Pascua de Resurrección

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

La fe en la Resurrección es lo que define a la fe cristiana. Decía san Agustín: «Ves la Trinidad si ves el amor» (De Trinitate, VIII, 8). En la Pascua del Señor, -pascua es paso- su paso a través de la muerte y el sepulcro de esta vida a la vida del Padre es la resurrección. Se rebajó hasta la muerte y muerte de Cruz por amor al Padre y a los hombres y el Padre le resucitó, le dio la vida eterna y lo hizo Señor de vivos y muertos, porque el amor, y Dios es amor, es más fuerte que la muerte (Cant. de los Cantares, 8, 6). Si Cristo al morir tuvo que acatar la ley del sepulcro, al resucitar, en cambio, la derogó, hasta el punto de que echó por tierra la perpetuidad de la muerte y la convirtió de eterna en temporal, ya que si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida (San León Magno, Sermón 8 sobre la pasión del Señor, 6-8).

¿En qué se basa nuestra fe en la Resurrección de Cristo? No en que nosotros seamos más listos que los demás, no es una ilusión ni una creación nuestra porque somos débiles y cobardes y nos da miedo la muerte. Nosotros creemos que Dios da a conocer su unidad con Jesús y le reconoce como a su Hijo y heraldo del Reino porque, fiel al Padre y a los hombres, amó hasta el extremo, hasta el fin. Dios, resucitando a Jesús no sólo ratifica su mensaje y causa sino su persona y obra. A nosotros nos ha llegado el testimonio de los discípulos, ellos se encontraron con Él y vieron la tumba vacía. Nosotros creemos porque nos fiamos de los testigos y porque hay algo en nosotros que nos dice que Jesús vive, es el Salvador del hombre y de la humanidad, el Señor de la Historia.

¿Cómo celebrar siempre la Resurrección del Señor? Pues viviendo como Cristo, muertos al pecado y vivos para Dios (Rom 6, 10). Vivir para Dios es buscar los bienes donde está Cristo resucitado. No es buscar los bienes en las galaxias, ni en la luna, sino en Cristo. Y ¿qué bienes son estos? Es vivir como bautizados, como personas que han muerto con Cristo para resucitar con Él y vivir de su Espíritu, ese Espíritu de hijos que hemos recibido y que nos hace exclamar: Abbá, Padre, y como hijos ser herederos de Dios, coherederos con Cristo y hermanos de todos en Cristo, el Primogénito de muchos hermanos (Rom 8, 15-18). Y eso ahora, no sólo después de la muerte. San Pablo nos ruega que andemos según la vocación a la que hemos sido llamados como bautizados (Ef 4, 1) Siendo imitadores de Dios, como hijos queridos y viviendo en el amor como Cristo nos amó. «De la fornicación, la impureza, indecencia o afán de dinero, ni hablar; es impropio de cristianos. Tampoco vulgaridades, estupideces o frases de doble sentido… Sed luz en el Señor y vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz» (Efe 5, 1-9). San Pablo en su carta a los Gálatas (5, 19-25), nos señala qué bienes son estos: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de si… No nos cansemos de hacer el bien que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. Por tanto, mientras tenemos ocasión, hagamos el bien a todos, especialmente a la familia de la fe (Gal 6, 10).

Una nota que debe caracterizar a los que creemos en el Resucitado es la alegría, vivir la alegría. Los apóstoles, reunidos, se alegraron al ver al Señor (Jn 20, 20). Al estar siempre alegres mostramos con nuestro actuar a Dios vivo. Decía Santa Teresa de Calcuta: «La alegría es oración, es la señal de nuestra generosidad, de nuestro desprendimiento y de nuestra unión interior con Dios». Por eso la Pascua que celebra la victoria de Jesús sobre el pecado, el mal y la misma muerte debe iluminar nuestra vida, incluso el misterio de la muerte física. Se debe notar en todo, también en las celebraciones donde estamos a veces con cara de tristes, de amargados, con cara de vinagre. Jesús es alegre y su mensaje es causa de alegría y fiesta: «Nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16, 22) y esa alegría llegará a plenitud (Jn 15, 11).

Otra nota que nos debe caracterizar es la esperanza. Confiar en él, en su amor que no es intermitente, y Él nos ha dicho: «Donde esté yo, allí estará mi servidor» (Jn 12, 26). Esa es nuestra meta, resucitar con Cristo. Otra nota debe ser trabajar, implicarnos por una cultura de la vida en cualquiera de sus expresiones y hacerlo como lo hizo Jesús, olvidándonos de nuestra propia vida y buscando la vida feliz de los demás, de los más desfavorecidos, de cerca o de lejos, entregando nuestra propia vida como lo hizo Jesús en la Última Cena y siempre, entrega total hasta derramar la sangre para hacer y sellar una alianza nuestra.