La Resurrección en la Comunidad Cristiana - I

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

La comunidad cristiana tiene su origen en torno a Jesús de Nazaret, llamado el Cristo, el que murió, fue sepultado y resucitó. Lo expresó bien un romano, Festo, gobernador romano, cuando dijo al rey Agripa por qué tenía preso a Pablo y por qué este había apelado al César: «Tengo aquí a un hombre a quien Félix ha dejado preso, y contra el cual, cuando fui a Jerusalén, presentaron acusación los sumos sacerdotes y los ancianos, pidiendo su condena... Se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo» (Hch 25, 13-19). Es lo que afirmamos los cristianos, porque la fe en el Resucitado es el fundamento de nuestra fe. Ella nos da vida, esperanza y nos anima a amar como él amó. Es la luz de da sentido a nuestra existencia y actos, porque «si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe» (I Cor 15, 14). Es a Él a quien queremos seguir, a quien celebramos, en quien esperamos, a quien amamos y por quien amamos.

Esta verdad debe estar anclada profundamente en la conciencia de cada cristiano y debe animarnos a vivir como él vivió, a vivir su vida nueva; pero también comunitariamente en nuestra Iglesia en Palencia.

Estamos en una Iglesia que está en Sínodo; quiere ser y es sinodal, es decir que camina unida viviendo la comunión, la participación y la misión. No sólo nuestra Iglesia. El papa Francisco ha convocado en toda la Iglesia para vivir sinodalmente. Y esto implica que todos, por nuestro bautismo, tenemos voz, debemos aportar a la comunidad lo que nosotros vemos, debemos escucharnos y escuchar lo que el Espíritu del Resucitado nos dice hoy, cómo tenemos que vivir y, tras un discernimiento, dar testimonio de Cristo, evangelizar hoy, en nuestra sociedad que pasa por un cambio de época.

El Sínodo está ahora pendiente de la tercera fase: la primera ha tenido lugar en las iglesias diocesanas, también en la nuestra que culminó en un documento que recogía todas las voces y propuestas; estas pasaron a la fase nacional, donde se hizo la síntesis de las aportaciones de todas las Iglesias de España; posteriormente se han tenido las fases continentales; la de Europa tuvo lugar en Praga. Y teniendo en cuenta todas las aportaciones continentales la próxima fase tendrá lugar en Roma, en el mes de octubre, en el Sínodo de Obispos. Posteriormente se afrontará la cuarta fase. Lo que de Roma salga, volverá todas las Iglesias para una segunda vuelta en 2024.

Nosotros, en espera del resultado definitivo de toda la Iglesia, nos hemos dado ocho líneas de futuro, abiertas, por las que queremos avanzar y renacer y así vivir la vida nueva del Resucitado.

La primera es CONTAGIAR EL ENTUSIASMO. Esta palabra, de origen griego, significa, según el diccionario de la RAE, “inspiración o posesión divina; exaltación y fogosidad de ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive”. Entusiasmo es que lo tenían los apóstoles cuando recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 2), esa fuerza impulsora que les hacía libres para vivir y dar testimonio con valentía incluso en el sufrimiento y en el martirio; esta fuerza nos debe ilusionar y animar a participar echando una mano y , si es posible, las dos; como apasionados por Jesús y su Reino tenemos que crear espacios de encuentro, relaciones positivas entre nosotros y en la sociedad, donde escucharnos, caminar con otros; esto ya es Buena Notica. Es más: tenemos que contagiar este entusiasmo a los demás, sostenidos por algo grande que tenemos y que hemos recibido como regalo, el Evangelio; desde él es posible vivir con esperanza, porque es posible acompañar la vida, acogerla y leerla desde Dios.

La segunda es la ACOGIDA A LA DIVERSIDAD, la APERTURA A LA PLURALIDAD. Esta actitud nos ayuda a entrelazar caminos y experiencias, sumar esfuerzos, sabiendo que en el centro deben estar “los últimos” de nuestra tierra. Nos debe ayudar a tomar conciencia de lo que significa pertenecer a una comunidad con diferentes lenguajes y experiencias, pero en sintonía en lo fundamental. Vivir en unidad no es lo que mismo que uniformidad. Hay experiencias de camino con otros de fraternidad, donde, escuchando al Espíritu se ha pretendido dar respuesta a los desafíos del siglo XXI. Recogiendo el pensamiento de San Agustín, Ruperto Meldenius, en 1627, decía algo que nosotros también podemos decir y vivir: en lo necesario unidad, en lo dudoso libertad y en todo, caridad. Un buen programa.