santos les identificamos por algo que lleva en sus manos, referencias a su vida, a su martirio, a su acción, a sus palabras... San Maximiliano Kolbe, (de la misma época) que fue un franciscano, es representado en muchas de sus imágenes tan sólo con el traje de rayas de los campos de concentración, en donde fue martirizado, pero olvidamos que fue un gran publicista y propagandista. D. Manuel, debe aparecer como Obispo. Alguna representación, realizadas por el gran Juan de Avalos, le colocan con un sagrario en las manos, por aquella percepción, casi mística, como “esa mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca”, que tuvo en Palomares del Río cuando encontró el sagrario sucio y abandonado. Nos suele ocurrir, con casi todos los santos, que nos quedamos con una sola referencia obviando la extensa riqueza de su basta vida. D. Manuel vivió 62 años.

 

Parece ser que en Huelva quieren hacer una imagen de él con un niño de la mano y con la otra señalándole el sagrario, ¡Me encanta! Los niños fueron su corona y su tesoro. Educar, ayudar y dar catequesis a los niños de aquellos barrios y de su parroquia de San Pedro, junto con el gran pedagogo y amigo Manuel Siurot1, fue una de sus tareas más comprometidas. Muchas veces, cuando los santos estuvieron muy implicados en la ayuda a los necesitados, pobres y desvalidos, suele ocurrir que el pueblo llano nos inclinamos más a lo puramente devocional que a la imitación de sus actos y preocupaciones. Cuántas veces hemos descarnado a nuestros santos dejándoles como un “donuts”, suave, dulce, redondeado (sin aristas) y huecos (sin centro). Una mera caricatura de su vida, mostrando esa ñoñez que ninguna persona con un mínimo atisbo de espíritu aventurero y con ganas de entregarse en su totalidad querrá nunca seguir. Tendremos que reivindicar la espiritualidad como intrepidez y valentía. No hay santos sin arrojo, sus vidas están llenas de coraje, porque sabían de quien se habían fiado y se forjaban como santos en la dificultad, cincelando sus vidas a golpes.

 

¿Pero cómo descubrir su rostro? ¿Cómo descubrir la esencia profunda de su ser? Contemplad un árbol, el entramado de sus ramas, sus hojas y frutos, su tronco... e imaginad sus raíces. Y no olvidéis contemplar el paisaje que le rodea para comprender su mejor su ser. Nuestro árbol brota en Sevilla el 25 de febrero de 1877 y llega a su plenitud el 4 de enero de 1940 en Madrid. Casi 63 años de vida intensa. Cinco páginas en letra pequeña son las ramas, hojas y frutos que mantiene este tronco y estas raíces. Niño en los “seise” de la catedral de Sevilla, esos que hacen una danza litúrgica delante del Santísimo y tanto le marcó en la vida. Con tan sólo 17 años se las apaña para viajar a Roma con la peregrinación obrera. Sacerdote a los 24 años. Doctor en Sagrada Teología (dogmática), licenciado en Derecho Canónico. Arcipreste de Huelva con 28 años. Funda la revista “El granito de arena” e inaugura escuelas para los pobres con 30 años. Al año siguiente da su célebre conferencia en la III Semana Social de Sevilla. Con 32 años funda la Obra de las Tres Marías para los Sagrarios-Calvarios, y escribe su famoso libro: “Lo que puede un cura hoy”. Al año siguiente, estamos en 1911, funda los Discípulos de San Juan. En 1913 interviene en el Primer Congreso Catequístico de Valladolid. De toda esta época señalo tres palabras o brochazos que comprenden estos 38 años y todo lo que funda o escribe da vueltas alrededor de estas tres convicciones:

 

+ Eucaristía +
+ Acción Social +
+ Catequesis +

 

Después de esto, el episcopado en Málaga y Palencia y las mismas tres palabras y alrededor de ellas: la fundación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret el 1921. Y su relación con los Papas Benedicto XV y Pío XI. Y además de todo esto, el Calvario.

 

 

2. UN CONTEXTO COMO SÍNTOMA:

manos a la obra

 

 

A un santo no le podemos descuadrar de su historia, ni le podemos interpretar sin tener en cuenta el contexto en el que vivió.

 

El otro día leía un artículo de Jesús Torrecilla, profesor de literatura en la Universidad de los Ángeles UCLA, titulado “La historia como síntoma” (La tercera ABC 19.08.2016) que decía: todos creemos que la historia nos ayuda a interpretar el pasado, pero que no solemos pensar que también nos ayuda a comprender el presente. El historiador, igual que nosotros cuando nos ponemos frente a D. Manuel, al interpretar su vida no podemos dejar de proyectar sobre ella nuestros deseos, temores o fobias. Supuestamente cada uno de nosotros al ojear su vida estamos proyectando la imagen del futuro que nos gustaría construir. Por eso cada vida de D. Manuel, como la de cualquier santo o personaje, refleja los gustos del que mira en la distancia. Y aquello que nos parece trasnochado, fuera de nuestro contexto o de los gustos que ahora se llevan... lo obviamos.

 

Nos pasa esto también con Jesucristo y ha pasado a través de la historia. En un principio, los cuatro evangelios y las cartas apostólicas, reflejan distintas miradas a una única persona. Marcos, Mateo, Lucas y Juan o Pablo, van dando respuestas a las comunidades desde la persona de Cristo. Aun así, hay algunos pasajes que nos incomodan y tratamos de pasar por encima de ellos. Y cuál es la imagen que cada época representa a Jesucristo: el Buen Pastor de las catacumbas, el Rey-sacerdote de los crucifijos medievales, el humanismo de los cristos retorcidos y ensangrentados en la cruz, el Sagrado Corazón entronizado como emperador entre oropeles, tronos y cojines como si de Napoleón se tratara, el Cristo hippy de la revolución del 68, del pasado siglo, en aquellos carteles del “se busca”... os dais cuenta, reflejamos también en Cristo el futuro que esperamos o deseamos, la imagen de lo que somos, haciendo muchas veces de él una caricatura. Lo mismo ocurre con los santos. Incluso idealizamos sus imágenes. Siempre arrimamos las ascuas a nuestras sardinas, cuántas veces leemos sobre nuestros santos expresiones como estas: se adelantó al Vaticano II, vislumbramos en sus actitudes las mismas del Papa Francisco... Esta no es la cuestión. La santidad siempre es nueva, lo que es viejo es el contexto histórico. De esto hay mucho que hablar, pero sigamos...

