Queridos lectores, paz y bien.
Los hijos de la Iglesia entramos este miércoles en un periodo de santa cuarentena, en lo que llamamos la Cuaresma. Los acontecimientos y celebraciones importantes es preciso prepararlos y no dejarlos a la improvisación. La Pascua del Señor es para los cristianos el momento crítico, decisivo que funda nuestra identidad, que establece si nuestra fe es genuina o aparente. Como pastor de la comunidad católica palentina, me toca alentar la adhesión al Señor Jesús, y luchar para extirpar de nosotros lo que es postizo y pura apariencia.
Saliendo de la era de una cristiandad sociológica y rutinaria, hoy sólo la autenticidad y la coherencia resisten la mirada y el juicio de cuantos se relacionan con nosotros desde otras posiciones o credos. El Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo nos ama incondicionalmente a todos, y justamente por ello nos urge a quienes decimos ser cristianos, a serlo, no sólo a aparentarlo. Y de eso va la santa Cuaresma, de un tiempo genuino que nace del corazón, y que declara la guerra a la simulación y a la hipocresía.
En tiempos de Jesús, al sur de Palestina, en Judea, la población era mayoritariamente creyente, judíos seguidores de la alianza de Moisés, pero en Galilea predominaba la diversidad. Y es probable que Jesús de Nazaret, galileo, habitante norteño de un territorio en el que convivían judíos y gentiles, hubiera trabajado como operario en Séforis y Tiberías, ciudades habitadas por paganos. Y es en ellas donde habría visto a los comediantes. Estos actuaban ocultos tras unas máscaras que podían ser trágicas o cómicas. Esos artistas callejeros eran llamados en griego hipócritas.
En griego, hypó, significa por debajo, hipocrínein significa representar, fingir, hacer un papel. Pues bien, este año, una vez más, los cristianos somos amable e insistentemente invitados por Dios a dejar aparentar, a dejar de desempeñar un rol externo, a desenmascararnos y dejar cuanto en nosotros es impostura o mero postureo espiritual. En una sociedad abierta como la nuestra no hay porqué aferrase a apariencias heredadas, a inercias o rutinas religiosas, pues estas, si no brotan de la vida, huelen mal y desacreditan cuanto somos.
El tiempo de la cuaresma es un tiempo de sinceridad y de verdad, una invitación a ser auténticos, de una pieza, para dejar de ser impostores de Dios, e ir siendo limpia mediación suya. Los artistas callejeros de la Palestina romana llamaron la atención del joven judío Jesús de Nazaret, y le sirvieron como metáfora e imagen para denunciar a las autoridades religiosas de su tiempo. Este miércoles nos da la oportunidad de salir de la sobreexposición de redes sociales y foros diversos, y entrar en nosotros mismos.
Este juicio de Dios al que a menudo tememos consiste simplemente en una mirada amorosa que nos desnuda de nuestros montajes y nos purifica de nuestras componendas. Jesús el Hijo de Dios, en su vida terrena vivía ante la permanente mirada amorosa y complacida de su Padre del cielo. Y los cristianos, se supone que hemos heredado de Él esa condición de vivir expuestos y custodiados por esa misma mirada paterna. Según nuestra fe sea hermosa o deforme, podemos transitar por este mundo rehuyendo de esa mirada o afrontándola con paz.
Precisamente en eso consiste la Cuaresma: un tiempo para prolongar nuestra tragicomedia, gastando enormes dosis de energía en una estupenda representación teatral, o para descansar en la verdad de lo que somos: hombres y mujeres necesitados de una reconciliación, de un amigamiento con Dios. Un tiempo para la ternura y para tomarnos a nosotros mismos con un punto de humor y de sana autoironía.
Una fe cristiana madura conlleva esa capacidad de reconocernos pecadores, es decir enmarañados en mecanismos que nos sacan del amor de Dios y nos instalan en el miedo. Al igual que los comediantes de las plazas, podemos dedicar un tiempo a la representación, pero, ¿y si volvemos al hogar y a los nuestros a rostro descubierto, sin escudos protectores o señuelos justificativos?
Podemos seguir llevando el pesado fardo de pretender ser infalibles, como Pedro antes de su traición, o podemos buscar el encuentro con Jesús resucitado, como lo hace el Pedro genuino y humilde tras ella. El profeta Joel nos invita a rasgar los corazones, no nuestros vestidos. Y Jesús nos invita a presentar a nuestro Padre en lo escondido ayunos, limosna y oración. Esa genuina presentación nos liberará del ridículo y la fatiga de representar. Los italianos hablan de hacer “una bella figura”. Entre caer y quedar bien o vivir bien hay un abismo. El que va del aparentar al ser. Todo un itinerario hacia la Pascua, el Paso del Señor. Se nos abren cuarenta días de desierto, de noviazgo espiritual. ¡Ánimo!
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi
Obispo de Palencia