Sábado, 29 de Abril de 2017
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Canonización del Beato Manuel González

Despacho 

 

«Para mis pasos no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan, descubriré niños pobres y pobres niños y me sobrarán el dinero y los auxilios para levantarles escuelas y refugios para remediarles sus pobrezas, tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con sordos, con tullidos y hasta con muertos de alma o del cuerpo y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud».

 

(Don Manuel González. 1915)

 

El próximo 16 de octubre el Papa Francisco canonizará al Beato Manuel González García, obispo de Málaga y Palencia, y fundador de las distintas ramas que hoy conforman la Familia Eucarística Reparadora.

 

El 16 de octubre será un día de alegría para nuestra diócesis. La canonización de Don Manuel debe ser un acontecimiento de gracia y un estímulo y una invitación explícita a aspirar con todas nuestras fuerzas a la santidad. El que fue nuestro obispo durante cinco años respiró el mismo aire que nosotros respiramos y contempló cada día el mismo paisaje que nosotros contemplamos. Y desde 1940 nos acompaña en la Capilla del Sagrario de nuestra Catedral, donde pidió ser enterrado y donde podemos leer el Epitafio que él mismo escribió:

 

«Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

 

Su vida nos dice que también hoy es posible ser santo en Palencia.

 

TumbaBeato 

 

 

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Manuel González García

Obispo de Málaga y Palencia (1877-1940)
fundador de la Unión Eucarística Reparadora
y de la Congregación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret

 

Manuel González García, obispo de Málaga y de Palencia, fue una figura significativa y relevante de la Iglesia española durante la primera mitad del siglo XX.

 

El cuarto de cinco hermanos, nació en Sevilla el 25 de febrero de 1877, en el seno de una familia humilde y profundamente religiosa. Su padre, Martín González Lara, era carpintero, mientras su madre Antonia se ocupaba del hogar. En este ambiente Manuel creció serenamente y con ilusiones, que no siempre pudo ver realizadas. Sin embargo, hubo una que sí alcanzó, y que dejaría huella en su corazón: formar parte de los famosos «seises» de la catedral de Sevilla, grupo de niños de coro que bailaban en las solemnidades del Corpus Christi y de la Inmaculada. Ya entonces su amor a la Eucaristía y a María Santísima se consolidaron.

 

La vivencia cristiana de su familia y el buen ejemplo de sacerdotes le llevaron a descubrir su vocación. Sin previo aviso a sus padres, se presentó al examen de ingreso al seminario. Ellos acogieron esta sorpresa del hijo con aceptación de los caminos de Dios. Manuel, consciente de la situación económica en su casa, pagó la estancia de sus años de formación trabajando como fámulo.

 

DManuel5fotosFinalmente llegó el esperado 21 de septiembre de 1901, fecha en la que recibió la ordenación sacerdotal de manos del beato cardenal Marcelo Spinola. En 1902 fue enviado a dar una misión en Palomares del Río, pueblo donde Dios le marcó con la gracia que determinaría su vida sacerdotal. Él mismo nos describe esta experiencia. Después de escuchar las desalentadoras perspectivas que para la misión le presentó el sacristán, nos dice: «Fuime derecho al Sagrario... y ¡qué Sagrario, Dios mío! ¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no salir corriendo para mi casa! Pero, no huí. Allí de rodillas... mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba... que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio... La mirada de Jesucristo en esos Sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca. Vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir todo mi ministerio sacerdotal». Esta gracia irá madurando en su corazón.

 

En 1905 es destinado a Huelva. Se encontró con una situación de notable indiferencia religiosa, pero su amor e ingenio abrieron caminos para reavivar pacientemente la vida cristiana. Siendo párroco de la parroquia de San Pedro y arcipreste de Huelva, se preocupó también de la situación de las familias necesitadas y de los niños, para los que fundó escuelas. Por entonces publicó el primero de sus numerosos libros: Lo que puede un cura hoy, que se convirtió en punto de referencia para los sacerdotes.

 

El 4 de marzo de 1910, ante un grupo de fieles colaboradoras en su actividad apostólica, derramó el gran anhelo de su corazón. Así nos lo narra: «Permitidme que, yo que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los pobres abandonados, invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. Os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado... os pido por el amor de María Inmaculada y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de esos Sagrarios abandonados».

 

Así, con la sencillez del Evangelio, nació la «Obra para los Sagrarios-Calvarios». Obra para dar una respuesta de amor reparador al amor de Cristo en la Eucaristía, a ejemplo de María Inmaculada, el apóstol san Juan y las Marías que permanecieron fieles junto a Jesús en el Calvario.

 

La gran familia de la Unión Eucarística Reparadora, que se inició con la rama de laicos denominada Marías de los Sagrarios y Discípulos de san Juan, se extendió rápidamente y don Manuel abrió camino, sucesivamente a la Reparación Infantil Eucarística en el mismo año; los sacerdotes Misioneros Eucarísticos en 1918; la congregación religiosa de Misioneras Eucarísticas de Nazaret en 1921, en colaboración con su hermana María Antonia; la institución de Misioneras Auxiliares Nazarenas en 1932; y la Juventud Eucarística Reparadora en 1939.

 

La rápida propagación de la Obra en otras diócesis de España y América, a través de la revista «El Granito de Arena», que había fundado años atrás, le impulsó a solicitar la aprobación del Papa. Don Manuel llegó a Roma a finales de 1912, y el 28 de noviembre fue recibido en audiencia por Su Santidad Pío X, a quien fue presentado como «el apóstol de la Eucaristía». San Pío X se interesó por toda su actividad apostólica y bendijo la Obra.

 

Su entrega generosa y la vivencia auténtica del sacerdocio son, sin duda, el motivo de la confianza que el Papa Benedicto XV deposita en él, nombrándolo obispo auxiliar de Málaga; recibe la ordenación episcopal el 16 de enero de 1916. En 1920 fue nombrado obispo residencial de esa sede, acontecimiento que decidió celebrar dando un banquete a los niños pobres, en vez de a las autoridades; estas, junto con los sacerdotes y seminaristas, sirvieron la comida a los tres mil niños.

 

Como pastor de la diócesis malagueña, inició su misión tomando contacto con la grey que se le había encomendado para conocer sus necesidades. Al igual que en Huelva, potenció las escuelas y catequesis parroquiales, practicó la predicación callejera conversando con todo el que se encontraba de camino... y descubrió que la necesidad más urgente era la de sacerdotes. Este problema debía afrontarse desde la situación del seminario, la cual era lamentable. Con una confianza sin límites en la mano providente del Corazón de Jesús, emprendió la construcción de un nuevo seminario que reuniese las condiciones necesarias para formar sacerdotes sanos humana, espiritual, pastoral e intelectualmente. Sueña y proyecta «un seminario sustancialmente eucarístico. En el que la Eucaristía fuera: en el orden pedagógico, el más eficaz estímulo; en el científico, el primer maestro y la primera asignatura; en el disciplinar el más vigilante inspector; en el ascético el modelo más vivo; en el económico la gran providencia; y en el arquitectónico la piedra angular».

 

A sus sacerdotes, al igual que a los miembros de las diversas fundaciones que realizó, les propondrá como camino de santidad «llegar a ser hostia en unión de la Hostia consagrada», que significa «dar y darse a Dios y en favor del prójimo del modo más absoluto e irrevocable».

 

Manuel González no escatima esfuerzos para mejorar la situación humana y espiritual de su diócesis. Su ingente actividad hace que no pase desapercibido, y con la llegada de la República a España su situación se hace delicada. El 11 de mayo de 1931 el ataque es directo, le incendian el palacio episcopal y ha de trasladarse a Gibraltar para no poner en peligro la vida de quienes lo acogen. Desde 1932 rige su diócesis desde Madrid, y el 5 de agosto de 1935 el Papa Pío XI lo nombra obispo de Palencia, donde entregó los últimos años de su ministerio episcopal.

