Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza

Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza

Queridos lectores, paz y bien:

La Iglesia celebra hoy la V Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. Recogiendo el testigo del Papa Francisco, el Papa León nos anima a descubrir cómo la esperanza siempre es fuente de alegría, a cualquier edad. Asimismo, cuando esta ha sido templada por el fuego de una larga existencia, se vuelve fuente de una bienaventuranza plena.

La Sagrada Escritura presenta varios casos de hombres y mujeres ya avanzados en años, a los que el Señor invita a participar en sus designios de salvación. Pensemos en Abraham y Sara; siendo ya ancianos, permanecen incrédulos ante la palabra de Dios, que les promete un hijo. La imposibilidad de generar parecía haberles quitado su mirada de esperanza respecto al futuro.

La reacción de Zacarías ante el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista no es diferente: «¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada» (Lc 1,18). La ancianidad, la esterilidad y el deterioro parecen apagar las esperanzas de vida y de fecundidad de todos estos hombres y mujeres. También la pregunta que Nicodemo hace a Jesús, cuando el Maestro le habla de un “nuevo nacimiento”, parece puramente retórica: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?» (Jn 3,4). Sin embargo, en cada ocasión, frente a una respuesta aparentemente obvia, el Señor sorprende a sus interlocutores con un acto de salvación.

Con estas elecciones, Dios nos enseña que, a sus ojos, la ancianidad es un tiempo de bendición y de gracia, y que para Él los ancianos son los primeros testigos de esperanza.

Considerando a las personas ancianas desde la perspectiva jubilar, también nosotros estamos llamados a vivir con ellas una liberación, sobre todo de la soledad y del abandono. Este año es el momento propicio para realizarla; la fidelidad de Dios a sus promesas nos enseña que hay una bienaventuranza en la ancianidad, una alegría auténticamente evangélica, que nos pide derribar los muros de la indiferencia, que con frecuencia aprisionan a los ancianos. Nuestras sociedades, en todas sus latitudes, se están acostumbrando con demasiada frecuencia a dejar que una parte tan importante y rica de su tejido sea marginada y olvidada.

Frente a esta situación, es necesario un cambio de ritmo, que atestigüe una asunción de responsabilidad por parte de toda la Iglesia. Cada parroquia, asociación, grupo eclesial está llamado a ser protagonista de la “revolución” de la gratitud y del cuidado, y esto ha de realizarse visitando frecuentemente a los ancianos, creando para ellos y con ellos redes de apoyo y de oración, entretejiendo relaciones que puedan dar esperanza y dignidad al que se siente olvidado. La esperanza cristiana nos impulsa siempre a arriesgar más, a pensar en grande, a no contentarnos con el statu quo. En concreto, a trabajar por un cambio que restituya a los ancianos estima y afecto.

En este año jubilar, tenemos otra oportunidad para ganar el jubileo: yendo al encuentro de quien está solo. Y por esa misma razón, el Papa nos dice que quienes no puedan venir a Roma este año, en peregrinación, «podrán conseguir la Indulgencia jubilar dirigiéndose a visitar por un tiempo adecuado a los ancianos en soledad, como realizando una peregrinación hacia Cristo presente en ellos (cf. Mt 25, 34-36)». Visitar a un anciano es un modo de encontrarnos con Jesús, que nos libera de la indiferencia y la soledad. Cuántos ancianos viven en sus casas, a menudo solos, o en residencias, tanto en nuestra ciudad como en tantos pueblos. Los tenemos tan cerca, y a veces tan lejos...

Y, en definitiva, todos somos ancianos o estamos llamados a culminar nuestra vida en la ancianidad, con lo que podemos hacer nuestra esta oración:

Ayúdanos a continuar nuestra peregrinación
a lo largo del tiempo animados por la esperanza que viene de Ti.
Ayúdanos a llevar a este mundo que se está dividiendo,
la esperanza de la comunión.
Ayúdanos a llevar a este mundo, herido por las guerras,
la esperanza de la paz.
Ayúdanos a llevar a este mundo que se deshumaniza,
la belleza de una sonrisa antigua.
Ayúdanos a ser el recuerdo de tu ternura para nuestros nietos,
para nuestros seres queridos, y para todos los que encontremos.
Ayúdanos a llevar a un mundo que no te presta atención
la Esperanza de una vida nueva que sólo Tú puedes dar.
Porque en Ti, Señor, nada está perdido.
Porque en Ti, Señor, todo vuelve a empezar. Amén

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia