Autocontrol y discernimiento

Autocontrol y discernimiento

Sin duda es algo que nos viene haciendo falta… cada día más: autocontrol. Autocontrol para sobrellevar las tensiones de la vida, para gestionar tanta información que nos descoloca, para ceñir nuestras fuerzas al campo de nuestras posibilidades. ¡Ahí es nada! Autocontrol en un mundo donde cada vez entendemos menos y cada vez recurrimos más a la visceralidad. ¡Autocontrol tan necesario como el aire que respiramos! Porque la paz no puede convertirse en un lujo, siendo como es el estado natural del ser humano.

Y junto al concepto de autocontrol, otro que era muy del agrado del papa Francisco: el “discernimiento”. Algo se “discierne” cuando no se toma a la ligera, cuando, antes de ofertar una solución, se abre el oído a todos los testimonios y las variables de ese problema; cuando se contrasta la información y se la deja reposar en el corazón (como cristianos, en el silencio y en el encuentro con la Palabra). Claro que eso requiere ver la realidad como un problema, no huir de ella; y también entender los “problemas” como desafíos de crecimiento, no como incordios o moscas que hay que “matar” de cualquier modo, a cañonazos. Para discernir hay que tomarse en serio la realidad, empezando por la propia: no autoengañarse. Y cargarse de paciencia y de carácter ante estos tiempos alocados en los que demorar una respuesta parece de indecisos o de cobardes. Tiempos de mantras y de soluciones fáciles donde mantener la “cabeza fría” suele ser el camino más lento, pero también el más seguro.

Autocontrol y discernimiento, ¡ahí es nada! Porque las redes sociales y su algoritmo nos polariza. Porque la gente se calienta en el anonimato de la masa y acaba pidiendo excesos. Porque ciertos líderes mundiales juegan a encender y normalizar el odio, a emprender políticas “por las bravas”, dando a la ciudadanía un nocivo y peligroso ejemplo. Porque se extiende la ignorancia y no se distingue la verdad. Y porque el ciudadano de a pie, durante años adormecido, despierta con cantos de sirena y empieza a integrar en su discurso cotidiano auténticas barbaridades.

“Señor, hazme instrumento de tu paz”… No, un creyente no puede comulgar con ciertos discursos, no puede seguir el juego a la visceralidad y a la beligerancia. Ambas surgen del desánimo y la desesperanza, lo sabemos, y puede que haya muchas razones para ellas… Pero el autocontrol y el discernimiento son nuestras armas más eficaces para no “dejarnos llevar”. Las circunstancias exigen personas con criterio, con carácter. Y por mucho que algunos lo crean así, no son aquellos que gritan más o que son más “echados para delante”, los de “sangre más caliente”. Urgen personas pausadas, en calma frente al terremoto, aferradas a la roca más firme, que es la paz, para no dejarse arrastrar por la corriente.

Autocontrol y discernimiento, ese es nuestro mejor testimonio, también nuestro baluarte. ¡Ahí es nada!

Asier Aparicio