Acompañar la soledad

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

Este era el lema de la Jornada del Enfermo, del 11 de febrero. Considero que no únicamente esta Jornada se refería a los enfermos del cuerpo, de la mente y del espíritu, sino a todos. Porque nuestra sociedad está afectada por la epidemia del Siglo XXI, que no es el coronavirus, sino la soledad. Así lo recogía en un artículo el pasado 8 de diciembre de 2019 en la Tercera de ABC, D. Juan Antonio Sagardoy Bengoechea, académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y miembro del Colegio Libre de Eméritos. Me voy a permitir apoyarme en su artículo porque me parece que su voz, casi grito, no lo podemos silenciar ni olvidar.

«La soledad es muy dura. Y es muy dura porque nos priva de lo que más precisa el ser humano: el amor, el cariño, el afecto. Y es que quizá sea el amor lo que más necesitamos en nuestra andadura vital; como dice San Juan de la Cruz: “al atardecer la de la vida nos examinarán de amor”. La soledad no es sólo de naturaleza física -no tener a nadie al lado- sino sobre todo anímica. Ese tremendo sentimiento de que no importamos a nadie, de que nadie nos echa en falta, de que nadie nos llama. Además de consecuencias anímicas, según los expertos, tiene unas graves consecuencias en la salud global, con un enorme coste económico y con un impacto directo entre muchos quebrantos de nuestra salud, principalmente suicidios». Según indica D. Juan Sagardoy, el suicidio duplica a las muertes por accidente de tráfico y es la principal causa de muerte entre los españoles de entre 15 y 29 años. La causa de estos suicidios es principalmente la desafección, la soledad y el aislamiento. La soledad lleva a la tristeza, y, posiblemente, a la infelicidad.

Las estadísticas que se recogen en el artículo -más o menos fiables, como señala el autor-, nos dicen que en el mundo una de cada tres personas está sola. En España la cifra es mayor y más grave: cinco millones de personas que viven en soledad. De Castilla y León, de Palencia, de esta tierra nuestra vacía y vaciada, no se nos dan datos, pero en un estudio de Cáritas Nacional sí reflejaba que es una situación real. En una reunión con un grupo de sacerdotes rurales de la zona de Saldaña tenida hace unos días, constataban que este es un mal en nuestros pueblos y en muchos de nuestras ciudades. Muchos son ancianos que a veces pasan meses sin que nadie les visite; pero también pasa en las ciudades, y en las grandes más, están más deshumanizadas.

El académico al que me referido distingue entre estar solos y sentirse solos. Hay personas acompañadas que se sienten solas y personas solas que se sienten acompañadas, de lo que se deduce que si muchas veces la presencia física no es posible, podemos sentirnos acompañados por medio de conversaciones y contactos con otras personas.

¿Qué hacer en la sociedad que tiene tantos medios técnicos para comunicarse? ¿Qué se puede hacer en las comunidades cristianas que están llamadas a ser sal de la tierra y luz del mundo, una referencia como una ciudad puesta en lo alto de un monte? Creo que no podemos quedarnos en ser profetas de desgracias, como decía San Juan XXIII en el discurso del acto inaugural del Concilio Vaticano II. El Espíritu Santo, a través de los signos de los tiempos y uno en esta sociedad nuestra tan avanzada en muchas cosas, es la soledad, nos llama a curar y acompañar, a crear fraternidad, porque nuestro Dios es Uno y Trino, es Familia, es comunión en comunidad.

Concretando y sugiriendo señalo lo siguiente:

1. Aunque estemos acompañados, no nos vendrá mal, de vez en cuando, pararnos y dedicar un tiempo al silencio, para vernos por dentro, meditar y madurar las cosas, soñar. Si puede ser en un Monasterio mejor que mejor, porque el clima, el ambiente de silencio y recogimiento ayuda. Si lo hacemos ante Dios, en oración, iluminados por el mismo Señor, mucho mejor, porque contaremos con su luz y amor para ver nuestra vida. Quizá pueden ser unos días o un día de retiro, de ejercicios espirituales, de soledad acompañada.

2. Proponernos ver de vez en cuando o llamar por teléfono a nuestros seres queridos de la familia y los amigos; si es posible una visita personal, mejor, y dialogar, hablar, compartir impresiones , intercambiar puntos de vista, interesándonos sanamente unos por otros.

3. El autor a quien me he referido propone leer literatura, ver la televisión, oír la radio, ver cine, pero después comentar con otros, salir de nuestro aislamiento.

4. Sobre todo, hablar, hablar en familia, en las comidas, apagando la televisión, dejando de lado los móviles.

5. Y cultivar la amistad, el encuentro. Una buena cosa que pueden hacer los ayuntamientos o juntas vecinales, y también hacen las comunidades cristianas es reunir a las personas para hablar, para cantar, para una excursión o peregrinación, para ver una película y comentarla, para tomar un chocolate con churros o lo que sea, para jugar a las cartas, al dominó, y relacionarse con otros y «Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso... es rocío... Allí manda el Señor la bendición, la vida para siempre» (Salmo 133). Acompañemos en la soledad.

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