Ver la Catedral con los ojos de la fe y el corazón - II

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia.

En la catedral está expresado lo fundamental de la vida cristiana para quien sabe ver lo invisible a través de lo visible que son la fe, la esperanza y la caridad. ¿Qué espacios resaltar de esta casa? La puerta, abierta a todos (Apoc 21), por donde entramos, que es la fe en Cristo y el Bautismo, que nos hace libres. Hay asientos, porque no somos esclavos sino hijos. Las paredes o muros representan la doctrina y la oración; la caridad está expresada en la argamasa o cemento que une a las piedras; el techo expresa que la comunidad está abierta a todos para acoger a los que buscan un techo, un hogar, un calor. En la Catedral hay lámparas y velas, que nos hablan de la misión de la comunidad que es iluminar y alumbrar con las buenas obras. El suelo del templo insinúa la humildad de Cristo y nuestra humildad. En nuestra catedral hay un coro, indicando que la vida de la comunidad tiene que ser un himno alegre de alabanza al Señor, un himno sinfónico, donde se articulan y ensamblan las voces distintas de las personas diversas y unidas en armonía. Las columnas de la catedral representan a los apóstoles y la caridad.

Construyamos con amor espiritual la casa de la fe y la esperanza. “Cimiento también, en el orden moral, en son los consejos de los apóstoles y profetas; echad delante vuestra humildad cual pavimento liso y llano; defended juntos en vuestros corazones la doctrina saludable con la oración y la palabra cual firmes paredes; iluminadlos con los diversos testimonios cual si fueran lámparas; soportad a los débiles como sim fuerais columnas; proteged bajo los techos a los necesitados para que el Señor nuestro Dios os recompense los bienes temporales con os eternos y os posea por siempre una vez acabados y dedicados” (San Agustín, sermón 337). El hombre que obra bien es una lámpara (Mt 5, 14). No se enciende una lámpara y se la pone bajo el celemín, sino en el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa (Mt 5, 15) Pero, ¿qué es el candelero? Lejos de mí el gloriarme si no es en la cruz de Cristo (Gal 6, 14). Por tanto, quien obra según Cristo y por Cristo, para no ser alabado más que en Cristo, es un candelero. Alumbre a todos, vean algo que imitar, no sean perezosos ni áridos; les es útil el ver; no sean videntes con los ojos y ciegos en el corazón (San Agustín, sermón 338).

Una parte bien visible es la torre que termina en una cruz que apunta al cielo; Cristo está puesto en lo alto; es nuestro fundamento, pero está en lo alto para que edifiquemos hacia arriba (S. Agustín, sermón, 33794); alude a nuestra esperanza, a la gloria. La torre tiene campanas, que convocan a la reunión orante y a la celebración, al igual que al testimonio cristiano visible y audible en la sociedad por el amor que es paciente, benigno, no tiene envidia, no presume, no se engríe, no es egoísta, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad… (cf. I Cor, 13,4-8). La puerta invita a salir -Iglesia en salida, dice el Papa Francisco- y llevar la paz vivida y celebrada a la convivencia social.

Por las ventanas penetra la luz y el aire, el amor del Espíritu Santo, que ilumina y, con el incienso, perfuma todas las personas y cosas. Es el buen olor de Cristo (Jn. 12,3; II Cor.2, 14-16).

Toda la edificación requiere trabajo. El aniversario de la dedicación pide alegría. Así sucede hoy cuando aquí se congregan los fieles en Cristo. El crecer, equivale, en cierto modo, a arrancar las vigas y las piedras de los montes y los montes; el ser catequizados, bautizados y formados se equipara a la tarea de tallado, pulido y ajustamientos por las manos de los catequistas y artesanos; sin embargo, no se edifica la casa de Dios más que cuando se ajustan unos con otros mediante la caridad. Si estas vigas y estas piedras no se unen entre sí, dentro de un cierto orden, si no se combinan pacíficamente, si en cierto modo no se amasen estrechándose entre sí, nadie entraría aquí; además, cuando ves que las piedras y las vigas se ajustan bien en algún edificio, entras tranquilo sin temer que se caiga.

Así, pues, queriendo Cristo el Señor entrar y habita en nosotros, como si estuviera edificándonos, decía: Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros. Cantemos al Señor un cántico nuevo. Ese es el mismo amor. Cantar es propio del que ama. La voz del cantor es el fervor del santo amor.

Amemos, amemos gratuitamente, pues amamos a Dios, mejor que el cual nada podemos encontrar. Amémosle a él por él mismo, y amémonos a nosotros en Él, pero por Él (San Agustín; sermón, 336).

Que la belleza de la Iglesia Catedral de piedras muertas nos ayude a percibir y vivir el misterio de la iglesia formada por piedras vivas.

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