Queridos lectores, paz y bien.
“Orar con fe, vivir con esperanza”, es un certero resumen de la vida contemplativa en este año jubilar. Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad y esta jornada nos convoca para volver a pasar por el corazón a los hombres y mujeres que se han consagrado en la Iglesia a vivir a imagen del misterio trinitario. Nuestro territorio palentino está jalonado por esas comunidades que se dedican a la oración y nos recuerdan que Dios es el fundamento consistente y esperanzador para la vida humana.
La oración personal y comunitaria, elevada al Señor con fe sincera en medio de las vicisitudes de la propia existencia y del mundo, hace descubrir al Señor como tesoro de la vida, como el mayor bien, como la esperanza que no defrauda y que mora en la celda del propio corazón, «en la soledad habitada del claustro y en la vida fraterna en comunidad» (Vultum Dei quaerere 9). En una existencia que se sostiene orando con fe, a imagen de Jesús, que se retira para encontrarse con el Padre, no caben la apatía, la rutina, ni la desesperanza, sino que su fruto es justamente una vida que se afronta con esperanza, con entera confianza en el Señor y en su querer para nosotros, porque sabemos que solo él tiene el poder y la voluntad de esperanzarnos y siempre cumple sus promesas.
En esta unión especialísima de oración y vida, fe y esperanza, el papa Francisco nos proponía a Abrahán, nuestro padre en la fe, también como «padre en la esperanza». Abrahán y Sara, en su realidad de ancianidad y esterilidad, son figuras simbólicas que bien pueden alentar una vida contemplativa que ora con fe y vive con esperanza en estos tiempos. Una vida contemplativa que se comprende a sí misma, bajo el horizonte de ese vuelco esperanzador que se produce en el corazón cuando, fiados del Señor, nos dejamos acompañar por el poder de su presencia y nos volvemos capaces de aguardar, incluso en circunstancias adversas, un futuro, un porvenir de plenitud.
Muchos de nuestros monasterios sufren el invierno vocacional de la Iglesia en Occidente: comunidades disminuidas y envejecidas, pero que siguen la fidelidad a su carisma, y nos muestran que son mujeres y hombres con la experiencia firme de una Presencia que lo es todo para ellos. Han superado los apegos de la vida que confunden las realidades mundanas con la realidad última. Viven el recogimiento, que es distinto del ensimismamiento de la persona o del aislamiento que la encierra en el mundo que ella se ha creado: rompen con el espíritu de posesión y dominio para llegar a una apertura y relación con Dios que transfigura el corazón. Viven el silencio, condición para que la Palabra de Dios resuene en el corazón humano, donde, callada pero permanentemente, habita y habla.
Queridas comunidades contemplativas, vuestra actitud vital es una verdadera escuela de vida para cuantos vivimos en el mundo secular. Vuestra mirada se distingue por la claridad, la sencillez, la penetración y la profundidad. Sois un maravilloso antídoto a la confusión, la complicación, la banalidad y la superficialidad. Ayudadnos a que el conocimiento intelectual sea también sabiduría, sea un genuino reconocer de quién somos y para quién existimos.
Recojo otra cita del Papa Francisco: “dime cómo rezas y te diré cómo vives, dime cómo vives y te diré cómo rezas, porque mostrándome cómo rezas, aprenderé a descubrir el Dios que vives, y, mostrándome cómo vives, aprenderé a creer en el Dios al que rezas; porque nuestra vida habla de la oración y la oración habla de nuestra vida”.
Hermanos y hermanas que rezáis con fe y vivís con esperanza, seguimos necesitándoos como «faros» que iluminan el camino de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, especialmente, de la Iglesia. Vosotros, hombres y mujeres que compartís historias de fe orante y esperanza humanada en la cotidianeidad; hombres y mujeres con quienes queremos seguir renovando la Iglesia sinodal y misionera: contamos con vuestra comunión, participación y misión.
Os necesitamos para que escuchéis los temores y esperanzas, gozos y sufrimientos de nuestro mundo y de la Iglesia, y se los confiéis al Dios en el que creyeron y esperaron Abrahán, Sara, cada uno de vuestros fundadores, fundadoras y vosotros mismos hoy. Vuestra oración creyente y sostenida, vuestra esperanza vivida contra toda esperanza, os da y nos da vigor, y es para nosotros aliento en la oración y en la espera definitiva, la de Cristo vivo y glorioso. Que el Padre por el Hijo en el Espíritu sea nuestra vida.
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi
Obispo de Palencia