 

La vida de D. Manuel, en aquel contexto de una España sumergida en enfrentamientos, en la pobreza y analfabetismo, en los movimientos anarquistas, en los levantamientos de los obreros, familias enteras, niños sin nada que llevarse a la boca... ¡Andalucía! que no era únicamente las familias de una arraigada religiosidad, los burgueses o los señoritos de Sevilla. Había mucha necesidad, mucha miseria, mucha explotación. El 50% estaban en paro y algunos eran obreros eventuales. Las tierras estaban en manos de la nobleza y de la Iglesia. Las minas de Huelva pertenecían a empresarios o señoritos Ingleses. Ni salarios dignos, ni seguridad en el trabajo, ni seguridad en la vida... una herida infectada, una enfermedad no esperada... dejaba sin sustento a toda una familia y eran numerosas. Aquel joven sacerdote, con una arraigada espiritualidad y una clásica formación debe responder con fe a cada una de estas situaciones, donde los niños le apedreaban y los muertos son enterrados sin aviso previo. Los movimientos revolucionarios marxistas sacaban a relucir ante los pobres obreros todo lo que la Iglesia tenía de lastre, muchas veces justificado... los anarquistas clamaban por la colectivización de la tierra. La vida en la ciudad se ensancha debido a la emigración del campo, dando lugar al crecimiento de barrios de chabolas y el hacinamiento en pequeñas habitaciones alquiladas de casas en pésimas condiciones. La explotación infantil impedía que los niños fuesen a la escuela, manteniéndoles analfabetos.

 

Los ataques a la Iglesia llegan desde todos los flancos y se percibe en la calle, algunos eclesiásticos permanecen apáticos a la situación, otros se organizan y comienzan a escribir en los boletines parroquiales, o creaban pequeñas revistas para formar al pueblo de Dios. En este sentido “el Granito de Arena” es una de las publicaciones singulares que D. Manuel creó en Huelva, siendo su arcipreste, el 8 de noviembre de 1907, revista llena de anécdotas y ejemplos con el fin de “ilusionar a los desanimados, acercar a los indiferentes y combatir a los enemigos”. Era necesario salir a la calle a convencer a los alejados, aquellos que no pasarían nunca por nuestras parroquias.

 

Pero en esos tiempos de apostasía silenciosa y del anuncio de la muerte de Dios, no podemos olvidar que en aquellos años de finales el s. XIX y principios del s. XX, se estaban fraguando una inmensa muchedumbre de jóvenes que se unían a algún fundador o fundadora carismáticos y forjaron tantas y tantas congregaciones y asociaciones religiosas dedicadas a los pobres, a los enfermos, a los desamparados... dándoles un hogar, un alimento, un cuidado o una cultura y sobre todo dignidad, amparándoles bajo la protección de Dios.

 

Aquella época de los principios de aquel joven sacerdote desembocará en la guerra civil en sus años de obispo en Palencia. Estuvo entre nosotros desde el 12 de octubre de 1935 al 4 de enero 1940. Tan solo cuatro años y tres meses. Algunas personas no comprenden que se le conozca tan poco en Palencia... quizás se deba al poco tiempo y tan convulso que estuvo entre nosotros. Aquellos años la gente estaba más preocupada por la guerra y por los hijos que habían partido a ella, también sacerdotes y seminaristas, que preocupados en conocer al Señor Obispo. Por otro lado sus escritos llegaban a pocos y tampoco tenemos los medios de comunicación de ahora. Aun así él no paró ni un momento, de pueblo en pueblo haciendo la visita pastoral. No olvidemos que en aquel entonces la Diócesis de Palencia comprendía desde las montañas de Liébana hasta los campos de Medina de Rioseco. Cada vez que llegaba a una parroquia era recibido con el boato que antes se recibía a los obispos. Allí daba catequesis a los niños, confirmaba, animaba a todos a participar en la eucaristía, a comulgar y a cantar. Un día comentaba al Nuncio Ragonessi: “El día que logremos que la gente cante en la Misa Dominical se habrá ganado la victoria decisiva sobre la ignorancia religiosa, el desprecio del día de Señor y el abandono de los templos (1915).”

 

Y digo, que eran tiempos convulsos en los que era imposible permanecer neutral. Salimos de una desamortización y los medios, incluso para mantener al Clero, eran muy escasos. Pero el problema no era económico, sino que entramos en una época de persecución, sobre todo por los pobres analfabetos, aleccionados contra la Iglesia por los movimientos obreros y algunos burgueses e intelectuales empujados por la masonería, que buscaba acabar con la Iglesia y con su influencia.

 

Cuando arreciaba la persecución pide al Señor ser él la víctima y no otros, suplicando que “concedas a este pobre barro mío hacer bien a los malos sin hacerme malo” y decía: “Corazón de Jesús, que este sacerdote tuyo por donde quiera que pase dé siempre y solo a Jesús: envuelto en su palabra, en su mirada, en su gesto, hasta en su aliento...” [El rosario sacerdotal, 3ª ed. 27]

 

 

3. VIAJE DE IDA Y VUELTA:

la Acción Social

 

 

A principios de los años 80 leí un libro que me impresionó: “Viaje de ida”, de la teóloga protestante Dorothee Sölle, cuyo subtítulo era Experiencia religiosa e Identidad humana. El “viaje” es una antigua imagen para denominar las experiencias espirituales y el crecimiento interior, que se da en todas las religiones tradicionales. Pero la fe cristiana acentúa más el “viaje de vuelta” al mundo y a su responsabilidad, pero este retorno precisa de una conciencia más profunda, un camino hacia dentro y hacia la trascendencia.

 

Nuestra vida, como la de cualquier persona está llena de viajes de ida y de vuelta. Estos caminos espirituales nos hacen crecer en profundidad y saber mirar la vida con la mirada de Dios. Hoy, en la iglesia, celebramos por primera vez a Santa Teresa de Calcuta. Algunos pensamos que les podían haber canonizado a la vez, y no lo digo, como algunos porque así se podría canonizar a un hombre de contemplación Eucarística y a una mujer dedicada de lleno a los pobres y moribundos. Nada más equivocado, tanto el uno como la otra dedicaron su vida a contemplar y ayudar. A ser alimento para los demás, después de contemplar este Pan que Dios ha puesto en nuestras manos. Las Hijas de la Caridad de Calcuta antes de salir a recoger enfermos por las calles pasan horas de contemplación ante el Santísimo.

 

Pues D. Manuel, cuando estaba de lleno metido en la construcción de escuelas, en la atención de los pobres, en la visita y ayuda a las familias más desheredadas, cuando los niños le persiguen con piedras y los padres en la pobreza más absoluta que no tienen nada que dar a los hijos le insultan y le miran con rencor, escribe:

 

He estado muchas veces entre obreros y he conseguido estrechar sus manos con las mías, meter mi mirada en sus ojos, mi pan en su estómago y mi cariño en su corazón, /.../ pero no he podido meter a Cristo ni en su inteligencia ni en su corazón.

 

El sufrimiento del pastor, es una cruz que todos de alguna manera llevamos, los sacerdotes que no sabemos llegar a los que viven en medio de un atractivo mundo pagano, los padres que sufren porque sus hijos han dejado de creer, los consagrados que se cansan en su camino... ¡tantos viajes de ida sin retorno! En estos casos: volver a la fuente.

