Palabra y Vida - La cizaña se mezcla con el trigo

Palabra y Vida - La cizaña se mezcla con el trigo

Seguimos leyendo las parábolas sobre el reino. Hoy la podemos titular la parábola de la cizaña. El evangelio de este domingo nos plantea una pregunta difícil de responder: ¿por qué Dios permite el mal? La cizaña se mezcla con el trigo. El bien convive con el mal. Lo bueno se mezcla con lo malo. ¿Todo esto es correcto y debemos permitirlo?

 

Escardar

Seguro que este verbo lo entienden todos los mayores y muchos de ellos lo han realizado en su vida. Se trata de quitar los cardos del trigo en los meses previos a espigar. Hoy se hace con herbicidas de manera mecánica. Si el mundo es el huerto del Señor, ¿por qué Dios no escarda su huerto? O al menos, ¿por qué no nos da permiso para hacer el trabajo sucio de quitar el mal que está entro nosotros?

Porque no se trata de una cuestión de estética. Queremos escardar, limpiar las malas hierbas no para que el huerto parezca más bonito sino porque dañan las plantas que no darán fruto. Es una cuestión moral. Donde hay malas hierbas el trigo no crece y no se desarrolla porque las malas hierbas roban los nutrientes esenciales para la planta.

Pero si pasamos el ejemplo a las personas en lugar de las plantas el mal cuando convive con el bien puede llegar a desmoralizar, puede debilitar nuestro crecimiento y puede ser una mala influencia para las personas más débiles o sencillas. No parece descabellado por tanto que queramos quitar las malas hierbas con las que convivimos y pueden perjudicarnos.

Jesús no suprime el escardar, quitar las malas hierbas, sino que lo pospone para otro momento. La razón, aunque parezca complicada, permite no dañar el trigo, cosa que a nuestro parecer sería razón para quitarlas.

La misericordia de Dios es paciente y sabe que a veces al quitar las malas hierbas correremos el riesgo de arrancar también el trigo porque en sus primeros momentos se pueden confundir. Sólo Dios puede ser el que separe el trigo bueno de las malas hierbas y esta tarea no puede ser nunca nuestra. Nuestra bondad o maldad hay que juzgarlas al final, en el juicio final. Mientras tanto Dios nos dará la oportunidad de cambiar.

 

Dejadlos crecer juntos

Aunque no deja de sorprender la explicación del origen de la cizaña o del mal en el campo en el que el Señor sembró de día la buena semilla y por la noche otro sembrador echó cizaña, Jesús dice que les dejen crecer juntos hasta la siega porque así no dañaran el trigo bueno y luego será más fácil separarlos. Las palabras de Jesús son radicales sobre el destino de la cizaña que será quemada y la del trigo que se guardará en su granero. Nos pide tiempo, templanza y no actuar con prisas porque todo ello puede perjudicar también al trigo.

Alguien siembra cizaña entre el trigo. No especifica más, pero nos adelanta que alguien es el responsable de que exista el mal. Jesús resalta la realidad en la que nos toca vivir en este mundo donde conviven el bien y el mal. Esto será así hasta el fin de los tiempos. Ciertamente vamos a sentir el agobio del mal que está a nuestro lado. Seguramente que sentiremos la tentación de arrancarlo y acabar con ello. Pero Jesús propone otro plan que comienza por tener paciencia, luego ser misericordiosos y esperar la justicia de Dios y no la nuestra.

La primera actitud a adquirir siendo trigo bueno del Señor y crecer junto a la cizaña debe ser la paciencia. No es dejadez o no ser conscientes del mal sino admitir que esa situación, que nos complica la vida, es oportunidad de crecimiento y exigencia donde nos sintamos en las manos de Dios. Nos lleva esto a la segunda actitud la de la misericordia porque no nos corresponde a nosotros la tarea de juzgar y decir quién es trigo y quién es cizaña. Solo así entenderemos que la justicia le corresponde hacerla al Señor quien al final de los tiempos recogerá la cosecha que sembró.

 

¿Trigo o cizaña?

Acabamos con esta pregunta, ¿somos trigo o cizaña? La parábola acaba enfrentándonos con esta terrible duda porque es posible que me crea trigo y sea cizaña, porque es posible que use mis criterios para saber cuál es el bien y el mal, pero al final de la vida Dios lo revelará. Dios nos seguirá dando oportunidad y tiempo para ser buenos y no nos arrancará ahora, sino que esperará al final. Por lo tanto, la parábola de la cizaña nos lleva a examinar nuestras obras que ante los ojos de Dios no pasaran desapercibidas.

 

José María de Valles