Creciendo como Iglesia sinodal y misionera (I)

Creciendo como Iglesia sinodal y misionera (I)

Queridos lectores, paz y bien.

Los comienzos de curso tienen el sabor de la novedad, y ya sólo por eso, nos resultan atractivos, porque el ser humano de modo natural, huye del tedio y de lo manido. También puede suceder, que los cambios los vivamos como una amenaza, una incertidumbre que pone en riesgo nuestro status y nuestra posición. Como pastor de la diócesis palentina, me corresponde alentar al entero pueblo de Dios que peregrina aquí a que asumamos este momento de la historia, como verdadero momento de gracia. En el primer año del pontificado de León XIV, en el Jubileo de la Esperanza, y en el tercer año del Plan de Pastoral, Dios sigue llamándonos a ser sal y luz en medio de la historia. Nuestra diócesis, con las inevitables limitaciones de todo lo humano quiere, es impulsada por el Espíritu Santo a seguir creciendo. No somos ni podemos ser una institución anquilosada, sino un organismo vivo, un cuerpo que crece como comunidad itinerante y carismática para que el mundo viva. 

Afrontamos por tanto un nuevo curso en el que os pido que no busquemos novedades que nos entretengan, sino que sigamos profundizando en la perenne novedad que es Jesucristo vivo y presente, que sigue creciendo dentro de cada uno de nosotros y entre nosotros. Os aliento de corazón a seguir caminando juntos. Hemos de profundizar en el regalo y la oportunidad que nos ofrece el Sínodo. Porque todo sínodo no es un empeño programático ni un propósito ideológico, sino una inspiración del Espíritu que recrea una y otra vez a su Iglesia.

“Creando puentes” es el lema de nuestro curso pastoral. “Creciendo como Iglesia sinodal y misionera” es el subtítulo. Por eso os invito a volver este año, con todas las diócesis del mundo al Sínodo de la sinodalidad. Leyendo su documento final, hoy deseo resaltar dos puntos. En el número 43 leemos: «La sinodalidad es ante todo una disposición espiritual que impregna la vida cotidiana de los bautizados y todos los aspectos de la misión de la Iglesia. Una espiritualidad sinodal brota de la acción del Espíritu Santo y requiere escucha de la Palabra de Dios, la contemplación, el silencio y la conversión del corazón. Como afirmó el Papa Francisco en el discurso de apertura de esta Segunda Sesión: el Espíritu Santo es un guía seguro, y nuestra primera tarea es aprender a discernir su voz, porque Él habla en todos y en todas las cosas. Una espiritualidad sinodal exige también ascesis, humildad, paciencia y disponibilidad para perdonar y ser perdonado. Acoge con gratitud y humildad la variedad de dones y tareas distribuidos por el Espíritu Santo para el servicio del único Señor (cf. 1 Cor 12,4-5). Lo hace sin ambiciones ni envidias, ni deseos de dominio o control, cultivando los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que “se despojó de sí mismo asumiendo la condición de siervo” (Flp 2,7). Reconocemos el fruto cuando la vida cotidiana de la Iglesia está marcada por la unidad y la armonía en la pluriformidad. Nadie puede proceder solo en un camino de auténtica espiritualidad. Tenemos necesidad de apoyo, incluyendo la formación y el acompañamiento espiritual, como individuos y como comunidad».

Mucho de esto ya lo hemos experimentado en nuestras parroquias y comunidades, y ahora se trata de continuar ese trabajo con una mayor sintonía con Dios y entre nosotros. Nuestras diferencias no nos pueden condenar a seguir atrincherados, sino que nos han de llevar a sentir al otro como un regalo que me complementa, y me invita a la conversión de cuanto en mí no es correcto. La escucha de la Palabra nos hará tejer una comunidad cristiana más libre de los condicionamientos de nuestra cultura, a veces tan individualista, que todo lo reduce a consumo.

También quiero reflejar la luz del número 44: «La renovación de la comunidad cristiana sólo es posible reconociendo la primacía de la gracia. Si falta la profundidad espiritual personal y comunitaria, la sinodalidad se reduce a un expediente organizativo. Estamos llamados no sólo a traducir los frutos de la experiencia espiritual personal en procesos comunitarios, sino a tener la experiencia de, cómo la práctica del mandamiento nuevo del amor recíproco es lugar y forma del encuentro con Dios. En este sentido, la perspectiva sinodal, a la vez que se inspira en el rico patrimonio espiritual de la Tradición, contribuye a renovar las formas: una oración abierta a la participación, un discernimiento vivido juntos, una energía misionera que nace del compartir y se irradia como servicio». Ojalá que estas palabras nos alienten en esta apasionante aventura del curso pastoral. ¡Buen camino!

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia