Viernes, 20 Marzo 2020 12:44

IV Domingo de Cuaresma «Lætare»

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Compartimos la lectura del Evangelio para este IV Domingo de Cuaresma «Lætare», con un comentario de José María de Valles, delegado diocesano de Liturgia y Espiritualidad.

 

- 1 Sam 16, 1b. 6-7. 10-13a. David es ungido rey de Israel

- Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta

- Ef 5, 8-14. Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará

- Jn 9, 1-41. Él fue, se lavó, y volvió con vista

 

Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?». Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo». Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?». Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». Le preguntaron: «¿Dónde está él?». Contestó: «No lo sé».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta».

Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».

Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo». Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?». Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?». Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene». Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece.

 


 

Comentario al Evangelio. Por José María de Valles, Delegado diocesano de Liturgia y Espiritualidad

 

El encuentro con Cristo origen de la luz. El primer encuentro de Jesús con el ciego le devuelve la vista y conlleva una petición: vete y lávate en la piscina de Siloé. Referencia clara al bautismo. Se trataría de una catequesis sobre el Bautismo para los catecúmenos que se preparaban a recibirlo el día de la Pascua. En el bautismo recibimos el agua que nos lava y nos permite recuperar la vista. Cada hombre nacemos en la oscuridad espiritual debido a la oscuridad del pecado original. Necesitaremos de ese encuentro con Jesús para ver y reconocer la presencia de Dios entre nosotros.

Cristo, “luz del mundo”. ¿Quién de nosotros no necesita Luz? El evangelio de hoy es una alegoría. Como ocurrió el domingo pasado con la samaritana, el ciego de nacimiento nos representa a todos. El ciego es la humanidad necesitada de la luz de la fe. Para recuperar la vista necesitaremos un encuentro con Jesús. Somos ciegos cuando andamos perdidos en las tinieblas del pecado, cuando nos cerramos a los demás, cuando nos fijamos en las apariencias sin darnos cuenta de la presencia de Dios y de los demás en nuestra vida. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Sólo podemos salir de la ceguera si acudimos a Cristo, “luz del mundo”. Este es el mensaje del evangelio del ciego de nacimiento. Dejemos que Jesús se nos revela como la luz que nos permite ver. Sin la luz de Cristo en el mundo todos seremos ciegos. Jesús nos dice hoy: “mientras estoy entre vosotros, soy la luz del mundo”.

Creo, Señor. El segundo encuentro del ciego con Jesús resultó fundamental en su vida. Recobrada la vista pero expulsado de la sinagoga y siendo un proscrito, Jesús vuelve a encontrarse con él para rehabilitarlo en plenitud. Le pregunta si cree en el Hijo del Hombre. Responde que no lo conoce y Jesús le dice que es el que está viendo y hablando con él. Aquí sucede el milagro de este domingo. Descubre una visión nueva, puede ver a Dios, a Cristo, a su Salvador. Se postra ante Jesús, lo adora y exclama: Creo, Señor. Es la respuesta de la fe. Este segundo encuentro, sucede después del Bautismo y lo revivimos cada domingo en la Eucaristía, donde Jesús nos habla y lo vemos en su presencia Eucarística. Allí nació una nueva persona que cree y adora a su Salvador.

Jesús no quiere solo que veamos, sino también que seamos luz para los demás, que iluminados por la fe demos testimonio de ella. “Vosotros sois la luz del mundo”. Que a través de nuestras buenas obras, los demás descubran a Jesús, luz verdadera, que ha venido a este mundo. Pidamos la luz de Jesús para ver con nuevos ojos la vida.

 

 

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