Palabra y Vida - Calmar la sed

Palabra y Vida - Calmar la sed

Seguimos el camino cuaresmal acompañando a Jesús. Desde el monte Tabor, Jesús, cansado del camino, se detiene junto al pozo de Jacob para beber agua. Allí tiene lugar el encuentro con la samaritana que hoy centra la celebración litúrgica.

 

Dame de beber, Dios pide agua

Puede parecernos normal y sencillo que Jesús se sentara junto al pozo para calmar la sed del camino. Pero sorprende que se le niegue un vaso de agua a un peregrino. La mujer que se acerca al pozo no quiere darle agua. Más aún se extraña de que hable con ella.

Este comportamiento de la mujer nos es familiar más de lo que creemos. Tú, yo y todos en muchas ocasiones le seguimos negando a Dios un vaso de agua. En tu vida y en la mía, seguramente Dios se ha acercado a pedirnos un vaso de agua muchas veces y nuestra primera reacción, como la de la samaritana, fue buscar excusas y pretextos para no dárselo.

Soy una mujer, tu eres un hombre, soy samaritana y tu judío, tu no debes hablar conmigo, tú no tienes cubo y el pozo es muy profundo, cómo vas a conseguir sacar el agua son las expresiones que emplea para no dar de beber a Jesús. Como ella, muchas veces usamos convenciones sociales para no dar un vaso de agua a Jesús que nos lo pide en nuestros hermanos sedientos de pan, de paz, de vida, de amor y de alegría.

 

Diálogo salvador

El encuentro de Jesús con aquella mujer nos descubre algo maravilloso. Jesús quiere hablar con ella, aunque ella se muestre esquiva en un primer momento. Jesús quiere dialogar. Sabe del poder de la palabra y confía que en el diálogo encontrará el agua que busca. Jesús escucha, pregunta y la ofrece agua. Ella, por su parte, responde de un modo superficial, eludiendo decir nada y desviando la conversación. No me puedes dar agua porque no tienes cubo ni cuerda y el pozo es muy profundo…

 

Es entonces cuando Jesús logra llevar la conversación al nivel personal. Le habla de su vida, de su sed de amor y de fe. Jesús hace que el diálogo sea profundo hasta el punto que cambie y transforme la vida de aquella mujer. La samaritana descubre en el diálogo con Jesús que ha encontrado respuesta y solución a su vida. Reconoce a Cristo como el profeta y salvador a quien acabe atreviéndose a pedirle agua.

 

Señor, dame esa agua

Con sencillez y calor Jesús convence a la mujer que quien necesita agua porque está cansada de la vida es ella. Y se ofrece a darla de su agua prometiéndola que si bebiera de su agua nunca más tendrá sed. Esa propuesta despierta el interés de la samaritana que ve la utilidad de esa oferta que la evitará en adelante venir a buscar agua. Quien fue a pedir agua acaba siendo la fuente de la que mana el agua. Cuantas veces también nosotros vamos al pozo de Jacob para buscar calmar nuestra sed producida por el cansancio de la vida. Que hermoso sería que también se produjera este diálogo con el Señor y reconociéndole como Mesías le pidiéramos su agua viva que calme nuestra sed de eternidad.

 

José María de Valles - Delegado diocesano de Liturgia