Palabra y Vida - En las manos del Padre

Palabra y Vida - En las manos del Padre

La Iglesia como Madre de todos los fieles, después de celebrar ayer la gloria de sus mejores hijos, recuerda hoy a todos los demás y reza al Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección.

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo, de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de Cristo y de su Iglesia. Esta cita de la Gaudium et Spes sintetiza magníficamente los dos sentimientos de la Eucaristía por nuestros difuntos que hoy celebramos. Esperanza y alegría junto a la tristeza y la angustia. Sentimientos que hoy vivimos los cristianos al recordar y rezar por nuestros difuntos. Sentimientos que expresó en su testamento espiritual san Pablo VI con estas palabras: «ante la muerte (…) siento el deber de celebrar el don, la fortuna, la belleza, el destino de esta misma existencia fugaz: Señor te doy gracias porque me has llamado a la vida, y más aún todavía, porque haciéndome cristiano me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida».

 

La vida de los hombres no termina con la muerte

Aunque, desde una perspectiva meramente humana, resulta difícil y complicado encontrar sentido a la muerte, desde la fe iluminamos este momento de nuestra existencia comparándolo con lo que vivió Cristo, el Señor muerto y resucitado. Desde ahí somos capaces de encontrar sentido. Por eso, junto al recuerdo, siempre doloroso de nuestros difuntos, celebramos su ausencia con alegría y esperanza. Puede parecer una paradoja, pero así es la vida del cristiano. Mientras lloramos la ausencia de quienes murieron, acudimos al altar para rezar por ellos sabiendo que están en el Cielo. Damos gracias a Dios por sus vidas a la vez que pedimos su misericordia para ellos sabiendo que están en el reino de los cielos. Surge entonces la pregunta que el salmo 14 expresa con rotundidad: ¿Quién puede habitar en tu casa, Señor? El salmo va desgranando actitudes humanas, comportamientos nuestros para concluir que en la casa del Señor podrá entrar, “el que tiene intenciones leales, el que no calumnia con su lengua, el que no difama al vecino, el que procede honradamente, el que honra a los que temen al Señor…” Y en esta respuesta encontramos consuelo porque muchos de nuestros hermanos así vivieron.

 

Los que han muerto están en manos de Dios

Desde la fe podemos afirmar que "La vida de los justos está en manos de Dios". Nuestros difuntos están en buenas manos, en las mejores manos. Si mientras vivieron experimentaron dificultades y problemas, ahora experimentan la felicidad en las manos de Dios. Manos de Padre que acoge, que comprende, que ama y, por ello, siempre perdona. Manos de Padre, llenas de amor, que nos dieron la vida terrena para darnos la eterna. Estas manos que nos abren las puertas de la paz, la luz, el descanso y la inmortalidad.

 

Nos une hoy la esperanza

Toda la liturgia de hoy abre nuestro corazón a la esperanza. Más allá del dolor y la oscuridad que provoca la muerte, la fe nos orienta hacia la luz del Señor Resucitado. ESPERANZA que se fundamenta en la experiencia de la resurrección de Cristo de la que todos estamos llamados a participar. Así rezaremos en el prefacio que “la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. Esto nos hace vivir con esperanza ya que ella expresa el sentido de la vida del cristiano. porque vivimos a la espera del encuentro: el encuentro con Dios, que es el motivo de nuestra oración de intercesión de hoy, recordando al papa Francisco. No celebramos la muerte de nuestros seres queridos, sino su vida, su resurrección, sabiendo que viven y han sido transformados en Cristo. En ellos se ha hecho realidad las palabras de Jesús: “quien crea en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Vivimos la Eucaristía de hoy para afianzarnos en la ESPERANZA, con mayúsculas, aquella que nos muestra la razón de nuestra existencia: vivir al lado del Padre en el cielo.

Acabamos con esta anécdota de Santa Mónica que, sintiendo cerca la muerte, decía a su hijo san Agustín: “lo único que te pido es que te acuerdes de mi ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis” (Confesiones, libro 9, 28), porque “sigue siendo una acción santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados”.

 

José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia