Dios nos sigue hablando - IV

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

En escritos anteriores he querido trasmitir que Dios sigue hablando hoy en muchas ocasiones y de muchas maneras (Heb 1, 1). Nos habla por la creación, por su belleza, por todo ser humano, por las diversas situaciones que vivimos las personas. Hoy deseo invitar a descubrir la palabra y la voz de Dios que nos sigue hablando por medio de personas concretas, especialmente por los que pasan por situaciones de pobreza.

La clave para distinguir oír la voz de Dios es la persona y el ejemplo de Jesucristo. En Mt 25, 31-46 Jesús se identifica con los pobres de su tiempo, los hambrientos, los desnudos, los encarcelados, los forasteros, los enfermos; otro texto, Jn 9, 1 nos dice que Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Le preguntan sus discípulos: «¿Quién pecó: este o sus padres para que naciera ciego?». Reflejan estos la creencia de que detrás de una enfermedad física había un pecado. Jesús contesta: «Ni pecó este ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9, 3).

Todo hombre o toda mujer nos habla de la fraternidad de los humanos, de todos los pueblos y naciones. Un niño o niña abortado o un niño explotado inhumanamente de diversas formas nos habla del dolor de los inocentes por los que Dios llora (Mt 2, 16-18). Un niño recién nacido nos habla de la sonrisa de Dios, llena de ternura, alegría y esperanza, para sus padres, para su familia y para toda la humanidad. Unos novios que se quieren nos hablan del amor humano, querido por Dios, son imagen del amor de Dios por la humanidad como se ve en el Libro del Cantar de los Cantares; o en Ef 5, 21-35; el amor frustrado de una pareja humana nos habla de que el amor hay que cuidarlo con el cariño, la ternura, el perdón, etc. Un joven o una joven con su rebeldía nos hablan de sueño de un futuro de una humanidad nueva. Un anciano nos habla de la sabiduría acumulada en su experiencia de la vida. Un parado nos habla del derecho de todo hombre y mujer a desarrollarse y colaborar al desarrollo de la familia y la sociedad por medio de un trabajo honrado, justo, decente. Un empleado o empleada nos habla de una interdependencia mutua con un servicio humanizante. Un empresario o empresaria, un científico o científica nos hablan de la capacidad del ser humano de concrear, de colaborar con Dios y con otras personas para responder a las auténticas necesidades de los hombres con iniciativas nuevas que contribuyan a la felicidad humana. Por una persona enferma de coronavirus, o de lo que sea, nos habla de la necesidad de cuidarnos unos a otros con ternura, con amor, y con todos los medios que la ciencia, la técnica y la economía pone en nuestras manos. Un militar nos llama a defender la paz y la convivencia fraterna entre todos los hombres y los pueblos, desde el respeto mutuo y la justicia. Un monje y una monja nos hablan de parte de Dios de la necesidad de abrirnos a la trascendencia, del silencio y la contemplación para una vida auténticamente humana. Una religiosa, un religioso o un laico enseñantes nos llaman a educarnos unos a otros para sacar de cada uno lo mejor que Dios ha puesto en nosotros, en nuestras capacidades. Un sacerdote nos habla de la necesidad de servirnos unos a otros desde la gratuidad y por amor. Un periodista nos habla de la necesidad de comunicarnos en la verdad y en la caridad. Un artista, un músico o cantante nos hablan de amar la belleza, de alegrar la vida de los otros, de cantar porque es propio del que ama (San Agustín, sermón 336, 1).

Un hambriento o países que pasan hambre nos llaman a compartir lo que somos y tenemos, sin explotar a nadie, sino a vivir en empatía fraterna. Un emigrante nos habla del derecho de cada uno de buscar niveles de vida dignos del ser humano y su familia. Un refugiado por causa de persecución o de guerra, nos llama a ser y dar refugio a todo el que sufre y a ponernos en su lugar. Por no alargarme pensemos en los pobres. Y no sólo «en los que carecen de pan o vestido. ¿No es más pobre quien no tiene fe, sabiduría, juicio, luz, o sentido?» (Sto. Tomás de Villanueva).

Pensemos en los difuntos. Un difunto nos habla de que no somos inmortales, sino mortales, y de la esperanza que anida en toda persona de vivir, vivir siempre y vivir felices con sus familiares, amigos, conocidos, etc. Que no hemos de poner nuestros anhelos en tener y tener, sino en ser mejores, más hermanos. El papa dice muchas veces que nunca ha visto que detrás de un coche fúnebre vaya un camión de mudanzas.

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