Hasta el 4 octubre: "Tiempo de la Creación"

Hasta el 4 octubre: "Tiempo de la Creación"

El pasado 1 de septiembre, día en el que la Iglesia celebró el “Día mundial de oración por el cuidado de la creación” dio comienzo el “Tiempo de la Creación” que se desarrollará hasta el próximo 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, patrón de la ecología. “Semillas de paz y esperanza” -tema elegido por el papa Francisco- es el título del Mensaje del papa León XIV para esta ocasión. Un lema inspirado en Isaías 32,14-18, donde el profeta muestra la relación entre la justicia y la paz, destacando su dependencia mutua y su origen en Dios.

Un lema que adquiere todo su significado por el contexto en el que se celebra este año: se cumple el décimo aniversario de la institución de la Jornada, que coincidió con la publicación de la encíclica Laudato si’ y en sintonía con la celebración del Jubileo, como “peregrinos de esperanza”.

Por su parte, el mensaje de los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social, aborda como el tema de la “Paz con la Creación”, que nos dejó Francisco, es una invitación a reflexionar sobre la importancia de la justicia entre los seres humanos y la armonía con la naturaleza, reconociendo que el bienestar humano está intrínsecamente ligado al bienestar de nuestro planeta, la casa común.

Además, esta Subcomisión, junto con la Comisión Episcopal para la Liturgia, ofrecen unos materiales litúrgicos que incluyen un formulario y un leccionario de la misa «para el cuidado de la creación» y un subsidio litúrgico para la sede y otro para el monitor.

 

 

«Semillas de paz y esperanza»

Mensaje del Papa León XIV para la X Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación 2025

 

Queridos hermanos y hermanas:

El tema de esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, elegido por nuestro querido Papa Francisco, es “Semillas de paz y esperanza”. En el décimo aniversario de la institución de la Jornada, que coincidió con la publicación de la encíclica Laudato si’, nos encontramos en pleno Jubileo, como “peregrinos de esperanza”. Y es precisamente en este contexto donde el tema adquiere todo su significado.

Muchas veces, Jesús, en su predicación, utiliza la imagen de la semilla para hablar del Reino de Dios, y en la víspera de la Pasión la aplica a sí mismo, comparándose con el grano de trigo, que debe morir para dar fruto (cf. Jn 12,24). La semilla se entrega por completo a la tierra y allí, con la fuerza impetuosa de su don, brota la vida, incluso en los lugares más insospechados, con una sorprendente capacidad de generar futuro. Pensemos, por ejemplo, en las flores que crecen al borde de las carreteras: nadie las ha plantado, y sin embargo crecen gracias a semillas que han llegado allí casi por casualidad y logran adornar el gris del asfalto e incluso romper su dura superficie.

Por lo tanto, en Cristo somos semillas. No sólo eso, sino “semillas de paz y esperanza”. Como dice el profeta Isaías, el Espíritu de Dios es capaz de transformar el desierto, árido y reseco, en un jardín, lugar de descanso y serenidad: «hasta que sea infundido en nosotros un espíritu desde lo alto. Entonces el desierto será un vergel y el vergel parecerá un bosque. En el desierto habitará el derecho y la justicia morará en el vergel. La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre. Mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas seguras, en descansos tranquilos» (Is 32,15-18).

Estas palabras proféticas, que del 1 de septiembre al 4 de octubre acompañarán la iniciativa ecuménica del “Tiempo de la Creación”, afirman con fuerza que, junto con la oración, son necesarias la voluntad y las acciones concretas que hacen perceptible esta “caricia de Dios” sobre el mundo (cf. Laudato si’, 84). La justicia y el derecho, en efecto, parecen arreglar la inhóspita naturaleza del desierto. Se trata de un anuncio de extraordinaria actualidad. En diversas partes del mundo es ya evidente que nuestra tierra se está deteriorando. En todas partes, la injusticia, la violación del derecho internacional y de los derechos de los pueblos, las desigualdades y la codicia que de ellas se derivan producen deforestación, contaminación y pérdida de biodiversidad. Aumentan en intensidad y frecuencia los fenómenos naturales extremos causados por el cambio climático inducido por las actividades antrópicas (cf. Exhort. ap. Laudate Deum, 5), sin tener en cuenta los efectos a medio y largo plazo de la devastación humana y ecológica provocada por los conflictos armados.

