Miércoles, 30 Junio 2021 11:53

Celebrando la Palabra - XIV Domingo del Tiempo Ordinario (4 de julio)

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Celebración del XIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 4 de julio de 2021.

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1. AMBIENTACIÓN

 

Podemos colocar delante del altar una de estas frases: “Os basta mi gracia” o, “Se extrañó de su falta de fe”.

 

 

2. RITOS INICIALES

 

Monición de entrada. Convocados por la fe, acudimos a este encuentro de comunidad cristiana. Nuestra única pretensión es mantener una línea creyente, en nuestra vida comunitaria, familiar y personal. Pero sucede que a veces nos envuelven las dudas y nos acosa la incredulidad. También les pasó esto a los vecinos y parientes de Jesús. Ayer, como hoy, la incredulidad convive con la fe. Admitiendo esto, seamos conscientes de que sólo la fe facilita la relación con Dios. La incredulidad es como un muro, que ciega y paraliza.

Saludo. Hermanos y hermanas, alabemos al Señor que nos ayuda en nuestra debilidad.

Acto penitencial. Hemos pecado. Alguna vez hemos tenido el corazón endurecido. Pidamos perdón personal y comunitariamente. (breve silencio) Yo confieso...

Gloria

Oración

 

 

3. LITURGIA DE LA PALABRA

 

Monición las lecturas. Un rasgo central del mensaje de hoy es que el profeta, como alguien que siente la vocación de Dios, no elige su público ni el mensaje que ha de comunicar. Dirá solamente lo que Dios le pone en el corazón y en los labios, guste o no guste. Por eso muchas veces entra en conflicto con el pueblo.

San Pablo reconoce sus limitaciones y la dificultad que entraña anunciar el Evangelio. Sin embargo, está contento con su misión y confiesa que en medio de su debilidad se manifiesta la fuerza de Dios.

El Evangelio recoge una situación de duda y desconfianza ante Jesús por parte de sus paisanos y parientes. Por eso no pudo realizar gestos salvadores allí. Y se lamentó que un profeta fuera despreciado en su pueblo, en su tierra, entre sus parientes y vecinos, a los que singularmente quiere ayudar.

Lecturas. Ez 2,2-5 Salmo o canto. 2Co121,7-10. Aclamación. Mc 6,1-6. Breve silencio

Comentario homilético. La misión del profeta, como la del testigo, siempre es difícil, pues supone mucha espiritualidad, equilibrio y coraje. Pero cuando el profeta es enviado a un pueblo testarudo y a una gente rebelde, su calidad se pone verdaderamente a prueba. El profeta Ezequiel dibuja en breves trazos la dificultad que experimentó en el ejercicio de su misión. Sabemos que esta experiencia amarga la sufrieron, Jeremías, Jesús y tantos otros... Ello indica que ser testigo y profeta no es popular: ni lo fue antes, ni lo es ahora, ni lo será mañana. La labor del profeta es arriesgada y generalmente incomprendida. La persona que tiene a Dios como guía, que denuncia y consuela, como el Espíritu del Señor le da a entender, es una persona discutida y molesta en el ambiente social y también en ciertos ambientes de Iglesia.

La causa de todo esto pude estar en la soberbia, una tentación que nos ronda a todos y que muchas veces nos desfigura con su veneno. Es el pecado que más influye para que seamos desobedientes a los planes de Dios y, consecuentemente, para generar desorden. La lección viene desde antiguo, desde el llamado pecado original, y parece que no la hemos aprendido todavía suficientemente. San Pablo nos dice que la medicina contra la soberbia es la gracia de Dios. La fe nos ayuda a entender que nunca tenemos motivos para ser soberbios, mientras que, por el contrario, se multiplican las razones para ser agradecidos, porque somos hijos del don... Dios y la vida han estado grandes con nosotros. Y si hemos logrado una rica personalidad, es consecuencia de nuestra responsabilidad; pero, antes, de los muchos dones que hemos recibido.

El pasaje evangélico describe la decepción y la extrañeza que sufrió Jesús en su pueblo como profeta. Podríamos decir que mordió el polvo de la frustración al querer evangelizar a sus paisanos. Probablemente muchos de nosotros hayamos sufrido chascos semejantes. Es decir, en los ambientes que más nos gustaría que disfrutaran del Evangelio, nos encontramos con el rechazo e incluso el desprecio. Los paisanos de Jesús se preguntaban: ¿De dónde saca todo lo que sabe y lo que hace? ¿Quién le ha enseñado?... ¡¡Pero no es este el de la María!!... y desconfiaban de Él, y más aún, el asombro del primer momento no terminó en admiración, sino en un rechazo frontal.

A Jesús le tuvo que herir profundamente que los suyos lo despreciaran como profeta, que no intuyeran su condición mesiánica, que no descubrieran el don de Dios en medio de su pueblo y cerrarán el corazón a una presencia divina tan saludable. Está claro que la falta de fe y la dureza de corazón impiden el paso del Espíritu. Lo triste del asunto es que Jesús apenas pudo ayudarles porque no se abrieron al “misterio”, a la presencia de Dios en Jesús, requisito indispensable para que acontezca en las personas el “milagro” liberador.

En resumen, cerrarse a Dios es un grueso error y un lamentable empobrecimiento. Ayer, igual que hoy, la presencia y el mensaje de los testigos y profetas, no son aceptados fácilmente. A pesar de todo, la fe nos incita a ser profetas con la mayor audacia posible. El compromiso de evangelizar nunca lo tenemos que dejar aparcado. (silencio de interiorización)

Credo

Oración de los fieles

Por la Iglesia, para que testimonie con entusiasmo el Evangelio, roguemos al Señor.

Para que el Evangelio arraigue en los pueblos y les ayude en su desarrollo, roguemos al Señor.

Para que los cristianos y cristianas nos ayudemos unos a otros en el seguimiento de Jesús, roguemos al Señor.

Por los profetas incomprendidos, para que no cedan ante la dificultad o el desaliento, roguemos al Señor.

Para que esta Comunidad presente con valentía el Evangelio y descarte modos de ser y de penar que no van con el estilo de Jesús, roguemos al Señor.

Por todas nuestras intenciones particulares y por las necesidades de todo el pueblo, roguemos al Señor.

 

 

4. RITO DE LA COMUNIÓN

 

Monición. Uno no es cristiano porque se asombre ante Jesús, sino porque se abre a su Espíritu y es testigo de la fe. Comulgamos con Jesús porque creemos profundamente en Él y porque queremos ser testigos de su Evangelio.

Canto

Introducción al Padre nuestro.

¡Cómo entras, Padre, en la vida de los creyentes
si te dejamos la puerta abierta...!
¡Cómo fortaleces el espíritu
para que seamos testigos y profetas!

Todo lo que hacemos por tu Reino se debe a tu gracia.
Nosotros, solos, no sabríamos evangelizar,
sobre todo cuando estamos entre gente recia y rebelde.

Anunciar tu mensaje es un don apasionante,
una responsabilidad que pocos reconocen con a precio.

Padre, por el amor que nos tienes,
suscita testigos y profetas en la Comunidad,
dispuestos a librar con valentía el combate de la fe.

Ilumínanos para saber decir la verdad del Evangelio
con gestos y palabras que contagien experiencia.

Te damos gracias entrañablemente por Jesús,
el más grande de los testigos y profetas,
la persona convertida en comunión
y, en el fondo, poco comprendida.
Gracias por sus signos y gestos de redención.

Unimos nuestro pequeño testimonio
y, animados por el ejemplo de Jesús,
te alabamos diciendo juntos su oración: Padre nuestro...

Distribución de la comunión

Acción de gracias:

Cantar o rezar la “canción del testigo”: “Por Ti mi Dios cantado voy”...

 

 

5. RITO DE CONCLUSIÓN

 

Compromiso. Evangelizar confiados en la eficacia de Dios.

Bendición

Monición final. La fe puede faltar allí donde parece que Jesús es más conocido. Es el riesgo que corremos los que hemos crecido en un ambiente de tradición cristiana.

En diferentes ocasiones Jesús alaba la fe de quienes se le acercan confiadamente. Pero no lo pudo hacer con la gente de su pueblo; desconfiaron de Él, lo despreciaron y le impidieron actuar salvadoramente.

Que nunca suceda esto entre nosotros. Nos irá bien si dejamos actuar a Jesús plenamente.

Canto final y despedida.

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