Victimismo

Victimismo

Hay personas y colectivos que son víctimas de abusos e injusticias y que despiertan en nosotros comprensión y compromiso a la hora de defender sus derechos, exigiendo que se les haga justicia, de modo que, si es necesario, caiga sobre sus verdugos todo el peso de la ley.

Otra cuestión distinta es cuando hacerse la víctima es un modo de manipulación interpersonal. La persona victimista, sin ser del todo consciente, echa la culpa a su historia familiar, a las circunstancias laborales, al contexto social actual o a las personas del entorno de todos sus males y desgracias.

El victimismo resulta beneficioso a corto plazo. Inicialmente, el individuo encuentra escucha, respeto y compasión en los otros. Además, evita la responsabilidad ante los desafíos de cada día, ya que considera que el contexto y la gente que le rodea no le permiten hacerse cargo de su vida. La persona se muestra como “una marioneta” víctima de las circunstancias, sin poder para afrontar las situaciones y sin capacidad de asumir y corregir los propios errores.

El problema es que, a largo plazo, el victimista deja de ser creíble. Sus relaciones sociales se deterioran progresivamente llevándole al aislamiento: sus continuas quejas resultan cada vez más reiterativas y desagradables; al mismo tiempo, quien le ofrece ayuda termina cansándose de su falta de responsabilidad y gratitud. Para el victimista, nunca es suficiente todo lo que los demás hacen por él. Además, es probable que este tipo de personas respondan de manera muy agresiva cuando alguien plantea alguna duda sobre la verdad absoluta de su relato.

Para que la persona victimista cambie esta perspectiva rígida por otra más flexible y abierta, es fundamental que entienda que, si bien hay circunstancias que influyen en nuestra conducta, siempre hay un margen más o menos amplio de responsabilidad personal en el que podemos intervenir.

Además, frente al recuento de todos los males y agravios recibidos, y frente a la comparación con otros que, según él, han tenido mejores oportunidades y han recibido un trato más favorable, puede entrenar la práctica de la gratitud. Si la persona lee su historia como un proceso madurativo, lleno de aprendizajes y de experiencias, en el que otras personas han ido dejando su huella y presencia, romperá el sesgo de una mirada victimista, fortaleciendo su autoestima y bienestar emocional.

Miguel Ruiz