Bajo un mismo techo

Bajo un mismo techo

Hoy, como otras veces, comenzaré buceando en las palabras. Más en concreto, en una palabra que nos toca muy de cerca: “familia”. “Familia”, que deriva del latín “famulus”, cuyo significado es “sirviente”. Nos sentimos incómodos ante un término con reminiscencias tan anacrónicas: la familia como forma de sometimiento, como comunidad jerárquica y autoritaria que no deja crecer a sus miembros. No obstante en la antigua Roma, "familia" también se refería al conjunto de personas, tanto parientes como siervos, que vivían BAJO UN MISMO TECHO, es decir, que pertenecían a un mismo hogar… y este matiz nos resulta más atractivo.

“Vivir bajo el mismo techo”, “bajo un techo”… Si lo pensamos bien, esa es y será una de las grandes aspiraciones del ser humano: el cobijo, el refugio, el amparo respecto a la intemperie. La vivienda como lugar de descanso, la cueva como seguridad ante los peligros de la vida, ante el acecho de los depredadores. Con el tiempo, “el mismo techo” crea vínculos de unión, intereses comunes, afinidades, parentesco. Y el hogar se convierte en sinónimo de familia, ese conjunto de personas que se dotan de unas normas y de un orden de convivencia para que el espacio que comparten resulte mejor y más habitable.

Curioso, porque si nos ponemos a pensar en lo que deberían ser los gobiernos o la política, vale esta definición. No es la primera vez que se hace analogía entre la organización de un estado y la de una familia. El “Estado de bienestar” es para muchos el último colchón, la última red ante la caída… no menos que la familia. Ambas instituciones trabajan en paralelo como soporte de los más vulnerables, y ambas se hallan en la actualidad ante una profunda crisis.

A derecha y a izquierda, las manipulan y las enfrentan. Unos se autodenominan “defensores” de la familia, mientras se muestran partidarios de retirar ayudas, de recortar prestaciones... de hundir las únicas balsas que las mantienen a flote. Otros reniegan ideológicamente de la familia, la juzgan como una institución anacrónica y privada; no se dan cuenta de que se trata de la principal célula educativa, del lugar donde el ciudadano aprende a ser democrático; del único sostén en los casos (la mayoría) en que las menguadas ayudas públicas no resultan suficientes.

Familia y Estado de bienestar. Por mucho que se empeñen las ideologías con su ceguera, ambas suponen la garantía y el soporte más firme para conservar un “mismo techo”. La familia es el más fiel aliado del Estado de bienestar, la “red bajo la red” para los que han caído. Si queremos un futuro sostenible para nuestra democracia, debemos apoyar con hechos, no con demagogia, a una institución que, aunque frágil, supone el baluarte más seguro para construir “una casa común”.

Asier Aparicio