Pascua’23 - «DIOS LO RESUCITÓ» - Domingo de Pascua

Pascua’23 - «DIOS LO RESUCITÓ» - Domingo de Pascua

Nacer de nuevo, siempre de nuevo, incansablemente de nuevo... ¡permanente instrumento de resurrección y de salvación!

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EVANGELIO

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

(Juan 20, 1-9)

 

«DIOS LO RESUCITÓ»

La narración de la Resurrección del Crucificado, de por sí, no pertenece a la historia terrena de Jesús de Nazaret; sin embargo, es la meta hacia la que todo tiende y, al mismo tiempo, la clave que nos consiente descubrir plenamente la persona y obra del Nazareno.

Los primeros cristianos se interrogaron profundamente sobre el «porqué» de la muerte de Jesús: «¿por qué Dios lo había abandonado?». Y desde lo hondo de la pregunta, sucede algo difícil de explicar, algo que conduce a una afirmación definitiva: «Jesús está vivo. Dios lo ha resucitado». La resurrección se relaciona esencialmente con una «acción creadora» de Dios, que acoge al Nazareno en su misterio insondable. Fue así, como los cristianos comenzaron a creer que en esa intervención divina si encontraba también la base de la resurrección para todos: Jesús es el «primogénito de los muertos y de los resucitados»; nos precede, y en él da inicio la «nueva creación» que nos garantiza la resurrección.

 

TESTIMONIO: JAKE BAILEY

«Ninguno de nosotros sale vivo de la vida. No sabemos dónde terminaremos, ni cuándo terminaremos. Por eso, sed valientes, sed grandes, sed altruistas y sed siempre agradecidos por las oportunidades que tenéis; la oportunidad de aprender de quien vivía antes de vosotros y de quien caminó junto a vosotros».

Son las palabras de Jake Bailey, un joven neozelandés de 18 años, dirigidas a sus compañeros de instituto. Hacía poco tiempo que a Jake le habían diagnosticado un tumor agresivo y que sólo le quedan algunas semanas de vida. Las escribió en el hospital y, un día, en silla de ruedas, se presentó entre sus compañeros para leérselas: «Dejad que sean los demás quienes vivan vidas mediocres, no vosotros. Dejad a los demás llorar y preocuparse por pequeñas cosas, no vosotros. Dejad que sean los demás los que dejen su futuro en las manos de los demás, no vosotros. El futuro está sólo en vuestras manos. Dejad los sueños para muy tarde, dedicaos a conseguir los objetivos más inmediatos. Aspirad a lo más alto».

 

ORACIÓN: «NACER DE NUEVO»

A estas alturas de mi vida,
alturas suficientes para alcanzar algo más de verdad
y alejarme de tanta mentira,
reconozco cómo golpean en mi desordenado interior
las palabras de Jesús a su buen amigo Nicodemo:
«Nicodemo, es preciso nacer de nuevo».
Y reconozco también, no sin cierto malestar humillante,
que no acabo de entender estas palabras de Jesús,
llenas de urgida urgencia.

Cuando tanto camino he recorrido,
cuanto tanta experiencia he acumulado,
cuando tantos consejos he desperdigado aquí y allá,
cuando alguna perfección he ido construyendo
con paciencia y dedicación casi enfermizas,
ahora Señor, precisamente ahora,
es casi vergonzante, lo confieso sin valor,
admitir que mis nacimientos son mortecinos,
y solamente conducen, lo sé muy bien,
tanto al quebranto de las mejores ilusiones,
como a una cierta mortandad espiritual,
que me amordaza.

Pero es ahora, Señor, precisamente ahora,
con tantas y tantas preciosas realidades en mis manos,
cuando abro el corazón a tus palabras
para pedirte de corazón que me enseñes a nacer de nuevo,
dejando vidas y muertes anteriores,
como un día enseñaste a tu buen amigo Nicodemo.

Enséñame a estar disponible y abierto...,
dame fuerzas para lograr, en verdad,
una reestructuración radical de mi persona:
asumiendo la incertidumbre de toda fe
que se mueve en profundas inseguridades y sorprendentes oscilaciones.
Y, sobre todo, permíteme reestructurar mi vida
desde el amor incondicional y gratuito, misericordioso como el tuyo.

... Desde su comienzo, entonces, quiero que este tiempo de Pascua
se convierta en una plegaria sosegada e insinuante:
que, como María, la primera discípula y cristiana,
sepa descubrirte, mi Jesús de Nazaret, para nacer de nuevo.
Nacer de nuevo, siempre de nuevo, incansablemente de nuevo...
¡permanente instrumento de resurrección y de salvación!