Los próximos tres domingos leeremos las parábolas sobre el Reino. La primera parábola, de las siete que narra san Matero, es la del Sembrador. Sorprende que los discípulos no entiendan la parábola. Parece clara de entender para nosotros que somos y vivimos en el entorno agrícola. Sin embargo, los discípulos, tal vez porque eran pescadores, no la entienden y piden a Jesús que se la explique. El Reino de Dios se logra dando buen fruto y consiguiendo una buena cosecha.
El sembrador
Con frecuencia centramos en el campo y la siembra la fuerza de la parábola. No entenderíamos la parábola si en primer lugar no resaltamos el papel del sembrador. Es el protagonista de la historia. Jesús se identifica con el sembrador. Siembra semilla en nosotros y no se cansa para conseguir el crecimiento del reino. Lo hace con entusiasmo esperando conseguir la mejor de las cosechas. Se muestra generoso y abundante en el grano que esparce que quiere que llegue a todos. Su empeño está en que todos puedan recibir la semilla y así pueda dar el mayor fruto posible. Sembrador optimista que no le importa que algunas semillas no germinen bien y no den todo el fruto, pero que no duda que el campo donde Él siembra dará una gran cosecha. Contemplemos la acción del sembrador porque todo parte de Él. El artífice del reino no puede ser otro que Dios.
La semilla
En segundo lugar, nos detenemos en la semilla. La semilla representa la palabra de Dios. Nos muestra cómo actúa la palabra de Dios en nosotros. Esa palabra nos llega todos, en todos los momentos y en todos los lugares. Esa palabra parece pequeña, pero está llena de vida y, acogida con calor, germinará y dará mucho fruto. Jesús nos dice que la palabra de Dios no es un instrumento como la lluvia para dar frutos, sino que es la fuente de la vida.
Unas veces no la escuchamos, otras nos distraen nuestra ocupaciones y preocupaciones y alguna vez sí que dejamos que enraíce en nuestro corazón y dé frutos. ¿Qué valor damos a la Palabra de Dios? A veces la oímos como quién oye llover y no cala en nuestro interior. Es tiempo de dar valor a la palabra de Dios frente a tantas palabras que hoy nos llegan y valoramos mucho más. Palabras que nos proponen alanzar otros reinos, pero no el Reino de Dios.
El suelo
El tercer elemento es el terreno. El suelo lo formamos todos nosotros. En nosotros Dios siembra su palabra y de nosotros depende que sea acogida y de fruto. Tres tipos de suelo o de terrenos nos dice el evangelista que podemos ser y permitir que esa palabra se pueda perder.
El borde del camino representa a las personas que demasiado ocupadas en escuchar a todos los que pasan se olvidan de oír la palabra de Dios.
El terreno pedregoso que nos representa cuando nuestro corazón duro no permite que la palabra de Dios cale dentro de él y por tanto resbala y se pierde. Aunque Dios nos quiera hablar, no escuchamos.
El suelo con espinas somos cuando nos llenamos de intereses egoístas y personales y producimos malas hierbas que hacen mal a quienes se acercan y acaban agostando lo bueno que Dios sembró en nosotros. Así sucede cuando no tenemos tiempo, ni ganas de oír la palabra de Dios y nos parecen que los valores de la Palabra hoy no tienen validez. Así ahogamos la semilla que queda infecunda.
Somos el suelo, el terreno abierto y receptivo a la Palabra. Debemos escucharla con actitud de abierta disponibilidad para acogerla. Esto es lo que significa el buen suelo. Jesús nos recuerda algunas condiciones que previenen el crecimiento espiritual. Recibamos siempre la Palabra de Dios con alegría, para que acogida con interés la cultivemos, la hagamos germinar y florecer y así construir el Reino de Dios.
José María de Valles