La fiesta de la Santa Cruz

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

El día 14, es decir, mañana, se celebra en la Iglesia Católica la fiesta de la Exaltación de la santa Cruz, que nos recuerda el rescate y recuperación del madero santo de las manos de los persas y su regreso a Jerusalén en el año 628 portada por el emperador Heraclio. En muchas iglesias hay una pequeña astilla de la cruz, aunque el trozo mayor está en el monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, llevada allí desde Astorga para preservarla del peligro de destrucción por parte de los musulmanes. Hace tiempo se celebraba también, en mayo, la invención de la santa Cruz, el hallazgo de la cruz en Jerusalén por decisión de santa Elena, madre de Constantino. La gran celebración de la cruz es la gran liturgia del Viernes Santo.

La cruz es la gran señal de los cristianos. Muchos, al levantarnos o al acostarnos, lo primero y lo último que hacemos es la señal de la Cruz, invocando a la Santa Trinidad; la cruz preside nuestros templos, nuestras torres; muchas montañas, como Peña Redonda, están coronadas por la Cruz; en la celebración de los sacramentos se comienza por la signación en la frente, en el pecho y en los hombros con la santa Cruz; en las procesiones de nuestra Semana Santa vemos la santa Cruz a hombros de los cofrades; nuestros cementerios están bajo el signo de la cruz; cuántas obras de arte, clásicas o modernas, aunque de estas menos, tienen por objeto la cruz. Hoy hay fuerzas que quieren eliminarla como han destrozado las estatuas de Cristóbal Colón, de Junípero Serra y otros, por una falsa postura revisionista de la historia y en virtud de una pretendida neutralidad frente a las diversas religiones o porque, como dice J. R. Flecha, nos recuerda una vida y una fe de la que hemos apostatado ya en la práctica.

Lo primero de lo que nos habla es del amor de un Dios, de Jesús, que nos ha amado hasta el final, hasta dar su vida y derramar su sangre en el santo leño. Es escándalo para los judíos -un Dios Todopoderoso en la mayor impotencia-, y necedad para los gentiles -frente a la razón- pero para los creyentes, como dice san Pablo, es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (I Cor 1, 23-24). San Agustín, basándose en san Pablo, (Ef 3, 18) -“que logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo”- verá en las cuatro dimensiones de la cruz la expresión del máximo amor. «La anchura, en el palo trasversal, sobre la cual se extienden los brazos del Crucificado, significa las obras buenas en la anchura de la caridad. La largura, desde el palo trasversal hasta la tierra, en el cual se fijan los pies y la espalda, significa la perseverancia a lo largo del tiempo hasta el fin. La altura, en el vértice, desde el palo trasversal hasta arriba, significa el fin sobrenatural, al que todas las obras deben dirigirse, porque todo cuanto todo lo que se hace a lo largo y a lo alto se hace con perseverancia, debe hacerse por la altura de los premios divinos. La profundidad de la parte que está metida en la tierra: allí se oculta y no puede ser vista, pero de allí salen todas las partes que se ven y sobresalen, así como todos nuestros bienes proceden de la gracia de Dios, que no puede ser comprendida ni discernida». (Tratado 118, 5, sobre el evangelio de san Juan).

La Liturgia de la Iglesia canta a la cruz como camino para la gloria, nuestro triunfo porque no terminó la vida y la entrega de Jesús en un madero y un sepulcro, sino en la resurrección: “En la cruz está la vida, / y el consuelo, / y ella sola es el camino / para el cielo /... En la cruz está el Señor / de cielo y tierra, / y el gozar de mucha paz, aunque haya guerra; / todos los males destierra / en este suelo / y ella sola es el camino / para el cielo. (Himno de las Vísperas de la Liturgia del día 14 de septiembre).

Está la cruz de Cristo, que nos recuerda el amor de Dios por la humanidad y las dos dimensiones fundamentales del ser humano: la trascendente y la social, pero hay otras muchas cruces: la cruz de la enfermedad, del coronavirus, el hambre, la marginación, el descarte, la violencia y la guerra, los genocidios, el desempleo, la soledad... Muchas las llevan nuestros hermanos sobre sus hombros, pero ¿somos cireneos solidarios con los demás por amor o nosotros somos causa de sufrimiento para los demás? ¿Estamos a su lado, como la Virgen María, san Juan y las santas mujeres o pasamos del dolor de los demás? ¿Llevamos nuestras cruces confiando en Dios que sufre con nosotros y por nosotros sus hijos y en su fuerza? Cristo crucificado es la tabla de salvación ofrecida por de Dios a todos; no nos salvará el poder, o el placer, o el tener; sólo Dios el que en Cristo une al cielo y la tierra en santa alianza.

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