 

Es verdad que la preocupación de D. Manuel eran los “sagrarios abandonados” pero no era una llamada para pietistas o cómodos y falsos contemplativos. La presencia de Cristo en ese trozo de Pan, es la fuente y el alimento del Testigo y del Servidor. La Eucaristía para D. Manuel estaba bien enraizada en su origen, culmen de toda una vida, la noche de la Última Cena, donde no la podemos desgarrar ni del lavatorio de los pies ni del mandamiento del amor. Un amor efectivo, no solamente afectivo. El problema con el que nos enfrentamos los seguidores de Jesucristo es que en aquella “primera comunión” estaba un traidor y unos débiles seguidores que se atrevía a negarle o a huir para salvar la ropa. Sólo el que le siguió de cerca quedó desnudo. Es para pensárselo bien.

 

Sus largas horas de presencia ante el sagrario desembocaba a su jaculatoria más frecuente: Sagrado Corazón de Jesús, ¿por dónde empiezo? Esta pregunta al Señor, ese ¿por dónde empiezo? es sólo para dar respuestas concretas a los problemas, y eran muchos, que se le presentaban. Sin duda respondía a ese lema que retomamos la Acción Católica en los años 80, recogida de la espiritualidad jesuítica: “contemplativos en la acción”. Y no quiero llevar el agua a mi molino, pues esta fórmula no es nueva, es mucho más antigua que nuestro Beato Manuel. Fue el jesuita Jerónimo Nadal (1507-1580) quien tuvo el acierto de emplear esta expresión refiriéndose a S. Ignacio de Loyola. El éxito de esta expresión indica que bajo tal formulación subyace la intuición, compartida por todos, de un anhelo común pero muy difícil de alcanzar: Dios y el amor al prójimo. No es sino la prolongación del amor de Cristo que se entrega al Padre y a sus hermanos.

 

En los primeros años de sacerdote, después de Misa, se dirigió a aquel grupo de feligresas de comunión diaria: “El corazón de Jesús os pide un favor; quiere que toda la que sepa leer su devocionario y escribir una carta y, sobre todo, aquella que sepa amar a Dios y a la Virgen Inmaculada, se dedique a enseñar a leer, escribir y amar, a muchas otras jovencitas que no saben nada de esto”. Pues bien sacó un grupo de unas 40 “maestrillas”. Después de esto se abrió una escuela el 7 de enero de 1907 con la asistencia de más de cien chicas mayores de 14 años.

 

Y aquí el título de este apartado, porque la intuición del viaje de ida lo tuvo desde el comienzo cuando se refería a la pastoral social: “La Acción Social Católica es un viaje de ida y vuelta, que empieza el de ida en Cristo y termina en el pueblo, y el de vuelta empieza en el pueblo, y termina en Cristo”. Y cuando surgieron los problemas, porque siempre surgen, se lamentaba: En la Acción Social Católica hay que contar con Dios más de lo que se cuenta. Claro, si no vienen las rencillas, los enfrentamientos o en muchos casos los protagonismos, que no nacen del servicio, sino del privilegio de ser el primero.

 

La teoría del viaje de ida, está sacada de los viajes del evangelio, sobre todo en el viaje de los de Emaús, que en la vida fracasada de aquellos dos discípulos, salió Jesús al camino, como el buen Pastor, y les condujo por los senderos de la Palabra de Dios y les llevó a la contemplación de reconocerle en el partir el Pan. Es ahí cuando surge el viaje de vuelta, pero con el sentido de resucitados. No nos predicamos a nosotros mismos, predicamos a Jesús y este resucitado. Después de explicar D. Manuel sus tareas les dice: Mi teoría no es mía sino del Evangelio, en donde la he aprendido.

 

Siendo Obispo de Málaga salía, con su capellán, puerta por puerta para pedir para sus “pequeños”. Lo que más le conmovía eran los niños pobres. Alguna vez pedía dinero a su hermana y sólo tenían dos o tres duros. Suspiraba, no creía tan menguadas las arcas episcopales, y decía: dad y se os dará, nos dijo Jesús. En Palencia dijo que en un año en Málaga llegaba a repartir entre los pobres unas 400.000 pesetas, adquiridas de limosnas. Podemos crear un nuevo término la caridad en D. Manuel: “caridad paternal”.

 

 

4. ALLANAR MONTAÑAS:

El Buen Pastor

 

 

Cuando D. Manuel tenía 31 años, el Nuncio le escuchó una conferencia que enardeció a todos en aquella Tercera Semana Social en Sevilla. Al terminar la conferencia dijo “Qué bueno sería este sacerdote para Obispo, pena que sea tan joven”. Tenía 31 años. Siete años después, le hicieron Obispo auxiliar de Málaga. No fue un camino fácil.

 

El Padre Manjón, otro gran pedagogo y amigo, (como Manuel Siurot) de D. Manuel le escribió: ...no me extrañan sus miedos, horrores y tedios, pero cúmplase la voluntad de Dios, obedezca y él le dará fuerzas y allanará montañas, para que sea un obispo de los que pide el tiempo y de ‘cuerpo’ entero.

 

Huelva, por medio de los periódicos locales pidió erigir catedral y hacer palacio episcopal para que el primer obispo fuera D. Manuel. (Tuvo Huelva que esperar hasta el 15 de marzo de 1953 en que llegó su primer Obispo, el carrionés D. Pedro Cantero)

 

La incomprensión, o la envidia, llevaban a muchos sacerdotes y también comunidades religiosas a hablar mal de él, censurando sus obras. La fama de algunos desenmascara a sus enemigos o simplemente a los tibios, también pienso que las críticas de algunos las harían en conciencia, desde su manera de comprender las cosas. Entre ellos un obispo. Se sabe que después de escuchar una conferencia de D. Manuel, este obispo le invitó a subir a su despacho. Y allí se postró a sus pies pidiéndole perdón. Vaya escena. El obispo por el suelo y el joven arcipreste azorado pidiéndole por favor que se levantara. “No lo haré hasta que no me perdone”. Se abrazaron y fueron grandes amigos.

 

El arzobispo de Sevilla, el cardenal Almaraz, le llamó para decirle que las habladurías no le estaban ayudando. Dice D. Manuel, que notó al Sr. Cardenal menos entusiasmado con la idea de que fuera obispo, que la anterior vez que le llamó anunciando su pronto episcopado. D. Manuel tomó un papel en blanco y se lo entregó firmado. Renunciaba a ser obispo auxiliar de Málaga. Esta actitud de humildad convenció del todo al Cardenal Almaraz.

 

Ni entonces ni ahora debía ser fácil aceptar ser obispo. Un gran servicio que a muchos desgarra. Abandona a tu familia, a tus amigos, el entorno donde te criaste y educaste, las pequeñas semillas que has sembrado, los rostros que todos los días te identifican e identificas, las calles que recorres, las personas con las que trabajas... El Tabor es preparación para el Calvario. Así lo es en el Evangelio, así lo es en la vida de fe. Pero todos los obispos, a pesar de las lágrimas, lo asumen con esperanza, con el ideal de acercar todos más a Cristo y hacer que todos los miembros de la iglesia “sean uno”.