Parece que aún no se tiene conciencia de que destruir la naturaleza no perjudica a todos del mismo modo: pisotear la justicia y la paz significa afectar sobre todo a los más pobres, a los marginados, a los excluidos. En este contexto, es emblemático el sufrimiento de las comunidades indígenas.

Y eso no es todo: la propia naturaleza se convierte a veces en un instrumento de intercambio, en un bien que se negocia para obtener ventajas económicas o políticas. En estas dinámicas, la creación se transforma en un campo de batalla por el control de los recursos vitales, como lo demuestran las zonas agrícolas y los bosques que se han vuelto peligrosos debido a las minas, la política de la “tierra arrasada”[1], los conflictos que se desatan en torno a las fuentes de agua, la distribución desigual de las materias primas, que penaliza a las poblaciones más débiles y socava su propia estabilidad social.

Estas diversas heridas son consecuencia del pecado. Sin duda, esto no es lo que Dios tenía en mente cuando confió la Tierra al hombre creado a su imagen (cf. Gn 1,24-29). La Biblia no promueve «el dominio despótico del ser humano sobre lo creado» (Laudato si’, 200). Al contrario, es «importante leer los textos bíblicos en su contexto, con una hermenéutica adecuada, y recordar que nos invitan a “labrar y cuidar” el jardín del mundo (cf. Gn 2,15). Mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza» (ibíd., 67).

La justicia ambiental —anunciada implícitamente por los profetas— ya no puede considerarse un concepto abstracto o un objetivo lejano. Representa una necesidad urgente que va más allá de la simple protección del medio ambiente. En realidad, se trata de una cuestión de justicia social, económica y antropológica. Para los creyentes, además, es una exigencia teológica que, para los cristianos, tiene el rostro de Jesucristo, en quien todo ha sido creado y redimido. En un mundo en el que los más frágiles son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación y la contaminación, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de fe y de humanidad.

Es hora de pasar de las palabras a los hechos. «Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana» (ibíd., 217). Trabajando con dedicación y ternura se pueden hacer germinar muchas semillas de justicia, contribuyendo así a la paz y a la esperanza. A veces se necesitan años para que el árbol dé sus primeros frutos, años que involucran a todo un ecosistema en la continuidad, la fidelidad, la colaboración y el amor, sobre todo si este amor se convierte en espejo del Amor oblativo de Dios.

Entre las iniciativas de la Iglesia que son como semillas esparcidas en este campo, deseo recordar el proyecto “Borgo Laudato si’”, que el Papa Francisco nos ha dejado como herencia en Castel Gandolfo, como semilla que puede dar frutos de justicia y paz. Se trata de un proyecto de educación en ecología integral que quiere ser un ejemplo de cómo se puede vivir, trabajar y formar comunidad aplicando los principios de la encíclica Laudato si’.

Ruego al Todopoderoso que nos envíe en abundancia su «espíritu desde lo alto» (Is 32,15), para que estas semillas y otras parecidas den frutos abundantes de paz y esperanza.

La encíclica Laudato si’ ha acompañado a la Iglesia católica y a muchas personas de buena voluntad durante diez años. Que siga inspirándonos y que la ecología integral sea cada vez más elegida y compartida como camino a seguir. Así se multiplicarán las semillas de esperanza, que debemos “cuidar y cultivar” con la gracia de nuestra gran e inquebrantable Esperanza, Cristo Resucitado. En su nombre, les envío mi bendición a todos.

Vaticano, 30 de junio de 2025, Memoria de los Santos Protomártires de la santa Iglesia Romana.

LEÓN PP. XIV

 

 

«Semillas de paz y esperanza en la casa común»

Mensaje de los Obispos de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social. Departamento de Ecología Integral

 

El lema de la Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación 2025 es: “Semillas de paz y esperanza”, relacionado con el tema de “Paz con la Creación”, elegido por el papa Francisco para el Año Jubilar y el décimo aniversario de la encíclica Laudato Si’. Este lema se inspira en Isaías 32,14-18, donde el profeta muestra la relación entre la justicia y la paz, destacando su dependencia mutua y su origen en Dios.

En el contexto de Isaías, la justicia y la paz no son solo ideales de fe, sino también principios prácticos para el bienestar de la sociedad. La verdadera paz es el resultado de la justicia y el derecho, que reflejan la acción de Dios más allá de los esfuerzos humanos. La justicia no es solo una norma legal o moral, sino un valor fundamental que conduce a la paz. Cuando la humanidad defiende la justicia, se crea un entorno donde la paz puede florecer. Esto se refleja en las experiencias de tranquilidad y confianza que resultan de la práctica cotidiana de la justicia.

En el Antiguo Testamento, la paz implicaba, además de la salud individual, la armonía dentro de la comunidad como bendición de Dios. Esta paz permite el crecimiento libre y sin obstáculos del ser humano en todos sus aspectos. En el Nuevo Testamento, el concepto de paz se amplía e incluye la salud plena que el Mesías da de parte de Dios. En la paz, el ser humano, alma y cuerpo, está bien y sano (Rom 8, 6; 2 Pe 3, 14; 1 Tes 5, 23; Heb 13, 20s.). La paz cristiana ya está presente como don, pues es esencial en el reino de Dios (Rom 14, 17; 1 Cor 7,15; 2 Tim 2, 22; Ef 4, 3; Sant 3,18). Sin embargo, se nos da la tarea constante de buscarla (1 Pe 3, 11). Es una búsqueda de paz y bienestar en tensión, a lo largo de la historia, junto con toda la creación (Rom 8, 16-22; Col 1, 15-20).

Por eso, el tema de “Paz con la Creación”, que nos dejó Francisco, nos invita a reflexionar sobre la importancia de la justicia entre los seres humanos y la armonía con la naturaleza, reconociendo que el bienestar humano está intrínsecamente ligado al bienestar de nuestro planeta, la casa común.

 

Una paz rota: la crisis moral y ecológica

La visión de paz y armonía contrasta con la realidad actual. Hoy en día, la paz está amenazada por el armamentismo, los conflictos regionales y la falta de respeto a la naturaleza. Esto genera inestabilidad e inseguridad, alejándonos de la paz que Cristo nos dio (Jn 14, 27). El papa san Juan Pablo II ya señalaba en 1990 que, debido al deterioro ambiental, la humanidad no puede seguir usando los recursos de la tierra como antes[2].

La raíz de esta crisis no es solo técnica o política; es una crisis moral profunda. El papa Benedicto XVI reafirmó que las crisis actuales, ya sean económicas, alimentarias, ambientales o sociales, están relacionadas y son, en esencia, crisis morales[3]. El papa Francisco, por ejemplo, nos advirtió que culpar al aumento de la población, en lugar de al consumismo extremo de algunos, es una forma de evitar enfrentar los problemas[4]. El estilo de vida hedonista y consumista de muchas sociedades ignora los daños que causa. Esto refleja una crisis moral profunda: cuando se pierde el sentido de la dignidad humana y el valor de las criaturas, aumenta el desinterés por los demás y por la tierra[5].

La Sagrada Escritura nos enseña que, en el origen de todo, hay un designio de amor y verdad, fundamentado en la Palabra creadora de Dios. En el Génesis, Dios confió la creación al hombre y a la mujer para que la cuidaran con sabiduría y amor. Sin embargo, el pecado de desobediencia destruyó la armonía original. Este pecado no solo afecta el corazón humano, sino también las estructuras de la sociedad, especialmente a los más desfavorecidos[6]. Esta ruptura no solo alienó al ser humano, sino que también provocó una rebelión de la tierra contra la humanidad. Como dice el profeta Oseas (4, 3): “Si el hombre no está en paz con Dios, la tierra tampoco está en paz”[7].

 

La deuda ecológica: una cuestión de justicia restaurativa

Una manifestación clara de esta armonía rota es la “deuda ecológica”. Este concepto nos obliga a reconocer que los países más industrializados han sido responsables de la mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero, la contaminación y la pérdida de biodiversidad. Han construido su prosperidad explotando los recursos naturales de los países en desarrollo. El papa Francisco afirmó que “hay una verdadera ‘deuda ecológica’, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales y el uso desproporcionado de los recursos naturales”[8].

Esta deuda ecológica está ligada a la deuda financiera, siendo “dos caras de la misma moneda que hipotecan el futuro”[9]. Los países con mucha deuda deben sacrificar inversiones en educación, salud, infraestructura y resiliencia climática para pagar a sus acreedores. En África, la situación es especialmente grave: la mayoría de la población vive en países que gastan más en pagar la deuda externa que en salud o educación[10]. Esta es una gran injusticia: las poblaciones que menos han contribuido a la crisis climática son las que sufren las peores consecuencias y los mayores costos de una crisis que no han causado[11].

La responsabilidad de esta situación es compartida. Involucra tanto a gobiernos deudores como acreedores que prestaron en condiciones de riesgo, pero también a las instituciones financieras internacionales cuyas políticas han perpetuado estas crisis. El sistema financiero global no solo refleja las desigualdades globales, sino que las amplifica, funcionando de manera ineficiente, injusta y extractiva[12].

 

El Jubileo: una llamada a la condonación y a la esperanza

El Año Jubilar nos ofrece la oportunidad de responder a esta injusticia. La tradición jubilar bíblica, con su llamada a la remisión de las deudas, nos invita a un nuevo comienzo. Por ello, el papa Francisco ha pedido a las naciones más ricas que condonen las deudas de los países que nunca podrán pagarlas, no por simple magnanimidad, sino como “una cuestión de justicia”[13]. Es una forma de reconocer el crédito ecológico que los países en desarrollo tienen en relación con los países industrializados.

La Iglesia pide la condonación de la deuda no como un acto de generosidad, sino como un acto de justicia, basado en la conciencia de los desequilibrios económicos y las desigualdades sociales. Esto requiere una reforma profunda de la arquitectura financiera internacional, con ayudas en lugar de préstamos y al servicio de las personas, especialmente de las más vulnerables. Es tiempo de construir puentes de integración, trabajando por una justicia ecológica, social y ambiental entre los países ricos y los empobrecidos.

 

Sembrar la paz, camino de conversión

El profeta Isaías nos asegura que “la obra de la justicia será la paz” (32, 17). Para que la justicia habite en el vergel y el desierto florezca, proponemos un camino de conversión integral hacia la paz. La primera semilla de paz es poner fin a la violencia y la guerra. El mundo está sumido en la tragedia de la guerra, y el grito de auxilio de tantas poblaciones debe impulsar a los líderes a poner fin a los conflictos. Es un sueño que las armas callen y dejen de causar destrucción y muerte. Francisco nos urgió a que “no falte el compromiso de la diplomacia por construir espacios de negociación orientados a una paz duradera”[14]. León XIV, en el día de su elección, proclamó desde el balcón de la Basílica de San Pedro: “Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante, que proviene de Dios […] que nos ama a todos incondicionalmente”[15]. No olvidemos que cualquier guerra a escala mundial causaría daños socioambientales incalculables, y que incluso las guerras locales dañan la tierra, destruyen cosechas y envenenan las aguas, todo ello con terribles consecuencias para las poblaciones humanas, como tristemente la historia nos recuerda.

La segunda semilla de paz consiste en adoptar una nueva solidaridad y cambiar los estilos de vida. Para construir la paz es necesario renovar y reforzar la alianza entre el ser humano y el medio ambiente, reflejando el amor creador de Dios[16]. Esto exige una “profunda renovación cultural”[17] y la adopción de nuevos estilos de vida basados en la sobriedad y la solidaridad. La austeridad, la templanza, la autodisciplina y el espíritu de sacrificio deben guiar nuestra vida diaria. Esta solidaridad debe ser tanto entre generaciones actuales, especialmente entre países ricos y empobrecidos, como entre generaciones futuras, ya que no podemos dejarles los costos del uso de los bienes de la tierra.

La tercera semilla de paz es restaurar la confianza y caminar juntos. El Jubileo debe ayudarnos a recuperar la confianza en las relaciones interpersonales e internacionales. El concepto de “sinodalidad” nos recuerda que somos un pueblo en camino. Como dice el papa León, “la tierra descansará, la justicia se afirmará, los pobres se alegrarán y la paz volverá si dejamos de movernos como predadores y comenzamos a hacerlo como peregrinos”[18]. Se trata de armonizar nuestros pasos con los de los demás, reconociendo nuestra interdependencia.

Queridos hermanos, el Año Jubilar es un tiempo para reavivar la esperanza, una esperanza basada en el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones. Este amor nos impulsa a ser “signos tangibles de esperanza” para nuestros hermanos y hermanas que viven en penuria[19]. Como peregrinos de esperanza, estamos llamados a sembrar las semillas de la paz en el terreno fértil de la justicia. Solo así podremos ser signos creíbles de una creación restaurada, una humanidad reconciliada y un pueblo que habita en paz y seguridad. Que la fuerza de Cristo, nuestra paz, reviva esta esperanza y colme nuestro presente, mientras trabajamos y oramos por un futuro donde la paz sea el fruto de la justicia.

+ Obispos de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social

- Mons. Abilio Martínez Varea, Obispo electo de Ciudad Real
- Mons. Jesús Fernández González, Obispo de Córdoba
- Cardenal Juan José Omella Omella, Arzobispo de Barcelona
- Mons. Vicente Ribas Prats, Obispo de Ibiza
- Mons. Javier Vilanova Pellisa, Obispo Auxiliar de Barcelona
- Mons. Florencio Roselló Avellanas, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela
- Mons. Vicente Martín Muñoz, Obispo Auxiliar de Madrid

 

 



[1] Cf. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Tierra y alimento, LEV 2016, 51-53.

[2] Cf. San Juan Pablo II, Mensaje por la celebración de la XXIII Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 1990), n. 1.

[3] Cf. Benedicto XVI, Mensaje por la celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 2010), n. 5.

[4] Cf. Francisco, Spes non confundit.Bula de convocación del Jubileo ordinario Año 2025 (9 de mayo de 2024).

[5] San Juan Pablo II (1990), o.c., n. 13.

[6] San Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo Rei Socialis (30 de diciembre de 1987), nn. 36-37.

[7] San Juan Pablo II (1990), o.c., n. 13.

[8] Francisco, Carta encíclica Laudato Si’ (24 de mayo de 2015), n. 51.

[9] Francisco, Mensaje del Papa pronunciado por el Secretario de Estado en la COP29 (13 de noviembre de 2024).

[10] Cf. Pontificia Academia de las Ciencias Sociales (2025). El reporte del Jubileo. Un plan para abordar las crisis de deuda y desarrollo y construir una economía global sostenible centrada en las personas. Iniciativa propuesta por el papa Francisco.

[11] Cf. Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, Nota temática. Jubileo 2025: condonación de la deuda ecológica (23 de junio de 2025).

[12] Cf. Pontificia Academia de las Ciencias Sociales (2025), o.c.

[13] Francisco (2024), o.c., n. 16.

[14] Ibid, n. 8.

[15] León XIV, Discurso al comienzo de Pontificado (8 de mayo de 2025).

[16] Benedicto XVI (2010), o.c., n. 1

[17] Ibid., n. 5

[18] León XIV, Homilía de la Vigilia de Pentecostés con movimientos, asociaciones y nuevas comunidades, (7 de junio de 2025).

[19] Francisco (2024), o.c., n. 10.