Palabra y Vida - Siempre en conversión, siempre creyendo

“Convertíos y creed en el evangelio” es la frase con la que se nos impone la ceniza al comenzar la Cuaresma. Con esa expresión y petición la Iglesia nos propone este domingo celebrar la Eucaristía porque con esa exigencia se debe plantear la vida cristiana, siempre en conversión y siempre creyendo en el evangelio.

 

Venid

El escenario que nos describe el evangelio es el mar de Galilea, lago tranquilo que a veces se vuelve bravío. En el contexto religioso, el mar tiene que ver con el peligro y el mal que siempre acecha a las débiles naves que entonces surcaban los mares. En el atardecer de aquel día acontece esta historia. Jesús pasea junto al mar y ve a los pescadores. Se dirige a ellos para hacerles una invitación muy especial. Les pide que le sigan, que vayan con Él.  Con osadía se dirige a ellos y les propone cambiar su vida, dejar las redes, emprender una nueva forma de vivir. Atrevida y complicada la propuesta, a la vez que exigente y difícil de aceptar. Valerosa y arriesgada la respuesta. Así son los planes de Dios para con nosotros. Inesperados, sorpresivos y desconcertantes. Y así debe ser la respuesta, sin miedo, aventurada y confiada.

 

Toma la iniciativa

Ciertamente Dios no tiene necesidad de nosotros, pero quiere nuestra colaboración incluso simula que deja que seamos nosotros los protagonistas. Pero no debemos caer en la tentación de atribuirnos los méritos. Todo parte de Él que toma la iniciativa, que enciende en nosotros la mecha que ponga en marcha el ardor de nuestro corazón. No debemos perder esta perspectiva de la pedagogía del Señor. Él está al principio. De Él parte la iniciativa. Gracias a Él somos colaboradores en su tarea. Eso da fortaleza a nuestra acción sabiendo que no es nuestra, sino que surge y emana de Él. En esa confianza trabajamos, con inmediatez nos ponemos a su servicio y confiamos en el éxito de la misión encomendada.

 

La promesa del Señor

La liturgia de este domingo nos lleva al compromiso que Jesús pide a sus discípulos, que dejen sus redes materiales y pesquen en aguas celestiales. No siempre tenemos conciencia de ello. Jesús nos quiere personas nuevas. Jesús quiere cambiar nuestra vida. El Señor nos invita a pescar en otros mares y echar otras redes. Esa es la promesa del Señor. Debemos tomar conciencia de que la vida cristiana no puede consistir solamente en pescar peces que den dinero, sino que debemos aspirar a conseguir peces que den alimento espiritual a nuestras vidas. Nuestro compromiso cristiano no solo es que nos enredemos en las redes terrenales, sino que esas redes estén llenas de buenas obras que nos ganen la salvación. Dejemos que la promesa del Señor de hacernos colaboradores suyos se haga realidad en nuestras comunidades.

 

José María de Valles – Delegado diocesano de Liturgia

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