 

Fue ordenado D. Manuel, el 16 de enero de 1916 en Sevilla, donde era tan conocido y amado. Lo que se hace ahora 100 años después, ya lo hizo él. Elaboró un folleto con toda la celebración para que los que estuvieran presentes la pudieran entender. Toda una novedad. La consagración le costó más que lágrimas: dejar su Huelva, la parroquia, las escuelas, las maestrillas, su gente, sus amigos, aquella fundación de las Marías de los Sagrarios... fue ordenado por el cardenal Almaraz, de tan feliz memoria en nuestra diócesis de Palencia.

 

Como veremos la entrada del nuevo obispo auxiliar de Málaga, fue como la de Jesús el Domingo de Ramos en Jerusalén. Quizá él no preveía lo que le esperaba en aquellas tierras. Desde el principio reconoció a un pueblo como ovejas sin pastor. El 22 de abril de 1920 fue nombrado Obispo titular de Málaga, del que fue 15 años (los últimos 4 viviendo fuera de la diócesis)

 

Los años de Málaga dan para escribir un grueso libro de pasión, sus trabajos de evangelizador, sus fundaciones, sus escritos y los pobres... y la calle de la amargura, en aquella noche del 11 al 12 de mayo de 1931. Le queman el obispado, sólo quedaron los muros calcinados. Pero también quemaron 5 parroquias de la capital y 12 conventos con sus iglesias, además saquearon y profanaron 18 conventos y colegios y 5 parroquias más con todos los archivos parroquiales y el diocesano. Esa misma noche 20 parroquias en los pueblos donde hicieron piras con las imágenes y ropas y objetos sagrados. [Nos suena poblaciones turísticas como Benalmádena, Torremolinos, Chilches, Alahuín de la Torre...] ¿Os dais cuenta? En una noche atacaron 40 “espacios religiosos” (Iglesias, conventos y colegios) en la capital y 20 parroquias en los pueblos. No era fruto de la casualidad, estos chicos estaban muy preparados y determinados.

 

Cuando se contemplan con distancia las idas y venidas de nuestro D. Manuel, desde que salió precipitadamente de Málaga, parece la pasión de Cristo, un viacrucis de la casa de Anás a la de Caifás, de allí al palacio de Herodes, de allí a la Torre Antonia... Rechazado, agotado, perseguido, vilipendiado, no comprendido, despreciado... Málaga, Gibraltar, Ronda, Madrid...

 

Cuando sale de Gibraltar y se acerca a la frontera española, el policía republicano le pidió los documentos. D. Manuel le contestó: –soy un indocumentado, todos mis papeles y mis bulas han sido reducidas a cenizas, en nombre de la República. ¿Su nombre? –Manuel González García. ¿Profesión? (a pesar que iba vestido de obispo) – Apunte usted, obispo de Málaga, en liquidación por incendio. Intento rehacer el gobierno de la diócesis en Ronda, viviendo con sus queridos salesianos. Y después Madrid.

 

Las cartas del Sr. Nuncio, Federico Tedeschini al cardenal Eugenio Pacelli “sobre la desventurada diócesis de Málaga” están cargadas de preocupación por su Obispo, “lleno de amenazas y sin reposo”. “Los católicos malagueños – ­decía el Sr. Nuncio­ – han dejado pasar tres largos años sin dar señales de vida. Se puede pensar que el Obispo no interesa a nadie”. Solo al finalizar el tercer año, comenzaron a visitar la nunciatura pequeñas “comisiones” de sacerdotes, cabildo, personas piadosas,... declarando que las cosas estaban mejorando en Málaga para que volviera su obispo, pero por otra parte otros “testimonios de ciudadanos” le hacían ver al Sr. Nuncio que no debía volver, ya que “no ofrece ni garantías personales ni la protección de las autoridades” –y continua– “La aversión de los malagueños a su obispo ha aparecido un misterio inexplicable, además de ser un acto de ingratitud colectiva”. Y hace el Sr. Nuncio Federico Tedeschini, un relato de las bondades de D. Manuel, que bien valen de brevísima y primer biografía: “No se conocen argumentos, al contrario, se conocían los méritos de Mons. González García, por sus dotes personales, por una cierta condición bonachona, andaluza que lo hace simpático, por sus obras de celo, tanto en la pastoral de la diócesis –baste recordar la construcción del nuevo y espléndido seminario– como en el campo del apostolado universal. Mientras esto le procuraban simpatías en el extranjero y en otras diócesis, para nada o bien poco le servía para el gobierno de sus fieles. Había logrado muy bien crear los grupos eucarísticos de los “Juanes” y de las “Marías de los Sagrarios” difundidos y florecientes no sólo en su diócesis, sino en toda España y diría que en el mundo entero, gracias a la Revista “El granito de Arena” y a las religiosas de Nazaret, con gran incremento de la piedad eucarística en el mundo; pero la masa de sus fieles permanecía alejada de él y fría en el servicio de Dios”. Llega el Sr. Nuncio a atribuir esa hostilidad, en esa larga carta, a una manía patológica “no sólo por parte de los sectarios, o de los no practicantes, o de los tibios, sino también por parte de los verdaderos católicos e incluso del Clero y de las Comunidades Religiosas”. Pero Tedeschini después fue mucho más duro con él.

 

Ante esta red de telaraña ofrece, al Señor Nuncio, renunciar a su Diócesis de Málaga y dedicarse a sus instituciones y escritos que tanto bien hacían. En un principio le manifestó las mismas palabras que en una audiencia dijo al Papa: “Viudo, sí, pero segundas nupcias, no.” Fue un proceso largo, pero el vería con agrado dejar la diócesis. Tan solo unos días después se retracta y pide por medio del Nuncio a su Santidad, que a pesar de todo lo que ha dicho antes, incluso delante del Papa, “implora que se le asigne la vacante diócesis de Palencia”. El Papa por medio de una respuesta de Eugenio Pacelli (después Pio XII), escribe al Sr. Nuncio de España diciendo “...el Papa ha dispuesto la traslación de Mons. González de la sede de Málaga a la sede de Palencia... se publique en el Observatore Romano el día 5 del próximo mes de agosto.” (1935)

 

Él aceptó con gran humildad lo que el Santo Padre le pidiera. Y una constante en su vida: A pesar de todo nunca perdía la sonrisa.

 

 

5. SIMIENTE SIN APARIENCIA:

en Palencia

 

 

Pero no fue el Sr. Nuncio el que le envió a Palencia. Lo pidió él.

 

Estamos acostumbrados los palentinos que algunos santos hablen bien de nosotros. D. Manuel mencionaba a santa Teresa (la santa doctora, decía) y “la gente de buena masa”. Pero desde su perspectiva andaluza, hablando de Palencia, decía: “Me sorprende Castilla, es como la simiente, por fuera no aparenta nada, y sin embargo por dentro está llena de vida”.

 

Palencia para él fue un remanso de paz en plena guerra. “¿Será mi calvario?” se preguntaba. No. Aquí fue querido, reconocido, acogido... y en la homilía de entrada en la Diócesis Palentina, él se entregó. “No os amaré de otra forma que sacrificándome por todos vosotros”.

 

Tomó posesión de Palencia el primer viernes 4 de octubre. Escribió ese día: “me ofrezco como pequeña hostia sonriente y quiero ser Vicario del Corazón de Jesús en Palencia”. Llegó a Palencia el 12 de octubre de 1935, después de 6 días de ejercicios en la Trapa. Una gran procesión de coches y personas de toda edad venían de la Trapa a la catedral de Palencia. La acogida no pudo ser más numerosa y fervorosa y entusiasta. No cabía de gozo, aunque su corazón lloraba. Un año después escribía durante la acción de gracias, después de celebrar la Misa una moción interior del Señor: “te he traído a Palencia para hacerte Santo”.

 

Al mes de llegar a Palencia se comienzan a perpetrar varios robos sacrílegos en distintos pueblos de la diócesis. En tan sólo una semana se roban los copones de dos pueblos de Soto de Cerrato y de Prádanos de Ojeda. Inmediatamente organizó fervorosos desagravios. El Boletín del Obispado de Palencia de diciembre de 1935 da cuenta de ellos. Centenares de personas pasan la noche en vigilia alabando la Eucaristía, y comulgaban antes de rayar el alba. La acción católica, la adoración nocturna, las Marías de los Sagrarios, las Hijas de María, se movilizaron para llevar a centenares de personas en coches, carros, mulas... al desagravio. Lo recibían con arcos de yedra y crisantemos. D. Manuel no salía de su asombro.

 

Quizás el primer contacto con un sacerdote palentino fue en Málaga. Un barco traía los heridos de la guerra de África allá por el año 1922. Entre ellos el sacerdote D. Ángel Valencia, que fue un profesor muy valorado del Seminario de Palencia. Venía gravemente herido. D. Manuel, le acompaña al hospital, le consuela y permanece con él a su cabecera hasta que muere. D. Manuel le costeó el entierro y le acompañó al sepulcro.

 

Mientras celebraba la Santa Misa su la capilla del obispado, el 19 de julio de 1936, una serie de detonaciones produce consternación en el pueblo palentino. ¡Ha estallado la guerra! Unos días después escribe a madre María de Santiago: “Las guerras son el castigo de Dios. Predicad la más necesaria de todas las cruzadas ¡la del amor fraterno entre los españoles! Porque somos hijos del mismo Padre... y hermanos del mismo Jesús.”

 

Es verdad que aquel que casi le fusilan unos jóvenes el día que quemaron el palacio de Málaga, es verdad aquel que le destruyeron el seminario que habían visitado el Rey Alfonso XIII y la Reina Mª Cristina, es verdad que aquel que habían desenterrado los huesos de sus padres y los tiraron por un barranco, había tomado partido: Españolismo – Catolicismo – Moralidad – Resurrección. Pero su sentido era este: “Llevad a Jesús donde quiera que vayáis –decía a las Marías de los Sagrarios envuelto en los corporales de vuestra pureza de alma, de vuestra humildad de corazón y de vuestra fe vivificada por una caridad inextinguible.” Cuanto amor, cuánta humildad y caridad.

 

D. Zacarías Gama, al que muchos conocimos, narraba lo que le sucedió un día cuando entró en el despacho de D. Manuel:

 

“– Señor Obispo, parece que le asoman las lágrimas, ¿qué es eso?

 

– Acabo de poner en las manos de un pobre sacerdote mi pequeño óbolo para remediar la miseria espantosa en que vive, pues creo que hasta pasa hambre. Y me ha dicho: Se lo agradezco Sr. Obispo, pero se lo dé a mi compañero, que ha venido conmigo, que está mucho peor que yo. Y cuando admirado de aquel heroísmo le he preguntado: – ¿Y usted? Me ha respondido con un laconismo que me asombra: ¡Dios me ayudará!”

 

Y es que la pobreza del clero (aquellos que no les podía mantener su familia) era extrema. Vivían de los alimentos, leña, que les pasaba el pueblo, muchos de ellos tenían una pequeña huerta... y el estipendio de la misa y los responsos. Algunos pasaban por peseteros, pero es que no tenían para comer y se sabe de algunos que aún así hacía limosna a las familias más pobres.

 

Pero no sólo se ocupaba de lo económico. Nada más llegar a Palencia le hablaron de un cura que trataba a sus feligreses a voces. Llamó el 5 de noviembre a aquel cura neurasténico y con gran humildad y cariño le dio este remedio:

 

“Usted se puede curar con ratos de oración y trabajo constante y ordenado –y le explicó que era orar– Orar no es coger un libro y ponerse a leer. Es sentarse delante de Él y decirle... me pasa esto, me pasa aquello... y estarse allí, y si alguna vez da unas cabezadillas, no se apure, los niños se duermen en los brazos de su madre y sus madres les besan y esos besos les curan”.

 

Otra vez los niños. Los niños palentinos no son tan desenvueltos como los malagueños, ni tenían su gracejo, pero los de aquí buscaban a nuestro D. Manuel para acompañarle o estar a su lado. A él le encantaba hablar con ellos y escuchar la pronunciación tan correcta de estos niños. Él intentaba imitarles “lo más castellano que podía”. Decía, “ya quisiera para mí el lenguaje de estos niños, siquiera los días de fiesta”. Palencia le había llegado al corazón. Los niños eran educados, cariñosos y ¡sabían el catecismo! ¡Benditos curas, benditos maestros, benditos palentinos!

 

Como suele ocurrir a todos los obispos, siempre hacen, sin querer, comparaciones con el lugar de donde provienen. Cuando D. Manuel visitaba los pueblos y las parroquias de la ciudad se maravilla de cómo los niños sabían de memoria el catecismo, cosa que no ocurría en Andalucía. “Que este conocimiento del catecismo –decía– pase de la memoria al corazón, del corazón a la sensibilidad, de la sensibilidad a las manos y pueda decirse que cada castellano es un catecismo con pies”. Estamos hablando del 1 de agosto de 1936. En plena guerra civil.

 

Ya lo he dicho antes, fue Obispo de Palencia desde el 12 de octubre de 1935 al 4 de enero de 1940, tan solo cuatro años y tres meses. Y lo que no he dicho del todo: eligió esta diócesis por las maravillas que había escuchado hablar de ella a D. Enrique Almaraz, su cardenal en Sevilla. Fue obispo de Palencia de 1893 a 1907.

 

 

6. EUCARISTIZAR:

el sentido de la misión

 

 

D. Manuel se inventó esta palabra, un neologismo para poder llevar a todos “locamente” hacia el corazón de Cristo.

 

Para mis pasos no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan, descubriré niños pobres y pobres niños y me sobrarán el dinero y los auxilios para levantarles escuelas y refugios para remediarles sus pobrezas, tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con sordos, con tullidos y hasta con muertos de alma o del cuerpo y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud. (1915)

 

La Eucaristía nos enseña a hacer algo mucho más grande, a dar nosotros también nuestro cuerpo y nuestra sangre por los hermanos, como lo hizo el Señor con nosotros. Pensad en las personas que nos han sido confiadas: unos padres para con sus hijos, unos abuelos para sus nietos, unos hijos para sus padres, una persona que está sola para otra persona que además de estar sola está enferma, un profesional para sus clientes, cualquier persona para sus amigos, un sacerdote para su comunidad y tantas y tantas personas que se entregan para los que no tienen a nadie o viven en emigración, en la pobreza, en la cárcel, en la enfermedad, en la desolación, en el olvido.

 

La entrega es el ADN de todo bautizado. Por eso para que no caigamos en falsas espiritualidades la Iglesia, el jueves santo y el día del Corpus Christi nos vuelve la mirada hacia el rostro de Cristo en los pobres nuestros hermanos. Día del amor fraterno. Día de CARITAS.

 

El sacerdote comienza la ofrenda tomando en sus manos el pan: fruto de la tierra y del trabajo de los hombres; y el vino, y otra vez: la tierra, nuestro trabajo... Si el pan lo hemos hecho todos ¡En el cuerpo de Cristo estamos todos! Y finaliza el sacerdote la plegaria diciendo: Por Cristo, con él y en él... ¡En Él! Estamos unidos en la misma masa, ¡nuestra masa! la Iglesia.

 

Por eso, D. Manuel, comprendió ante este Dios que se humilla tanto en un pequeño trozo de pan, que El Señor que está en el Sagrario, es el crisol donde debemos de revisar nuestra fe, la imagen del Dios en quien creemos, nuestros compromisos y nuestras entregas. Entonces, cuando veas un Sagrario abandonado, y sólo entonces, piensa en tu fe, mira los rincones más oscuros de tu corazón y descubre qué te falta, ¡todo lo que me falta! para ser más como Él.

 

Descúbrelo acariciando a los niños, perdonando a los pecadores, levantando a los paralíticos, sanando toda clase de lepras, dando alegría y esperanza a los humillados y despreciados por los sacerdotes, los poderosos o el pueblo, mirando a los ojos a los que se prostituyeron o se vendieron, confundiendo a los soberbios y a los que de su vida habían hecho una farsa, y de una vez por todas únete a él y síguele entre la gente, con aquellos buscadores de la verdad, con aquellos pobres y sencillos que no tenían, como él, donde reclinar su cabeza.

 

La contemplación de la Eucaristía nos hace santos, es decir nos hace salvadores, como Cristo, de todos aquellos que nos rodean. Aquellos que estaban con Jesús que contempló a la multitud como ovejas sin pastor, fueron llamados para salir de sí, y poner lo poco que tuvieran y se lo entregaran a los demás. Y son justamente los discípulos desorientados delante de la incapacidad de sus medios –la pobreza puesta a disposición de los demás– quienes hacen acomodar a la gente y distribuyen, confiando en la palabra de Jesús, los panes y los peces que sacian a la multitud. La clave es confiar en la Palabra de Jesús.

 

San Juan, como aclaración a las primeras comunidades, establece una relación estrecha y directa entre el amor de Dios al mundo y el amor de Jesús a sus hermanos. De aquí brota el mandamiento del amor. Y para explicar que no es cualquier amor que podamos inventarnos hace una referencia original en el Padre y en el amor que el mismo Cristo nos tiene: “Como el padre me amó, así os he amado yo, amaos unos a otros como yo os he amado”. Aquí no hay ninguna duda amemos como el Padre y su hijo, nos aman y no hagamos componendas de otro tipo.

 

D. Manuel solía hablar del Corazón Eucarístico de Jesús, para que nadie olvide la locura del amor de Dios entregado y derramado por amor, sólo por amor. Y este amor no puede quedarse encerrado, sino como la luz se cuela por las rendijas de la oscuridad. Jaleando a los niños en una de sus catequesis les invitaba a ver quién gritaba más alto: “¡Viva el corazón más bueno de todos los corazones!”... pues de él surgen las obras de misericordia.

 

Eucaristizar: es misión, es reconocer a Jesús resucitado “al partir el pan” y volver, aunque sea de noche, a anunciar que está vivo entre nosotros. D. Manuel fue un misionero eucarístico.

 

 

7. ÚLTIMO ESBOZO:

San Manuel, obispo

 

 

En el mes de junio, en Madrid, presenté a Pablo Moreno, el director de “Un Dios Prohibido”, “Poveda” y “Soledad” (su última película que está a punto de estrenarse en las salas de cine) a las “nazarenas”, pues veían la posibilidad de hacer, al menos un corto, sobre D. Manuel... Cuando le hicieron el encargo, Pablo se puso manos a la obra, a documentarse y a escribir un guion. El primero que se hace nunca es el definitivo. Lo tituló “Sagrario” la verdad es que cuando lo leí no me acabó de llenar, pero no se lo dije. A los pocos días recibí un nuevo guion con el título “Sagrario, hogar de abandonados”. Ha dado en el clavo y así se lo hice saber. Trepidante, cargado de sensibilidad y emoción. ¿Cómo se puede en un cuarto de hora, narrando tan solo un hecho real de la vida de D. Manuel, llegar a saborear la esencia de toda una vida? Se estrenará en Roma al día siguiente de la canonización.

 

La pregunta, tanto para Pablo, el director de cine, como para Martín, el escultor, es una ¿Dónde está la medida de la santidad? Si el Reino de Dios comienza en la debilidad, la santidad también comienza en la debilidad. No está la grandeza en las cosas que se hacen sino desde el sentido que se hacen. No está la santidad en las fundaciones, obras sociales, grandes escritos, sino en el deseo más profundo e íntimo de querer vivir la voluntad de Dios.

 

Algunas personas hablaron mal de D. Manuel, (todos los santos tienen detractores) le molestaban sus obras, no entendían sus insistencias, incluso algunas pocas se quejaron de que era inquisitivo en la dirección espiritual. Pero pesan más los escritos a su favor. Incluso el Sr. Nuncio lamentó haber pasado alguna de esas acusaciones a Roma en su momento. Pero él con su sonrisa ha pasado el proceso de las Causas de los Santos, todo está escrutado en los diarios de la época, escrupulosamente se han buscado personas que testifiquen sobre hechos concretos y, si es posible, experiencias personales sobre cómo vivió su fe y cómo practicó las virtudes cristianas.

 

En concreto, los testigos son preguntados acerca de cómo vivió el candidato las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cuatro virtudes cardinales (prudencia, justicia, templanza y fortaleza), así como las específicas del propio estado de vida, en este caso como obispo. D. Manuel es santo no por sus ideas políticas, incluso ni siquiera por las religiosas, aunque formen parte del tuétano de nuestros huesos, de nuestra cosmovisión de la existencia.

 

Un día escribí: al lado de la puerta de la capilla, hay en el obispado una foto en blanco y negro de un hombre, en su escritorio con pluma en mano, mirándote a los ojos y esbozando una sonrisa. Te aseguro que produce ternura su mirada. Es el Obispo D. Manuel González. Muchas veces pasamos por la memoria de los santos, como si se tratara de uno de nuestros cumpleaños: un poco de fiesta y, quizás, una oración agradecida. Nada más. Al final, todas estas personas que han marcado nuestra vida de alguna manera, quedan en un recuerdo borroso, de estampa color sepia. Además, en algunos casos, nos esforzamos en maquillar su vida para hacerla un poco más soportable, incluso tendiendo a lo ñoño y desencarnado.

 

En cambio, escarbando en la vida de D. Manuel, descubrimos que los santos son personas que han vivido mucho y con mucha intensidad. Todos y cada uno de ellos nos pueden enseñar demasiadas cosas para poder vivir con un poco más de dignidad en todos los momentos y sobre todo en los más convulsos. En cambio, muchas veces, seguimos haciendo hincapié en las anécdotas o florecillas y perdemos la esencia, aquello por lo que gastaron o dieron su vida. La verdad, que para un católico de a pie del pleno siglo veintiuno tiene mucho que decir la vida de este hombre, sacerdote y obispo.

 

Sus escritos, que están recopilados en tres tomos, con la anchura y la densidad de tres biblias, tienen un doble eje sobre el que pilota toda su vida y su enseñanza: Cristo y el testimonio del discípulo. En esto gastó su existencia, su pensamiento, sus escritos y su actividad. Es verdad que hay tres miradas en las que se reflejaba su amor a Cristo: la Eucaristía, el Buen Pastor y los pobres, todos los pobres. Por sus palabras sabemos que no vivía más que para el “Dios escondido”, y en su presencia se hubiera pasado las horas, si sus tareas pastorales no le arrancaran en cada momento del sagrario. El despertar de su misión se produjo justamente ante un tabernáculo descuidado y sucio.

 

Pero le preocupaba sobre todo el testimonio de los que nos decimos cristianos y sobre todo de los curas. Buscaba organizarles en grupos y asociaciones. El Buen Pastor, era su modelo. Buscaba sacerdotes apóstoles y laicos apóstoles. Su día trascurría en visitas al sagrario, a los grupos, a los sacerdotes, a los pobres, a las personas que podían influir de alguna manera para llevar a cabo su misión, en escribir y vuelta otra vez al sagrario. Se quejaba de que algunos sacerdotes y laicos le reprochasen que fundara tantas asociaciones, que todo estaba dicho o todo estaba hecho ya. Son ganas de no hacer nada, se lamentaba. Todo es poco, todos los esfuerzos para que todos lleguen a Cristo son pocos. El médico que deje su profesión, decía, podrá llamarse un jubilado, un retirado, un cesante... pero el cura que deje su entrega a las almas se llamará siempre por Dios y por los hombres un apóstata y un detentador sacrílego... Me hacen temblar estas palabras. Son tan duras como las de Jesús a los escribas y fariseos. Lo que ocurre que estas palabras las siento más cercanas.

 

En su librito, “Arte de tratar a las gentes a la apostólica” hace un análisis profundo, propio del buen conocedor de la psicología humana y también de la falta de espiritualidad, hablándonos de los tiempos perdidos, de los palos de ciego, de los toques de violón, de las indiferencias irritantes, de nuestra manera de tratar a unos a galope y a otros a paso de tortuga, de los oropeles que nos separan de los demás y nos impiden ser todo con todos. Y muchas de estas cosas nos siguen sucediendo 75 años después de su muerte, a pesar de que él siga mirándonos con esa sonrisa tan desconocida.

 

Los ojos no mienten nunca. El otro día estuve visitando la exposición del Bosco en Madrid, (desde adolescente soy un gran admirador de sus pinturas). Pues un detalle, el Creador, en la puerta del Paraíso del “Jardín de las Delicias” no deja de mirar al espectador del cuadro. Parece que te está preguntando sobre lo que ves o sobre ¿y tú en realidad quién eres? Pues mirad, los ojos de la foto de D. Manuel, que te mira con una sonrisa casi infantil, te están contestando, con aquella oración que tantas veces pronunció ante el sagrario: “Por Ti, Contigo, como Tú quieras”.

 

Muchas Gracias.

 

Antonio Gómez Cantero

 

 

1 Manuel Siurot (La Palma del Condado, 1872 - Sevilla, 1940), abogado, juez y magistrado suplente, destaca como pedagogo, dedicó su vida a la enseñanza de niños pobres. Ejerció durante más de 10 años como abogado en Huelva hasta que, a principios de 1908, decidió cambiar su profesión por la de maestro de niños pobres, colaborando plenamente en las recién inauguradas Escuelas del Sagrado Corazón de Jesús (que siguen vigentes hoy en día en Huelva), fundadas por el sacerdote Manuel González García. En 1927 es nombrado miembro de la Asamblea Nacional, haciendo gala de una absoluta neutralidad política. Falleció en Sevilla, el 27 de febrero de 1940. Está en proceso de beatificación.

 

Eucaristía de Acción de Gracias por la Canonización de San Manuel González

Mañana será un día grande para nuestra Iglesia de Palencia. Daremos GRACIAS por la CANONIZACIÓN de SAN MANUEL. Estamos todos invitados a participar.

 


Canonización del Beato Manuel González

Despacho 

 

«Para mis pasos no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan, descubriré niños pobres y pobres niños y me sobrarán el dinero y los auxilios para levantarles escuelas y refugios para remediarles sus pobrezas, tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con sordos, con tullidos y hasta con muertos de alma o del cuerpo y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud».

 

(Don Manuel González. 1915)

 

El próximo 16 de octubre el Papa Francisco canonizará al Beato Manuel González García, obispo de Málaga y Palencia, y fundador de las distintas ramas que hoy conforman la Familia Eucarística Reparadora.

 

El 16 de octubre será un día de alegría para nuestra diócesis. La canonización de Don Manuel debe ser un acontecimiento de gracia y un estímulo y una invitación explícita a aspirar con todas nuestras fuerzas a la santidad. El que fue nuestro obispo durante cinco años respiró el mismo aire que nosotros respiramos y contempló cada día el mismo paisaje que nosotros contemplamos. Y desde 1940 nos acompaña en la Capilla del Sagrario de nuestra Catedral, donde pidió ser enterrado y donde podemos leer el Epitafio que él mismo escribió:

 

«Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

 

Su vida nos dice que también hoy es posible ser santo en Palencia.

 

TumbaBeato 

 

 

ban dmanuel bio ban dmanuel conf
 ban dmanuel semb ban dmanuel viaje

 

Manuel González García

Obispo de Málaga y Palencia (1877-1940)
fundador de la Unión Eucarística Reparadora
y de la Congregación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret

 

Manuel González García, obispo de Málaga y de Palencia, fue una figura significativa y relevante de la Iglesia española durante la primera mitad del siglo XX.

 

El cuarto de cinco hermanos, nació en Sevilla el 25 de febrero de 1877, en el seno de una familia humilde y profundamente religiosa. Su padre, Martín González Lara, era carpintero, mientras su madre Antonia se ocupaba del hogar. En este ambiente Manuel creció serenamente y con ilusiones, que no siempre pudo ver realizadas. Sin embargo, hubo una que sí alcanzó, y que dejaría huella en su corazón: formar parte de los famosos «seises» de la catedral de Sevilla, grupo de niños de coro que bailaban en las solemnidades del Corpus Christi y de la Inmaculada. Ya entonces su amor a la Eucaristía y a María Santísima se consolidaron.

 

La vivencia cristiana de su familia y el buen ejemplo de sacerdotes le llevaron a descubrir su vocación. Sin previo aviso a sus padres, se presentó al examen de ingreso al seminario. Ellos acogieron esta sorpresa del hijo con aceptación de los caminos de Dios. Manuel, consciente de la situación económica en su casa, pagó la estancia de sus años de formación trabajando como fámulo.

 

DManuel5fotosFinalmente llegó el esperado 21 de septiembre de 1901, fecha en la que recibió la ordenación sacerdotal de manos del beato cardenal Marcelo Spinola. En 1902 fue enviado a dar una misión en Palomares del Río, pueblo donde Dios le marcó con la gracia que determinaría su vida sacerdotal. Él mismo nos describe esta experiencia. Después de escuchar las desalentadoras perspectivas que para la misión le presentó el sacristán, nos dice: «Fuime derecho al Sagrario... y ¡qué Sagrario, Dios mío! ¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no salir corriendo para mi casa! Pero, no huí. Allí de rodillas... mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba... que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio... La mirada de Jesucristo en esos Sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca. Vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir todo mi ministerio sacerdotal». Esta gracia irá madurando en su corazón.

 

En 1905 es destinado a Huelva. Se encontró con una situación de notable indiferencia religiosa, pero su amor e ingenio abrieron caminos para reavivar pacientemente la vida cristiana. Siendo párroco de la parroquia de San Pedro y arcipreste de Huelva, se preocupó también de la situación de las familias necesitadas y de los niños, para los que fundó escuelas. Por entonces publicó el primero de sus numerosos libros: Lo que puede un cura hoy, que se convirtió en punto de referencia para los sacerdotes.

 

El 4 de marzo de 1910, ante un grupo de fieles colaboradoras en su actividad apostólica, derramó el gran anhelo de su corazón. Así nos lo narra: «Permitidme que, yo que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los pobres abandonados, invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. Os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado... os pido por el amor de María Inmaculada y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de esos Sagrarios abandonados».

 

Así, con la sencillez del Evangelio, nació la «Obra para los Sagrarios-Calvarios». Obra para dar una respuesta de amor reparador al amor de Cristo en la Eucaristía, a ejemplo de María Inmaculada, el apóstol san Juan y las Marías que permanecieron fieles junto a Jesús en el Calvario.

 

La gran familia de la Unión Eucarística Reparadora, que se inició con la rama de laicos denominada Marías de los Sagrarios y Discípulos de san Juan, se extendió rápidamente y don Manuel abrió camino, sucesivamente a la Reparación Infantil Eucarística en el mismo año; los sacerdotes Misioneros Eucarísticos en 1918; la congregación religiosa de Misioneras Eucarísticas de Nazaret en 1921, en colaboración con su hermana María Antonia; la institución de Misioneras Auxiliares Nazarenas en 1932; y la Juventud Eucarística Reparadora en 1939.

 

La rápida propagación de la Obra en otras diócesis de España y América, a través de la revista «El Granito de Arena», que había fundado años atrás, le impulsó a solicitar la aprobación del Papa. Don Manuel llegó a Roma a finales de 1912, y el 28 de noviembre fue recibido en audiencia por Su Santidad Pío X, a quien fue presentado como «el apóstol de la Eucaristía». San Pío X se interesó por toda su actividad apostólica y bendijo la Obra.

 

Su entrega generosa y la vivencia auténtica del sacerdocio son, sin duda, el motivo de la confianza que el Papa Benedicto XV deposita en él, nombrándolo obispo auxiliar de Málaga; recibe la ordenación episcopal el 16 de enero de 1916. En 1920 fue nombrado obispo residencial de esa sede, acontecimiento que decidió celebrar dando un banquete a los niños pobres, en vez de a las autoridades; estas, junto con los sacerdotes y seminaristas, sirvieron la comida a los tres mil niños.

 

Como pastor de la diócesis malagueña, inició su misión tomando contacto con la grey que se le había encomendado para conocer sus necesidades. Al igual que en Huelva, potenció las escuelas y catequesis parroquiales, practicó la predicación callejera conversando con todo el que se encontraba de camino... y descubrió que la necesidad más urgente era la de sacerdotes. Este problema debía afrontarse desde la situación del seminario, la cual era lamentable. Con una confianza sin límites en la mano providente del Corazón de Jesús, emprendió la construcción de un nuevo seminario que reuniese las condiciones necesarias para formar sacerdotes sanos humana, espiritual, pastoral e intelectualmente. Sueña y proyecta «un seminario sustancialmente eucarístico. En el que la Eucaristía fuera: en el orden pedagógico, el más eficaz estímulo; en el científico, el primer maestro y la primera asignatura; en el disciplinar el más vigilante inspector; en el ascético el modelo más vivo; en el económico la gran providencia; y en el arquitectónico la piedra angular».

 

A sus sacerdotes, al igual que a los miembros de las diversas fundaciones que realizó, les propondrá como camino de santidad «llegar a ser hostia en unión de la Hostia consagrada», que significa «dar y darse a Dios y en favor del prójimo del modo más absoluto e irrevocable».

 

Manuel González no escatima esfuerzos para mejorar la situación humana y espiritual de su diócesis. Su ingente actividad hace que no pase desapercibido, y con la llegada de la República a España su situación se hace delicada. El 11 de mayo de 1931 el ataque es directo, le incendian el palacio episcopal y ha de trasladarse a Gibraltar para no poner en peligro la vida de quienes lo acogen. Desde 1932 rige su diócesis desde Madrid, y el 5 de agosto de 1935 el Papa Pío XI lo nombra obispo de Palencia, donde entregó los últimos años de su ministerio episcopal.

 

También hay que destacar, durante todos los años de su actividad pastoral, la fecundidad de su pluma. Con estilo ágil, lleno de gracia andaluza y de unción, transmitió el amor a la Eucaristía, introdujo en la oración, formó catequistas, guió a los sacerdotes. Entre sus libros, destacamos: El abandono de los Sagrarios acompañados, Oremos en el Sagrario como se oraba en el Evangelio, Artes para ser apóstol, La gracia en la educación, Arte y liturgia, etc. Escritos que por su gran difusión se han recopilado en la reciente edición de sus Obras Completas.

 

Los últimos años su salud empeora notablemente, prueba que vive de modo heroico, sin perder la sonrisa de su rostro siempre amable y acogedor, y la aceptación de los designios del Padre. El 4 de enero de 1940 entregó su alma al Señor y fue enterrado en la catedral de Palencia, donde podemos leer el epitafio que él mismo escribió: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

 

Su Santidad Juan Pablo II declaró sus virtudes heroicas el 6 de abril de 1998, y aprobó el milagro atribuido a su intercesión el 20 de diciembre de 1999.