 

También hay que destacar, durante todos los años de su actividad pastoral, la fecundidad de su pluma. Con estilo ágil, lleno de gracia andaluza y de unción, transmitió el amor a la Eucaristía, introdujo en la oración, formó catequistas, guió a los sacerdotes. Entre sus libros, destacamos: El abandono de los Sagrarios acompañados, Oremos en el Sagrario como se oraba en el Evangelio, Artes para ser apóstol, La gracia en la educación, Arte y liturgia, etc. Escritos que por su gran difusión se han recopilado en la reciente edición de sus Obras Completas.

 

Los últimos años su salud empeora notablemente, prueba que vive de modo heroico, sin perder la sonrisa de su rostro siempre amable y acogedor, y la aceptación de los designios del Padre. El 4 de enero de 1940 entregó su alma al Señor y fue enterrado en la catedral de Palencia, donde podemos leer el epitafio que él mismo escribió: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

 

Su Santidad Juan Pablo II declaró sus virtudes heroicas el 6 de abril de 1998, y aprobó el milagro atribuido a su intercesión el 20 de diciembre de 1999.

 

 

Ciclo de conferencias sobre el Beato Manuel González

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Ciclo de conferencias organizado -del 5 al 7 de septiembre- por las Misioneras Eucarísticas de Nazaret con motivo de la Canonización del Beato Manuel González. Todas las conferencias se desarrollaron en el Centro Cultural de la Diputación.

 

Las conferencias fueron las siguientes:

 

- “Semblanza de un santo” por D. Antonio Gómez Cantero (Vicario General de la Diócesis).

 

- “La experiencia de Palomares del Río: fundamento carismático y eje de su obra escrita” por el doctor D. Miguel Norbet.

 

- “La verdadera historia de D. Manuel González” por sacerdote de la Diócesis de Málaga D. Antonio Jesús Jiménez.

 

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Saludo del Prior General de los Agustinos

Saludo del P. Alejandro Moral Antón, OSA
Prior general de la Orden de San Agustín
Catedral de Palencia, 18 de junio de 2016

 

 

 

Quiero saludaros, como San Pablo en la carta a los Filipenses: “A todos los santos en Cristo Jesús, que están en Palencia, con los epíscopos y diáconos”.

 

Ciertamente ser obispo es ser un servidor del Reino.

 

La Orden de San Agustín, tus hermanos, nos sentimos felices por tu nombramiento como obispo porque sabemos que serás verdaderamente un servidor, viviendo tu ministerio episcopal no como un privilegio ni un título de honor sino compartiendo en unión con los presbíteros y con los creyentes de estás hermosas tierras palentinas, la Buena Noticia, el anuncio de Jesús Hijo del Padre Misericordioso, el buen pastor que ama a cada una de las ovejas de su rebaño.

 

Palencia siempre fue, sobre todo en la última mitad del siglo anterior, tierra agustiniana, Mi vocación personal se desarrolló aquí, así como la de otros hermanos agustinos, muchos de los cuales incluso han nacido en estas tierras.

 

Por eso estoy convencido que como servidor del Reino en esta diócesis palentina sabrás compartir con tus hijos y hermanos los dones que nuestro Padre San Agustín y nuestra tradición agustiniana te han significado.

 

Eres una persona de comunión, de unidad, acompañadas siempre del diálogo y la comprensión. Esta es la palabra que constituye el centro, la roca fuerte de cualquier comunidad de creyentes. Una diócesis dividida no es capaz de transmitir el núcleo del Evangelio. Sólo quienes desde la humildad y sencillez dejan sus intereses en favor de la comunión son servidores de los demás. La unión en la caridad. Me decía el Papa Francisco que los agustinos debemos ser siempre “testigos de comunión”. La división es el pecado más fuerte y el más frecuente entre el clero y también entre los religiosos. Por eso tu misión en este campo es fundamental.

 

Asimismo te animo como agustino a ser profeta, es decir anunciador del Reino, desde la interioridad (el profeta es quien anuncia lo que Dios le comunica), la búsqueda de la verdad (el bien común y el anuncio de la Buena Noticia del Reino principalmente a los pobres y necesitados debe estar por encima de los propios intereses) y el estar dispuesto a dar la vida por los demás. Esto constituye la base y el criterio del buen Pastor.

 

Quiero concluir agradeciéndote tu generosidad y servicio en la Orden durante estos más de 40 años. Yo mismo tuve la suerte de ser discípulo tuyo y posteriormente el don de compartir durante 4 años el servicio a la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de España en el Consejo Provincial.

 

Que el Señor te colme con sus dones, sobre todo el de la sencillez y humildad, y que su Espíritu te ilumine la mente y llene de amor tu corazón para servir y vivir tu ministerio con los pobres y necesitados, con quienes más lejos se encuentren de la fe, con los creyentes y con el clero a ti encomendados.

 

Un fuerte abrazo, querido Manuel, hermano y amigo, y la oración de tus hermanos agustinos en todo el mundo.

 

Manuel Gonzalez - Biografía

Manuel González García, obispo de Málaga y de Palencia, fue una figura significativa y relevante de la Iglesia española durante la primera mitad del siglo XX.

 

Fue el cuarto de cinco hermanos y nació en Sevilla el 25 de febrero de 1877, en el seno de una familia humilde y profundamente religiosa. La vivencia cristiana de sus padres y el buen ejemplo de sacerdotes le llevaron a descubrir su vocación. Tras los años de formación en el seminario de Sevilla, recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1901, de manos del beato cardenal Marcelo Spínola.

 

01-manuel-glez-ordenado-sacerdoteEl 2 de febrero de 1902 llegó a Palomares del Río (Sevilla), donde había sido enviado a predicar una misión. Allí Dios le marcó con la gracia que determinaría su vida sacerdotal. Ante el Sagrario de ese pueblo vivió una experiencia singular, que fue el camino hacia la comprensión de una realidad nueva: el abandono de la Eucaristía y sus consecuencias. Él mismo, años más tarde, describiría este encuentro fundamental en su vida:

 

«Fuíme derecho al Sagrario de la restaurada iglesia en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos, y ¡qué Sagrario! (…) ¡Y qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro del sacristán y salir corriendo para mi casa!

 

Allí de rodilla mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba, (…) posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste el Evangelio: lo triste del no había para ellos posada en Belén, lo triste de aquellas palabras del mendigo Lázaro pidiendo las migajas sobrantes de la mesa de Epulón, lo triste de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de la bofetada del soldado, de los salivazos del pretorio, del abandono de todos».

 

Las primicias pastorales en Sevilla las vivió como capellán del Asilo de las Hermanitas de los Pobres. En 1905 fue nombrado cura ecónomo de la parroquia de San Pedro de Huelva, y a los pocos meses arcipreste de esa ciudad, entonces dependiente de Sevilla. Se encontró con una situación de notable indiferencia religiosa, pero su amor e ingenio abrieron caminos para reavivar pacientemente la vida cristiana, desplegando un múltiple y variado apostolado, especialmente en favor de los más abandonados: niños, obreros, etc.

 

No obstante, la llama que prendió ante el Sagrario de Palomares del Río sigue viva y el 4 de marzo de 1910, ante un grupo de fieles colaboradoras en su actividad apostólica, derramó el gran anhelo de su corazón. Así lo narra:

 

«Permitidme que yo, que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los pobres abandonados, invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. (…) Os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado».

 

Así nació la Obra de las Marías de los Sagrarios. Su acogida fue inmediata y se extendió rápidamente. Don Manuel abrió camino, sucesivamente, a las distintas ramas que hoy conforman la Familia Eucarística Reparadora:

 

- Laicos: Marías del Sagrario y Discípulos de San Juan (1910)
- Sacerdotes: Misioneros Eucarísticos Diocesanos (1918)
- Congregación Religiosa: Misioneras Eucarísticas de Nazaret (1921)
- Laicas consagradas: Institución de Misioneras Eucarísticas Seglares (1933)
- Niños: Reparación Infantil Eucarística (1934)
- Jóvenes: Juventud Eucarística Reparadora (1940).

 

02-manuel-glez-obispomalagaDon Manuel penetró en el misterio del abandono de la Eucaristía, así como en sus consecuencias, y consagró toda su vida a luchar contra ese mal a través de una acción esencialmente eucarística. No puede guardar para sí aquello que remueve lo más profundo de su ser y supo plasmar su experiencia y la misión que de ella brotaba en un nuevo vocablo: Eucaristizar. Así lo define: «Acercar a todos a la Eucaristía y meterlos dentro del Corazón de Jesús que allí palpita por ellos, para que vivan la vida que de Él brota».

 

E invita a un tipo de apostolado específico «El apostolado más eficaz… y el que hoy quieren el Corazón de Jesús y la Madre Iglesia que se emplee, no por exclusión, pero sí con preferencia a todas las demás artes apostólicas, es el apostolado por medio de la Eucaristía. Orientar todo nuestro ministerio a obtener o tratar de obtener que: el Evangelio vivo sea conocido, el Pan vivo sea comido, el Maná escondido sea gustado, el Dios del Sagrario sea reverenciado, la Providencia que en él vive sea tenida en cuenta y el Modelo vivo que en él se exhibe sea imitado».

 

La entrega generosa de Don Manuel fue, sin duda, el motivo de la confianza que el Papa deposita en él, nombrándolo Obispo de Málaga en 1916. Aquí se dedicó de modo especial a la formación de los sacerdotes. Para ellos emprendió la construcción de un nuevo seminario que reuniese las condiciones para una buena formación. Así lo diseñó:

 

«Hay que hacer un seminario en el que la Eucaristía sea e influya lo más que pueda ser e influir. Esto es: Un seminario sustancialmente eucarístico.

 

Un seminario en el que la Sagrada Eucaristía fuera: en el orden pedagógico, el más eficaz estímulo. En el científico, el primer Maestro y la primera asignatura. En el disciplinar, el más vigilante inspector. En el ascético, el modelo vivo y el punto de partida y el de llegada y el más corto y seguro camino entre los dos. En el económico, la gran providencia y en el orden arquitectónico, la piedra angular… Yo no quiero un seminario en el que la sagrada Eucaristía sea una de sus cosas, aunque la principal, sino que el seminario aquel sea una cosa de la Eucaristía, y por consiguiente, en que todo de ella venga, a ella lleve y vaya, desde la roca de sus cimientos hasta la cruz».

 

En 1931, con la llegada de la República a España, su situación se torna delicada, le incendian el palacio episcopal y se traslada a Gibraltar para no poner en peligro la vida de quienes lo acogen. Desde 1932 rige su diócesis desde Madrid, y en 1935 es nombrado Obispo de Palencia, donde entregó los últimos años de su ministerio episcopal.

 

03-manuel-glez-obispopalenciaSu vida fue para los demás generadora de vida; alimentó la fidelidad a su vocación en las fuentes de la Eucaristía y esta fidelidad se expresó en la existencia de cada día. Así lo expresó: «Para mis pasos yo no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan; descubriré niños pobres y pobres niños, y me sobrará el dinero y los auxilios para llevarles escuelas y refugios para remediarles su pobrezas; tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con tullidos y hasta con muertos del alma o del cuerpo, y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud».

 

También hay que destacar, durante todos los años de su actividad pastoral, la profusión de sus escritos. Con estilo ágil, a la vez que profundo y pastoral, transmitió el amor a la Eucaristía, introdujo en la oración, formó catequistas, guió a los sacerdotes. Entre sus libros destacan: El abandono de los Sagrarios Acompañados, Oremos en el Sagrario como se oraba en el Evangelio, Lo que puede un cura hoy, El Rosario sacerdotal, Un sueño pastoral, Así ama Él, Jesús callado, Artes para ser apóstol, La gracia en la educación, Cartilla del catequista cabal, Arte y Liturgia, etc.

 

Además, fue un gran exponente de la prensa católica de principios del siglo XX con la creación de las revistas El Granito de Arena, para adultos, y RIE, para niños, que se siguen publicando en la actualidad.

 

Murió el 4 de enero de 1940 y fue enterrado en la Catedral de Palencia, donde podemos leer el Epitafio que él mismo escribió: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

 

Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en Roma, el 29 de abril de 2001. En esa ocasión lo definió como «Modelo de fe eucarística».

 

04-manuel-glez-epitafioNo podemos concluir estas pinceladas sobre su vida sin dirigir la mirada a la Virgen con sus mismas palabras:

 

«¡Madre Inmaculada! ¡Que no nos cansemos! ¡Madre nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos! Sí, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos!

 

Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios. ¡Nada de volver la cara atrás! ¡Nada de cruzarse de brazos! ¡Nada de estériles lamentos!

 

Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos…

 

¡Madre mía, por última vez! ¡MORIR antes que cansarnos!».

 

El Papa emérito Benedicto XVI nos dijo en una de sus catequesis: «Los santos, guiados por la luz de Dios, son los auténticos reformadores de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Maestros con la palabra y testigos con el ejemplo, saben promover una renovación eclesial estable y profunda, porque ellos mismos están profundamente renovados, están en contacto con la verdadera novedad: la presencia de Dios en el mundo» (13/1/2010).

 

Sin duda, quien se acerque a Don Manuel podrá encontrar en él un auténtico testigo de Cristo Eucaristía y un maestro de vida.

 

 

 

 

Homilía del Nuncio Apostólico de Su Santidad

Homilía de S.E.R Mons. Renzo Fratini
Nuncio Apostólico de Su Santidad
Catedral de Palencia, 18 de junio de 2016

 

 

 

Eminentísimos Señores Cardenales,
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos,
Queridos sacerdotes concelebrantes,
Excelentísimas Autoridades,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

 

Me causa profunda emoción participar en esta solemne consagración del nuevo Obispo de Palencia, Mons. Manuel Herrero Fernández. Un saludo afectuoso a cuantos le acompañáis, especialmente al Ilmo. Sr. D. Antonio Gómez Cantero, que ha preparado la llegada del nuevo obispo cuidando, como Administrador Diocesano, a esta querida Diócesis. En nombre del Santo Padre, muchas gracias D. Antonio.

 

Querido hermano:

 

Dentro de unos momentos, por la imposición de manos y la oración consecratoria, vas a entrar a formar parte del Colegio Episcopal, en el cual, pervive el ministerio apostólico. Como leemos en el libro de los Hechos, por la imposición de manos a varones probos y cualificados, los Apóstoles del Señor les confirieron el ministerio que ellos mismos habían recibido del divino Fundador. Así, ese ministerio pervive ahora en personas concretas, en continuidad histórica con los mismos santos Apóstoles. Como en el Colegio Apostólico Pedro tiene un puesto y tarea que significa la unidad, así, en el Colegio Episcopal, el Sucesor de Pedro tiene su lugar como siervo de los siervos de Dios, garante de la Unidad de la fe presidiendo en la caridad.

 

Pero, al hablar de la sucesión apostólica, no queremos decir que el obispo es otro apóstol. Efectivamente, los apóstoles son fundadores en inmediata conexión histórica con Cristo. Los obispos, sin embargo -lo dice su nombre- son “guardianes” de lo que ya está fundado por el Señor. Ellos no pueden sino “custodiar” el depósito recibido (1Tim 6,20; 2 Tim 1,12.14). Porque, como Cristo transmitió fielmente lo que había oído del Padre (Cf. Jn 15,15), así también los apóstoles recibieron el encargo de Cristo de transmitir todo cuanto Él les había ordenado (Cf. Mt 28,20). De esta manera, lo recordaba el Papa en una reciente consagración episcopal, por este ministerio «es Cristo, de hecho, el que continúa predicando el Evangelio de la salvación y santificando a los creyentes, a través de los sacramentos de la fe. Es Cristo el que, en la paternidad del obispo, añade nuevos miembros a su cuerpo, que es la Iglesia. Es Cristo el que, en la sabiduría y la prudencia del obispo, guía al pueblo de Dios en la peregrinación terrena hacia la felicidad eterna»[1].

 

Consciente pues de que el Guía es Cristo, el Obispo ejerce su tarea colaborando con Él en virtud de su elección. Así guía como pastor, guía como siervo, guía como samaritano que, con entrañas de misericordia, manifiesta al «Buen Pastor que da la vida por las ovejas».

