Cartas y Artículos

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Todos los años, en noviembre, se nos recuerda que somos los cristianos como parte de un misterio que nos rebasa, porque somos una familia que tiene a Dios por Padre, a Jesucristo como hermano mayor y maestro y al Espíritu Santo como fuerza, alma, vida y motor de la comunidad. Nosotros, aunque indignos, somos, por gracia y favor de Dios, sus hijos y, entre nosotros, somos hermanos. ¡Quién pudo soñar esto o imaginarse esta realidad! Yo no, pero es algo que intento vivir y comparto con vosotros. SOMOS UNA GRAN FAMILIA CONTIGO, no únicamente porque seamos muchos, sino porque formamos parte de la gran familia de Dios. Dios es familia -es Padre, Hijo y Espíritu, el Padre que ama, el Hijo Amado y el Espíritu de Amor que los une y enlaza eternamente-, familia unida en el amor, que es fuente de vida y de todo cuanto existe. Familia a la que ha querido asociarnos por amor.

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

Todos los varones y mujeres, además de ser seres personales, únicos e individuos, somos también seres sociales. El ser humano no se explica ni puede vivir sin vida social. «Esta dimensión no constituye para la persona algo sobreañadido, sino una exigencia de su misma naturaleza. Por el intercambio con otros, la reciprocidad de servicios y el diálogo con sus hermanos, el hombre desarrolla sus capacidades; así responde a su vocación» (Cat. Igl. Católica, 1879).

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Hoy hablamos muchos de sinodalidad, a veces sin nombrar la palabra. También en nuestra Iglesia en Palencia. Así, en el Plan de Pastoral, entre las actitudes y un estilo de trabajo se recogía lo siguiente: Participando, dialogando y trabajando en equipo. «Reconocemos en todos aquellos que nos rodean la dignidad del hombre y de la mujer, compañeros de esta historia de la humanidad de la que formamos parte. Con una actitud de apertura a cualquier forma de pensar y de sentir. La opción de “caminar juntos” implica asumir la pluralidad como un don, las diferencias como riqueza comunitaria, la originalidad como valor. Esta convicción genera un estilo de vida, de pensar, sentir y obrar, que acoge la diversidad de aportaciones, perspectivas y sensibilidades, no como elementos que disgregan o distorsionan, sino como piezas y materiales que se integran, se suman, se complementan y ayudan a avanzar en el camino de la “comunión poliédrica”».

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+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

El fin del ser humano, sea varón y mujer, no es la muerte, no es la fría losa de un sepulcro, o la tierra leve en una tumba. Considero que contra ese planteamiento hay algo en cada uno de nosotros que se revela, porque ¿quién no quiere vivir, vivir bien, vivir con los seres queridos, vivir feliz, vivir siempre? «Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición, incluso antes de sea plenamente anunciada» (San Agustín, De las costumbres de la Iglesia, 1q,3,4). Incluso los que se suicidan van buscando la muerte, pero por huir del dolor, de la frustración y del sin sentido.

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Sobre la libertad y la conciencia hemos tratado anteriormente como elementos fundamentales del ser humano y su dignidad. Pero, ¿cómo se conectan ambas dimensiones? Es la responsabilidad. ¿Qué quiere decir responsabilidad? Es la capacidad de dar cuenta, de responder de sus propios actos o decisiones en el comportamiento imputables a su autor. La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida que estos son voluntarios. Es más: la conciencia hace posible asumir la responsabilidad de los actos realizados. Si un hombre comete el mal, el justo juicio de la conciencia puede ser para él el testigo de la verdad universal del bien, al mismo tiempo que de la malicia de su elección concreta.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

El tema de la muerte es un tema que socialmente no nos gusta tratar, es tema tabú. Nos entristece, dice el Prefacio I de la Liturgia de difuntos. Y muchos no queremos ni pensar en ella, sobre todo cuando se trata de la propia muerte o de un ser querido. Pero la muerte está ahí, es inevitable, y nos ronda, bien por enfermedad, bien por envejecimiento, bien por accidente. Nadie se libra, es cierta, aunque nadie sabe cuándo ni cómo, y aunque muchos confíen en que la ciencia podrá vencer un día al deterioro humano. La muerte irrumpe en la vida humana y pone fin a nuestros proyectos y deseos (Torralba, F., Y, a pesar de todo, creer. PPC., Madrid, 2018).

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Otra fuente para ser libres, es decir, para poder descubrir lo que es bueno y optar por ello además de las leyes justas, es la conciencia. Pero, ¿hay conciencia hoy? Es verdad que hay personas que no respetan los valores morales y se saltan a la torera el sistema legal admitido socialmente. Pero hay que afirmar que la conciencia existe y sobrevive en cada uno de nosotros. Podemos comprobarlo muchas veces en nuestra vida, aunque queramos o quieran anestesiarnos y hacernos tragar carros y carretones. La conquista de la conciencia, dice C. G. Jung, es el «fruto más precioso del árbol de la vida, el arma mágica que confirió al hombre su victoria sobre la tierra y le permitirá por lo menos una victoria todavía mayor sobre sí mismo» (citado por J. R. Flecha: La vida en Cristo. Fundamentos de la Moral Cristiana. Ed. Sígueme. Salamanca, 2000, 257-258).

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