Viernes, 01 Marzo 2019 15:45

VIII Domingo del Tiempo Ordinario. 3 de marzo de 2019

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En el evangelio de este domingo, Jesús nos propone cosas prácticas para vivir nuestra vida cristiana. Nos recuerda las cualidades y actitudes que debemos vivir como seguidores suyos. Así nos dirá que antes de corregir y antes de exigir a los demás, hemos de vivir lo que exigimos. Es tanto como recordarnos la primera cualidad del discípulo: la autenticidad, condición indispensable para estar en el grupo de Jesús.

Para ello nos invita a mirar el corazón. Quiere que descubramos el valor de lo interior. Un corazón bueno obra bien y da buen fruto como un buen árbol.

¿A quién seguimos? ¿Quién es nuestro maestro? ¿Quién guía nuestra vida? Preguntas que, desde el evangelio, debemos hacernos porque a menudo seguimos otros modelos y otros ejemplos y no somos capaces de reconocer nuestras propias limitaciones para acabar echando la culpa a los demás de los males nuestros y ajenos. Seguir a Jesús, reconocerle como maestro y dejarnos guiar por su palabra nos harán buenos cristianos. Ser humildes y evitar la hipocresía también nos identificarán como seguidores de Jesús.

Para vivir la autenticidad de ser discípulo de Jesús hoy debemos tomarnos en serio el camino de la santidad. Dios quiere que seamos santos. Aunque nos parezca difícil y complicado, esa es la hermosa tarea a la que el Señor nos invita.

Comentario: José María de Valles
Delegado Diocesano de Liturgia

 

Eclo 27, 4-7. No elogies a nadie antes de oírlo hablar.

Sal 91. Es bueno darte gracias, Señor.

1 Cor 15, 54-58. Nos da la victoria por medio de Jesucristo.

Lc 6, 39-45. De lo que rebosa el corazón habla la boca.

 

Les dijo también una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

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