 

1. Guía como pastor.

 

El dueño de las ovejas es el Señor. Y es Él, todo bondad, el que ha dado su vida por ellas. Tenemos presente que se trata de “su vida”, de la vida de Cristo, y se trata de “sus ovejas”, las que Él «adquirió con su propia sangre» (Act 20, 28). A nosotros, nos invita a ser su prolongación, a participar de su pastoreo. Nos ha elegido a compartir su tarea. Nuestro mérito está en mantener una actitud, clara y consciente, de que, en consecuencia con esta realidad, nuestra tarea la debemos ejercer y vivir como el Señor nos pide; y lo que nos pide es que “nos importen las ovejas”. La virtud del pastor es implicarse afondo, afrontando las dificultades que impiden la vida del rebaño, pero sabiendo que nada es nuestro. Solo se nos confía. El pastor crece así en la caridad, la caridad pastoral, que empieza por el amor a Cristo, la amistad y confianza con Él. ¿Acaso puede poner el dueño al frente de lo suyo, a alguien que no sea de su confianza? Esta confianza crece en el trato permanente con Él. No es por un contrato, no somos “asalariados”, somos “sus amigos”, sus cercanos, sus “conocidos” y Él nos ha enviado. Así como en la relación Trinitaria entre el Padre y el Hijo, el Hijo conoce a las ovejas que el Padre le confía (Cf. Jn 10, 15), así, de manera semejante, del amor y de la confianza con Nuestro Señor Jesucristo brota para el Obispo la capacidad de relacionarse con la grey, amando a los fieles confiados con un amor modelado en el amor de Cristo[2].

 

Cristo da la vida por sus ovejas. Al ponerlas a nuestro cuidado, nosotros damos nuestra propia vida a Cristo en la solicitud pastoral, una tarea de amplias miras. Una mirada concreta e inmediata como dice el Santo Padre: «¡Mirad a los fieles a los ojos! No de lado, a los ojos, para ver el corazón. Y que ese fiel tuyo, sea presbítero, diácono o laico, pueda ver tu corazón. Pero mirar siempre a los ojos»[3]. Una mirada también colegial. A todo obispo le corresponde la diligencia por todas las Iglesias y socorrer generosamente a las más necesitadas de ayuda. Una mirada, en tercer lugar, más allá del redil, motivada por la preocupación por los que no están en el único redil de Cristo, para que, escuchando su voz que invita a todos «no haya más que un solo rebaño bajo un solo pastor».

 

2. Guía como siervo.

 

El apóstol S. Pablo, se vio en la necesidad de declarar acerca del ministerio apostólico -así lo hemos escuchado en la segunda lectura- «no nos predicamos a nosotros mismos; predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús». El apóstol predica la fe: «Cristo es Señor». El centro del mensaje es la Persona de Cristo. Pero la exposición de la fe, implica en el apóstol una actitud vivida. El elegido, no puede entender su tarea como un honor sino, como un servicio, un servicio a todos, pues «El que es mayor entre vosotros debe hacerse el más pequeño. Y quien gobierna, ha de portarse como el que sirve». El espíritu del mundo, sin embargo, con su vanidad y orgullo, se opone a este espíritu de servicio, a la actitud del Buen pastor que da la vida, que la entrega por el camino de la humildad y de la cruz.

 

Entre tantas que afectan a este espíritu de servicio pastoral, dos actitudes nos pide el Santo Padre al respecto: la capacidad de escucha y la disponibilidad de nuestro tiempo.

 

Habiendo recibido la sobreabundante unción del Espíritu Santo, el obispo no debe tener miedo a escuchar, también con humildad, para «después de haber escuchado», decidir. Los problemas en la Iglesia siempre se afrontan «con la reunión, la escucha, la discusión, la oración y la decisión final. Y allí está el Espíritu». Un estilo, un camino seguido desde los orígenes «hasta hoy»[4].

 

Con esta actitud, también va la disponibilidad plena. «El que sirve, no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El siervo está abierto a la sorpresa, a las sorpresas cotidianas de Dios. ... El siervo rebasa los horarios»[5].

 

3. Guía lleno de misericordia.

 

Los que somos enviados por Él para la salvación de los hombres, hemos de entender siempre que nuestra elección tiene, por origen permanente, su misericordia, la misericordia de Cristo. Él «vio a las muchedumbres cansadas y extenuadas como ovejas sin pastor, sintió lástima y dijo a sus discípulos “rogad al dueño de la mies, que envíe operarios a su mies”» (Mt 9, 36-37). Trasparentando el Corazón de Cristo. Amando con amor de padre y de hermano a todos los que Dios te confía. Estar atento, hacerse pastor próximo, que se interesa por el bien de la persona. Por eso, la actitud de servicio pastoral tiene una imagen sugestiva en la parábola del buen samaritano que se ocupa del abandonado golpeado, para curar sus heridas.

 

La manera concreta como el Buen Samaritano derrama el óleo sobre el herido, la indica la primera lectura que hemos escuchado del profeta Isaías sobre la figura del Ungido «enviado para dar la buena noticia a los que sufren» y «para consolar a los afligidos». Es la doble misión, como mensajero y como consolador, destinado a «evangelizar a los pobres» proclamando «el año de gracia del Señor», esto es, de la gracia de la salvación que redime a los cautivos, y renueva el orden de las cosas conforme al plan originario de Dios. Sabemos que hay dos expresiones de pobreza. Una, la de aquellos que, en la sociedad, sufren acuciados por las necesidades, muchas veces dramáticas y urgentes, que afectan al desarrollo de una vida digna, e incluso a una consideración justa de las personas. Pero existe también una pobreza más profunda: En el corazón de cada persona existe la necesidad de Jesús, del Señor, de su misericordia. En Él desaparece la oscuridad interior, el no saber para qué vivir, para qué sufrir o sacrificarse. Desaparece el miedo, porque su amor es fiel. Él, que sabe perdonar, se compadece de nuestras miserias, de nuestras infidelidades, de la ambigüedad y falsedad del corazón, de los pecados cometidos. En Cristo está asegurada nuestra vida, nuestra victoria sobre el mal, la injusticia y la muerte.

 

Conociendo el amor y la misericordia de Dios, el obispo la propone valientemente. Este amor y misericordia es el sentido de la libertad que Cristo nos garantiza en toda circunstancia, es la que nos da la alegría interior y la paz en el corazón. Esta misericordia, que viene de la fe en Cristo y con nuestra aceptación y colaboración se hace ejemplo concreto de vida, hemos de proponerla como fuerza de trasformación del mundo amando cada uno de los discípulos de Cristo como Él nos ha amado.

 

Querido hermano, el ejercicio pastoral es, como escribe San Agustín, «la mayor carga». El decía a los fieles de Hipona: «Yo soy un agente de Él, soy su siervo. ¿Quieres que te diga: “Vive como quieras, que el Señor no te perderá”? El agente te ofreció seguridad, pero de nada te vale esa seguridad... ¿qué seguridad es la ofrecida por mí o por vosotros, si no escuchamos con atención y preocupación los mandatos del Señor y esperamos fielmente sus promesas? nuestras fatigas pastorales van encaminadas a alcanzar la justicia que ha de cumplirse y a la santificación en el nombre de Dios»[6]. Por eso junto con toda tu familia diocesana elevamos nuestras súplicas y te encomendamos al verdadero Pastor, Jesucristo, para que, por intercesión de la Santísima Virgen, tan amada aquí con el título de La Calle, la querida Madre de Consolación de tu Orden religiosa, te conduzca, te sostenga y te ayude a ser, por Él, en Él y con Él, reflejo de su cercanía a todos los fieles de esta amada tierra castellana.

 

Que así sea.

 



[1] Homilía 19.3.16

[2] Cf. San Juan de Ávila. Tratado del Amor de Dios, nº 11.12

[3] Homilía 19.3.16

[4] Meditación Domus Sanctae Marthae 28.04.16

[5] Homilía 29.5.16

[6] Sermón 339, 9