Cartas y Artículos

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

En este mes de septiembre, después de las merecidas vacaciones en las que teóricamente hemos recuperado fuerzas y energías, comienza un nuevo curso para todos. No sólo en la escuela y los colegios, también en la vida política y más este año en el que hemos tenido tantas elecciones -generales, europeas, regionales, locales-, para elegir a nuestros representantes que gestionen el bien común, que incluye el bien de todos y de cada uno, el bien del hombre integralmente considerado y de todo, también la casa común, el cuidado de la creación. En la Iglesia católica también estamos comenzando un nuevo curso que es una gracia y un Don de Dios, en tiempo que Él nos da para hacer presente su reino, su evangelio, su amor y vida.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

El ser humano, sea hombre o mujer, porque todos somos seres humanos, iguales y complementarios, en unidad y diversidad, estamos formados por cuerpo y alma. “La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que Dios formó con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre -ser humano- un ser viviente (Gen 2, 7) Por tanto, el hombre -ser humano- en su totalidad es querido por Dios.

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

Antes de estos tiempos en los que la ONU o quien sea nos dice que hoy es el día de la cebolla, del parkinson, o el día de Nelson Mandela, marcando así el calendario, tiempo atrás, nuestra sociedad, menos secularizada, además de los domingos y fiestas religiosas del Señor y la Virgen María, celebraba los santos y cada uno nos traía de parte de Dios un mensaje. San Antón, patrono de los animales, nos invitaba a tratar bien a los animales, de manera especial a los racionales; San Isidro Labrador, a apreciar a los agricultores que trabajan la tierra con el sudor de su frente, pendientes de la lluvia, los mercados, el pedrisco de granizo; Santiago a entender la vida como peregrinos en camino a la meta, etc. Dentro de esos días está la fiesta de San Joaquín y santa Ana, los padres de la Virgen María, los abuelos, por tanto, del Señor. Tenemos que agradecer al P. Ángel, el fundador de Mensajeros de la Paz, el haber puesto de relieve esta fiesta y a los abuelos. Es verdad que en muchos pueblos ya se celebraba su memoria, más de Santa Ana que de San Joaquín, y para comprobarlo solo tenemos que acercarnos al Museo Diocesano donde veremos tallas espléndidas, alguna de Alejo de Bahía. No sabemos mucho de ellos, sólo que, según la tradición, eran los padres de la Virgen María y si de tal palo tal astilla, también podemos decir que de tal astilla tal palo.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Ya estamos en verano; los niños ya tienen las notas; los jóvenes ya han hecho el examen de acceso a la Universidad; los titulados ya han opositado y están esperando notas y destino. Algunos ya han preparado las maletas y se han marchado a la costa, a las montañas o al extranjero. Es necesario que todos tengamos unas vacaciones, porque no vivimos para trabajar, sino trabajamos para vivir. También nos acordamos de los que no tiene vacaciones, porque en verano trabajan en las tareas de la recolección en el campo, o con la ganadería o en la hostelería, etc.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

El domingo pasado escribía sobre un aspecto de la concepción del hombre por parte de la fe católica aludiendo al compuesto humano cuerpo y alma. El ser humano está formado, por decirlo así, de cuerpo, elemento material, y alma, elemento espiritual. El elemento material lo recibe de sus padres, el elemento espiritual a través de la sociedad, comenzando por la familia, que es la base de la sociedad, pero en la que están incluidos la educación, la convivencia, la cultura, la fe de la comunidad, etc.

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

He pretendido, durante varios artículos, manifestar mi fe en la dignidad humana, que radica en que el ser humano, sea hombre o mujer, es imagen y semejanza de Dios, de un Dios que es amor y que en Cristo se ha manifestado como Padre, Hijo y Espíritu santo, un amor misericordioso, que es Padre de todos, que está sobre todo, actúa en medio de todos y está en todos (Cfr. Ef. 4,5). Somos amados, esa es nuestra condición más radical, y con capacidad de amar. Por eso somos hijos y hermanos. Es verdad que el mal, el pecado desdibuja nuestra condición de hijos en el Hijo, en Jesús, y rompe la fraternidad, pero también es verdad que el Espíritu Santo restaura en nosotros esa imagen. Dios mismo, con su gran don, el Espíritu Santo, es el que nos devuelve a nuestra identidad.

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