Ante la III Jornada Mundial de los Pobres

El próximo 17 de noviembre, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de los Pobres. Esta Jornada fue instituida por el Papa Francisco al finalizar el Año Jubilar de la Misericordia y este año, en su tercera celebración, lleva por lema “La esperanza de los pobres nunca se frustrará”.

El Papa, en su Mensaje para esta Jornada, escribe así: «“La esperanza de los pobres nunca se frustrará” (Sal 9,19). Las palabras del salmo se presentan con una actualidad increíble. Ellas expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida».

«A veces -recuerda el Santo Padre- se requiere poco para devolver la esperanza: basta con detenerse, sonreír, escuchar. Por un día dejemos de lado las estadísticas; los pobres no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos. Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. Los pobres nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo».

La Jornada Mundial de los Pobres busca estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, es invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad.

A los cristianos, el Evangelio nos llama a promover desarrollo integral de la persona y afrontar las raíces de las pobrezas que tienen causas y responsables. Detrás de las pobrezas hay mecanismos económicos, financieros, sociales y políticos a nivel nacional e internacional[1].

Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos, y esta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales, profesionales e incluso eclesiales. Nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social[2].

 

LA REALIDAD QUE VEMOS DESDE NUESTROS ÁMBITOS DE COMPROMISO

 

En nuestra Diócesis, para organizar los actos de esta Jornada, han trabajado en común: Cáritas Diocesana, el Área de Discapacidad, la Escuela Diocesana de Tiempo Libre, Justicia y Paz, Manos Unidas, el Secretariado de Migraciones, Pastoral de la Salud, Pastoral Penitenciaria y Pastoral Obrera y del Trabajo.

Estos dinamismos de la Iglesia Diocesana, desde su trabajo y compromiso diario, ven que la pobreza no es algo que nos sea lejano. En nuestra sociedad, en nuestro entorno cercano y por todo el mundo, hay realidades de pobreza ante las que como cristianos no podemos permanecer indiferentes. Realidades de pobreza que confirman que “ser pobre no se escoge” y que “el próximo puedes ser tu”.

Así, mirando a nuestro alrededor, nos encontramos con:

Niños, niñas y adolescentes, en edad de escolarización obligatoria, que están en riesgo de abandono escolar por condicionamientos familiares, socioculturales y carencias del sistema educativo.

Niños y niñas con familias con problemas de relación, precariedad laboral y bajos ingresos económicos: dificultad para aprender, dificultad para vivir con una cierta seguridad y dificultad para creer en las propias capacidades.

Personas que han vivido en la calle y ya, en proceso de inserción, con ingresos mínimos, alquilan una habitación sin derecho a cocina y han de pagar 140 € o más y en riesgo de que les pidan desocupar la habitación por sus antecedentes.

Jóvenes que encadenan trabajos precarios y cada vez tienen más problemas, junto con sus parejas, para vivir con una cierta perspectiva de estabilidad y poder hacerse planes de futuro.

Familias que han de reducir gastos en alimentación y calor para poder la vivienda habitual.

Un sistema laboral que no plantea que “el trabajo es para la vida”. Todas las personas necesitan un trabajo para realizarse como personas y para vivir dignamente. No tener trabajo o tenerlo precario conduce a la pobreza del trabajador y de su familia.

Una progresiva pérdida de los derechos laborales, que condena a muchas personas, aun teniendo trabajo, a la pobreza.

El 30% de las personas con discapacidad se encuentran en situación de exclusión social y un 16% en exclusión social severa, el doble que las personas sin discapacidad. Esta realidad viene, en gran parte, dada por las dificultades de acceso al mercado de trabajo de las personas con discapacidad o la ocupación en un empleo precario. Asimismo, el 34,4% de las personas con discapacidad está excluido o atendido precariamente en los dispositivos de salud.

Un retroceso en concebir el ocio como un derecho humano -como la educación, el trabajo y la salud- del que nadie debería estar privado de este derecho por razones de género, orientación sexual, edad, raza, creencia, religión, nivel de salud, discapacidad o condición económica. Como un área específica de la experiencia humana, que debe fomentar la buena salud en general y el bienestar personal, económico y social.

Un deterioro grave del medio ambiente, ante el que -tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica- se demuestra que los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre.

Hoy en día 821 millones de personas padecen hambre en el mundo y, aunque muchas cifras relacionadas con la pobreza han mejorado, sigue siendo un escándalo insoportable.

Una dura realidad, que también nos describe el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres: «Todos los días nos encontramos con familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser. ¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de las numerosas personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades?»

 

ACTOS PROGRAMADOS

 

 El primero de los actos se desarrollará, el próximo sábado 16 de noviembre, con el lema “Marchamos contra la Pobreza”. En continuidad con lo realizado el año pasado, a partir de las 12:00 se caminará desde la Calle Mayor, a la altura de la Calle Nicolás Castellanos hasta El Salón.

 La segunda de las convocatorias tendrá lugar el próximo sábado, 23 de noviembre. Desde las 10:00 a las 13:30, la Biblioteca Pública (Eduardo Dato, 4) acogerá la conferencia “Castilla y León... una sociedad desvinculada. Riesgos sociales y cambio cultural” en la que se contará con la presencia de Guillermo Fernández, coordinador del VIII INFORME FOESSA.

 

[1] Cf. Instrucción Pastoral “Iglesia, servidora de los pobres” de la C.E.E.

[2] Cf. Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 201

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