El pasado 20 de noviembre el Papa cerró la Puerta Santa de San Pedro de Roma, clausurando así el Año Jubilar de la Misericordia. Ese mismo día, al final de la Eucaristía en la cual participé junto a los nuevos cardenales y una multitud que llegaba hasta el Tiber, el Papa firmó varios ejemplares de una carta hermosa que entregó a distintas personas, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, laicos e, incluso, a indigentes de la calle. Es una carta muy bella que os invito a leer en su literalidad e integridad y que ahora resumo en doce puntos.
1. El título es muy significativo. “Misericordia et misera”, (la misericordia y la miserable). Citando a san Agustín cuando comenta el pasaje evangélico de san Juan, capítulo 8, de la adúltera, señala que resume el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador.
2. La misericordia pide ser siempre celebrada y vivida en nuestras comunidades. No puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela y se condensa en la misericordia de Dios, todo se resuelve en el amor misericordioso de Dios.
3. La misericordia permite mirar más allá del pecado y el mal, sentirse perdonado y vivir de otra manera, suscitando alegría, fidelidad, entusiasmo y esperanza.
4. Mirar más allá es celebrar la misericordia en la Eucaristía, los sacramentos todos, especialmente los de la Reconciliación y la Unión de Enfermos, en la escucha de la Palabra de Dios que recorre toda la historia de nuestra salvación.
5. La misericordia tiene su máxima expresión en el perdón. El Papa afirma que el sacramento de la Reconciliación, por otros nombres el del Perdón o la Penitencia, necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana. Señala como tiempo oportuno la iniciativa de “Las 24 horas para el Señor”, cerca del IV Domingo de Cuaresma.
6. La misericordia tiene también el rostro de la consolación. Cuántas personas lloran solas, están tristes y afligidas; la misericordia pide cercanía, afecto, apoyo y, en ocasiones, el silencio respetuoso.
7. La misericordia, en este momento de crisis de la familia y de muchas familias, se debe concretar en palabras de consuelo y gestos y obras de acogida y acompañamiento.
8. En el momento de la muerte, cuando se experimenta la fragilidad, la caducidad, la debilidad, la soledad, la incertidumbre y el llanto, debe hacerse presente la misericordia que acompaña con la confesión de la misericordia de Dios y la esperanza en Cristo.
9. La misericordia, en el día a día, se transforma en la vía o camino de la caridad que hay que recorrer con fidelidad y alegría. La misericordia nos debe llevar a encontrarnos con tantos hermanos y hermanas que tienden la mano esperando que alguien la aferre y así poder caminar juntos. Es hacerse prójimo de los demás. El cristiano debe ser instrumento de la misericordia que renueva y redima.
10. Es tiempo de la fantasía de la misericordia. Es verdad que han pasado más de 2.000 años y las obras de misericordia, corporales y espirituales, siguen haciendo visible la bondad de Dios. Pero hay nuevas formas de pobreza material y espiritual que atentan contra la dignidad de las personas. La misericordia es y debe ser fecunda. El mismo Papa nos orienta cuando nos dice que cuidar la casa común, la naturaleza, es obra de misericordia. No podemos mirar para otro lado. La misericordia tiene un carácter social.
11. Tiene que crecer la cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás, en la que nadie mire con indiferencia al otro, ni se mire para otro lado ante el sufrimiento de los hermanos. Para eso ayudan la oración asidua, la apertura a la acción del Espíritu Santo, la familiaridad con la vida de los santos y la cercanía concreta a los pobres. Para no olvidarlo el Papa propone que el Domingo XXXIII del tiempo ordinario se celebre la Jornada Mundial de los Pobres.
12. Y al final, como ejemplo, nos invita a mirar a Santa María, la Virgen, Reina y Madre de misericordia, la del corazón y los ojos misericordiosos. Ella es la primera en abrir y recorrer el camino de la misericordia, acompañándonos cuando damos testimonio del amor de Cristo. Ella nos invita a volver los ojos a Jesús, el rostro radiante de la misericordia de Dios.