La devoción a la Virgen María - II

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Recuerdo que, siendo estudiante en la Escuela Apostólica San Agustín, en Palencia, el día de San Ambrosio, en clase de Anatomía, le pedimos al P. Abilio, el profesor, que nos diera dispensa de clase, por la relación espiritual entre San Ambrosio y San Agustín. Y él nos dijo: “A los santos se les honra imitándoles. Y san Ambrosio estudiaba, así que a estudiar”.

Eso es lo que nos propone la auténtica devoción a la Virgen María; no sólo invocarla y alabarla, sino, como hijos, imitarla. ¿En qué? Porque no podemos ser madres biológicas de Jesucristo. Es verdad: sólo ella que concibió por la acción del Espíritu Santo. Pero sí podemos ser hermanos, hermanas y madre del Señor, como lo dijo él. En una ocasión Jesús estaba hablando a la gente y se presentaron su madre y sus familiares; uno le avisó: «“Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo”. Pero Jesús contestó al que le avisaba: “¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?” Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”» (Mt 12, 46-50; Mc 3, 31-35; Lc.8, 19-21).

¿En qué podemos imitarla? En sus virtudes. «María es modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo, esto es, de aquella disposición interior con la que la Iglesia, esposa amadísima, estrechamente asociada a su Señor, lo invoca y por su medio rinde culto al Padre eterno (LG, 63). Levantemos los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad cristiana (cf. LG, 65). Virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios(cf. Lc 1, 26-38; 1, 45; 11, 27-28; Jn 2, 5; la obediencia generosa (cf. Lc 1, 38); la humildad sencilla (cf. 1, 48); la caridad solícita (cf. Lc 1, 39-56); la sabiduría reflexiva (Lc 1, 29, 34; 2, 19, 33, 51); la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de sus deberes religiosos (cf. Lc 2, 21-40-41; agradecida por los bienes recibidos (cf.1, 46-49); que ofrecen en el templo (cf.2, 22-24), que ora en la comunidad apostólica (cf. Hech 1, 12-14); la fortaleza en el destierro (Mt 2, 13-23); en el dolor (cf. Lc 2, 34-35. 49; Jn 19, 25); la pobreza llevada en dignidad y confianza en el Señor (cf. Lc1, 48; 2, 24); el vigilante cuidado hacia su Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz (cf. Lc 2, 1-7; Jn 19, 25-27); la delicadeza provisora (cf. Jn 2, 1-11); la pureza virginal (cf. Mt 1, 18-25, Lc 1, 26-38); el fuerte y casto amor esponsal. De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos, que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida» (Pablo VI. Marialis Cultus, 57).

Os invito a leer estos textos y a meditarlos hasta hacerlos vida propia. Sobre ellos hago algunas anotaciones.

1. En la Anunciación, María está atenta a las intervenciones de Dios, oye sus intervenciones y colabora activamente con su SÍ, fiándose de él, aunque no comprenda el misterio.

2. En la Visitación, María manifiesta una fe activa por la caridad, comprometida con los demás. Va aprisa, no a paso de tortuga, a llevar lo que tiene: el fruto bendito de su vientre, la alegría, la dicha de vivir, y el servicio activo.

3. En Belén, María calla, adora y presenta a Jesús a todos los que allí se acercan. María contempla, escucha, medita e interioriza su fe.

4. En Nazaret, vive sencillamente de la fe, pero en contacto diario con el misterio de Dios.

5. En la peregrinación a Jerusalén, no rompe con Jesús nunca, aunque no comprenda, pero se fía.

6. En Caná de Galilea, allí manifiesta que su fe es sensible a las necesidades de los demás e intercede con confianza extrema ante su Hijo.

7. En la vida pública de Jesús, ella vive de la Palabra de Dios y la escucha poniéndola por obra; así forma parte de la familia de Dios.

8. En la cruz, momento doloroso y fecundo. Ofrece al Hijo y se ofrece con él. Se abre para acoger a todos los hombres, sus hijos para cuidarlos como madre. ¿La acogeremos nosotros en nuestra casa, en nuestra vida

9. En el Cenáculo: En aquella primera comunidad, ella es tenida en cuenta d manera especial, en medio de todos, sin responsabilidad, pero como modelo de fe, esperanza y caridad.

10. En la gloria, asunta a los cielos es la mujer vestida del sol del Resucitado, la luna bajo sus pies, vencedora del mal por la gracia del Señor y coronada de doce estrellas sobre su cabeza, como figura y primicia del nuevo pueblo de Dios, de la Iglesia que será vencedora sobre el mal y la muerte con Cristo, coronada porque reina con Cristo, y allí es signo de consuelo y de firme esperanza.

Amemos, honremos, invoquemos e imitemos a María, madre de Jesucristo, de todos los hombres y Madre nuestra. Vivamos como hijos de tal Madre.

 

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