Viernes, 05 Abril 2019 10:48

V Domingo de Cuaresma. 7 de abril de 2019

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En este quinto domingo de Cuaresma hacemos un paréntesis en la lectura del evangelio de san Lucas para leer un texto de san Juan. Se trata de un relato fuerte. Se trata del encuentro de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio y con sus acusadores.

Es dramático el relato. En juego está la vida de la mujer y los acusadores, que han sentenciado lapidarla, quieren hacer a Jesús juez que justifique su actuar. Hay un tiempo de silencio y calma cuando se quedan solos Jesús y la mujer. San Agustín dice: “se quedaron los dos solos: la miserable y el misericordioso”. Y cuando parece que no habrá solución, se da esa escena de Jesús inclinado y escribiendo con el dedo en el suelo.

¿Qué escribiría Jesús? ¿Una nueva ley? Los fariseos sabían que solo se puede juzgar si la ley está escrita. El evangelista Juan no dice lo que escribió, pero bien podemos suponer que era una nueva ley donde no se permitía, en adelante, lapidar a nadie. Por eso, cuando se pone de pie la dice lleno de ternura: “Yo tampoco te condeno”. Jesús desbarata la encerrona de los acusadores dignificando a la mujer acusada y abriendo para ella un futuro nuevo lleno de vida y esperanza.

Así nos encontramos, de nuevo, con el mensaje central de Jesús que proclama la misericordia de Dios que busca salvar siempre a los pecadores.

Este quinto domingo de Cuaresma representa una oportunidad para revisar nuestros modos de mirar y juzgar a los demás. Jesús no juzga a sus oponentes ni dicta sentencia contra la mujer. Jesús dignifica a la mujer que todo el mundo condena.

Hay muchas personas y muchas situaciones que necesitan ser dignificadas. Que sea éste nuestro compromiso esta semana antes que el próximo domingo ya iniciemos la Semana Santa.

Comentario: José María de Valles
Delegado Diocesano de Liturgia

 

Is 43, 16- 21. Mirad que realizo algo nuevo; daré de beber a mi pueblo.

Sal 125. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Flp 3, 8-14. Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte.

Jn 8, 1-11. El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

 

Por su parte, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor».

Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

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