Pueblo de Dios que sale al encuentro

Pueblo de Dios que sale al encuentro

Queridos lectores, paz y bien.

Hoy, solemnidad de Pentecostés, las comunidades cristianas recordamos la venida del Espíritu Santo. Y, contra lo que podría parecer, un hecho tan trascendente y espiritual no nos saca de nuestra cotidianeidad y de nuestra realidad social. Así es, celebramos el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. El lema de este año, «Pueblo de Dios que sale al encuentro» nos propone conjugar en el horizonte del laicado en España dos elementos que nos comprometen: la implementación del Sínodo y la reflexión sobre la presencia de los cristianos en la vida pública.

El compromiso transformador de la realidad es inherente a toda la Iglesia. Ser creyente no solo exige preguntarnos quién soy yo sino, sobre todo, para quién soy yo, como nos recordaba el Congreso de Vocaciones. Toda persona bautizada, cualquiera que sea su vocación, vive la misión desde la eclesialidad y la secularidad. El fiel cristiano laico ha de concretar de manera propia y particular estas dos dimensiones. En este sentido, la presencia en la vida pública adquiere gran importancia en la vivencia de la vocación laical. Profundizar en la importancia de la presencia del cristiano en la vida pública ayuda a recuperar la dimensión social como verificación de la propia vocación.

Manifestar lo que creemos implica estar no solo dispuestos, sino deseosos de explicar por qué apostamos por un amor desinteresado y a fondo perdido, defendiendo la misericordia y la justicia como los pilares fundamentales tanto de las relaciones personales como de las sociales y políticas. Significa sostener que la vida es digna desde su inicio hasta su fin y que existe una responsabilidad compartida entre personas e instituciones para garantizar condiciones de trabajo y de vida que respeten esa dignidad. Esta coherencia nos impulsa a defender el destino universal de los bienes y la prioridad de erradicar la pobreza, bajo la premisa de que los últimos deben ser los primeros, trabajando por una paz que nazca del respeto profundo a cada criatura de Dios y del cuidado de la creación como un don recibido.

En sintonía con esto, el magisterio de la Iglesia y especialmente los últimos papas, nos llaman a no separar la fe en Jesucristo de la realidad concreta, instándonos a iluminar el mundo mediante estilos de vida que impregnen la política, la vida social y las asociaciones civiles con los valores del Evangelio. En el contexto actual de nuestra Iglesia, se nos pide reforzar una mirada atenta a los signos de los tiempos, reconociendo al Espíritu que brota incluso en las grietas de nuestra compleja sociedad. Es una invitación comunitaria a generar gestos de humanización y a demostrar que es posible construir la vida social desde el amor y el diálogo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En este sentido, una de las cosas que la sinodalidad aporta a la vida pública es lo que el Sínodo llama la «conversación en el Espíritu»: un método que sustituye el enfrentamiento dialéctico por la escucha activa, tal y como lo pudimos comprobar en la Asamblea de la Iglesia de Castilla en Ávila.

Sentíamos las nueve diócesis allí que es necesario que la práctica cristiana oriente la reflexión hacia un lento trabajo de construcción de un nuevo modo de ser Iglesia. Desde San Juan Pablo II, nueva evangelización significa rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana, tejiendo nuevamente la trabazón de las mismas comunidades cristianas. Rehacer un entramado, tejer la trabazón, de un tejido diocesano en el que el pecado y sus heridas deshilachan nuestra comunión. Aquí está el desafío.

La presencia pública que necesita la Iglesia no consiste sin más en aparecer en masa ante la sociedad. Lo importante es que el cristianismo vuelva a ser decisivo en la sociedad porque tiene capacidad de tejer y configurar la vida en su ritmo cotidiano. Es obvio que la presencia pública va unida a esta dimensión, pero aquí se da por añadidura, no se busca tanto directamente en sí misma, ni por demostración de poder ni siquiera por testimonio. El entramado y el tejido no se ven directamente, pero son lo decisivo de una realidad. Lo que la sostiene y hace que sea precisamente aquello que es.

Hay que asumir nuestro cambio de época, nuestra fragilidad eclesial, y que hemos de pensar en la misión evangelizadora desde la pobreza y la debilidad. Sólo desde ahí cabe una actitud y estilo audaz para leer los nuevos escenarios a los que nos lleva a cada uno el Espíritu. Por ello, la evangelización requiere autoevangelización, ser conscientes de nuestra secularización que nos ha hecho respirar una atmósfera cultural que tenemos ahora que discernir. Sólo ahí seremos relevantes, proféticos, nuevos. El Espíritu lo hará en todos nosotros.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia