Un nuevo Sínodo: la comunión

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

El nuevo sínodo de la Iglesia lleva por título: “Por una Iglesia Sinodal: comunión, participación y misión”. Estos tres sustantivos son los pilares sobre los que se sustenta la Iglesia sinodal. Si falla uno, la Iglesia no está respondiendo a lo que ella misma es en esencia, se derrumba.

El primer sustantivo es la comunión.

No se trata sólo de la comunión eucarística, ni de la comunión en la fe, sino la comunión en su totalidad. El Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium, define a la Iglesia en su ser más íntimo como «la Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano... A causa de la situación de nuestra época, esta tarea de la Iglesia resulta mucho más urgente, para que todos los hombres, unidos hoy día más estrechamente con diversas relaciones sociales, técnicas y culturales, alcancen también plenamente la unidad en Cristo» (LG. 1). Como dice el Concilio no se trata de una unión periférica, o circunstancial, sino íntima, de la más íntimo.

Y ¿dónde está la fuente? En la Santa Trinidad, de tal manera que dice también el Concilio: «Toda la iglesia parece como el pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Esta es la fuente, el manantial, la referencia permanente, el origen guía y meta. Todo lo que la Iglesia es y anhela ser hunde sus raíces en este misterio que nos supera, porque nuestro Dios es unidad, no uniformidad, sino unidad en la diversidad. Soy consciente de que toda palabra humana se queda corta, es inadecuada para hablar de este misterio, pero no tenemos otra sino la palabra humana, pobre, débil; lo sabe quien ama y se siente amado. En la Trinidad todo es común; nadie es una persona sin los otros; no hay Padre sin el Hijo, y no hay relación paterno filial sin el Espíritu Santo que es el amor, que es el elemento de unión; no actúa cada persona por su cuenta, sin los otros, sino en concordia, con el apoyo, por así decirlo, de la otras. Así nos lo ha revelado Jesucristo.

Por lo mismo, el sínodo tiene que ser expresión de comunión y fundamentar esta comunión, que se expresa en el credo, se celebra en los sacramentos, particularmente en la Eucaristía, y en la vida diaria, en el testimonio de la iglesia en toda la faz de la tierra.

Hay unos elementos que la expresan de manera particular: «la perseverancia en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y las oraciones... Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendía posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudía a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban alimento con alegría y sencillez de corazón. hasta tener un solo corazón y una sola alma (cfr. Hech 2 ,42-47); El grupo de los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común» (Hech 4, 32). Toda esta unidad se manifiesta en un solo credo que confiesa un solo Dios que es Padre, Hijo y Espíritu, una sola Iglesia, un solo bautismo, una sola esperanza; también en una sola eucaristía, que es sacramento del amor del Padre, signo de unidad en Cristo; la unidad de muchos granos de trigo formando un solo pan y de muchas uvas formando un solo vino; la unidad de los miembros del cuerpo entre si con la Cabeza, y signo de la caridad, el amor que siempre une, enlaza, crea concordia.

Toda esta unidad después de expresará en la vida entre los miembros de la Iglesia, familia de los Hijos de Dios, y con todos, porque «todo hombre es prójimo de todo hombre» (San Agustín, Comentario al salmo 118, 8, 2), compartiendo «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, que son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón» (GS. 1).

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